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En Montolivet, Lausana, la
noche de navidad de 1965.
Tengo que evocar el campo de excavaciones de Biblos, en el Líbano, donde se
sobreponen siete milenios. Llegamos al 5° milenio antes de Cristo y en ese
sitio incomparable hay un cementerio que data de 3500 donde hay esqueletos
encerrados en jarras.
Nada es tan impresionante como esos esqueletos
que han tomado la forma de la jarra y parecen estar esperando en el seno
materno el retorno a la vida. Y ante ese
cementerio, ante una jarra partida donde aparecía el esqueleto en posición de
espera y de esperanza, yo me preguntaba qué relación había entre esos hombres y
mi persona. Más de 5000 años nos separan. Este hombre vivió aquí, al borde
del Mediterráneo. Lo miró y lo escuchó, admiró todos los matices que se
despliegan en el mar, los colores y los sonidos, pensaba que era moderno, que
el mundo comenzaba con él, se sentía dueño y señor del universo, lo mismo que
nosotros, y hace ya más de 5000 años que está esperando en esa jarra.
¿Entonces?
Y nos acabamos de encontrar. Y ¿qué
relación hay entre él y yo? ¿Cuántas generaciones se han sucedido entre la era
del calcolítico y la humanidad actual, cuántas? Y, si la humanidad existe desde
hace millones de años ¡no es sino un breve intervalo de tiempo! ¡Cuántos
hombres han desaparecido y se han convertido en polvo anónimo mezclado con
todos los elementos de la tierra, y es imposible identificar la menor traza de
ellos!
¿Qué relación tenemos con todas las
generaciones desaparecidas? ¿Qué relación tenemos con esos miles de millones de
difuntos que no han dejado huellas en la historia? ¿La historia no tiene
consecuencias? ¿no tiene ningún sentido? ¿Pasan
simplemente las generaciones, una sepultada por la siguiente, o existe
continuidad entre todas y constituyen una sola historia con un sentido único,
porque las atraviesa un mismo designio?
Eso me preguntaba yo en Biblos. ¿Qué
relación hay? ¿Quién establece un lazo entre ese esqueleto y mi persona, entre
el calcolítico y la época actual, entre mi persona y los miles de millones
anónimos que no dejaron huellas en la historia?
Si constituimos una sola historia, si
existe una humanidad que responde a un solo designio, no soy yo el que hace su
unidad, ni nosotros, ni ustedes.
¿Entonces, quién?
¿Hay alguien que pueda unir todas las
generaciones, hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo momento intemporal
y revelarles que ellas constituyen una historia única? Y entonces pensé espontáneamente en la figura del segundo Adán del que
habla San Pablo: Jesucristo, el segundo Adán, es decir, el que vuelve a
comenzar, el que recapitula, el que une toda la cadena, la sostiene, le
confiere, le da su unidad: Jesucristo.
No un hombre solamente, sino El Hombre, El Hombre que contiene a todos los
demás, el Hombre que es interior a cada uno de nosotros, el Hombre que puede
vivir nuestra vida como propia.
¿Qué es lo que nos separa unos de otros
sino el yo propietario, el yo posesivo, el yo que nos aprisiona, que crea los
muros de separación, que nos encierra en nuestras fronteras, que nos impide ver
más allá, que nos levanta unos contra otros en una rivalidad loca y absurda,
como vemos en las competiciones cosmonáuticas en que las más hermosas
conquistas de la humanidad acaban en conflictos aldeanos entre dos imperios,
entre dos colonos militares?
Así, así
entra Jesús en la historia. Así nos agarra en lo más profundo de nuestro ser,
responde a una cuestión insoluble que hace la unidad del género humano, reúne todas
las generaciones, sosteniéndolas, uniéndolas en un solo designio y en un solo
Amor, y puede hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo amor que las hace
eternas, Jesucristo, el segundo Adán, el hombre que no está en la cadena de
las generaciones como un eslabón que desaparece después de haber trasmitido una
vida efímera, sino que sostiene toda la
humanidad, que vuelve a comenzar una nueva carrera y, a través de él,
encuentra ella su unidad divina.
Pero si Jesucristo es eso, si Jesucristo
es el segundo Adán, si Jesucristo triunfa del espacio y el tiempo, si
Jesucristo nos permite ser contemporáneos, si Jesucristo nos enseña a amar a
todos los que fueron antes de nosotros, y a todos los que vendrán después
considerándolos como de nuestra familia y comulgar con ellos en el Banquete de la
Eucaristía… ¿quién es Jesucristo?
