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January 2012 - Posts

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  • 13-19/01/12 - La castidad y el problema de la pureza.

    Ghazir, entre el 20 y el 27 de julio de 1959, a las Franciscanas de Lons-le-Saunier.

    El voto de castidad, una de las condiciones de la estabilidad religiosa y monástica, nos invita a plantear el problema de la pureza.

    Es uno de los problemas más complicados que existen, de los más complicados y mal planteados. Primero, porque partimos de una visión falsa del ser humano. Hemos heredado, en efecto, tendencias filosóficas de Grecia, a través de los Padres griegos que se inspiraban de Platón, hemos heredado una visión del ser humano que es antibíblica, la visión dualista, que pone el cuerpo por un lado y el alma por otro. De donde se concluyó que para vivir una vida espiritual había que ocuparse del alma dejando de lado el cuerpo.

    Mientras más se despreciaba el cuerpo, más espiritual era uno y ciertos santos hicieron pacto con el cuerpo para tratarlo como enemigo y jamás dejarlo en paz hasta la muerte. Eso es absurdo. Sea cual fuere la rectitud de sus intenciones, es absurdo porque un ser humano así no existe. Como dice un gran psicólogo, pensamos con las manos tanto como con el cerebro, pensamos con el estómago, con todo, no hay que separar una cosa de la otra. La psicología es la ciencia del hombre total.

    Si pensamos con las manos, si pensamos con el estómago, si pensamos con la piel, no hay que separar el cuerpo de lo que llamamos el alma.

     

    Hay que mirar al hombre total, llamado todo entero a hacerse eterno, llamado todo a la vida eterna, puesto que creemos en la Resurrección, debe santificarse y divinizarse todo entero. Y por tanto, hay que estimar todo el ser del hombre, verlo todo entero en una perspectiva divina, rindiéndole el respeto infinito que se le debe al santuario de Dios. ¿No nos recuerda san Pablo que nuestros cuerpos son "templos del Espíritu Santo", más aún, "miembros de Jesucristo"? (1 Co. 6, 19 et 15)

    Es pues un absurdo radical dejarnos llevar por el platonismo y ver el alma como una especie de humito blanco más o menos irreal hundido en una masa de grasa. Todo nuestro ser es espiritual, en todo él hay ese poder de superación que es propia…, propiamente el espíritu; eso es el espíritu: una capacidad de superación infinita que caracteriza nuestro ser entero, pues tenemos que crear lo que llamamos el cuerpo, re-crearlo divinamente, eternizarlo, hacer circular en él la vida divina tanto como en lo que llamamos la inteligencia y el alma.

    Ese primer error tuvo consecuencias extremadamente graves, justamente porque se quiso hacer como si el cuerpo no existiera. Se veía en él el lugar malo de todas las codicias, cuando en realidad, él también tiene vocación de santidad.

    Nuestro ser todo entero está llamado a la santidad, y ése es, justamente, el sentido mismo de la pureza: tratar todo lo que somos como realidad divina, o al menos como llamado a ser divinizado por la Presencia de Dios.

    No imaginamos una sonrisa sin un rostro. No existe sonrisa sin rostro y no hay hombre sin la apariencia visible que nos manifiesta los unos a los otros y gracias a la cual precisamente podemos percibir, adivinar e intercambiar, intercambiar en la intimidad con los demás.

    La primera dificultad viene de ahí, de ese dualismo antibíblico y finalmente anticristiano que nos ha llevado a imaginar el cuerpo y a pensarlo, como dice justamente un teólogo, a pensar el cuerpo a partir de un cadáver. Ahora bien, el cadáver justamente ya no es cuerpo humano, el cadáver ya no es un cuerpo humano, es más bien como un molde que conserva la forma del cuerpo humano por los pocos días que preceden a la descomposición, pero el cadáver ya no es cuerpo humano.

    Si queremos pensar el cuerpo, debemos pensarlo mucho más a partir del germen en el seno materno. Ahí es donde el hombre aparece en su unidad como energía, como energía creadora, justamente, que va a tomar del universo de qué construir un organismo en que se exprese el pensamiento, en que el amor se constituya un rostro, en que la acción disponga de un instrumento. Esa energía creadora es precisamente la que constituye la realidad humana a lo largo de la vida. Y cuando dicha energía ya no puede actuar sobre los elementos del mundo que, sea por la respiración, o por la nutrición, constituyen la condición de nuestra permanencia en la existencia terrestre, cuando esa energía creadora ya no tiene contacto con esos elementos, ya no puede trasformarlos en sí misma, entonces se produce la muerte.

    Hay pues que recuperar, reconquistar primero una visión unitaria del hombre, todo entero llamado a la vida eterna, todo entero digno de respeto, todo entero consagrado, todo entero reino de la gracia y Reino de Dios. Justamente, no hay que separar el cuerpo como realidad vergonzosa, sino al contrario, verlo y venerarlo como templo del Espíritu Santo y como cuerpo de Cristo.

    Otra confusión no menos difícil de disipar es entre el misterio de la especie y el misterio de la persona pero esto debe abordarse con ejemplos y muy concretamente.

    Recientemente me decía una mujer casada, que a causa de una rubeola que había tenido, le habían retirado el niño (1) que llevaba en su seno. Ustedes saben que la rubeola contraída durante el embarazo puede poner en muy grave peligro al niño y el resultado final es, o arriesga ser que el niño sea anormal. Por eso actualmente, con razón o sin ella, cuando una mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que lleva para que no tenga un niño anormal.

    Creo que actualmente, con razón o sin ella, cuando una mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que lleva para que no tenga un niño anormal.

    Y esa mujer estaba muy adolorida porque estaba esperando a su niño, y el embarazo estaba suficientemente avanzado como para que el nacimiento no estuviera muy lejano. Pero al contarme todo el dolor de esa operación, añadió: "Fue quizás culpa mía, pues al comienzo yo no quería el embarazo, no quería hijos. En el fondo, no lo acogí, no lo acogí, no lo quería. Me resigné y quizá por eso fue que no tuve la suerte y el gozo de tenerlo. Como lo acepté a disgusto, no tuve la suerte y la alegría de ir hasta el fin".

