Ghazir, entre el 20 y el 27 de julio de 1959, a las Franciscanas de
Lons-le-Saunier.
El voto de castidad, una de las
condiciones de la estabilidad religiosa y monástica, nos invita a plantear el
problema de la pureza.
Es uno de los problemas más complicados
que existen, de los más complicados y mal planteados. Primero, porque partimos
de una visión falsa del ser humano. Hemos heredado, en efecto, tendencias
filosóficas de Grecia, a través de los
Padres griegos que se inspiraban de Platón, hemos heredado una visión del ser
humano que es antibíblica, la visión dualista, que pone el cuerpo por un lado y
el alma por otro. De donde se concluyó que para vivir una vida espiritual había
que ocuparse del alma dejando de lado el cuerpo.
Mientras más se despreciaba el cuerpo, más
espiritual era uno y ciertos santos hicieron pacto con el cuerpo para tratarlo
como enemigo y jamás dejarlo en paz hasta la muerte. Eso es absurdo. Sea cual
fuere la rectitud de sus intenciones, es absurdo porque un ser humano así no
existe. Como dice un gran psicólogo, pensamos con las manos tanto como con el
cerebro, pensamos con el estómago, con todo, no hay que separar una cosa de la
otra. La psicología es la ciencia del hombre total.
Si pensamos con las manos, si pensamos con
el estómago, si pensamos con la piel, no hay que separar el cuerpo de lo que
llamamos el alma.
Hay que mirar al hombre total, llamado
todo entero a hacerse eterno, llamado todo a la vida eterna, puesto que creemos
en la Resurrección, debe santificarse y divinizarse todo entero. Y por tanto,
hay que estimar todo el ser del hombre, verlo todo entero en una perspectiva
divina, rindiéndole el respeto infinito que se le debe al santuario de Dios.
¿No nos recuerda san Pablo que nuestros
cuerpos son "templos del Espíritu
Santo", más aún, "miembros
de Jesucristo"? (1 Co. 6, 19 et 15)
Es pues un absurdo radical dejarnos llevar
por el platonismo y ver el alma como una especie de humito blanco más o menos
irreal hundido en una masa de grasa. Todo nuestro ser es espiritual, en todo él
hay ese poder de superación que es propia…, propiamente el espíritu; eso es el
espíritu: una capacidad de superación infinita que caracteriza nuestro ser
entero, pues tenemos que crear lo que llamamos el cuerpo, re-crearlo
divinamente, eternizarlo, hacer circular en él la vida divina tanto como en lo
que llamamos la inteligencia y el alma.
Ese primer error tuvo consecuencias extremadamente
graves, justamente porque se quiso hacer como si el cuerpo no existiera. Se
veía en él el lugar malo de todas las codicias, cuando en realidad, él también
tiene vocación de santidad.
Nuestro ser todo entero está llamado a la
santidad, y ése es, justamente, el sentido mismo de la pureza: tratar todo lo
que somos como realidad divina, o al menos como llamado a ser divinizado por la
Presencia de Dios.
No imaginamos una sonrisa sin un rostro. No
existe sonrisa sin rostro y no hay hombre sin la apariencia visible que nos
manifiesta los unos a los otros y gracias a la cual precisamente podemos
percibir, adivinar e intercambiar, intercambiar en la intimidad con los demás.
La primera dificultad viene de ahí, de ese
dualismo antibíblico y finalmente anticristiano que nos ha llevado a imaginar
el cuerpo y a pensarlo, como dice justamente un teólogo, a pensar el cuerpo a
partir de un cadáver. Ahora bien, el cadáver justamente ya no es cuerpo humano,
el cadáver ya no es un cuerpo humano, es más bien como un molde que conserva la
forma del cuerpo humano por los pocos días que preceden a la descomposición,
pero el cadáver ya no es cuerpo humano.
Si queremos pensar el cuerpo, debemos
pensarlo mucho más a partir del germen en el seno materno. Ahí es
donde el hombre aparece en su unidad como energía, como energía creadora, justamente, que va a tomar
del universo de qué construir un organismo en que se exprese el pensamiento, en
que el amor se constituya un rostro, en que la acción disponga de un
instrumento. Esa energía creadora es precisamente la que
constituye la realidad humana a lo largo de la vida. Y cuando dicha energía
ya no puede actuar sobre los elementos del mundo que, sea por la respiración, o
por la nutrición, constituyen la condición de nuestra permanencia en la
existencia terrestre, cuando esa energía creadora ya no tiene contacto con esos
elementos, ya no puede trasformarlos en sí misma, entonces se produce la
muerte.
