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20-24/12/11 – Jesucristo, Cuerpo Místico de la humanidad

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En Montolivet, Lausana, la noche de navidad de 1965.

Tengo que evocar el campo de excavaciones de Biblos, en el Líbano, donde se sobreponen siete milenios. Llegamos al 5° milenio antes de Cristo y en ese sitio incomparable hay un cementerio que data de 3500 donde hay esqueletos encerrados en jarras.

Nada es tan impresionante como esos esqueletos que han tomado la forma de la jarra y parecen estar esperando en el seno materno el retorno a la vida. Y ante ese cementerio, ante una jarra partida donde aparecía el esqueleto en posición de espera y de esperanza, yo me preguntaba qué relación había entre esos hombres y mi persona. Más de 5000 años nos separan. Este hombre vivió aquí, al borde del Mediterráneo. Lo miró y lo escuchó, admiró todos los matices que se despliegan en el mar, los colores y los sonidos, pensaba que era moderno, que el mundo comenzaba con él, se sentía dueño y señor del universo, lo mismo que nosotros, y hace ya más de 5000 años que está esperando en esa jarra. ¿Entonces?

Y nos acabamos de encontrar. Y ¿qué relación hay entre él y yo? ¿Cuántas generaciones se han sucedido entre la era del calcolítico y la humanidad actual, cuántas? Y, si la humanidad existe desde hace millones de años ¡no es sino un breve intervalo de tiempo! ¡Cuántos hombres han desaparecido y se han convertido en polvo anónimo mezclado con todos los elementos de la tierra, y es imposible identificar la menor traza de ellos!

¿Qué relación tenemos con todas las generaciones desaparecidas? ¿Qué relación tenemos con esos miles de millones de difuntos que no han dejado huellas en la historia? ¿La historia no tiene consecuencias? ¿no tiene ningún sentido? ¿Pasan simplemente las generaciones, una sepultada por la siguiente, o existe continuidad entre todas y constituyen una sola historia con un sentido único, porque las atraviesa un mismo designio?

Eso me preguntaba yo en Biblos. ¿Qué relación hay? ¿Quién establece un lazo entre ese esqueleto y mi persona, entre el calcolítico y la época actual, entre mi persona y los miles de millones anónimos que no dejaron huellas en la historia?

Si constituimos una sola historia, si existe una humanidad que responde a un solo designio, no soy yo el que hace su unidad, ni nosotros, ni ustedes.

¿Entonces, quién?

¿Hay alguien que pueda unir todas las generaciones, hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo momento intemporal y revelarles que ellas constituyen una historia única? Y entonces pensé espontáneamente en la figura del segundo Adán del que habla San Pablo: Jesucristo, el segundo Adán, es decir, el que vuelve a comenzar, el que recapitula, el que une toda la cadena, la sostiene, le confiere, le da su unidad: Jesucristo.

No un hombre solamente, sino El Hombre, El Hombre que contiene a todos los demás, el Hombre que es interior a cada uno de nosotros, el Hombre que puede vivir nuestra vida como propia.

¿Qué es lo que nos separa unos de otros sino el yo propietario, el yo posesivo, el yo que nos aprisiona, que crea los muros de separación, que nos encierra en nuestras fronteras, que nos impide ver más allá, que nos levanta unos contra otros en una rivalidad loca y absurda, como vemos en las competiciones cosmonáuticas en que las más hermosas conquistas de la humanidad acaban en conflictos aldeanos entre dos imperios, entre dos colonos militares?

Así, así entra Jesús en la historia. Así nos agarra en lo más profundo de nuestro ser, responde a una cuestión insoluble que hace la unidad del género humano, reúne todas las generaciones, sosteniéndolas, uniéndolas en un solo designio y en un solo Amor, y puede hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo amor que las hace eternas, Jesucristo, el segundo Adán, el hombre que no está en la cadena de las generaciones como un eslabón que desaparece después de haber trasmitido una vida efímera, sino que sostiene toda la humanidad, que vuelve a comenzar una nueva carrera y, a través de él, encuentra ella su unidad divina.

Pero si Jesucristo es eso, si Jesucristo es el segundo Adán, si Jesucristo triunfa del espacio y el tiempo, si Jesucristo nos permite ser contemporáneos, si Jesucristo nos enseña a amar a todos los que fueron antes de nosotros, y a todos los que vendrán después considerándolos como de nuestra familia y comulgar con ellos en el Banquete de la Eucaristía… ¿quién es Jesucristo?