    Aquí, en la confesión sencilla y cándida de esa mujer adolorida, vemos una situación que se repite por millones. La mayoría de los niños nacen sin que los hayan deseado. Por un niño que nace hay uno que es eliminado en el seno materno; al menos en las grandes ciudades europeas es así, hay un aborto por un nacimiento. Y de los nacimientos que hay, la mayoría no son deseados. Los aceptan una vez que se hacen inevitables, pero la mayoría no son deseados, es decir que la mayor parte del tiempo, el niño no es hijo de sus padres. Es hijo de la especie, hijo de la fuerza extraordinaria que sube a través de las plantas y de los animales, que nos invade y que ha sostenido la vida humana hasta hoy.

    Si nosotros existimos es probablemente en virtud de esa fuerza, mucho más que en razón de una elección deliberada. Eso quiere decir que la humanidad, como los animales y los vegetales, es llevada por la especie y la mayor parte del tiempo no es ella la que lleva la especie. Y el joven que me decía:"Yo soy el resultado de un accidente, mis padres no deseaban hijos y yo llegué por accidente", traduciendo una verdad que se puede multiplicar por millones.

    Eso es un punto claro, luminoso, que nos permite volver a encontrar el sentido de la pureza. Al menos un punto es claro: el niñito. Es la pregunta que hago a todos los novios, es la única pregunta que les hago. No les hago sermones pues no creo en ellos, pero les hago esa pregunta: "Si un niño pudiera escoger a sus padres, ¿cómo lo haría? ¿Cómo querría nacer? ¿De qué padres? ¿Y en qué condiciones?" Es claro que ningún niño quisiera nacer como accidente, no aceptaría nacer de un acto realizado en la ceguera del instinto y bajo el impulso de la especie, pero que no lo tiene en miras.

    Evidentemente, cuando un niño nace, los padres lo rodean, los padres lo aman, con frecuencia heroicamente. Olvidan que no nació de su elección, que no nació de un amor dirigido a él, que nació de la carne y la sangre, del deseo del hombre y la mujer, es decir, finalmente, de la atracción y el embrujo de la especie. Al contrario, todo niño quisiera nacer llamado por su nombre, como los hijos Martín que nacieron realmente de Dios y para Dios.

    Pues bien, a partir de ahí se puede constituir toda una visión maravillosa de la pureza. La pureza es ante todo el niñito. Justamente, tenemos el poder de dar la vida. ¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla!

    El hombre es creado por el hombre. El hombre existe porque el hombre y la mujer lo deciden. Si pudieran decidirlo de manera consciente y luminosa, si pudieran realmente decidir en paz, en la luz y el amor del hijo, entonces sería la pureza, la pureza perfecta.

    Porque la pureza es una persona. La pureza es alguien, es el niñito que está como promesa en el germen confiado al hombre y la mujer, como primera célula de su cuerpo. Y eso es lo que se debe mirar. La pureza es ante todo el respeto de esa tercera persona que es el hijito.

    Sí, nuestro cuerpo es consagrado por ese poder de dar la vida. Está consagrado al hijo y el sexo no es otra cosa que la impronta del hijo en nosotros. Y el impulso de vida que puede atravesarnos es el primer grito del niño que acaba de nacer. ¡Qué admirable es todo eso! Si miramos, si percibimos a través de esos pequeños gérmenes, a través de los órganos a los que están confiados esos gérmenes, si percibimos el rostro del hijito, ¿cómo no ver de inmediato en el sexo un llamado a la santidad? En efecto, eso es en primer lugar, pues para ser dignamente padre o madre habría que ser santo.

    El psicoanálisis nos enseña todos los días que la mayoría de las enfermedades mentales, la mayoría de los desórdenes mentales, la mayoría de los desequilibrios psíquicos vienen de una mala educación. El hijo es siempre el que paga por sus padres. Y como está a la merced de sus padres, sobre todo de su madre y completamente durante los dos primeros años, y que esos dos primeros años valen por 20 en el total de la vida, queda eternamente marcado por su madre y luego, a medida que crece, por su padre. Queda marcado. No puede escapar pues solo tenemos un padre y una madre y no podemos escoger otros.

    Pues si realmente el hijo está tan sometido a la influencia de los padres, si su educación o su deformación es resultado de su relación con ellos, si sólo puede ser educado si se educa, si la educación es ante todo la luz de una presencia divina que el hijo respira a través de la santidad de la madre, tenemos que decir que no hay vocación que exija más inmediatamente la santidad que la maternidad y la paternidad. Si un monje se maneja mal es evidentemente lamentable pero en fin de cuentas no perjudica a un hijo como lo hacen el padre o la madre indignos o simplemente mediocres.

    Es pues lo contrario de lo que imaginamos, si vemos lo que está al centro precisamente de ese poder creador: el niñito. Lejos de poder considerarlo como malo y como fuente de todos los maleficios y desviaciones, el sexo constituye el más fundamental llamado a la santidad más generosa. Entonces digamos: se trata de una vocación a la maternidad por una parte y a la paternidad por la otra.

    Y consideremos siempre el problema sexual a través de la trinidad humana: el padre, la madre y el hijo, poniendo al hijo en primer lugar pues el hijo no puede defenderse, y soportará la vida que le impongan, soportará a los padres tales como son, soportará su medio y será forzosamente su víctima si el medio no es san(t)o (2) en todo sentido de la palabra.

    Entonces, cuando seamos tentados, como se dice, en vez de preocuparnos, comencemos por suscitar el rostro del niñito, ya que de él se trata. Y en vez de atormentarnos sabremos entonces que debemos ponernos en estado de transparencia para ser dignos de él, del hijo que llevamos en nosotros, y de todos los niños del mundo a los que nuestra maternidad espiritual debe extenderse para salvarlos.

    Si entendimos bien este punto, comprenderemos fácilmente la confusión que enunciaba yo entre el misterio de la especie y el misterio de la persona. Cuando un hombre y una mujer se encuentran de manera dudosa, cuando deslizan en desórdenes, cuando se unen sin desear tener un hijo y excluyéndolo, es justamente que confunden los dos terrenos. Creen amarse, creen que van a descubrir un secreto maravilloso el uno en el otro; y en efecto, hay un secreto que descubrir el uno en el otro: en efecto, es verdad, cada uno es portador de un misterio eterno, un misterio divino, un misterio único.

