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  • 13-19/01/12 - La castidad y el problema de la pureza.

    Ghazir, entre el 20 y el 27 de julio de 1959, a las Franciscanas de Lons-le-Saunier.

    El voto de castidad, una de las condiciones de la estabilidad religiosa y monástica, nos invita a plantear el problema de la pureza.

    Es uno de los problemas más complicados que existen, de los más complicados y mal planteados. Primero, porque partimos de una visión falsa del ser humano. Hemos heredado, en efecto, tendencias filosóficas de Grecia, a través de los Padres griegos que se inspiraban de Platón, hemos heredado una visión del ser humano que es antibíblica, la visión dualista, que pone el cuerpo por un lado y el alma por otro. De donde se concluyó que para vivir una vida espiritual había que ocuparse del alma dejando de lado el cuerpo.

    Mientras más se despreciaba el cuerpo, más espiritual era uno y ciertos santos hicieron pacto con el cuerpo para tratarlo como enemigo y jamás dejarlo en paz hasta la muerte. Eso es absurdo. Sea cual fuere la rectitud de sus intenciones, es absurdo porque un ser humano así no existe. Como dice un gran psicólogo, pensamos con las manos tanto como con el cerebro, pensamos con el estómago, con todo, no hay que separar una cosa de la otra. La psicología es la ciencia del hombre total.

    Si pensamos con las manos, si pensamos con el estómago, si pensamos con la piel, no hay que separar el cuerpo de lo que llamamos el alma.

     

    Hay que mirar al hombre total, llamado todo entero a hacerse eterno, llamado todo a la vida eterna, puesto que creemos en la Resurrección, debe santificarse y divinizarse todo entero. Y por tanto, hay que estimar todo el ser del hombre, verlo todo entero en una perspectiva divina, rindiéndole el respeto infinito que se le debe al santuario de Dios. ¿No nos recuerda san Pablo que nuestros cuerpos son "templos del Espíritu Santo", más aún, "miembros de Jesucristo"? (1 Co. 6, 19 et 15)

    Es pues un absurdo radical dejarnos llevar por el platonismo y ver el alma como una especie de humito blanco más o menos irreal hundido en una masa de grasa. Todo nuestro ser es espiritual, en todo él hay ese poder de superación que es propia…, propiamente el espíritu; eso es el espíritu: una capacidad de superación infinita que caracteriza nuestro ser entero, pues tenemos que crear lo que llamamos el cuerpo, re-crearlo divinamente, eternizarlo, hacer circular en él la vida divina tanto como en lo que llamamos la inteligencia y el alma.

    Ese primer error tuvo consecuencias extremadamente graves, justamente porque se quiso hacer como si el cuerpo no existiera. Se veía en él el lugar malo de todas las codicias, cuando en realidad, él también tiene vocación de santidad.

    Nuestro ser todo entero está llamado a la santidad, y ése es, justamente, el sentido mismo de la pureza: tratar todo lo que somos como realidad divina, o al menos como llamado a ser divinizado por la Presencia de Dios.

    No imaginamos una sonrisa sin un rostro. No existe sonrisa sin rostro y no hay hombre sin la apariencia visible que nos manifiesta los unos a los otros y gracias a la cual precisamente podemos percibir, adivinar e intercambiar, intercambiar en la intimidad con los demás.

    La primera dificultad viene de ahí, de ese dualismo antibíblico y finalmente anticristiano que nos ha llevado a imaginar el cuerpo y a pensarlo, como dice justamente un teólogo, a pensar el cuerpo a partir de un cadáver. Ahora bien, el cadáver justamente ya no es cuerpo humano, el cadáver ya no es un cuerpo humano, es más bien como un molde que conserva la forma del cuerpo humano por los pocos días que preceden a la descomposición, pero el cadáver ya no es cuerpo humano.

    Si queremos pensar el cuerpo, debemos pensarlo mucho más a partir del germen en el seno materno. Ahí es donde el hombre aparece en su unidad como energía, como energía creadora, justamente, que va a tomar del universo de qué construir un organismo en que se exprese el pensamiento, en que el amor se constituya un rostro, en que la acción disponga de un instrumento. Esa energía creadora es precisamente la que constituye la realidad humana a lo largo de la vida. Y cuando dicha energía ya no puede actuar sobre los elementos del mundo que, sea por la respiración, o por la nutrición, constituyen la condición de nuestra permanencia en la existencia terrestre, cuando esa energía creadora ya no tiene contacto con esos elementos, ya no puede trasformarlos en sí misma, entonces se produce la muerte.

    Hay pues que recuperar, reconquistar primero una visión unitaria del hombre, todo entero llamado a la vida eterna, todo entero digno de respeto, todo entero consagrado, todo entero reino de la gracia y Reino de Dios. Justamente, no hay que separar el cuerpo como realidad vergonzosa, sino al contrario, verlo y venerarlo como templo del Espíritu Santo y como cuerpo de Cristo.

    Otra confusión no menos difícil de disipar es entre el misterio de la especie y el misterio de la persona pero esto debe abordarse con ejemplos y muy concretamente.

    Recientemente me decía una mujer casada, que a causa de una rubeola que había tenido, le habían retirado el niño (1) que llevaba en su seno. Ustedes saben que la rubeola contraída durante el embarazo puede poner en muy grave peligro al niño y el resultado final es, o arriesga ser que el niño sea anormal. Por eso actualmente, con razón o sin ella, cuando una mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que lleva para que no tenga un niño anormal.

