Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
Roma, a fines de abril de 1926
La Epístola del 3r domingo después de
Pascua es el comentario práctico más convincente de este capítulo de la Santa
Regla sobre la Obediencia. (Pueden leer la Epístola mencionada (I Pi. 2, 11-19).
Probablemente ustedes han observado la
asociación curiosa de las palabras: Estén
sometidos como personas libres. Ahí está todo el misterio de la obediencia
cristiana.
Mi alimento, dice Jesús, es
hacer la voluntad de mi Padre. Se trata pues de un bien muy grande y de la
fuente misma de nuestra vida.
¿Cómo persuadirnos de ello?
Colocándonos en el centro del Amor.
Ama y haz lo que quieras dice san
Agustín. Ahí está toda la moral, toda la perfección y toda la santidad.
Pero amar es darse y como la voluntad controla
todas nuestras potencias y en el orden presente ella es la facultad suprema, el
don que dispara todos los demás es el don de la voluntad, y en eso consiste
propiamente la obediencia.
Obedire – Tender el oído hacia Dios que llama,
para decir: Aquí estoy.
Estén sometidos, pero como personas libres
que son esclavas sólo de Dios, no como los hipócritas que ven en la libertad
sólo una facilidad para hacer el mal. Respeten a todo ser humano, amen a los
hermanos, honren a los que tienen el poder.
¿Y por qué decir Dios, si es un hombre el
que manda? Porque sólo Dios puede pedirnos el don supremo de nuestra voluntad.
Pero, ¿estamos seguros de que manda en
nombre de Dios? ¿Diríamos por ejemplo que un ministro ateo pretende gobernar en
nombre de Dios?
Ciertamente no, no lo pretende. Pero no es
menos seguro que todo su poder le viene del que, habiendo instituido la
sociedad humana, quiso necesariamente también lo que sin ello no puede existir
la sociedad, quiero decir la autoridad.
Y aunque él lo ignore, el cristiano lo sabe,
y su obediencia sólo se dirige a Dios, resistiendo a toda ley manifiestamente
contraria a la verdad o la justicia.
¿Y no corremos el riesgo de engaños y de
ser víctimas de visiones estrechas o inclusive de la pasión de los que mandan?
San Agustín da esta respuesta magnífica: sólo
lo que es bajo puede ser pisoteado.
¿Pero cómo tratar de inferior al que para
sufrir soporta mil tormentos en la carne teniendo el corazón fijado en el
cielos?
¿Qué importa a los ojos de la fe si el que
manda ve justo o falso, tiene intenciones rectas o interesadas? Él es
únicamente signo de una voluntad más elevada.
Pues si Dios tiene en manos todos los
hilos de mi vida, ¿por qué no se serviría aun de los límites humanos para
liberarme más seguramente de mí mismo?
Por eso en cierto nivel de vida espiritual
toda orden es bien recibida, a menos que sea manifiestamente contraria a la Ley
divina, pues, aunque sea absurda, comporta la ventaja suprema de dejar la
voluntad enteramente disponible a la acción de Dios.
La obra realizada puede ser vana en sí. La
intención de darse en ella le asegura una dimensión infinita.
Tan lejos como estemos de esta
disponibilidad, debemos ver que a eso debemos tender y que en eso consiste la
verdadera libertad.
Sometiéndonos cada uno primero a los jefes
naturales o mejor a Dios que nos conduce por su medio, aprenderemos a conocer
el alimento con que se alimentaba Cristo.
Y terminaremos quizás por adquirir la condescendencia
verdaderamente real que se somete con gusto a toda orden, a todo deseo compatible
con la orden de "honrar" a toda
criatura a causa de Dios.
Entonces uno escoge naturalmente el último
lugar. Y como nadie se lo disputa, uno es libre, libre de los demás y de sí mismo.
Y puede escuchar el silencio formidable de la hostia, cuya acción todopoderosa equilibra
los mundos.
Mi alimento consiste en hacer la voluntad de
mi Padre. Estén pues sometidos…como personas libres.
Para ser libre, para ser rey, para vencer el
mundo, como lo indicaba en el bautismo la unción del santo crisma.
Ahora bien, dice san Juan, la victoria que tenemos sobre el
mundo es nuestra fe" (I Jn.5/4).
Entonces se aclaran las palabras misteriosas
que la Iglesia pronuncia sobre la Santísima Virgen:
Terrible como un ejército en orden de combate.
Fray
Benito