    Pero ese misterio hay que realizarlo primero; ese misterio es sólo una posibilidad. Primero tienen que realizarse para poder intercambiarlo. ¿Y que es lo que sucede casi siempre? Sucede que cuando buscan, o creen buscar el uno en el otro ese secreto infinito, los invade la corriente de la especie y crea en ellos el mismo espejismo, el embrujo que crea igualmente en los animales porque la especie trata a los individuos como trata el océano una cáscara de nuez, la corriente de las especies los precipita el uno hacia el otro. Y cuando el instinto se relaja ven que no habían descubierto nada, y son el uno para el otro más extranjeros que nunca, precisamente porque aprovecharon de una energía cósmica, de una energía en que se encienden las fuerzas de la naturaleza; creyeron apropiárselas, creyeron darse así una dimensión infinita, y no era verdad. Al contrario, fueron sumergidos en el océano de la especie, la especie se los anexó, fueron cáscaras de nuez que flotaban en la superficie del océano.

    Justamente, para encontrar, para descubrir y constituir su secreto, primero tienen que superar el vértigo de la especie. Un hombre y una mujer jamás podrán encontrarse sin haber dominado la corriente, el llamado, el embrujo, el tumulto, el vértigo de la especie. Pues mientras estén sumergidos en esa corriente se hacen ilusiones, se inflan sin razón con un infinito ciego y opaco, que en realidad los utiliza como lo hace el genio de la especie en toda la naturaleza.

    Y justamente, el hombre y la mujer tienen otra cosa que darse. El acto creador no se refiere a ellos sino al hijo; y cuando el llamado creador se orienta hacia el hijo, entonces es la castidad en su más alta expresión, ya que es una doble corriente de generosidad que se consagra al hijo.

    La impureza es la mezcla, la impureza es la anexión indebida e ilusoria de un infinito cósmico, es justamente las energías ciegas de la naturaleza, la anexión indebida que infla al hombre y la mujer dándoles la ilusión de ser excepcionales, de ser prodigiosos, únicos, en el momento mismo en que son más profundamente el rostro de la especie, el rostro anónimo, el rostro sin mirada y sin consciencia.

    Hay otro amor, el de José y María, que es el verdadero amor, el amor virginal que intercambia su secreto más profundo, su secreto de eternidad, pero justamente cuando la corriente de la especie ha sido dominada, por haberse hecho persona, por haberse hecho hijo.

    Yo comparo la trasfiguración que se debe realizar, con una parábola. Estaba encima de un faro mirando el mar inmenso, sin orillas visibles al otro lado, el mar inmenso en que se perdía la mirada y de repente pensé: "Estoy mirando el mar, pero el mar no me mira, no tiene mirada. Toda esa fuerza es ciega, toda esa energía es inconsciente, mientras que el hijito del guardián del faro tiene mirada en sus pupilas azules, y es como si todas las fuerzas de la naturaleza se hubieran concentrado en luz en la mirada azul de ese niñito".

    ¡Pues! Eso es lo que debemos hacer: reunir todas esas fuerzas de la naturaleza, sin miedo, porque son buenas en sí, pero justamente, sacarlas de su ceguera, de su inconsciencia, darles un rostro y una mirada que sea mirada de niño.

    Cuando han hecho eso el hombre y la mujer, pueden mirarse en los ojos porque se amarán verdaderamente con un amor que va al encuentro del secreto eterno. Se amarán porque su ser todo entero habrá sido consagrado. Comprenderán que no lo pueden alcanzar del exterior, que su carne misma es intocable a no ser por el tacto del alma pues está toda cubierta, toda virginizada por la Presencia de Dios, por el respeto de la vida, por el culto del hijo.

    Existe una trinidad humana, una admirable trinidad en que el hombre es el Padre, la madre es el Hijo y el hijo es el Espíritu Santo. Pues como el Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, ex utroque procedit, el hijo es del padre y de la madre. Y en el medio, entre el Espíritu Santo y el Padre está el Hijo que nace del Padre y con el Padre respira al Espíritu Santo; así mismo, al medio, entre el padre y el hijo está la mujer, cuyo rostro tornado hacia el hombre y hacia el hijo, como el rostro del Verbo está tornado hacia el Padre y el Espíritu Santo. Y la mujer es el hijo del hombre.

    Una mujer me decía que su marido la había llamado "mi primogénita" – "Tú eres mi primogénita" le había dicho él al despedirse cuando agonizaba, "Tú eres mi primogénita" – con qué humilde orgullo me recordaba esas palabras en que había encontrado una cuna en el corazón de su marido, un eje de luz, una fuerza que le había ayudado a realizar su maternidad, la maternidad que terminaría en el grito de la niñita que ya les he citado: "Mamá, tú naciste de mi corazón".

    En esa dirección se sitúa la pureza, justamente, esa fuerza nuestra es Alguien. Es alguien que debe tomar rostro a través de nosotros. Y la pureza es la liberación de las energías cósmicas, la liberación de las fuerzas de la naturaleza, la liberación del océano de la especie, que debe hacerse en nosotros mirada, respeto, generosidad y amor.

    En resumen, si quieren, todo consiste en saber si el hombre, el ser humano, está sumergido en la especie como un insecto en su especie, como un gato o un perro están sumergidos en la especie, si el hombre es simple instrumento de la especie, un momento, un corto momento de la vida de la especie. Entonces, hundido en la especie, enceguecido por ella, la trasmite sin saber ni entender. O si, al contrario, el hombre es superior a la especie, si la especie debe terminar en él y encontrar en él su finalidad, su sentido y su realización.

    Miren a San Francisco. No necesita tener hijos porque él mismo es su posteridad, porque él permanece hasta el fin de los siglos, porque en él justamente la especie se libera, haciéndose luz, rostro, rostro y amor. Esa es la cuestión: ¿es que cada uno, realmente, es origen, es creador? ¿Y no es eso el pecado original: rehusar ser creador? El pecado origina es eso. Cuando los esposos, en el enceguecimiento, crean un hijo que en el enceguecimiento crea, suscita un linaje que irá quizás hasta el final de la Historia: una pareja puede dar al mundo hoy un hijo que, dentro de mil millones de años se encarnará quizás en un lejano descendiente, y esa pareja de hoy habrá sido como un nuevo Adán y una nueva Eva, la fuente inconsciente de toda esa descendencia indefinida.