Hay pues que recuperar, reconquistar
primero una visión unitaria del hombre, todo entero llamado a la vida eterna, todo entero digno de respeto, todo entero consagrado, todo entero reino
de la gracia y Reino de Dios. Justamente, no hay que separar el cuerpo como
realidad vergonzosa, sino al contrario, verlo y venerarlo como templo del
Espíritu Santo y como cuerpo de Cristo.
Otra confusión no menos difícil de disipar
es entre el misterio de la especie y el misterio de la persona pero esto debe abordarse con ejemplos y muy concretamente.
Recientemente me decía una mujer casada,
que a causa de una rubeola que había tenido, le habían retirado el niño (1) que
llevaba en su seno. Ustedes saben que la rubeola contraída durante el embarazo
puede poner en muy grave peligro al niño y el resultado final es, o arriesga ser
que el niño sea anormal. Por eso actualmente, con razón o sin ella, cuando una
mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que lleva para que no
tenga un niño anormal.
Creo que actualmente, con razón o sin
ella, cuando una mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que
lleva para que no tenga un niño anormal.
Y esa mujer estaba muy adolorida porque
estaba esperando a su niño, y el embarazo estaba suficientemente avanzado como
para que el nacimiento no estuviera muy lejano. Pero al contarme todo el dolor
de esa operación, añadió: "Fue
quizás culpa mía, pues al comienzo yo no quería el embarazo, no quería hijos.
En el fondo, no lo acogí, no lo acogí, no lo quería. Me resigné y quizá por eso
fue que no tuve la suerte y el gozo de tenerlo. Como lo acepté a disgusto, no
tuve la suerte y la alegría de ir hasta el fin".
Aquí, en la confesión sencilla y cándida
de esa mujer adolorida, vemos una situación que se repite por millones. La mayoría de los niños nacen sin que los
hayan deseado. Por un niño que nace hay uno que es eliminado en el seno
materno; al menos en las grandes ciudades europeas es así, hay un aborto por un
nacimiento. Y de los nacimientos que
hay, la mayoría no son deseados. Los aceptan una vez que se hacen
inevitables, pero la mayoría no son deseados, es decir que la mayor parte del tiempo, el niño no es hijo de sus padres. Es hijo de
la especie, hijo de la fuerza extraordinaria que sube a través de las plantas y
de los animales, que nos invade y que ha sostenido la vida humana hasta hoy.
Si nosotros existimos es probablemente en
virtud de esa fuerza, mucho más que en razón de una elección deliberada. Eso
quiere decir que la humanidad, como los animales y los vegetales, es llevada
por la especie y la mayor parte del tiempo no es ella la que lleva la especie.
Y el joven que me decía:"Yo soy el resultado de un accidente, mis
padres no deseaban hijos y yo llegué por accidente", traduciendo una
verdad que se puede multiplicar por millones.
Eso es un punto claro, luminoso, que nos
permite volver a encontrar el sentido de la pureza. Al menos un punto es claro:
el niñito. Es la pregunta que hago a todos los novios, es la única pregunta que
les hago. No les hago sermones pues no creo en ellos, pero les hago esa
pregunta: "Si un niño pudiera
escoger a sus padres, ¿cómo lo haría? ¿Cómo querría nacer? ¿De qué padres? ¿Y en
qué condiciones?" Es claro que ningún niño quisiera nacer como
accidente, no aceptaría nacer de un acto realizado en la ceguera del instinto y
bajo el impulso de la especie, pero que no lo tiene en miras.
Evidentemente, cuando un niño nace, los
padres lo rodean, los padres lo aman, con frecuencia heroicamente. Olvidan que
no nació de su elección, que no nació de un amor dirigido a él, que nació de la
carne y la sangre, del deseo del hombre y la mujer, es decir, finalmente, de la
atracción y el embrujo de la especie. Al
contrario, todo niño quisiera nacer llamado por su nombre, como los hijos
Martín que nacieron realmente de Dios y para Dios.
Pues bien, a partir de ahí se puede
constituir toda una visión maravillosa de la pureza. La pureza es ante todo el
niñito. Justamente, tenemos el poder de
dar la vida. ¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla!
