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En noviembre de 1953, en San
Mauricio, (Valais) a las religiosas de san Agustín.
El mayor poder del
mundo es la sonrisa. La sonrisa nos da vida y su
ausencia da muerte. Donde no hay sonrisa se apaga la vida.
Donde hay sonrisa la vida prospera. Pero es también la mayor fragilidad.
Es claro que la sonrisa es
impotente si encuentra en ustedes un rostro cerrado. Si no respondemos a esa intimidad, nada sucede. Es el ejemplo más
sugestivo del poder de Dios, de todo el poder del Amor, pero que no puede
realizarse si no encuentra correspondencia.
La sonrisa es tan
poderosa cuando es recibida, como impotente ante un rostro cerrado. Guarden
esta imagen de la sonrisa que es la única verdadera imagen del poder divino. Comprenderán que Dios es a la vez la fuente de toda vida y el Dios
crucificado: él da la vida y muere.
La vida encuentra en él su
cuna, pero tenemos el terrible poder de hacerlo morir. Dios es indefenso como
una sonrisa, indefenso cuando lo rechazan.
Hay que entender eso al
hablar de milagros. El milagro no es una intervención divina sino que el hombre
se ha hecho presente cuando se produce un milagro. En el milagro siempre hay un corazón humano abierto, una respuesta humana
al llamado de Dios.
Dios está presente siempre. La
sonrisa de Dios, ese don de luz y de amor está siempre circulando y
ofreciéndose entre nosotros. Si se produce un milagro es porque un corazón
humano ha captado esa onda de amor y le ha permitido llegar a lo que llamamos
milagro.
¿Por qué no pudo Jesús
hacer milagros en Nazaret? Porque allá encontró hostilidad. La luz del amor es ineficaz por falta de respuesta. Por eso los
milagros no se pueden verificar con las manos sino con el corazón. Un milagro
siempre se puede interpretar en uno u otro sentido. Los milagros de nuestro
Señor fueron citados en su proceso como argumentos de acusación.
En el capítulo cinco de san
Juan, se cuenta la sanación del hombre que esperaba el movimiento del agua de
la piscina que podía sanarlo. Él no lograba llegar primero y el Señor le dijo:
"¡Toma tu lecho y camina!"
y él lo toma. Es un sábado, y todo el mundo se escandaliza. Él dice: "El hombre que me curó me dijo: ¡Toma tu
lecho y camina!" Entonces los doctores de la Ley gritaron: "¿Quién es el hombre que te dijo: ¡Toma tu
lecho!?" y al decirlo, dejan de lado "y camina" y solo hablan de la primera parte: "¡Toma tu lecho!" a fin de acusarlo
como de algo prohibido el día de sábado. Los que tienen el corazón cerrado ven
en el milagro un acontecimiento natural realizado por un prestidigitador, un
invento del demonio.
Cuando dicen que hay milagros
en Lourdes, yo creo, pero no es la Oficina de Verificaciones la que puede
constatarlos. El milagro lo constata la fe, el corazón abierto, el sentimiento
profundo de que hay una gran cadena de amor y una respuesta del hombre.
El milagro tiene lugar
cuando entra en el circuito el hombre con todo su amor y cuando la ternura y el
amor divinos son captados y se estabilizan en el acontecimiento. El milagro es siempre un acontecimiento en el que brilla el Corazón de
Dios para el que es capaz de reconocerlo, pero el que es insensible al amor, a
la sonrisa de Dios, no sabrá jamás lo que eso significa.
A Dios nadie lo ha visto, como
dice san Juan (Cf. 1 Jn. 4, 12), pero todos pueden encontrarlo; y observen que
eso no es más misterioso que encontrar un alma, pues para encontrar un alma hay que encontrarla en profundidad, tiene que
haber resonancia entre el misterio que somos y el misterio del otro.
Jamás hay que olvidar que Dios
pone en movimiento nuestros recursos más profundos, pero no hay que
materializarlo. A Dios jamás podemos cogerlo in fraganti. Siempre se podrá
decir que no hay milagro. Eso no tiene importancia pues el milagro solo lo
siente verdaderamente el que siente la manifestación de la presencia divina en
el acontecimiento.
Dios es una sonrisa. Es
pues impalpable si no es a lo más delicado, lo más generoso y puro que hay en
nosotros. Por eso, al hablarles de la
presencia real traté de mostrarles que es algo que no se puede tocar con las
manos. Es un sacramento, un signo, un llamado que se nos dirige. Un sacramento es un signo que exige
nuestra presencia total, y entonces pasará algo
esencial. Si nosotros no estamos presentes, no significa nada para nosotros.