    Yo pienso que el pecado original fue algo semejante, un rechazo de la primera pareja, rehusó asumir la responsabilidad de un universo puesto en sus manos. Quisieron simplemente dejarse llevar por la corriente, dejarse llevar como un niño en sus pañales, dejarse llevar y no llevar ellos la vida, la historia, el universo. Rehusaron ser origen, rehusaron llevar la creación. Fueron sumergidos justamente en las fuerzas impersonales y ciegas de la naturaleza.

    ¡Pues bien! Nosotros, cada uno, tenemos que revivir el problema de escoger ser origen, ser creador, ser fuente, ser comienzo y fin, justificar toda la historia dándole en nosotros un rostro y haciendo de ella una ofrenda de amor. Tenemos que escoger. Y cada vez que el grito de la vida sube dentro de nosotros, tenemos que renovar la decisión de ser origen, creador, comienzo y fuente.

    Eso es admirable, y sólo bajo este aspecto debemos considerar la pureza. Uno y todos, uno y todos en la vocación de la persona; en toda consciencia humana hay esa vocación justamente de reunir toda la Historia y darle sentido al universo.

    Por eso no hay que asustarse. ¿Por qué ver ese terreno creador bajo el aspecto de pecado? Eso es malsano. Hay que considerarlo bajo el aspecto de vocación de santidad. Yo les ruego que no hablen jamás a los niños de pecado, jamás. Cuando les pidan respeto por el cuerpo, pídanles respeto porque el cuerpo es templo de Dios; más tarde podrán comprender que el cuerpo es la cuna de la vida, pero jamás porque "es malo', porque "es impuro". Lo impuro es la mezcla, la trampa, el egoísmo, la confusión voluntaria de los planos y no el cuerpo que está llamado a la vida eterna.

    No hablen jamás de pecado sino de privilegio, de santidad comprometida y exigida. Sobre todo, no hablen de pecado mortal. ¡Dios mío! ¡Envenenaron a la gente con esa idea!

    Viven hablando mal, calumniando, robando, cometiendo injusticias, con ambiciones eclesiásticas, en despotismos de poder y de autoridad y no tienen escrúpulos; y se imaginan que están perdidos porque la imagen de un cuerpo les pasa por el cerebro. ¡No! Hay que acostumbrarse a ver todo eso en la luz, en el respeto, en la santidad, reconstituyendo siempre la trinidad a la luz del rostro del niñito.

    Y en lo que nos toca, nada de escrúpulos. Si no estamos seguros de haber traicionado ni hecho trampa, ¡adelante!, y pidamos a Dios que proteja a todos los niños del mundo y cuidémoslos con más diligencia e inteligencia, y esa será la mejor manera de sacar partido de lo que llamamos las tentaciones.

    Hay que guardar la pureza en la caridad, y la caridad es justamente el centro y el lazo de toda perfección. Y la pureza es solo la forma creadora de la caridad que se extiende hasta el niñito que la necesita particularmente. Y la impureza es precisamente desconocer esa ordenación fundamental y creadora que hace de nuestro cuerpo la cuna de la vida.

    Por lo que nos toca, el voto de castidad jamás debe parecernos como una especie de esterilización voluntaria y artificial. Es lo contrario, justamente porque toda maternidad es ante todo maternidad de la persona, porque en toda hipótesis, para dar la vida hay que ser santos, porque en toda hipótesis, por respeto hacia el niño y por amor hacia él, es necesario haber dominado primero el embrujo de la especie; la castidad nos pone precisamente en estado de poder realizar una verdadera maternidad y no solamente respecto de un niño o dos sino de todos los niños del mundo, de todos los niños del mundo. Y los adultos son a menudo los que más permanecen niños precisamente por no haber tenido una madre santa que formara en ellos esa dimensión de eternidad que le da a la vida toda su grandeza y toda su belleza.

    Y por eso no debemos sentir jamás el voto de castidad como algo que nos disminuye, como una amputación, sino como llamado a un don cada vez más generoso y apasionado. Porque el religioso, la religiosa, el sacerdote no deben matar su sensibilidad, sino extenderla al mundo entero. No se trata de no amar sino de amar de manera infinita, de amar infinitamente como ama Dios.

    Jamás se peca por amar, sino por amar mal, por no amar bastante, por amarse a sí mismo bajo el nombre del amor. Jamás pecamos porque amamos sino porque mezclamos las dos corrientes de la especie y de la persona, porque nos anexamos fraudulentamente un infinito que no hemos llegado a ser. Pero no pecamos cuando amamos de verdad, pues amar verdaderamente es salir de nosotros, amar verdaderamente es despegar de sí mismo, amar de verdad es querer el bien infinito del otro, sea cual fuere. No hay que tener miedo de amar, sino solo rehusar hacer trampa y amar mal.

    Entonces, al contrario, el voto de castidad es vocación a un amor universal. No se trata de un amor lejano y abstracto. Había un sacerdote que se creía santo, era además el superior de la Compañía de san Sulpicio – eso sucedió en el siglo pasado – Cuando una dama lo solicitaba, iba al locutorio con el bonete e una mano y el breviario en la otra, para no tener que darle la mano. ¡Qué triste, si la virtud depende de eso! ¡Qué cosa tan triste!

    ¡Decididamente, No! El Señor no nos encerró en tales tonterías. Al contrario, él nos llama a la libertad y precisamente, nos pide hacer fructificar todas las energías de nuestra sensibilidad en el don hecho a todos. No se trata de secarse volviéndose solterón o solterona, sino al contrario de conservar el corazón siempre abierto, siempre joven, siempre sensible al dolor y a la esperanza del mundo, lo mismo que a la belleza del mundo suscitada por la mirada de Jesús.

    Pues como dice san Juan de la Cruz, " Mil gracias derramando pasó por estos bosques y yéndolos mirando con su sola mirada vestidos los dejó de su hermosura". ¡Eso es! La mirada de un alma universalmente maternal no es ser celosa y echar al mundo una mirada temerosa viendo por doquiera emboscadas del mal. Es mirar el mundo con una mirada liberada y que deja todo vestido de hermosura.

    Entonces, volvamos al camino hacia el Dios vivo con la alegría de la paternidad y de la maternidad universales, pensando justamente que estamos consagrados para todos y que nuestro corazón no está cerrado con doble llave en una vida prisionera, sino al contrario, que está llamado a darse al mundo entero y que las palabras de un mártir del siglo tercero, al que le suplicaban que pensara en sus hijos y buscara cómo escapar al martirio, respondió, lo que me parece ser la alegría de la castidad consagrada: "En toda ciudad, en toda provincia, tengo hijos para Dios".