El hombre es creado por el hombre. El hombre existe porque el hombre y la
mujer lo deciden. Si pudieran decidirlo de manera consciente y luminosa, si
pudieran realmente decidir en paz, en la luz y el amor del hijo, entonces sería
la pureza, la pureza perfecta.
Porque la pureza es una persona. La pureza
es alguien, es el niñito que está como promesa en el germen confiado al hombre
y la mujer, como primera célula de su cuerpo. Y eso es lo que se debe mirar. La pureza es ante todo el respeto de esa
tercera persona que es el hijito.
Sí, nuestro cuerpo es consagrado por ese
poder de dar la vida. Está consagrado al hijo y el sexo no es otra cosa que la
impronta del hijo en nosotros. Y el impulso de vida que puede atravesarnos es
el primer grito del niño que acaba de nacer. ¡Qué admirable es todo eso! Si
miramos, si percibimos a través de esos pequeños gérmenes, a través de los
órganos a los que están confiados esos gérmenes, si percibimos el rostro del
hijito, ¿cómo no ver de inmediato en el sexo un llamado a la santidad? En
efecto, eso es en primer lugar, pues para ser dignamente padre o madre habría
que ser santo.
El psicoanálisis nos enseña todos los días
que la mayoría de las enfermedades mentales, la mayoría de los desórdenes
mentales, la mayoría de los desequilibrios psíquicos vienen de una mala
educación. El hijo es siempre el que paga
por sus padres. Y como está a la merced de sus padres, sobre todo de su madre y
completamente durante los dos primeros años, y que esos dos primeros años valen
por 20 en el total de la vida, queda eternamente marcado por su madre y luego,
a medida que crece, por su padre. Queda marcado. No puede escapar pues solo
tenemos un padre y una madre y no podemos escoger otros.
Pues si realmente el hijo está tan
sometido a la influencia de los padres, si su educación o su deformación es
resultado de su relación con ellos, si sólo puede ser educado si se educa, si la educación es ante todo la luz de una
presencia divina que el hijo respira a través de la santidad de la madre,
tenemos que decir que no hay vocación que exija más inmediatamente la santidad
que la maternidad y la paternidad. Si un monje se maneja mal es evidentemente
lamentable pero en fin de cuentas no perjudica a un hijo como lo hacen el padre
o la madre indignos o simplemente mediocres.
Es pues lo contrario de lo que imaginamos,
si vemos lo que está al centro precisamente de ese poder creador: el niñito. Lejos de poder considerarlo como malo y
como fuente de todos los maleficios y desviaciones, el sexo constituye el más
fundamental llamado a la santidad más generosa. Entonces digamos: se trata
de una vocación a la maternidad por una parte y a la paternidad por la otra.
Y consideremos siempre el problema sexual
a través de la trinidad humana: el padre, la madre y el hijo, poniendo al hijo
en primer lugar pues el hijo no puede defenderse, y soportará la vida que le
impongan, soportará a los padres tales como son, soportará su medio y será
forzosamente su víctima si el medio no es san(t)o (2) en todo sentido de la
palabra.
Entonces, cuando seamos tentados, como se
dice, en vez de preocuparnos, comencemos por suscitar el rostro del niñito, ya
que de él se trata. Y en vez de atormentarnos
sabremos entonces que debemos ponernos en estado de transparencia para ser
dignos de él, del hijo que llevamos en nosotros, y de todos los niños del mundo
a los que nuestra maternidad espiritual debe extenderse para salvarlos.
Si entendimos bien este punto, comprenderemos fácilmente la confusión que
enunciaba yo entre el misterio de la especie y el misterio de la persona.
Cuando un hombre y una mujer se encuentran de manera dudosa, cuando deslizan en
desórdenes, cuando se unen sin desear tener un hijo y excluyéndolo, es
justamente que confunden los dos terrenos. Creen amarse, creen que van a
descubrir un secreto maravilloso el uno en el otro; y en efecto, hay un secreto
que descubrir el uno en el otro: en efecto, es verdad, cada uno es portador de
un misterio eterno, un misterio divino, un misterio único.
