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11-12/01//12 - La Obediencia

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Roma, a fines de abril de 1926

La Epístola del 3r domingo después de Pascua es el comentario práctico más convincente de este capítulo de la Santa Regla sobre la Obediencia. (Pueden leer la Epístola mencionada (I Pi. 2, 11-19).

Probablemente ustedes han observado la asociación curiosa de las palabras: Estén sometidos como personas libres. Ahí está todo el misterio de la obediencia cristiana.

Mi alimento, dice Jesús, es hacer la voluntad de mi Padre. Se trata pues de un bien muy grande y de la fuente misma de nuestra vida.

¿Cómo persuadirnos de ello?

Colocándonos en el centro del Amor.

Ama y haz lo que quieras dice san Agustín. Ahí está toda la moral, toda la perfección y toda la santidad.

Pero amar es darse y como la voluntad controla todas nuestras potencias y en el orden presente ella es la facultad suprema, el don que dispara todos los demás es el don de la voluntad, y en eso consiste propiamente la obediencia.

Obedire – Tender el oído hacia Dios que llama, para decir: Aquí estoy.

Estén sometidos, pero como personas libres que son esclavas sólo de Dios, no como los hipócritas que ven en la libertad sólo una facilidad para hacer el mal. Respeten a todo ser humano, amen a los hermanos, honren a los que tienen el poder.

¿Y por qué decir Dios, si es un hombre el que manda? Porque sólo Dios puede pedirnos el don supremo de nuestra voluntad.

Pero, ¿estamos seguros de que manda en nombre de Dios? ¿Diríamos por ejemplo que un ministro ateo pretende gobernar en nombre de Dios?

Ciertamente no, no lo pretende. Pero no es menos seguro que todo su poder le viene del que, habiendo instituido la sociedad humana, quiso necesariamente también lo que sin ello no puede existir la sociedad, quiero decir la autoridad.

Y aunque él lo ignore, el cristiano lo sabe, y su obediencia sólo se dirige a Dios, resistiendo a toda ley manifiestamente contraria a la verdad o la justicia.

¿Y no corremos el riesgo de engaños y de ser víctimas de visiones estrechas o inclusive de la pasión de los que mandan? San Agustín da esta respuesta magnífica: sólo lo que es bajo puede ser pisoteado.

¿Pero cómo tratar de inferior al que para sufrir soporta mil tormentos en la carne teniendo el corazón fijado en el cielos?

¿Qué importa a los ojos de la fe si el que manda ve justo o falso, tiene intenciones rectas o interesadas? Él es únicamente signo de una voluntad más elevada.

Pues si Dios tiene en manos todos los hilos de mi vida, ¿por qué no se serviría aun de los límites humanos para liberarme más seguramente de mí mismo?

Por eso en cierto nivel de vida espiritual toda orden es bien recibida, a menos que sea manifiestamente contraria a la Ley divina, pues, aunque sea absurda, comporta la ventaja suprema de dejar la voluntad enteramente disponible a la acción de Dios.

La obra realizada puede ser vana en sí. La intención de darse en ella le asegura una dimensión infinita.

Tan lejos como estemos de esta disponibilidad, debemos ver que a eso debemos tender y que en eso consiste la verdadera libertad.

Sometiéndonos cada uno primero a los jefes naturales o mejor a Dios que nos conduce por su medio, aprenderemos a conocer el alimento con que se alimentaba Cristo.

Y terminaremos quizás por adquirir la condescendencia verdaderamente real que se somete con gusto a toda orden, a todo deseo compatible con la orden de "honrar" a toda criatura a causa de Dios.

Entonces uno escoge naturalmente el último lugar. Y como nadie se lo disputa, uno es libre, libre de los demás y de sí mismo. Y puede escuchar el silencio formidable de la hostia, cuya acción todopoderosa equilibra los mundos.

Mi alimento consiste en hacer la voluntad de mi Padre. Estén pues sometidos…como personas libres.

Para ser libre, para ser rey, para vencer el mundo, como lo indicaba en el bautismo la unción del santo crisma.

Ahora bien, dice san Juan, la victoria que tenemos sobre el mundo es nuestra fe" (I Jn.5/4).

Entonces se aclaran las palabras misteriosas que la Iglesia pronuncia sobre la Santísima Virgen:

Terrible como un ejército en orden de combate.

Fray Benito

 

 

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