     

    (1)   Nota del traductor: enfant, en francés significa al mismo tiempo niño e hijo.
    Petit enfant significa niñito, hijito, o nieto, nietecito. ¡Tener esto en cuenta a todo lo largo del texto!

    (2)    sain y saint, sano y santo, se pronuncian de la misma manera en francés.

  • 11-12/01//12 - La Obediencia

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    Roma, a fines de abril de 1926

    La Epístola del 3r domingo después de Pascua es el comentario práctico más convincente de este capítulo de la Santa Regla sobre la Obediencia. (Pueden leer la Epístola mencionada (I Pi. 2, 11-19).

    Probablemente ustedes han observado la asociación curiosa de las palabras: Estén sometidos como personas libres. Ahí está todo el misterio de la obediencia cristiana.

    Mi alimento, dice Jesús, es hacer la voluntad de mi Padre. Se trata pues de un bien muy grande y de la fuente misma de nuestra vida.

    ¿Cómo persuadirnos de ello?

    Colocándonos en el centro del Amor.

    Ama y haz lo que quieras dice san Agustín. Ahí está toda la moral, toda la perfección y toda la santidad.

    Pero amar es darse y como la voluntad controla todas nuestras potencias y en el orden presente ella es la facultad suprema, el don que dispara todos los demás es el don de la voluntad, y en eso consiste propiamente la obediencia.

    Obedire – Tender el oído hacia Dios que llama, para decir: Aquí estoy.

    Estén sometidos, pero como personas libres que son esclavas sólo de Dios, no como los hipócritas que ven en la libertad sólo una facilidad para hacer el mal. Respeten a todo ser humano, amen a los hermanos, honren a los que tienen el poder.

    ¿Y por qué decir Dios, si es un hombre el que manda? Porque sólo Dios puede pedirnos el don supremo de nuestra voluntad.

    Pero, ¿estamos seguros de que manda en nombre de Dios? ¿Diríamos por ejemplo que un ministro ateo pretende gobernar en nombre de Dios?

    Ciertamente no, no lo pretende. Pero no es menos seguro que todo su poder le viene del que, habiendo instituido la sociedad humana, quiso necesariamente también lo que sin ello no puede existir la sociedad, quiero decir la autoridad.

    Y aunque él lo ignore, el cristiano lo sabe, y su obediencia sólo se dirige a Dios, resistiendo a toda ley manifiestamente contraria a la verdad o la justicia.

    ¿Y no corremos el riesgo de engaños y de ser víctimas de visiones estrechas o inclusive de la pasión de los que mandan? San Agustín da esta respuesta magnífica: sólo lo que es bajo puede ser pisoteado.

    ¿Pero cómo tratar de inferior al que para sufrir soporta mil tormentos en la carne teniendo el corazón fijado en el cielos?

    ¿Qué importa a los ojos de la fe si el que manda ve justo o falso, tiene intenciones rectas o interesadas? Él es únicamente signo de una voluntad más elevada.

    Pues si Dios tiene en manos todos los hilos de mi vida, ¿por qué no se serviría aun de los límites humanos para liberarme más seguramente de mí mismo?

    Por eso en cierto nivel de vida espiritual toda orden es bien recibida, a menos que sea manifiestamente contraria a la Ley divina, pues, aunque sea absurda, comporta la ventaja suprema de dejar la voluntad enteramente disponible a la acción de Dios.

    La obra realizada puede ser vana en sí. La intención de darse en ella le asegura una dimensión infinita.

    Tan lejos como estemos de esta disponibilidad, debemos ver que a eso debemos tender y que en eso consiste la verdadera libertad.

    Sometiéndonos cada uno primero a los jefes naturales o mejor a Dios que nos conduce por su medio, aprenderemos a conocer el alimento con que se alimentaba Cristo.

    Y terminaremos quizás por adquirir la condescendencia verdaderamente real que se somete con gusto a toda orden, a todo deseo compatible con la orden de "honrar" a toda criatura a causa de Dios.

    Entonces uno escoge naturalmente el último lugar. Y como nadie se lo disputa, uno es libre, libre de los demás y de sí mismo. Y puede escuchar el silencio formidable de la hostia, cuya acción todopoderosa equilibra los mundos.

    Mi alimento consiste en hacer la voluntad de mi Padre. Estén pues sometidos…como personas libres.

    Para ser libre, para ser rey, para vencer el mundo, como lo indicaba en el bautismo la unción del santo crisma.

    Ahora bien, dice san Juan, la victoria que tenemos sobre el mundo es nuestra fe" (I Jn.5/4).

    Entonces se aclaran las palabras misteriosas que la Iglesia pronuncia sobre la Santísima Virgen:

    Terrible como un ejército en orden de combate.

    Fray Benito

     

     

  • 08-10/01/12 – Más vale ser sin hablar que hablar sin ser.

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    Roma, domingo 21 de marzo de 1926

    ‑ Leer en la Santa Regla, el cap. VI, del Silencio.

    Muy queridos Hermanos y Hermanas,

    Sabemos que hay muchos muertos que parecen vivos y de ellos está escrito: "Dejen que los muertos entierren a los muertos" (Lc. 9/60)

    Quizá no son culpables de falta alguna, quizás frecuentan los oficios de la Iglesia, son quizás obispos, monjes, sacerdotes y quizás hacen milagros.

    Alargan sus franjas, buscan que los saluden, se sientan en primera fila, los llaman Señor, Doctor, Monseñor, Comandante, Caballero y Duquesa y Marquesa.

    Logran lo que Felipe buscaba con tanto ardor: hablan de ellos en Atenas. Dejarán un nombre en la historia.

    Y es talvez su más terrible condenación. La verdadera grandeza no puede escribirse.

     

    El 29 de enero al bajar del altar después de la misa se me acercó una mujer: "Padre, por favor, ¿quiere orar por la conversión de mi hijo? Se había levantado temprano para unirse al santo sacrificio antes de ir al trabajo, y uno entendía lo que la motivaba: su primer pensamiento, su gran preocupación era la vida de esa alma.

    La verdadera grandeza, la única nobleza. Así se manifiesta la acción de Dios con mayor evidencia. Es la victoria de que habla san Juan: "Esa es la victoria que vence al mundo, nuestra fe" (I Jn. 5/4) ¿Al precio de qué dolores y de qué silencio?