Pero ese misterio hay que realizarlo
primero; ese misterio es sólo una posibilidad. Primero tienen que realizarse
para poder intercambiarlo. ¿Y
que es lo que sucede casi siempre? Sucede que cuando buscan, o creen buscar el
uno en el otro ese secreto infinito, los invade la corriente de la especie y
crea en ellos el mismo espejismo, el embrujo que crea igualmente en los
animales porque la especie trata a los individuos como trata el océano una
cáscara de nuez, la corriente de las especies los precipita el uno hacia el
otro. Y cuando el instinto se relaja ven que no habían descubierto nada, y son
el uno para el otro más extranjeros que nunca, precisamente porque aprovecharon
de una energía cósmica, de una energía en que se encienden las fuerzas de la
naturaleza; creyeron apropiárselas, creyeron darse así una dimensión infinita,
y no era verdad. Al contrario, fueron sumergidos en el océano de la especie, la
especie se los anexó, fueron cáscaras de nuez que flotaban en la superficie del
océano.
Justamente, para encontrar, para descubrir
y constituir su secreto, primero tienen
que superar el vértigo de la especie. Un hombre y una mujer jamás podrán
encontrarse sin haber dominado la corriente, el llamado, el embrujo, el
tumulto, el vértigo de la especie. Pues mientras estén sumergidos en esa
corriente se hacen ilusiones, se inflan sin razón con un infinito ciego y
opaco, que en realidad los utiliza como lo hace el genio de la especie en toda
la naturaleza.
Y justamente, el hombre y la mujer tienen
otra cosa que darse.
El acto creador no se refiere a ellos sino al hijo; y cuando el llamado creador
se orienta hacia el hijo, entonces es la castidad en su más alta expresión, ya
que es una doble corriente de generosidad que se consagra al hijo.
La impureza es la mezcla, la impureza es
la anexión indebida e ilusoria de un infinito cósmico, es justamente las energías ciegas de la naturaleza, la anexión indebida
que infla al hombre y la mujer dándoles la ilusión de ser excepcionales, de ser
prodigiosos, únicos, en el momento mismo en que son más profundamente el rostro
de la especie, el rostro anónimo, el rostro sin mirada y sin consciencia.
Hay otro amor, el de José y María, que es
el verdadero amor, el amor virginal que intercambia su secreto más profundo, su
secreto de eternidad, pero justamente cuando la corriente de la especie ha sido
dominada, por haberse hecho persona, por haberse hecho hijo.
Yo comparo la trasfiguración que se debe
realizar, con una parábola. Estaba encima de un faro mirando el mar inmenso,
sin orillas visibles al otro lado, el mar inmenso en que se perdía la mirada y
de repente pensé: "Estoy mirando el
mar, pero el mar no me mira, no tiene mirada. Toda esa fuerza es ciega, toda
esa energía es inconsciente, mientras que el hijito del guardián del faro tiene
mirada en sus pupilas azules, y es como si todas las fuerzas de la naturaleza
se hubieran concentrado en luz en la mirada azul de ese niñito".
¡Pues! Eso es lo que debemos hacer: reunir
todas esas fuerzas de la naturaleza, sin miedo, porque son buenas en sí, pero
justamente, sacarlas de su ceguera, de su inconsciencia, darles un rostro y una
mirada que sea mirada de niño.
Cuando han hecho eso el hombre y la mujer,
pueden mirarse en los ojos porque se amarán verdaderamente con un amor que va al
encuentro del secreto eterno. Se amarán porque su ser todo entero habrá sido
consagrado. Comprenderán que no lo pueden alcanzar del exterior, que su carne
misma es intocable a no ser por el tacto del alma pues está toda cubierta, toda
virginizada por la Presencia de Dios, por el respeto de la vida, por el culto
del hijo.
Existe una trinidad humana, una admirable
trinidad en que el hombre es el Padre, la madre es el Hijo y el hijo es el
Espíritu Santo. Pues
como el Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, ex utroque procedit, el
hijo es del padre y de la madre. Y en el medio, entre el Espíritu Santo y el
Padre está el Hijo que nace del Padre y con el Padre respira al Espíritu Santo;
así mismo, al medio, entre el padre y el hijo está la mujer, cuyo rostro
tornado hacia el hombre y hacia el hijo, como el rostro del Verbo está tornado
hacia el Padre y el Espíritu Santo. Y la mujer es el hijo del hombre.
Una mujer me decía que su marido la había
llamado "mi primogénita" –
"Tú eres mi primogénita" le
había dicho él al despedirse cuando agonizaba, "Tú eres mi primogénita" – con qué humilde orgullo me recordaba
esas palabras en que había encontrado una cuna en el corazón de su marido, un
eje de luz, una fuerza que le había ayudado a realizar su maternidad, la maternidad
que terminaría en el grito de la niñita que ya les he citado: "Mamá, tú naciste de mi corazón".
