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05-07/01/12 – Epifanía, revelación de un niño[1] confiado a nuestro amor.

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 En Bex (Suiza), en 1951.

En la evacuación de París en 1940, cuando huía todo el mundo, o al menos todos los que podían hacerlo una niñita quería llevarse su muñeca. Su papá le hizo comprender que había cosas más urgentes que llevar y que ella tenía que dejar su muñeca. Y, como ya sabía escribir un poco, escribió en un cartón: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

Cuando los alemanes ocuparon a París, un oficial alemán, encargado de la requisición de los apartamentos vacíos, encontró la inscripción de la niña y, como quizás tenía un hijo y era talvez católico, quiso salvar la muñeca, escuchar la oración de la niña e hizo sellar el apartamento de modo que permaneciera completamente desocupado. Y cuando la familia regresó a París, la niñita encontró su muñeca con el cartón donde había escrito su oración: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

Este es un hecho auténtico que muestra que en el corazón humano hay posibilidades imprevistas y que, ante la oración de un niñito, puede ablandarse aun el corazón de un enemigo y recurrir a todas las medidas posibles para cumplir los deseos del alma de un niño.

Ése es el sentido más profundo del misterio de la Epifanía en que una estrella moviliza a los Magos, es decir unos sabios venidos de Oriente para guiarlos ¿hacia qué? Hacia un niñito, un niñito en quien buscan toda la luz, toda la belleza, toda la sabiduría, toda la grandeza, toda la vida, un niñito en quien reconocen al Dios vivo.

Toda la sabiduría jamás habría podido inventar esa revelación de Dios. Un niñito pobre que no tiene nada, que es solo una presencia frágil en los brazos de su madre y que se entrega a cada uno en el poder infinito de la fragilidad.

Toda su sabiduría estalla cuando caen los muros de separación al ver que Dios no es un señor protegido tras el muro de su majestad sino que Dios es precisamente el Amor niño, el amor que no tiene sino Amor, el Amor que crea todo por amor y que llama al mundo entero a realizarse en la misma línea, es decir en el don de sí mismo, en el amor.

Ya no hay pueblo elegido, ya no hay fronteras: el mundo entero está llamado a reunirse alrededor de un niñito. Si el mundo entero creyera en ese niñito, si el mundo entero pudiera abrir los ojos y reconocer el hecho de que Dios es el Amor niño, ¡pues el mundo entero sería salvo!, porque cada uno habría llegado al fondo de sí mismo y sentiría despertar la generosidad que es capaz de la superación más maravillosa y generosa, aun en el corazón de un enemigo. Y quizás bastaría también que el mundo tuviera el respeto y el amor del niño: siempre es lo mismo.

Un gran poeta, Mallarmé, pensaba con cierta angustia en sus tres nietos porque él, ocupado con su obra, sentía que no podía serles una presencia total. Y sin embargo decía estas palabras maravillosas: "Tenían derecho a la verdadera vida". Él que se creía ateo, que pensaba que la última palabra de la sabiduría era la nada, delante de sus nietos, sentía otra cosa, un llamado, un misterio, y decía estas palabras que dicen tanto: "Tenían derecho a la verdadera vida".

Existe pues otra vida que la material, otra vida que la vida de la carne, que la vida por la cual debe darse tanto un padre de familia. Hay una vida desconocida, maravillosa, que quizá no existe todavía, pero que el niño espera y a la que tiene derecho, la verdadera vida que Mallarmé no deseaba mucho pero a la que sentía en sus hijos un llamado incoercible.

Y recuerdan las palabras de Wilde, cuando, privado de sus hijos por su culpa, al saberse despojado de su paternidad, escribió: "El cuerpo de un niño es como el Cuerpo del Señor. Yo no soy digno de uno ni del otro".

Recuerdo a la niñita que, el día de su primera comunión (había perdido a su padre unos años antes), en medio de la fiesta de familia, en el momento de ponerse a la mesa, estalló en sollozos diciendo: "¡Quiero a mi papá!, "¡Quiero a mi papá!" Tenía en el corazón el deseo de una presencia y su padre no le faltaba probablemente para asegurarle su pan pues lo tenía, sino que sentía que necesitaba recibir una vida desde adentro, una vida que parte del corazón y de la mente, una vida en la cual los padres comprometen toda su vida.

Por eso el camino de Cristo, el camino de Epifanía, es para nosotros el camino del amor del hijo. Si tuviéramos dentro el respeto del hijo, el respeto del nieto en nuestros pensamientos, en nuestra mente, en el corazón, en el cuerpo, sentiríamos que el rostro del niño es en nosotros una exigencia infinita. Entonces, ¿cómo dar al niño la vida verdadera a la que tiene derecho si no la vivimos en nosotros mismos? Porque esa vida sólo podemos comunicarla por irradiación personal y no hay palabras que puedan convencer jamás a un niño.

Además, jamás un discurso ha convertido a nadie y sólo hay una posibilidad de educarlo y es educándose uno mismo. Es a los niños confiados a nuestra solicitud a los que debemos comunicar la vida verdadera a que tienen derecho. Es pues esencial mantener esta imagen, conservar el rostro del niño en lo más profundo nuestro para permanecer digno de él.

¿Cómo desea el hijo ver a sus padres? Como lo dijo el otro poeta, un hijo sólo puede pensar en su madre como inmaculada. Sí, habría que justificar este sueño del niño y sólo hay una manera de justificarlo y es que la madre y el padre y nosotros que tenemos a cargo el misterio infinito que consiste justamente en formar el alma de los niños, sólo hay una forma de justificar ese sueño del niño, y es viviendo de modo que seamos dignos de él.

Esas no son abstracciones. No se trata de una ley lejana fuera de nosotros: la Estrella de Epifanía es la estrella que conduce hacia un niño y hacia el Amor Eterno. Y en ese niñito sentimos la revelación del misterio de todos los niños, cada uno de los cuales es un universo, un mundo infinito, pero que sólo puede aparecer como tal si le damos dentro de nosotros la cuna del nacimiento eterno, si hay en nosotros suficiente luz, suficiente generosidad, suficiente trasparencia como para que el niño adivine, sin palabras, a través de nosotros, la vida infinita que lleva en sí mismo y que está confiada a nuestro amor.

En el fondo, ahí tenemos un maravilloso sermón de santificación, pues ahí tenemos la exigencia más elevada, más concreta y más urgente para nuestro corazón, de progresar en la luz y el amor. Nuestros hijos, que están confiados a nuestra ternura y que nos miran sin saber lo que buscan, buscan en nosotros la verdadera vida a que tienen derecho.

Examinemos la conciencia, cada uno a la luz del rostro del niñito impreso en nuestros corazones y pidamos a Dios, pidamos al Amor niño que ese rostro del niñito siga siendo en nosotros una exigencia de cada instante, a fin de que no hagamos nada, no pensemos nada, no podamos hacer ni pensar nada ante la mirada de esos niñitos, para que el rostro del niño sea para nosotros como una estrella plena, visible, misteriosamente aparecida en el fondo de nuestro corazón.

 



[1] En francés la palabra "enfant" significa al mismo tiempo "niño" e "hijo", y las palabras "petit enfant" significan "niñito" y "nieto". La traducción del texto al español se hace por eso difícil. ¡Hubo que escoger!

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