    Y de repente el fruto está maduro y el corazón se abre, y se oye el gemido del Espíritu Santo.

    Padre, ¿nos daréis que vivamos en vos, de modo que nuestras palabras, llenas de Vos, sean camino de luz para nuestros hermanos, aun sin nombraros?

    Nos rodean tantas almas que desfallecen esperando una respuesta. ¿Es el momento de tratarlas con ironía y de recordarles sus antiguas falencias?

    Haced que nuestros corazones sean para ellas un refugio donde puedan olvidar por un instante sus faltas y sus penas, a la sombra de nuestro amor, en la suavidad de nuestra acogida y en la humildad de nuestro respeto.

    Como cuando nos recibís por la noche en vuestra casa, silencio vivo, Señor Jesús, y vuestro Corazón que late en la llama de la lamparita.

    Recuerden, Hermanos, Recuerden, Hermanas, el consejo inefable:

    Más vale ser sin hablar que hablar sin ser (San Ignacio de Antioquía, Eph. XV,1) 

    Oren por mí para que la mentira sea extirpada de mi vida, que ame el silencio y el último lugar.

    Que la Paz esté con ustedes y el gozo de nuestro padre San Benito y la dulzura de nuestro Abad Tomás y el recuerdo de

     

    Fray Benito

     

  • 05-07/01/12 – Epifanía, revelación de un niño[1] confiado a nuestro amor.

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     En Bex (Suiza), en 1951.

    En la evacuación de París en 1940, cuando huía todo el mundo, o al menos todos los que podían hacerlo una niñita quería llevarse su muñeca. Su papá le hizo comprender que había cosas más urgentes que llevar y que ella tenía que dejar su muñeca. Y, como ya sabía escribir un poco, escribió en un cartón: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

    Cuando los alemanes ocuparon a París, un oficial alemán, encargado de la requisición de los apartamentos vacíos, encontró la inscripción de la niña y, como quizás tenía un hijo y era talvez católico, quiso salvar la muñeca, escuchar la oración de la niña e hizo sellar el apartamento de modo que permaneciera completamente desocupado. Y cuando la familia regresó a París, la niñita encontró su muñeca con el cartón donde había escrito su oración: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

    Este es un hecho auténtico que muestra que en el corazón humano hay posibilidades imprevistas y que, ante la oración de un niñito, puede ablandarse aun el corazón de un enemigo y recurrir a todas las medidas posibles para cumplir los deseos del alma de un niño.

    Ése es el sentido más profundo del misterio de la Epifanía en que una estrella moviliza a los Magos, es decir unos sabios venidos de Oriente para guiarlos ¿hacia qué? Hacia un niñito, un niñito en quien buscan toda la luz, toda la belleza, toda la sabiduría, toda la grandeza, toda la vida, un niñito en quien reconocen al Dios vivo.

    Toda la sabiduría jamás habría podido inventar esa revelación de Dios. Un niñito pobre que no tiene nada, que es solo una presencia frágil en los brazos de su madre y que se entrega a cada uno en el poder infinito de la fragilidad.

    Toda su sabiduría estalla cuando caen los muros de separación al ver que Dios no es un señor protegido tras el muro de su majestad sino que Dios es precisamente el Amor niño, el amor que no tiene sino Amor, el Amor que crea todo por amor y que llama al mundo entero a realizarse en la misma línea, es decir en el don de sí mismo, en el amor.

    Ya no hay pueblo elegido, ya no hay fronteras: el mundo entero está llamado a reunirse alrededor de un niñito. Si el mundo entero creyera en ese niñito, si el mundo entero pudiera abrir los ojos y reconocer el hecho de que Dios es el Amor niño, ¡pues el mundo entero sería salvo!, porque cada uno habría llegado al fondo de sí mismo y sentiría despertar la generosidad que es capaz de la superación más maravillosa y generosa, aun en el corazón de un enemigo. Y quizás bastaría también que el mundo tuviera el respeto y el amor del niño: siempre es lo mismo.

    Un gran poeta, Mallarmé, pensaba con cierta angustia en sus tres nietos porque él, ocupado con su obra, sentía que no podía serles una presencia total. Y sin embargo decía estas palabras maravillosas: "Tenían derecho a la verdadera vida". Él que se creía ateo, que pensaba que la última palabra de la sabiduría era la nada, delante de sus nietos, sentía otra cosa, un llamado, un misterio, y decía estas palabras que dicen tanto: "Tenían derecho a la verdadera vida".

    Existe pues otra vida que la material, otra vida que la vida de la carne, que la vida por la cual debe darse tanto un padre de familia. Hay una vida desconocida, maravillosa, que quizá no existe todavía, pero que el niño espera y a la que tiene derecho, la verdadera vida que Mallarmé no deseaba mucho pero a la que sentía en sus hijos un llamado incoercible.

    Y recuerdan las palabras de Wilde, cuando, privado de sus hijos por su culpa, al saberse despojado de su paternidad, escribió: "El cuerpo de un niño es como el Cuerpo del Señor. Yo no soy digno de uno ni del otro".

    Recuerdo a la niñita que, el día de su primera comunión (había perdido a su padre unos años antes), en medio de la fiesta de familia, en el momento de ponerse a la mesa, estalló en sollozos diciendo: "¡Quiero a mi papá!, "¡Quiero a mi papá!" Tenía en el corazón el deseo de una presencia y su padre no le faltaba probablemente para asegurarle su pan pues lo tenía, sino que sentía que necesitaba recibir una vida desde adentro, una vida que parte del corazón y de la mente, una vida en la cual los padres comprometen toda su vida.

    Por eso el camino de Cristo, el camino de Epifanía, es para nosotros el camino del amor del hijo. Si tuviéramos dentro el respeto del hijo, el respeto del nieto en nuestros pensamientos, en nuestra mente, en el corazón, en el cuerpo, sentiríamos que el rostro del niño es en nosotros una exigencia infinita. Entonces, ¿cómo dar al niño la vida verdadera a la que tiene derecho si no la vivimos en nosotros mismos? Porque esa vida sólo podemos comunicarla por irradiación personal y no hay palabras que puedan convencer jamás a un niño.

