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Votos de Año Nuevo para 1963,
en Lausana.
Sartre observa con profundidad que la mayoría de los hombres, es decir
prácticamente todos nosotros estamos inclinados a ensalzar los grandes
descubrimientos hechos por la humanidad o los hechos heroicos en que se han distinguido
ciertas personas excepcionales, es decir que estamos de acuerdo con
aceptar toda la herencia positiva de los que nos han precedido y asumir finalmente toda la grandeza de nuestros
contemporáneos. Pero rehusamos los
crímenes de la humanidad, las maldades, todos
los actos que deshonran la especie humana. Y Sartre piensa, y con razón, que no
debemos rehusar nada de lo humano sino llevar y aceptar la responsabilidad
de los crímenes tanto como de las virtudes.
De hecho, además,
cuando estudiamos el origen de los crímenes, nos damos cuenta de que no proceden
de generación espontánea: un hombre no se vuelve criminal
en un segundo, hay todo
un proceso, un conjunto de circunstancias al que nosotros mismos tampoco habríamos
resistido si hubiéramos estado en esa situación. De todos modos, somos solidarios y es
imposible que cristianos que crean en la comunión de los santos no se sientan
responsables de los errores de sus hermanos. Si no pudieron impedirlos, al menos deberían
expiarlos si quieren ser fieles al Evangelio de Jesucristo.
Pero en realidad somos
tan irresponsables en nuestra propia vida que nos parece irreal cargar con la
responsabilidad de otros. Y
precisamente, al finalizar el año, podemos subrayar el abandono colosal de que
somos todos culpables concretizando nuestra cobardía en los acontecimientos de
Cuba que pudieron desencadenar una guerra atómica. Qué extraordinariamente
increíble e inaudito que más de dos mil millones de seres humanos hayamos
dejado que Kruschev y Kennedy se afrontaran como si de ellos dos dependiera el
destino de la humanidad entera, como si eso fuera cosa de ellos solamente y no
de todos nosotros. Esperamos que ellos decidieran, y por fortuna uno de ellos
fue bastante sabio para retroceder ante la solución extrema, y por eso tenemos
todavía una paz relativa. ¿Qué habría sido de nosotros hoy, si hubiera
estallado la guerra atómica? Es casi imposible imaginarlo, tan acostumbrados
estamos a las condiciones que habrían cambiado.
Sin embargo, es un hecho
que no hicimos nada, no movimos un dedo para cambiar la situación. Esperamos
que dos hombres decidieran y seguimos viviendo la vida con sus límites, sus
prejuicios, todas sus ambiciones, sus reivindicaciones, sus resentimientos y
todas las guerritas de partidos o de parroquias. Y todos y cada uno podemos asumir la responsabilidad de tantas faltas
de responsabilidad para cerrar el año con un acto de contrición por todos los
acontecimientos internacionales o individuales que han tenido lugar porque todos
somos responsables, por omisión, por fallas, responsables porque estábamos
absorbidos en problemitas personales que nos impedían ver los grandes problemas.
Tenemos pues todavía paz
por algún tiempo, con toda la incógnita de la China que no retrocederá ante una
guerra atómica, como dice Nehru, pues no tiene nada que temer ya que, con cerca
de 800 millones de habitantes puede sacrificar alegremente 400 millones y estar
segura de tener la última palabra.
Entramos pues en el nuevo
año, o al menos vamos a entrar en él y tenemos que preguntarnos qué vamos a
hacer para preservar la paz. ¿Podemos hacer algo? ¿Tenemos algún papel
esencial que jugar? ¡Sin duda alguna! ¿Y cuál es? Es el papel de darle a la
vida todo su valor, de modo que nos parezca inviolable, que todos la reconozcan
porque la revelamos, que todos la reconozcan como un tesoro importante para
todo el mundo, un tesoro tan sagrado que cada uno se vuelva intocable.
Claro está que si
continuamos el jueguito, si seguimos confinados en nuestros horizontes
limitados, si seguimos como estamos exhibiendo el amor propio, si entretenemos
las rivalidades y ambiciones, ¿por qué sería protegida esta vida por la que no
hacemos nada? ¿Qué importa que desaparezca la humanidad si no crea nada, si no
va nunca hasta el final de sus posibilidades, si nuestra posible libertad no
tiene como resultado ninguna creación que imponga el respeto y parezca como
beneficio para todos los hombres?
Ese es el problema con
que estamos confrontados en este Año Nuevo: ¿qué vamos a hacer de nuestra vida?
¿Qué peso le vamos a dar? Afortunadamente escapamos a la catástrofe. No está dicho que
escamparemos de nuevo y además, no merecemos escapar.
Ante todas las
desigualdades humanas, ante los resentimientos seculares grabados en la memoria
de los pueblos, ante una biología colectiva e individual que pulula, ¿cómo
puede ser necesaria la paz, cómo puede aparecer como exigencia imprescriptible
si la vida no toma su verdadero rostro, si no aparece en toda su dignidad, en
toda su grandeza y en toda su belleza?
