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25-26/12/11 – Conversación con Mauricio Zundel

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Para ir hasta el pesebre seguimos primero los senderos de la poesía. Pero el pesebre también lo podemos ver de otra manera, por los ojos de un hombre que, no solamente sabe hablar mejor que nadie, sino que probablemente más que muchos, no cesa de vivir su espíritu.

Mauricio ZUNDEL es un hombre que no quiere tener nada, que da todo a quien le pida poco y cuya sonrisa discreta traduce la belleza del corazón, un  hombre también que busca en Dios la fuente de su libertad y en quien se adivina, mirándolo vivir, que es uno de los seres más libres que existen.

 

Mauricio ZUNDEL, ¿cómo ve usted la Navidad?

Para ir en seguida al centro del misterio, yo diría que la Navidad, en lenguaje franciscano, es la revelación de la pobreza de Dios a través de una pobreza humana.

Tenemos que explicarnos desde luego, pues un equívoco muy profundo pesa a la vez sobre la noción de Dios y sobre la del hombre. Yo evocaría aquí la experiencia de san Agustín que es una de las más luminosas, profundas y actuales y de las más humanas que haya expresado en sus Confesiones al resumir su propia conversión en la estrofa que Ustedes saben de memoria: "Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé… y sin embargo, tú estabas dentro de mí, pero yo estaba ausente, buscándote sin belleza corriendo tras las bellezas que tú creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo."

Esta estrofa es de una sencillez y de una humanidad incomparable. En efecto, nos introduce inmediatamente en la experiencia que Agustín expresó en el lenguaje más humano y universal diciendo que en el momento en que descubre a Dios como la belleza tan antigua y tan nueva, lo encuentra como el que lo introduce en el corazón de su propia intimidad.

Hace la experiencia increíble y magnífica de que, hasta ese encuentro, él estaba afuera, alienado de sí mismo, no se conocía realmente, no había entrado jamás en su propia intimidad y, de repente, en ese maravilloso encuentro, descubre a la vez su propia intimidad y, en el corazón de su intimidad, la Presencia que es su mismo centro.

Descubre a Dios como el espacio en que respira su libertad. Descubre a Dios como el secreto más profundo de su ser y entra inmediatamente en el diálogo con la Presencia que llama la belleza tan antigua y tan nueva. Entra en el diálogo que lo transforma, lo libera, lo llena de un gozo inmenso, tanto que puede decir: "Viva será mi vida en adelante, toda llena de ti".

Vemos pues aquí que Agustín toma conciencia de que Dios no está afuera, no es una causa primera abstracta y lejana, que no es una potencia que lo domina, lo aplasta, lo somete y lo amenaza sino que al contrario, es el único camino hacia él mismo.

Hace un descubrimiento esencial que debemos hacer nosotros porque, precisamente, todo el equívoco del misterio de Navidad, que se ha hecho cada vez más una fiesta profana cuyo verdadero héroe está completamente ausente, pues se tiene de Dios y del hombre una ignorancia fundamental. Se toma al hombre en su ser instintivo, en sus determinismos biológicos y síquicos, se lo toma en la medida en que está embrujado por su propio inconsciente. No se ve que el hombre nace justamente en el momento en que es liberado de sí mismo, en que pasa de afuera a adentro, en que cesa de ser objeto, en que cesa de sufrirse y ya no es mas que ofrenda para con la Presencia maravillosa que descubre en lo más íntimo de su ser. Pero al descubrirse a sí mismo como ofrenda, como pura mirada de amor hacia la Presencia que lo invade tan maravillosamente, que lo colma y lo revela a sí mismo, descubre a Dios mismo como amor infinito y como don siempre presente y como ofrenda.

El Dios con que tratamos, si puedo expresarme así, es un Dios interior, es un Dios que siempre está presente, es un Dios cuyo cielo está dentro de nosotros y un Dios que nos revela nuestra propia trascendencia como el poder de hacer de toda nuestra vida un don, pues sólo dándola dejamos de sufrir nuestra vida.

Pero para darla, hay que saber a quién darla y justamente, en la experiencia de Agustín, Dios aparece como el amor escondido en el fondo de nosotros y que no ha cesado nunca de esperarnos, está presente siempre y su encuentro no cesa de hacer surgir el don de nosotros mismos que es nuestra liberación y la única actualización auténtica de nuestra libertad.

Entonces en Jesús, el Dios que está siempre ahí, el Dios que está en el corazón de nuestra humanidad, el Dios que nos está esperando siempre, ese Dios se hace personalmente presente en la humanidad de Jesucristo de modo que no hay presencia de Dios que pueda manifestarse de modo más profundo y total.

En Jesús, por medio de la humanidad de Jesús, encontramos verdaderamente a Dios en persona. Pero, lo repito, es un Dios cuya Presencia presentíamos, es un Dios que encontramos a nuestro nivel cada vez que llegamos auténticamente a nosotros mismos.

Ahora se manifiesta plenamente en Jesús, en el despojamiento infinito que me hacía decir que el misterio de Navidad es la manifestación o la revelación de la pobreza de Dios a través de la pobreza humana.

 

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