No olvidemos, además, que los
testigos de nuestro Señor: Pilatos, Anás, Caifás, Herodes, estaban todos en
presencia de Jesús, pero estaban ausentes. La presencia no brillaba para ellos
porque ellos no estaban presentes. La divinidad no aparecía en la humanidad de
nuestro Señor a los que no estaban acordados con la luz y el amor, la mayoría
de los contemporáneos de nuestro Señor no reconocieron nada en él. Aún sus
apóstoles dudaron hasta Pentecostés; sólo entonces, en el fuego del Espíritu
Santo, se acordaron con Jesús. Dios es Espíritu,
como dijo nuestro Señor a la samaritana (cf. Jn 4,24), y quienes lo adoran
deben adorarlo en espíritu y en verdad.
En esta línea debemos
considerar la maternidad de la Santísima Virgen. Todo lo debemos tomar en espíritu y en verdad. No es comprender la
virginidad de la santísima Virgen reducirla al hecho de que san José no tuvo
parte alguna en el nacimiento de Jesús.
Así fue, claro está, pero se
trata de otra cosa. Podemos ante todo
recordar que Jesús es fruto de la contemplación de María. ¿Qué significa eso?
Ustedes recuerdan que san
Francisco de Asís se alimentó de la contemplación de la Cruz, que san Francisco
se convirtió en cruz viva, que recibió las heridas de Cristo y que sus heridas
fueron el resultado final de su contemplación. El movimiento de su espíritu
penetraba su carne se activaba y se expresaba por las heridas visibles. Es claro que los estigmas de san Francisco
no mienten porque vienen de adentro. Sus heridas manifiestan la unidad de
una vida que es solo una mirada hacia el Amor crucificado.
No nos extraña que el
cuerpo termine participando en ese movimiento. No nos conmueve que una mujer histérica tenga la corona de espinas por
ver un crucifijo. Es claro que en este caso eso no nos impresiona. Es una
enfermedad, no un milagro. Hay una diferencia infinita entre el signo que se
imprime de afuera y los estigmas que son la marca final de una vida enteramente
conformada con el Amor crucificado.
Eso sucede en la
maternidad de la Virgen. Ella contempla a Cristo desde el primer instante de su
existencia, tiende hacia él y termina por llevarlo en su carne, porque todo su
ser es mirada hacia él.
Podemos verlo bajo otro
aspecto: en Jesús, la humanidad es sacramento de la divinidad.
Ustedes comprenden que la mujer
que está esperando un niño la mayor parte del tiempo no sabe quién será ese
niño. No puede nombrarlo, no puede darle rostro. Todo lo que puede saber es que
será un ser humano. Porque la maternidad humana, según el curso ordinario de
las cosas, es ante todo maternidad de la naturaleza. Nosotros nacimos ante todo
de la naturaleza. Fuimos ante todo un paquete de instintos, un manojo de
necesidades y luego, lentamente, tratamos de hacernos persona y volvemos a caer
continuamente en la naturaleza. En
nosotros, la naturaleza es primera. La madre que nos llevó en su seno debía
pensar que un niño nacería del misterio de su corazón, pero no podía conocer su
rostro, el cual solo sería visible en el momento del nacimiento.
En Jesús, al contrario,
la persona es primera y la naturaleza viene después. El día de la Anunciación la Santísima Virgen conoció el nombre de su
hijo: Jesús, es decir el Salvador, Dios que salva. Ella sabía que iba a ser la
madre del Redentor, cuya misión le había sido revelada por la luz del Espíritu
Santo. Ella sabía que su consentimiento era para el ser Único que iba a ser
Hijo de Dios e Hijo del Hombre, que su maternidad se dirigía a la persona antes
que a la naturaleza.
Sólo hay una manera de fijar a
una persona y es entregándole nuestra intimidad. ¿Cómo habría podido fijarse la
persona de Jesús en María sino mediante el consentimiento de toda su mente, de
toda su persona, de todo su ser? Es la gracia única de la maternidad de la
Santísima Virgen. Es la maternidad de la persona toda entera, que se dirige a
la persona de Jesús.