    Además, jamás un discurso ha convertido a nadie y sólo hay una posibilidad de educarlo y es educándose uno mismo. Es a los niños confiados a nuestra solicitud a los que debemos comunicar la vida verdadera a que tienen derecho. Es pues esencial mantener esta imagen, conservar el rostro del niño en lo más profundo nuestro para permanecer digno de él.

    ¿Cómo desea el hijo ver a sus padres? Como lo dijo el otro poeta, un hijo sólo puede pensar en su madre como inmaculada. Sí, habría que justificar este sueño del niño y sólo hay una manera de justificarlo y es que la madre y el padre y nosotros que tenemos a cargo el misterio infinito que consiste justamente en formar el alma de los niños, sólo hay una forma de justificar ese sueño del niño, y es viviendo de modo que seamos dignos de él.

    Esas no son abstracciones. No se trata de una ley lejana fuera de nosotros: la Estrella de Epifanía es la estrella que conduce hacia un niño y hacia el Amor Eterno. Y en ese niñito sentimos la revelación del misterio de todos los niños, cada uno de los cuales es un universo, un mundo infinito, pero que sólo puede aparecer como tal si le damos dentro de nosotros la cuna del nacimiento eterno, si hay en nosotros suficiente luz, suficiente generosidad, suficiente trasparencia como para que el niño adivine, sin palabras, a través de nosotros, la vida infinita que lleva en sí mismo y que está confiada a nuestro amor.

    En el fondo, ahí tenemos un maravilloso sermón de santificación, pues ahí tenemos la exigencia más elevada, más concreta y más urgente para nuestro corazón, de progresar en la luz y el amor. Nuestros hijos, que están confiados a nuestra ternura y que nos miran sin saber lo que buscan, buscan en nosotros la verdadera vida a que tienen derecho.

    Examinemos la conciencia, cada uno a la luz del rostro del niñito impreso en nuestros corazones y pidamos a Dios, pidamos al Amor niño que ese rostro del niñito siga siendo en nosotros una exigencia de cada instante, a fin de que no hagamos nada, no pensemos nada, no podamos hacer ni pensar nada ante la mirada de esos niñitos, para que el rostro del niño sea para nosotros como una estrella plena, visible, misteriosamente aparecida en el fondo de nuestro corazón.

     



    [1] En francés la palabra "enfant" significa al mismo tiempo "niño" e "hijo", y las palabras "petit enfant" significan "niñito" y "nieto". La traducción del texto al español se hace por eso difícil. ¡Hubo que escoger!

  • 02-04/01/12 - ¡Viva la Vida!

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    Votos de Año Nuevo para 1963, en Lausana.

    Sartre observa con profundidad que la mayoría de los hombres, es decir prácticamente todos nosotros estamos inclinados a ensalzar los grandes descubrimientos hechos por la humanidad o los hechos heroicos en que se han distinguido ciertas personas excepcionales, es decir que estamos de acuerdo con aceptar toda la herencia positiva de los que nos han precedido y asumir finalmente toda la grandeza de nuestros contemporáneos. Pero rehusamos los crímenes de la humanidad, las maldades, todos los actos que deshonran la especie humana. Y Sartre piensa, y con razón, que no debemos rehusar nada de lo humano sino llevar y aceptar la responsabilidad de los crímenes tanto como de las virtudes.

    De hecho, además, cuando estudiamos el origen de los crímenes, nos damos cuenta de que no proceden de generación espontánea: un hombre no se vuelve criminal en un segundo, hay todo un proceso, un conjunto de circunstancias al que nosotros mismos tampoco habríamos resistido si hubiéramos estado en esa situación. De todos modos, somos solidarios y es imposible que cristianos que crean en la comunión de los santos no se sientan responsables de los errores de sus hermanos. Si no pudieron impedirlos, al menos deberían expiarlos si quieren ser fieles al Evangelio de Jesucristo.

    Pero en realidad somos tan irresponsables en nuestra propia vida que nos parece irreal cargar con la responsabilidad de otros. Y precisamente, al finalizar el año, podemos subrayar el abandono colosal de que somos todos culpables concretizando nuestra cobardía en los acontecimientos de Cuba que pudieron desencadenar una guerra atómica. Qué extraordinariamente increíble e inaudito que más de dos mil millones de seres humanos hayamos dejado que Kruschev y Kennedy se afrontaran como si de ellos dos dependiera el destino de la humanidad entera, como si eso fuera cosa de ellos solamente y no de todos nosotros. Esperamos que ellos decidieran, y por fortuna uno de ellos fue bastante sabio para retroceder ante la solución extrema, y por eso tenemos todavía una paz relativa. ¿Qué habría sido de nosotros hoy, si hubiera estallado la guerra atómica? Es casi imposible imaginarlo, tan acostumbrados estamos a las condiciones que habrían cambiado.

    Sin embargo, es un hecho que no hicimos nada, no movimos un dedo para cambiar la situación. Esperamos que dos hombres decidieran y seguimos viviendo la vida con sus límites, sus prejuicios, todas sus ambiciones, sus reivindicaciones, sus resentimientos y todas las guerritas de partidos o de parroquias. Y todos y cada uno podemos asumir la responsabilidad de tantas faltas de responsabilidad para cerrar el año con un acto de contrición por todos los acontecimientos internacionales o individuales que han tenido lugar porque todos somos responsables, por omisión, por fallas, responsables porque estábamos absorbidos en problemitas personales que nos impedían ver los grandes problemas.

    Tenemos pues todavía paz por algún tiempo, con toda la incógnita de la China que no retrocederá ante una guerra atómica, como dice Nehru, pues no tiene nada que temer ya que, con cerca de 800 millones de habitantes puede sacrificar alegremente 400 millones y estar segura de tener la última palabra.

    Entramos pues en el nuevo año, o al menos vamos a entrar en él y tenemos que preguntarnos qué vamos a hacer para preservar la paz. ¿Podemos hacer algo? ¿Tenemos algún papel esencial que jugar? ¡Sin duda alguna! ¿Y cuál es? Es el papel de darle a la vida todo su valor, de modo que nos parezca inviolable, que todos la reconozcan porque la revelamos, que todos la reconozcan como un tesoro importante para todo el mundo, un tesoro tan sagrado que cada uno se vuelva intocable.

