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En Bex (Suiza), en 1951.
En la evacuación de París en 1940, cuando huía todo el mundo, o al
menos todos los que podían hacerlo una
niñita quería llevarse su muñeca. Su papá le hizo comprender que había cosas
más urgentes que llevar y que ella tenía que dejar su muñeca. Y, como ya
sabía escribir un poco, escribió en un
cartón: "Santísima Virgen, protege a
mi muñeca".
Cuando los alemanes ocuparon a
París, un oficial alemán, encargado de la
requisición de los apartamentos vacíos, encontró la inscripción de la niña y,
como quizás tenía un hijo y era talvez católico, quiso salvar la muñeca,
escuchar la oración de la niña e hizo sellar el apartamento de modo que
permaneciera completamente desocupado. Y cuando la familia regresó a París, la
niñita encontró su muñeca con el cartón donde había escrito su oración: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".
Este es un hecho auténtico que
muestra que en el corazón humano hay posibilidades imprevistas y que, ante la oración de un niñito, puede
ablandarse aun el corazón de un enemigo y recurrir a todas las medidas posibles
para cumplir los deseos del alma de un niño.
Ése es el sentido más profundo del
misterio de la Epifanía en que una estrella moviliza a los Magos, es decir unos sabios venidos de Oriente para guiarlos ¿hacia qué? Hacia un
niñito, un niñito en quien buscan toda
la luz, toda la belleza, toda la sabiduría, toda la grandeza, toda la vida, un
niñito en
quien reconocen al Dios vivo.
Toda la sabiduría jamás habría
podido inventar esa revelación de Dios.
Un niñito pobre que no tiene nada, que es solo una presencia frágil en los
brazos de su madre y que se entrega a cada uno en el poder infinito de la
fragilidad.
Toda su sabiduría estalla cuando caen
los muros de separación al ver que Dios
no es un señor protegido tras el muro de su majestad sino que Dios es
precisamente el Amor niño, el amor que no tiene sino Amor, el Amor que crea
todo por amor y que llama al mundo
entero a realizarse en la misma línea, es decir en el don de sí mismo, en el
amor.
Ya no hay pueblo elegido, ya no hay
fronteras: el mundo entero está llamado a reunirse alrededor de un niñito. Si
el mundo entero creyera en ese niñito, si el mundo entero pudiera abrir los
ojos y reconocer el hecho de que Dios es el Amor niño, ¡pues el mundo entero
sería salvo!, porque cada uno habría llegado al fondo de sí mismo y sentiría
despertar la generosidad que es capaz de la superación más maravillosa y
generosa, aun en el corazón de un enemigo. Y quizás bastaría también que el
mundo tuviera el respeto y el amor del niño: siempre es lo mismo.
Un gran poeta, Mallarmé,
pensaba con cierta angustia en sus tres nietos porque él, ocupado con su obra,
sentía que no podía serles una presencia total. Y sin embargo decía estas
palabras maravillosas: "Tenían derecho
a la verdadera vida". Él que se creía ateo, que pensaba que la última
palabra de la sabiduría era la nada, delante
de sus nietos, sentía otra cosa, un llamado, un misterio, y decía estas
palabras que dicen tanto: "Tenían
derecho a la verdadera vida".
Existe pues otra vida que la
material, otra vida que la vida de la carne, que la vida por la cual debe darse
tanto un padre de familia. Hay una vida desconocida, maravillosa, que quizá no
existe todavía, pero que el niño espera y a la que tiene derecho, la verdadera
vida que Mallarmé no deseaba mucho pero a la que sentía en sus hijos un llamado
incoercible.
Y recuerdan las palabras de Wilde, cuando, privado de sus
hijos por su culpa, al saberse despojado de su paternidad, escribió: "El
cuerpo de un niño es como el Cuerpo del Señor. Yo no soy digno de uno ni del
otro".
Recuerdo a la niñita que, el día de
su primera comunión (había perdido a su padre unos años antes), en medio de la
fiesta de familia, en el momento de ponerse a la mesa, estalló en sollozos
diciendo: "¡Quiero a mi papá!,
"¡Quiero a mi papá!" Tenía
en el corazón el deseo de una presencia y su padre no le faltaba probablemente
para asegurarle su pan pues lo tenía, sino que sentía que necesitaba recibir
una vida desde adentro, una vida que parte del corazón y de la mente, una vida
en la cual los padres comprometen toda su vida.
Por eso el camino de Cristo, el
camino de Epifanía, es para nosotros el camino del amor del hijo. Si tuviéramos
dentro el respeto del hijo, el respeto del nieto en nuestros pensamientos, en
nuestra mente, en el corazón, en el cuerpo, sentiríamos que el rostro del niño
es en nosotros una exigencia infinita. Entonces, ¿cómo dar al niño la vida
verdadera a la que tiene derecho si no la vivimos en nosotros mismos? Porque
esa vida sólo podemos comunicarla por irradiación personal y no hay palabras
que puedan convencer jamás a un niño.
Además, jamás un discurso ha
convertido a nadie y sólo hay una posibilidad de educarlo y es educándose uno
mismo. Es a los niños confiados a nuestra solicitud a los que debemos comunicar
la vida verdadera a que tienen derecho. Es pues esencial mantener esta imagen,
conservar el rostro del niño en lo más profundo nuestro para permanecer digno
de él.
¿Cómo desea el hijo ver a sus
padres? Como lo dijo el otro poeta, un hijo sólo puede pensar en su
madre como inmaculada. Sí, habría que justificar
este sueño del niño y sólo hay una manera de justificarlo y es que la madre y
el padre y nosotros que tenemos a cargo el misterio infinito que consiste
justamente en formar el alma de los niños, sólo hay una forma de justificar ese
sueño del niño, y es viviendo de modo que seamos dignos de él.
Esas no son abstracciones. No se
trata de una ley lejana fuera de nosotros: la
Estrella de Epifanía es la estrella que conduce hacia un niño y hacia el Amor
Eterno. Y en ese niñito sentimos la revelación del misterio de todos los
niños, cada uno de los cuales es un universo, un mundo infinito, pero que sólo
puede aparecer como tal si le damos dentro de nosotros la cuna del nacimiento
eterno, si hay en nosotros suficiente luz, suficiente generosidad, suficiente
trasparencia como para que el niño adivine, sin palabras, a través de nosotros,
la vida infinita que lleva en sí mismo y que está confiada a nuestro amor.
En el fondo, ahí tenemos un
maravilloso sermón de santificación, pues ahí tenemos la exigencia más elevada,
más concreta y más urgente para nuestro corazón, de progresar en la luz y el
amor. Nuestros hijos, que están confiados a nuestra ternura y que nos miran sin
saber lo que buscan, buscan en nosotros la verdadera vida a que tienen derecho.
Examinemos la conciencia, cada uno a
la luz del rostro del niñito impreso en nuestros corazones y pidamos a Dios, pidamos al Amor niño que ese rostro del
niñito siga siendo en nosotros una exigencia de cada instante, a fin de que
no hagamos nada, no pensemos nada, no podamos hacer ni pensar nada ante la
mirada de esos niñitos, para que el
rostro del niño sea para nosotros como una estrella plena, visible,
misteriosamente aparecida en el fondo de nuestro corazón.