Ella va a ser la
vitrina, la morada de Cristo, pero no lo capta como la madre que recibe el
germen puesto en su seno, que se convierte en niño: ella lo recibe despojándose
totalmente por la pobreza que la convierte en la Mujer pobre.
Ese despojamiento, esa
evacuación de sí misma, es su Inmaculada Concepción. Inmaculada Concepción quiere decir que, desde el primer instante ella
es un llamado hacia Dios, una mirada hacia Dios. Ella es vacía de sí misma.
Es apta para fijar la Presencia que es una Persona y contraer para con esa
Persona una maternidad del mismo orden que esa Persona misma. Ella será la
madre del segundo Adán mediante el consentimiento de todo su ser.
¿Entendieron bien ustedes, a
partir de los estigmas de san Francisco, que Jesús es fruto de la contemplación
de María? Su mente fue la cuna antes que lo fuera su cuerpo.
Luego, en Jesús, la naturaleza
se desarrolla cuando la persona ya es perfecta. En nosotros, la naturaleza es
dada y la persona está en embrión, se desarrolla lentamente y tenemos suerte si
llegamos finalmente a nacer en el momento de la muerte.
Eso quiere decir que el
misterio de María es un misterio de pureza y que no hay que ver en la
virginidad de María un evento físico.
Esto es un signo de otra cosa, que es la virginidad del corazón, de la mente,
de la persona, que hace que en ella todo es dado, todo es disponibilidad de su
ser todo entero para Jesús.
María es la mujer que solo se
ve en Cristo y, por él, en la humanidad; al engendrar a Jesús, Hijo de Dios e
Hijo del Hombre, engendró la humanidad. En el fiat de la Anunciación está la
adhesión de todos nosotros.
Por eso, no hay otro ser tan
permeable al amor de Cristo como la Santísima Virgen, por eso, como dice Dante,
ella es hija de su Hijo. Ella nació de
su Hijo, según la vida divina, y por eso ella nació de él, lo mismo que él pudo
nacer de ella.
Por eso justamente la Santísima
Virgen es para nosotros camino de luz hacia Jesús. De hecho, es imposible no
amar a la Virgen si amamos a Cristo; y actualmente en el mundo protestante,
donde renace con más entusiasmo el amor de Cristo, vemos que el interés por la
Virgen comienza a sentirse y que hay pastores que hablan de ella con gran
respeto y piensan que ella tiene parte en la Redención.
La Santísima Virgen es
una especie de sacramento, el sacramento de la ternura de Dios para nosotros,
pues Dios es tan madre como padre, y luego, ella es sobre todo madre de Cristo
en nosotros.
Porque la maternidad de María
no es una maternidad en el tiempo sino en lo eterno, pues ella concibió en el
don total y absoluto de sí misma, ya que nos adoptó a todos al acoger a Jesús
en todo su ser. Su maternidad no se detiene. Ella es madre de Cristo en nuestra
vida, es su función por la eternidad.
Es pues natural que nos
expongamos a la luz de la Virgen para recibir de ella a Cristo al que ella está
encargada eternamente de engendrar en nosotros. Es un gesto maravilloso e
infalible. Es imposible volverse hacia la Virgen sin llegar a Cristo por medio
de ella pues, como ella no tiene nada, solo puede conducirnos a él.
Seguir ese camino es seguir el
orden mismo de la Encarnación, ya que fue por María como Jesús entró en el
mundo. Cristo entrará siempre por medio de María en nuestra alma, y lo más
maravilloso de nuestra confianza en la maternidad inagotable de la Santísima
Virgen es que a cada instante podemos disponer del amor de la Virgen para
ofrecerlo a nuestro Señor.
Y aquí, creo yo que, si
tuvieran que celebrar la misa, estarían conmovidas como yo en el momento de la
consagración, al decir esas palabras increíbles, revolucionarias, que no osamos
pronunciar, ya que decir: "Esto es mi cuerpo" es comprometerse a desaparecer en Jesús, a
transformarse en Jesús. ¿Cómo llevar la Alianza nueva y eterna, y todo el amor,
siendo uno un pobre hombre limitado, cansado, decadente, cómo decir esas
palabras sin traicionar a Dios, sin mentir en las palabras mismas que uno
pronuncia?
Ahí es donde la Virgen
es un refugio. Hay al menos alguien que puede decir esas palabras, alguien que
pudo decir: "Esto es mi cuerpo"
poniendo en ellas toda la verdad que contienen, y es la Santísima Virgen. Ella puede llenar siempre esas palabras con el amor que las justifica.