En esa dirección se sitúa la pureza,
justamente, esa fuerza nuestra es Alguien. Es alguien que debe tomar rostro a
través de nosotros. Y la pureza es la liberación de las energías cósmicas, la
liberación de las fuerzas de la naturaleza, la liberación del océano de la
especie, que debe hacerse en nosotros mirada, respeto, generosidad y amor.
En resumen, si quieren, todo consiste en
saber si el hombre, el ser humano, está sumergido en la especie como un insecto
en su especie, como un gato o un perro están sumergidos en la especie, si el
hombre es simple instrumento de la especie, un momento, un corto momento de la
vida de la especie. Entonces, hundido en la especie, enceguecido por ella, la
trasmite sin saber ni entender. O si, al contrario, el hombre es superior a la
especie, si la especie debe terminar en él y encontrar en él su finalidad, su
sentido y su realización.
Miren a San Francisco. No necesita tener
hijos porque él mismo es su posteridad, porque él permanece hasta el fin de los
siglos, porque en él justamente la especie se libera, haciéndose luz, rostro,
rostro y amor. Esa es la cuestión: ¿es que cada uno, realmente, es origen, es
creador? ¿Y no es eso el pecado original: rehusar ser creador? El pecado origina es eso. Cuando los esposos, en el enceguecimiento,
crean un hijo que en el enceguecimiento crea, suscita un linaje que irá quizás
hasta el final de la Historia: una pareja puede dar al mundo hoy un hijo que,
dentro de mil millones de años se encarnará quizás en un lejano descendiente, y
esa pareja de hoy habrá sido como un nuevo Adán y una nueva Eva, la fuente
inconsciente de toda esa descendencia indefinida.
Yo pienso que el pecado original fue algo
semejante, un rechazo de la primera pareja, rehusó asumir la responsabilidad de
un universo puesto en sus manos. Quisieron simplemente dejarse llevar por la
corriente, dejarse llevar como un niño en sus pañales, dejarse llevar y no
llevar ellos la vida, la historia, el universo. Rehusaron ser origen, rehusaron
llevar la creación. Fueron sumergidos justamente en las fuerzas impersonales y
ciegas de la naturaleza.
¡Pues bien! Nosotros, cada uno, tenemos
que revivir el problema de escoger ser origen, ser creador, ser fuente, ser
comienzo y fin, justificar toda la historia dándole en nosotros un rostro y
haciendo de ella una ofrenda de amor. Tenemos que escoger. Y cada vez que el
grito de la vida sube dentro de nosotros, tenemos que renovar la decisión de
ser origen, creador, comienzo y fuente.
Eso es admirable, y sólo bajo este aspecto
debemos considerar la pureza. Uno y todos, uno y todos en la vocación de la
persona; en toda consciencia humana hay esa vocación justamente de reunir toda
la Historia y darle sentido al universo.
Por eso no hay que asustarse. ¿Por qué ver ese terreno creador bajo el
aspecto de pecado? Eso es malsano. Hay que considerarlo bajo el aspecto de
vocación de santidad. Yo les ruego que no hablen jamás a los niños de pecado,
jamás. Cuando les pidan respeto por el cuerpo, pídanles respeto porque el
cuerpo es templo de Dios; más tarde podrán comprender que el cuerpo es la cuna
de la vida, pero jamás porque "es
malo', porque "es impuro".
Lo impuro es la mezcla, la trampa, el egoísmo, la confusión voluntaria de los
planos y no el cuerpo que está llamado a la vida eterna.
No hablen jamás de pecado sino de
privilegio, de santidad comprometida y exigida. Sobre todo, no hablen de pecado mortal. ¡Dios mío! ¡Envenenaron
a la gente con esa idea!
Viven hablando mal, calumniando, robando,
cometiendo injusticias, con ambiciones eclesiásticas, en despotismos de poder y
de autoridad y no tienen escrúpulos; y se imaginan que están perdidos porque la
imagen de un cuerpo les pasa por el cerebro. ¡No! Hay que acostumbrarse a ver
todo eso en la luz, en el respeto, en la santidad, reconstituyendo siempre la
trinidad a la luz del rostro del niñito.
Y en lo que nos toca, nada de escrúpulos.
Si no estamos seguros de haber traicionado ni hecho trampa, ¡adelante!, y
pidamos a Dios que proteja a todos los niños del mundo y cuidémoslos con más
diligencia e inteligencia, y esa será la mejor manera de sacar partido de lo
que llamamos las tentaciones.