¿Cómo es posible?
¿Cómo puede un hombre ser El Hombre? ¿Cómo
puede un hombre contener a todos los demás? Para ello, tiene que contener toda la historia, sostenerla, darle
sentido, tiene que vivir un vacío, un vacío infinito… tiene que haber hecho
de sí mismo o que desde su origen sea como un espacio, un espacio inmenso, un
espacio ilimitado, un espacio en el que cada uno pueda estar como en su casa.
Y en efecto, ese es el misterio de esta
noche, el misterio eterno de este nacimiento, ese es el regalo incomparable.
Jesucristo, el segundo Adán, introduce en
el mundo… la Presencia de la pobreza. No solo la pobreza material que es
necesario superar y que habrá que eliminar de la tierra un día, sino una
pobreza más profunda, la que es declarada bienaventurada: "Felices los que tienen alma de pobre"
(Mt. 5,3). Esa es la pobreza que él trae. Él no tiene nada. Si puede
conducirnos a todos juntos y a cada uno personalmente, es por ser totalmente
desapropiado de sí mismo.
Piensen en lo difícil que es sostener
simplemente a un miembro de la familia, sostenerlo siempre y hasta el fin, en sostener
esta noche el sufrimiento del mundo, sostener
el sufrimiento de nuestro pobre capellán de Montolivet que está sufriendo
especialmente esta noche y por quien debemos orar de todo corazón para que
pueda respirar como lo necesita…
Si es difícil sostener a un solo ser
siempre y continuamente, ¿cómo es posible que Jesucristo haya podido sostener a
los miles de millones de hombres, desde el comienzo del mundo hasta el final?
Es que, evidentemente, el vacío era infinito en él, infinito. ¿Y por qué, y
cómo era infinito el vacío? Pues porque en Jesucristo se revelaba la divinidad
del Verbo, la divinidad en persona, la divinidad que es precisamente una Pobreza
eterna en persona.
Pues ¿qué quiere decir la Trinidad? Quiere
decir que Dios no posee nada, quiere decir que la vida de Dios es comunión de
amor, quiere decir que Dios sólo se conecta con su ser comunicándolo. Y precisamente, esta noche de navidad es la Revelación adorable, única e
incomparable, a través de la humanidad de Jesús, humanidad universal, presente
a todos los hombres y capaz de contenerlos a todos… Esa humanidad es hermosa,
es universal, está tan soberanamente desapropiada y liberada de ella misma que,
por estar revestida del yo de la personalidad divina, la cual, ella misma es
infinita Pobreza.
Esta noche brilla en Jesús el reino de la
divina Pobreza y por medio de la humanidad de Jesucristo aprendemos que el Dios
que nos anuncia, el Dios que encarna, el Dios que comunica, el Dios al que nos
inicia y del que nos va a decir que es la vida de nuestra vida… ese Dios no es
un faraón que nos domina, no es un propietario que nos posee, sino un Amor que
se da eternamente, un Amor que es solo amor, un amor que no tiene nada, un amor
que está eternamente vacío de sí mismo y cuya personalidad en la multiplicidad
relativa de la Trinidad es puro impulso de amor.
Es prodigioso. ¡Esta noche compartimos a
Dios! Quiero decir: aprendemos a
conocer otro rostro de Dios, otro rostro del Hombre, pues si Dios ya no es un
faraón, si Dios no es dominador, si Dios no es dueño, le enseñará al hombre el
camino de otra grandeza, no la del que domina y quiere tener esclavos… sino que
nos va a enseñar la grandeza suya, una grandeza que es la grandeza del Amor en la
que se trata de dar todo.
Aquí estamos de lleno en una sabiduría extraordinaria;
todos nacimos sin haberlo querido, fuimos arrojados al mundo sin haberlo pedido
y nos hemos encontrado con nosotros mismos, encerrados en una naturaleza de la
que estábamos cautivos.
¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo no sentir una
inmensa rebeldía ante la necesidad de existir? Y Jesús nos quiere traer la
liberación… quiere enseñarnos lo que podemos hacer de todo lo que somos, de
todo lo que se nos impone, de toda la naturaleza que decimos humana y que lo es
tan poco: podemos recibirla, tomarla para hacer de ella un impulso de amor,
podemos desprendernos de ella y hacer de ella un don maravilloso a Dios en
respuesta a lo que él hizo.