Lo que podemos hacer en la misa
es pensar: "Esas palabras las va a
decir la Santísima Virgen en lugar mío. Yo soy solo un simio y un sacramento,
pero justamente, por ser yo solo eso, es necesario que alcancen la verdad en
alguna parte, y la alcanzan por el corazón de la Santísima Virgen".
Así resuelvo yo mi problema en la misa, pensando: "Hay alguien que va a sostener esas palabras, a llenarlas de luz y de vida y permitirles llegar a las
almas que están más profundamente comprometidas que yo en el camino de la luz y
del amor en el mundo".
Yo creo de verdad que la
mediación de la Santísima Virgen es algo continuo y que no hay que hacer nada
sin su mediación, ya que ella prepara en nosotros la cuna de Jesucristo que
debemos ser nosotros por el brillo mismo de su persona. Por eso, cuando ya no
podemos más, cuando estamos desesperados, basta con volvernos hacia la Virgen sin
decir nada, con llamarla como mamá y exponernos al brillo de su luz.
Recuerdan en La zapatilla de raso cuando Doña Prouhèze
desea estar con Rodrigo, le da su zapatilla de raso a la Santísima Virgen para
que ella la guarde. Es lo que deben y les conviene hacer a cada instante de su
vida, cuando tienen que trabajar y llegan quizás agotadas y dormidas a la
capilla.
Hay tal vez una especie
de suplencia para esa vida algo coja que es la nuestra, y es ofrecer a Cristo
el amor de su Madre y hablar a Cristo por medio del corazón de su Made. Si estamos en el resplandor de María, es imposible que no estemos
sumergidos en la luz de Jesús.
Por eso tenemos siempre que
dejarnos conducir por María, porque no conocemos el camino, y no sabemos si es
bueno o malo. Ella nos dará serenidad y nos permitirá ver claro, mirar las
cosas con tranquilidad y ver que Dios no quiere quitarnos nada sino hacernos
perfectamente felices en su luz.
Hay finalmente otra
cosa en el misterio de la Virgen y es que ella nos traza la vocación. Nuestra
vocación es también ser madre de Dios. Justamente, Dios quiere nuestro don, nuestro
amor y nosotros debemos suscitar en el alma de los demás la cuna de Jesucristo.
Todo lo que había de ternura en
ustedes que estaban hechas para la maternidad, todo eso debe ser recogido en la
maternidad virginal, ya que están encargadas delante de Dios de toda la
humanidad por el brillo de su vida mediante la comunión de los santos.
Es algo revolucionario
que Dios sea nuestro hijo al mismo tiempo que nuestro Padre. En la liturgia de
Navidad decimos: "Nos ha sido dado
un Niñito". Dios quiere nacer de nosotros como nosotros nacemos de él.
El secreto más profundo del Evangelio es que Dios quiere nacer de nuestro amor. Para estar seguros de encontrar a Dios, para estar seguros de seguir el
Evangelio, el mundo tiene que transformarse y el rostro de Jesús aparecer al
fin.
Como el escultor, el músico, o
el artista solo conoce su obra cuando la ha terminado, nosotros sabremos cómo
es Dios cada día cuando él haya nacido cada día de nuestra bondad, de nuestro
amor.
Cada vez que un rostro
humano se ilumina al contacto de nuestra caridad, se nos revela un nuevo rasgo
del rostro de Dios. No lo olvidemos, es verdad.
La misión del sacerdote
no consiste en predicar a Cristo sino en engendrar a Dios, en ser la cuna de
Dios al precio de su vida entera.
Esa es la misión de ustedes
que, a su manera, son sacerdotes en el único Sacerdote que es Jesús. Su voto de castidad no es de permanecer
infecundas y estériles, sino de hacer de su vida la cuna misma del Dios vivo.
Ustedes conocerán a Dios cada
día más, no haciendo una oración abstracta, con palabras, lo conocerán a cada
paso, en su taller, en la oficina, en la comunidad, si a cada paso la sonrisa
de Dios aparece porque tienen un corazón capaz de ser su cuna.
Eso es ser cristiano,
es ser madre de Dios, es hacer de toda la vida la Navidad misteriosa,
revolucionaria, que trasforma la vida, la Navidad que debe ser hoy para que
toda alma que responde al llamado de Dios y que se expone a la luz del misterio
virginal de María y se convierte a su vez en madre de Dios.