Y ese es justamente
nuestro trabajo, es nuestra vocación,
nuestra vocación de hombres y doblemente de cristianos, darle a la vida toda su
dignidad y su nobleza. Durante 50 años, un solo hombre, Gandhi, pudo
mantener a 500 millones de hombres que aspiraban a la libertad, que estaban
hartos de estar sometidos a una fuerza casi ridícula, si pensamos que había
quizá sólo cien, o 50 mil ingleses para mantenerlos sometidos, aunque en verdad
ayudados de una técnica que les faltaba a los hindúes.
Gandhi pudo mantenerlos
durante cerca de 50 años, prohibirles toda violencia e imponerles el respeto
del adversario por el simple brillo de su caridad, de su dignidad y de su
generosidad. Y
finalmente, él solo hizo retroceder el imperio británico, llevó la India a su
madurez, la hizo digna de una libertad que se hacía necesaria precisamente
porque se apoyaba en el corazón inmenso, en la generosidad incomparable de un
solo hombre que se entregaba por todos.
Es un hecho incontestable:
basta que un solo hombre vaya hasta el
final de sí mismo para imponer el respeto por la vida, para contener el
desencadenamiento de las pasiones, para hacer retroceder la fuerza,
para hacer retroceder un imperio. No tenemos pues ninguna excusa si
no emprendemos el hacer de nuestra vida algo grande y bello, si no nos
convertimos a lo humano, si no entramos en la catolicidad del amor, si no
justificamos nuestro nombre que significa ser universales.
Y no debemos quejarnos si
estalla la guerra pues no habremos hecho nada para hacerla retroceder, porque
no hemos impuesto el respeto de la vida, porque no le hemos dado su verdadero
rostro.
¡Al mirar la Cruz no
debemos olvidar que ella significa el precio infinito que Cristo le atribuyó a
nuestra vida! Eso es todo
el cristianismo: la afirmación colosal de la grandeza y la dignidad de la vida.
Y cuando Cristo se arrodilla para lavar los pies de sus apóstoles, es la
canonización de la libertad humana siempre posible y que nosotros debemos
realizar para llegar a nosotros mismos y establecer el Reino de Dios. Tenemos
una grandeza tal que Dios mismo no podría disponer de ella, pues Dios no puede
sino dar su vida para introducirnos en esa grandeza e invitarnos a realizarla.
Por eso me parece
imposible comenzar este Año Nuevo, después de asumir la responsabilidad de
todas nuestras derrotas, de todas nuestras ausencias y de todas nuestras
responsabilidades, me parece imposible abordar este Nuevo Año sin desear
alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de entrar
en la Historia como creadores, la única manera de responder a la invitación de
Jesucristo el cual nos hizo el crédito formidable de su Pasión y midió nuestra
libertad con la medida de su Cruz.
No nos refugiemos pues en
nuestros infantilismos, no tenemos que hacernos pequeños y miserables, ni
siquiera ante Dios, como si el gozo de Dios fuera vernos hechos nada, sino al
contrario, como el papa san Gregorio, san León, nos exhorta en la noche de
Navidad, reconozcamos nuestra dignidad y no volvamos a la miseria de nuestra
antigua manera de vivir. En el corazón
del Evangelio hay una invitación inmensa a la grandeza, y respondiendo a ese
llamado podremos entrever un porvenir humano digno de Dios y de nosotros.
Pero está perfectamente
claro que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos
en nuestra vida personal, en nuestro medio familiar o profesional los fermentos
de odio, de rivalidades, de oposiciones, de ambiciones que, a escala
internacional, se traducen inevitablemente en guerra.
En la medida en que nuestra
vida sea garantía de paz, en la medida en que la paz brille en toda nuestra
vida, en la medida en que los que nos rodean puedan respirar la paz de Dios en
nosotros, estará realmente asegurada la paz del mundo. Pues no podrá depender
siempre de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud, o simplemente de la
habilidad de dos hombres más clarividentes ante el peligro de una guerra total.
Será necesario que todos los hombres asuman su destino, hagan la guerra
absolutamente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de
dignidad y de nobleza tal que se imponga a todos como tesoro inalienable que es
el bien común de todos.
Esa me parece que debe
ser ante Dios la conclusión de este año y el comienzo del que va a entrar. No
podemos gloriarnos simplemente de los acontecimientos positivos, de los descubrimientos
geniales, de los actos heroicos realizados por los demás, sin asumir la
responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes cometidos,
de todas las catástrofes que han caído sobre otros y no sobre nosotros. Somos solidarios del mal lo mismo que del
bien y somos particularmente responsables como cristianos y corredentores;
pero como ya no se trata de lamentarnos
por lo que no hemos hecho sino de cambiar de actitud, nuestra contrición solo
tendrá sentido si se hace propósito de grandeza y si entramos en el Nuevo Año
con el firme propósito de ser por fin hombres, de ser fuente y origen, de ser
creadores y de trasfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros, en
nuestro hogar, en nuestra profesión y en nuestra sociedad a fin de que aparezca
a todos como el más alto don de Dios, como la comunicación misma de su luz,
como el don de su Amor.
Que esa sea nuestra ofrenda en esta
liturgia en que el Señor se ofrece con nosotros y por nosotros, que sea nuestra
oración, pero que sea sobre todo nuestra decisión: "Señor, ayúdame a ser por fin hombre y a hacer de mi vida un espacio
ilimitado en que pueda caber el mundo entero, en que toda criatura se sienta
ennoblecida y en que pueda por fin respirarse tu Presencia".