    Claro está que si continuamos el jueguito, si seguimos confinados en nuestros horizontes limitados, si seguimos como estamos exhibiendo el amor propio, si entretenemos las rivalidades y ambiciones, ¿por qué sería protegida esta vida por la que no hacemos nada? ¿Qué importa que desaparezca la humanidad si no crea nada, si no va nunca hasta el final de sus posibilidades, si nuestra posible libertad no tiene como resultado ninguna creación que imponga el respeto y parezca como beneficio para todos los hombres?

    Ese es el problema con que estamos confrontados en este Año Nuevo: ¿qué vamos a hacer de nuestra vida? ¿Qué peso le vamos a dar? Afortunadamente escapamos a la catástrofe. No está dicho que escamparemos de nuevo y además, no merecemos escapar.

    Ante todas las desigualdades humanas, ante los resentimientos seculares grabados en la memoria de los pueblos, ante una biología colectiva e individual que pulula, ¿cómo puede ser necesaria la paz, cómo puede aparecer como exigencia imprescriptible si la vida no toma su verdadero rostro, si no aparece en toda su dignidad, en toda su grandeza y en toda su belleza?

    Y ese es justamente nuestro trabajo, es nuestra vocación, nuestra vocación de hombres y doblemente de cristianos, darle a la vida toda su dignidad y su nobleza. Durante 50 años, un solo hombre, Gandhi, pudo mantener a 500 millones de hombres que aspiraban a la libertad, que estaban hartos de estar sometidos a una fuerza casi ridícula, si pensamos que había quizá sólo cien, o 50 mil ingleses para mantenerlos sometidos, aunque en verdad ayudados de una técnica que les faltaba a los hindúes.

    Gandhi pudo mantenerlos durante cerca de 50 años, prohibirles toda violencia e imponerles el respeto del adversario por el simple brillo de su caridad, de su dignidad y de su generosidad. Y finalmente, él solo hizo retroceder el imperio británico, llevó la India a su madurez, la hizo digna de una libertad que se hacía necesaria precisamente porque se apoyaba en el corazón inmenso, en la generosidad incomparable de un solo hombre que se entregaba por todos.

    Es un hecho incontestable: basta que un solo hombre vaya hasta el final de sí mismo para imponer el respeto por la vida, para contener el desencadenamiento de las pasiones, para hacer retroceder la fuerza, para hacer retroceder un imperio. No tenemos pues ninguna excusa si no emprendemos el hacer de nuestra vida algo grande y bello, si no nos convertimos a lo humano, si no entramos en la catolicidad del amor, si no justificamos nuestro nombre que significa ser universales.

    Y no debemos quejarnos si estalla la guerra pues no habremos hecho nada para hacerla retroceder, porque no hemos impuesto el respeto de la vida, porque no le hemos dado su verdadero rostro.

    ¡Al mirar la Cruz no debemos olvidar que ella significa el precio infinito que Cristo le atribuyó a nuestra vida! Eso es todo el cristianismo: la afirmación colosal de la grandeza y la dignidad de la vida. Y cuando Cristo se arrodilla para lavar los pies de sus apóstoles, es la canonización de la libertad humana siempre posible y que nosotros debemos realizar para llegar a nosotros mismos y establecer el Reino de Dios. Tenemos una grandeza tal que Dios mismo no podría disponer de ella, pues Dios no puede sino dar su vida para introducirnos en esa grandeza e invitarnos a realizarla.

    Por eso me parece imposible comenzar este Año Nuevo, después de asumir la responsabilidad de todas nuestras derrotas, de todas nuestras ausencias y de todas nuestras responsabilidades, me parece imposible abordar este Nuevo Año sin desear alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de entrar en la Historia como creadores, la única manera de responder a la invitación de Jesucristo el cual nos hizo el crédito formidable de su Pasión y midió nuestra libertad con la medida de su Cruz.

    No nos refugiemos pues en nuestros infantilismos, no tenemos que hacernos pequeños y miserables, ni siquiera ante Dios, como si el gozo de Dios fuera vernos hechos nada, sino al contrario, como el papa san Gregorio, san León, nos exhorta en la noche de Navidad, reconozcamos nuestra dignidad y no volvamos a la miseria de nuestra antigua manera de vivir. En el corazón del Evangelio hay una invitación inmensa a la grandeza, y respondiendo a ese llamado podremos entrever un porvenir humano digno de Dios y de nosotros.

    Pero está perfectamente claro que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos en nuestra vida personal, en nuestro medio familiar o profesional los fermentos de odio, de rivalidades, de oposiciones, de ambiciones que, a escala internacional, se traducen inevitablemente en guerra.

    En la medida en que nuestra vida sea garantía de paz, en la medida en que la paz brille en toda nuestra vida, en la medida en que los que nos rodean puedan respirar la paz de Dios en nosotros, estará realmente asegurada la paz del mundo. Pues no podrá depender siempre de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud, o simplemente de la habilidad de dos hombres más clarividentes ante el peligro de una guerra total. Será necesario que todos los hombres asuman su destino, hagan la guerra absolutamente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de dignidad y de nobleza tal que se imponga a todos como tesoro inalienable que es el bien común de todos.

    Esa me parece que debe ser ante Dios la conclusión de este año y el comienzo del que va a entrar. No podemos gloriarnos simplemente de los acontecimientos positivos, de los descubrimientos geniales, de los actos heroicos realizados por los demás, sin asumir la responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes cometidos, de todas las catástrofes que han caído sobre otros y no sobre nosotros. Somos solidarios del mal lo mismo que del bien y somos particularmente responsables como cristianos y corredentores; pero como ya no se trata de lamentarnos por lo que no hemos hecho sino de cambiar de actitud, nuestra contrición solo tendrá sentido si se hace propósito de grandeza y si entramos en el Nuevo Año con el firme propósito de ser por fin hombres, de ser fuente y origen, de ser creadores y de trasfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros, en nuestro hogar, en nuestra profesión y en nuestra sociedad a fin de que aparezca a todos como el más alto don de Dios, como la comunicación misma de su luz, como el don de su Amor.

    Que esa sea nuestra ofrenda en esta liturgia en que el Señor se ofrece con nosotros y por nosotros, que sea nuestra oración, pero que sea sobre todo nuestra decisión: "Señor, ayúdame a ser por fin hombre y a hacer de mi vida un espacio ilimitado en que pueda caber el mundo entero, en que toda criatura se sienta ennoblecida y en que pueda por fin respirarse tu Presencia".

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