Hay que guardar la pureza en la caridad, y
la caridad es justamente el centro y el lazo de toda perfección. Y la pureza es solo la forma creadora de la caridad que se extiende
hasta el niñito que la necesita particularmente. Y la impureza es precisamente
desconocer esa ordenación fundamental y creadora que hace de nuestro cuerpo la
cuna de la vida.
Por lo que nos toca, el voto de castidad
jamás debe parecernos como una especie de esterilización voluntaria y
artificial. Es lo contrario, justamente porque toda maternidad es ante todo
maternidad de la persona, porque en toda hipótesis, para dar la vida hay que
ser santos, porque en toda hipótesis, por respeto hacia el niño y por amor
hacia él, es necesario haber dominado primero el embrujo de la especie; la
castidad nos pone precisamente en estado de poder realizar una verdadera
maternidad y no solamente respecto de un niño o dos sino de todos los niños del
mundo, de todos los niños del mundo. Y los adultos son a menudo los que más
permanecen niños precisamente por no haber tenido una madre santa que formara
en ellos esa dimensión de eternidad que le da a la vida toda su grandeza y toda
su belleza.
Y por eso no debemos sentir jamás el voto
de castidad como algo que nos disminuye, como una amputación, sino como llamado
a un don cada vez más generoso y apasionado. Porque el religioso, la religiosa,
el sacerdote no deben matar su sensibilidad, sino extenderla al mundo entero.
No se trata de no amar sino de amar de manera infinita, de amar infinitamente
como ama Dios.
Jamás se peca por amar, sino por amar mal,
por no amar bastante, por amarse a sí mismo bajo el nombre del amor. Jamás
pecamos porque amamos sino porque mezclamos las dos corrientes de la especie y
de la persona, porque nos anexamos fraudulentamente un infinito que no hemos
llegado a ser. Pero no pecamos cuando amamos de verdad, pues amar
verdaderamente es salir de nosotros, amar verdaderamente es despegar de sí
mismo, amar de verdad es querer el bien infinito del otro, sea cual fuere. No
hay que tener miedo de amar, sino solo rehusar hacer trampa y amar mal.
Entonces, al contrario, el voto de
castidad es vocación a un amor universal. No
se trata de un amor lejano y abstracto. Había un sacerdote que se creía santo,
era además el superior de la Compañía de san Sulpicio – eso sucedió en el siglo
pasado – Cuando una
dama lo solicitaba, iba al locutorio con el bonete e una mano y el breviario en
la otra, para no tener que darle la mano. ¡Qué triste, si la virtud depende de
eso! ¡Qué cosa tan triste!
¡Decididamente, No! El Señor no nos
encerró en tales tonterías. Al contrario, él nos llama a la libertad y
precisamente, nos pide hacer fructificar todas las energías de nuestra
sensibilidad en el don hecho a todos. No se trata de secarse volviéndose
solterón o solterona, sino al contrario de conservar el corazón siempre
abierto, siempre joven, siempre sensible al dolor y a la esperanza del mundo,
lo mismo que a la belleza del mundo suscitada por la mirada de Jesús.
Pues como dice san Juan de la Cruz, "
Mil gracias derramando pasó por estos bosques y yéndolos mirando con su sola
mirada vestidos los dejó de su hermosura". ¡Eso es! La mirada de un alma universalmente maternal no es ser
celosa y echar al mundo una mirada temerosa viendo por doquiera emboscadas del
mal. Es mirar el mundo con una mirada liberada y que deja todo vestido de hermosura.
Entonces, volvamos al camino hacia el Dios
vivo con la alegría de la paternidad y de la maternidad universales, pensando
justamente que estamos consagrados para todos y que nuestro corazón no está
cerrado con doble llave en una vida prisionera, sino al contrario, que está
llamado a darse al mundo entero y que las
palabras de un mártir del siglo tercero, al que le suplicaban que pensara en
sus hijos y buscara cómo escapar al martirio, respondió, lo que me parece ser
la alegría de la castidad consagrada: "En
toda ciudad, en toda provincia, tengo hijos para Dios".
(1) Nota del traductor: enfant, en francés significa al mismo tiempo niño e hijo.
Petit enfant significa niñito, hijito, o nieto, nietecito. ¡Tener esto en cuenta a todo lo largo del texto!
(2) sain y saint, sano y santo, se pronuncian de la misma manera en francés.