¿Cómo es posible?

¿Cómo puede un hombre ser El Hombre? ¿Cómo puede un hombre contener a todos los demás? Para ello, tiene que contener toda la historia, sostenerla, darle sentido, tiene que vivir un vacío, un vacío infinito… tiene que haber hecho de sí mismo o que desde su origen sea como un espacio, un espacio inmenso, un espacio ilimitado, un espacio en el que cada uno pueda estar como en su casa.

Y en efecto, ese es el misterio de esta noche, el misterio eterno de este nacimiento, ese es el regalo incomparable.

Jesucristo, el segundo Adán, introduce en el mundo… la Presencia de la pobreza. No solo la pobreza material que es necesario superar y que habrá que eliminar de la tierra un día, sino una pobreza más profunda, la que es declarada bienaventurada: "Felices los que tienen alma de pobre" (Mt. 5,3). Esa es la pobreza que él trae. Él no tiene nada. Si puede conducirnos a todos juntos y a cada uno personalmente, es por ser totalmente desapropiado de sí mismo.

Piensen en lo difícil que es sostener simplemente a un miembro de la familia, sostenerlo siempre y hasta el fin, en sostener esta noche el sufrimiento del mundo, sostener el sufrimiento de nuestro pobre capellán de Montolivet que está sufriendo especialmente esta noche y por quien debemos orar de todo corazón para que pueda respirar como lo necesita…

Si es difícil sostener a un solo ser siempre y continuamente, ¿cómo es posible que Jesucristo haya podido sostener a los miles de millones de hombres, desde el comienzo del mundo hasta el final? Es que, evidentemente, el vacío era infinito en él, infinito. ¿Y por qué, y cómo era infinito el vacío? Pues porque en Jesucristo se revelaba la divinidad del Verbo, la divinidad en persona, la divinidad que es precisamente una Pobreza eterna en persona.

Pues ¿qué quiere decir la Trinidad? Quiere decir que Dios no posee nada, quiere decir que la vida de Dios es comunión de amor, quiere decir que Dios sólo se conecta con su ser comunicándolo. Y precisamente, esta noche de navidad es la Revelación adorable, única e incomparable, a través de la humanidad de Jesús, humanidad universal, presente a todos los hombres y capaz de contenerlos a todos… Esa humanidad es hermosa, es universal, está tan soberanamente desapropiada y liberada de ella misma que, por estar revestida del yo de la personalidad divina, la cual, ella misma es infinita Pobreza.

Esta noche brilla en Jesús el reino de la divina Pobreza y por medio de la humanidad de Jesucristo aprendemos que el Dios que nos anuncia, el Dios que encarna, el Dios que comunica, el Dios al que nos inicia y del que nos va a decir que es la vida de nuestra vida… ese Dios no es un faraón que nos domina, no es un propietario que nos posee, sino un Amor que se da eternamente, un Amor que es solo amor, un amor que no tiene nada, un amor que está eternamente vacío de sí mismo y cuya personalidad en la multiplicidad relativa de la Trinidad es puro impulso de amor.

Es prodigioso. ¡Esta noche compartimos a Dios! Quiero decir: aprendemos a conocer otro rostro de Dios, otro rostro del Hombre, pues si Dios ya no es un faraón, si Dios no es dominador, si Dios no es dueño, le enseñará al hombre el camino de otra grandeza, no la del que domina y quiere tener esclavos… sino que nos va a enseñar la grandeza suya, una grandeza que es la grandeza del Amor en la que se trata de dar todo.

Aquí estamos de lleno en una sabiduría extraordinaria; todos nacimos sin haberlo querido, fuimos arrojados al mundo sin haberlo pedido y nos hemos encontrado con nosotros mismos, encerrados en una naturaleza de la que estábamos cautivos.

¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo no sentir una inmensa rebeldía ante la necesidad de existir? Y Jesús nos quiere traer la liberación… quiere enseñarnos lo que podemos hacer de todo lo que somos, de todo lo que se nos impone, de toda la naturaleza que decimos humana y que lo es tan poco: podemos recibirla, tomarla para hacer de ella un impulso de amor, podemos desprendernos de ella y hacer de ella un don maravilloso a Dios en respuesta a lo que él hizo.