Y vemos que esto vale para toda la
personalidad, quiero decir, para la
totalidad de la persona, llegamos a la libertad, somos de verdad fuente y
origen si nos damos totalmente… y justamente, Dios es Dios porque se da
totalmente, por ser el vacío eterno, por haber en él coincidencia absoluta y
original entre lo que es él y lo que da; es finalmente lo mismo, que no es sino
el don de un Amor eterno. Por eso él es Dios y es una fuente de luz, espacio
liberador y nos enseña a ser personas, a ser iluminadores, haciendo de nuestra
vida un don sin retorno.
¡Esta noche nace el hombre a su dignidad
de persona! Esta noche se revela Dios en su pobreza eterna. Es el encuentro
prodigioso entre el rostro del Hombre que aspiraba a su liberación y el rostro
de Dios, nuestro liberador, impreso en nuestros corazones, es ese encuentro,
ese descubrimiento en Jesucristo.
No es un cuento de hadas, no es un cuento
para entretener la imaginación de niños que sueñan, los niños son más sabios
que nosotros en esta obra, ellos van al corazón de la realidad, y la realidad
es esa, la realidad es el Amor que es solo amor. La realidad es la pobreza de Dios que solo llega a sí mismo dándose en
la comunión trinitaria. Y Navidad es eso: un mundo nuevo, una nueva humanidad,
un Dios todo nuevo, una historia que comienza, cuya unidad se manifiesta en el
que es capaz de unificarla en un solo proyecto, penetrándola del mismo soplo
del eterno amor.
Es necesario salir del mundo de los mitos,
no se trata de imaginar, ni de conmoverse de manera sentimental y artificial.
Era importante, es esencial situar a Jesucristo en la actividad humana más
ardiente. Y hay que saber justamente que la respuesta que es él, corresponde a
una pregunta que se nos plantea de manera tangente y cotidiana. ¿Cómo los miles
de millones que somos, los miles de millones que nos precedieron, y los miles
de millones que vendrán formamos una unidad, cómo es que somos una misma
historia, cómo podemos amarnos sin hacer muecas y sin mentiras? Pues bien, la
única respuesta es justamente que en el corazón de nuestra historia está el
corazón de Dios que late en la humanidad sacramento, en la humanidad
esencialmente despojada de sí misma que es la humanidad de Jesucristo.
Y a través del corazón de Dios, presente
en cada uno de nosotros, interior en cada uno, podemos encontrarnos,
reconocernos y amarnos.
Existe realmente una sola historia y
estamos seguros de ello porque Jesucristo está con nosotros desde el origen
hasta el fin de la historia, pues él, siendo el Hombre, contiene a todos los
hombres, y vamos a encontrarnos con él ahora, y lo vamos a escuchar, cada uno
en lo más íntimo, para aprender por medio de él a hacernos universales… Para
estar presentes esta noche a todos los sufrimientos, a todos los dolores, a
todas las hambres, a todas las angustias, a todas las soledades, a todas las
infamias, a todas las miserias morales, a todos los crímenes y también,
afortunadamente, a todas las infancias, a todas las alegrías, a todas las
esperanzas, a todas las ternuras, a todas las Resurrecciones… Entonces comenzaremos
a renacer y a revivir, y eso es lo que necesitamos.
No se trata de detener la historia, no se trata de mirar al pasado… Jesucristo
no está en el pasado. Jesucristo es hoy y para siempre. Jesucristo está dentro
como centro de nuestro corazón, y por su medio es como podemos abrazar a
toda la humanidad y considerarnos unos a otros como miembros de un solo cuerpo
animado por un solo aliento, sostenidos por un solo amor, al menos así debería
ser. Eso es lo que vamos a pedir, es lo
que vamos a pedir a Dios: que comience a dibujarse en nuestros corazones para
que Jesucristo no encuentre esta noche la puerta cerrada y que tan mediocres y
limitados como seamos brille esa llama como respuesta:
¡Tú vienes, Señor! ¡Es verdad! ¡Tú estás
aquí, Señor! Heme aquí, Señor, yo te
estaba esperando. Yo no sabía quién eras, pero ahora reconozco tu rostro.
¡Tómanos, Señor! ¡Arrástranos, Señor! Haz,
Señor, que todos juntos seamos una humanidad finalmente humana y que, sin
ruido, en la verdad, en la autenticidad de cada día, llevemos a todos nuestros
hermanos la luz adorable de tu rostro, Señor, ese rostro impreso en nuestros
corazones que es el rostro que estábamos esperando, el rostro por el cual
suspiraba toda la tierra, el rostro del eterno Amor.