Y vemos que esto vale para toda la personalidad, quiero decir, para la totalidad de la persona, llegamos a la libertad, somos de verdad fuente y origen si nos damos totalmente… y justamente, Dios es Dios porque se da totalmente, por ser el vacío eterno, por haber en él coincidencia absoluta y original entre lo que es él y lo que da; es finalmente lo mismo, que no es sino el don de un Amor eterno. Por eso él es Dios y es una fuente de luz, espacio liberador y nos enseña a ser personas, a ser iluminadores, haciendo de nuestra vida un don sin retorno.

¡Esta noche nace el hombre a su dignidad de persona! Esta noche se revela Dios en su pobreza eterna. Es el encuentro prodigioso entre el rostro del Hombre que aspiraba a su liberación y el rostro de Dios, nuestro liberador, impreso en nuestros corazones, es ese encuentro, ese descubrimiento en Jesucristo.

No es un cuento de hadas, no es un cuento para entretener la imaginación de niños que sueñan, los niños son más sabios que nosotros en esta obra, ellos van al corazón de la realidad, y la realidad es esa, la realidad es el Amor que es solo amor. La realidad es la pobreza de Dios que solo llega a sí mismo dándose en la comunión trinitaria. Y Navidad es eso: un mundo nuevo, una nueva humanidad, un Dios todo nuevo, una historia que comienza, cuya unidad se manifiesta en el que es capaz de unificarla en un solo proyecto, penetrándola del mismo soplo del eterno amor.

Es necesario salir del mundo de los mitos, no se trata de imaginar, ni de conmoverse de manera sentimental y artificial. Era importante, es esencial situar a Jesucristo en la actividad humana más ardiente. Y hay que saber justamente que la respuesta que es él, corresponde a una pregunta que se nos plantea de manera tangente y cotidiana. ¿Cómo los miles de millones que somos, los miles de millones que nos precedieron, y los miles de millones que vendrán formamos una unidad, cómo es que somos una misma historia, cómo podemos amarnos sin hacer muecas y sin mentiras? Pues bien, la única respuesta es justamente que en el corazón de nuestra historia está el corazón de Dios que late en la humanidad sacramento, en la humanidad esencialmente despojada de sí misma que es la humanidad de Jesucristo.

Y a través del corazón de Dios, presente en cada uno de nosotros, interior en cada uno, podemos encontrarnos, reconocernos y amarnos.

Existe realmente una sola historia y estamos seguros de ello porque Jesucristo está con nosotros desde el origen hasta el fin de la historia, pues él, siendo el Hombre, contiene a todos los hombres, y vamos a encontrarnos con él ahora, y lo vamos a escuchar, cada uno en lo más íntimo, para aprender por medio de él a hacernos universales… Para estar presentes esta noche a todos los sufrimientos, a todos los dolores, a todas las hambres, a todas las angustias, a todas las soledades, a todas las infamias, a todas las miserias morales, a todos los crímenes y también, afortunadamente, a todas las infancias, a todas las alegrías, a todas las esperanzas, a todas las ternuras, a todas las Resurrecciones… Entonces comenzaremos a renacer y a revivir, y eso es lo que necesitamos.

No se trata de detener la historia, no se trata de mirar al pasado… Jesucristo no está en el pasado. Jesucristo es hoy y para siempre. Jesucristo está dentro como centro de nuestro corazón, y por su medio es como podemos abrazar a toda la humanidad y considerarnos unos a otros como miembros de un solo cuerpo animado por un solo aliento, sostenidos por un solo amor, al menos así debería ser. Eso es lo que vamos a pedir, es lo que vamos a pedir a Dios: que comience a dibujarse en nuestros corazones para que Jesucristo no encuentre esta noche la puerta cerrada y que tan mediocres y limitados como seamos brille esa llama como respuesta:

¡Tú vienes, Señor! ¡Es verdad! ¡Tú estás aquí, Señor! Heme aquí, Señor, yo te estaba esperando. Yo no sabía quién eras, pero ahora reconozco tu rostro. ¡Tómanos, Señor! ¡Arrástranos, Señor! Haz, Señor, que todos juntos seamos una humanidad finalmente humana y que, sin ruido, en la verdad, en la autenticidad de cada día, llevemos a todos nuestros hermanos la luz adorable de tu rostro, Señor, ese rostro impreso en nuestros corazones que es el rostro que estábamos esperando, el rostro por el cual suspiraba toda la tierra, el rostro del eterno Amor.

 

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