    Creo que actualmente, con razón o sin ella, cuando una mujer embarazada contrae la rubeola, le retiran el feto que lleva para que no tenga un niño anormal.

    Y esa mujer estaba muy adolorida porque estaba esperando a su niño, y el embarazo estaba suficientemente avanzado como para que el nacimiento no estuviera muy lejano. Pero al contarme todo el dolor de esa operación, añadió: "Fue quizás culpa mía, pues al comienzo yo no quería el embarazo, no quería hijos. En el fondo, no lo acogí, no lo acogí, no lo quería. Me resigné y quizá por eso fue que no tuve la suerte y el gozo de tenerlo. Como lo acepté a disgusto, no tuve la suerte y la alegría de ir hasta el fin".

    Aquí, en la confesión sencilla y cándida de esa mujer adolorida, vemos una situación que se repite por millones. La mayoría de los niños nacen sin que los hayan deseado. Por un niño que nace hay uno que es eliminado en el seno materno; al menos en las grandes ciudades europeas es así, hay un aborto por un nacimiento. Y de los nacimientos que hay, la mayoría no son deseados. Los aceptan una vez que se hacen inevitables, pero la mayoría no son deseados, es decir que la mayor parte del tiempo, el niño no es hijo de sus padres. Es hijo de la especie, hijo de la fuerza extraordinaria que sube a través de las plantas y de los animales, que nos invade y que ha sostenido la vida humana hasta hoy.

    Si nosotros existimos es probablemente en virtud de esa fuerza, mucho más que en razón de una elección deliberada. Eso quiere decir que la humanidad, como los animales y los vegetales, es llevada por la especie y la mayor parte del tiempo no es ella la que lleva la especie. Y el joven que me decía:"Yo soy el resultado de un accidente, mis padres no deseaban hijos y yo llegué por accidente", traduciendo una verdad que se puede multiplicar por millones.

    Eso es un punto claro, luminoso, que nos permite volver a encontrar el sentido de la pureza. Al menos un punto es claro: el niñito. Es la pregunta que hago a todos los novios, es la única pregunta que les hago. No les hago sermones pues no creo en ellos, pero les hago esa pregunta: "Si un niño pudiera escoger a sus padres, ¿cómo lo haría? ¿Cómo querría nacer? ¿De qué padres? ¿Y en qué condiciones?" Es claro que ningún niño quisiera nacer como accidente, no aceptaría nacer de un acto realizado en la ceguera del instinto y bajo el impulso de la especie, pero que no lo tiene en miras.

    Evidentemente, cuando un niño nace, los padres lo rodean, los padres lo aman, con frecuencia heroicamente. Olvidan que no nació de su elección, que no nació de un amor dirigido a él, que nació de la carne y la sangre, del deseo del hombre y la mujer, es decir, finalmente, de la atracción y el embrujo de la especie. Al contrario, todo niño quisiera nacer llamado por su nombre, como los hijos Martín que nacieron realmente de Dios y para Dios.

    Pues bien, a partir de ahí se puede constituir toda una visión maravillosa de la pureza. La pureza es ante todo el niñito. Justamente, tenemos el poder de dar la vida. ¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla!

    El hombre es creado por el hombre. El hombre existe porque el hombre y la mujer lo deciden. Si pudieran decidirlo de manera consciente y luminosa, si pudieran realmente decidir en paz, en la luz y el amor del hijo, entonces sería la pureza, la pureza perfecta.

    Porque la pureza es una persona. La pureza es alguien, es el niñito que está como promesa en el germen confiado al hombre y la mujer, como primera célula de su cuerpo. Y eso es lo que se debe mirar. La pureza es ante todo el respeto de esa tercera persona que es el hijito.

    Sí, nuestro cuerpo es consagrado por ese poder de dar la vida. Está consagrado al hijo y el sexo no es otra cosa que la impronta del hijo en nosotros. Y el impulso de vida que puede atravesarnos es el primer grito del niño que acaba de nacer. ¡Qué admirable es todo eso! Si miramos, si percibimos a través de esos pequeños gérmenes, a través de los órganos a los que están confiados esos gérmenes, si percibimos el rostro del hijito, ¿cómo no ver de inmediato en el sexo un llamado a la santidad? En efecto, eso es en primer lugar, pues para ser dignamente padre o madre habría que ser santo.

    El psicoanálisis nos enseña todos los días que la mayoría de las enfermedades mentales, la mayoría de los desórdenes mentales, la mayoría de los desequilibrios psíquicos vienen de una mala educación. El hijo es siempre el que paga por sus padres. Y como está a la merced de sus padres, sobre todo de su madre y completamente durante los dos primeros años, y que esos dos primeros años valen por 20 en el total de la vida, queda eternamente marcado por su madre y luego, a medida que crece, por su padre. Queda marcado. No puede escapar pues solo tenemos un padre y una madre y no podemos escoger otros.

    Pues si realmente el hijo está tan sometido a la influencia de los padres, si su educación o su deformación es resultado de su relación con ellos, si sólo puede ser educado si se educa, si la educación es ante todo la luz de una presencia divina que el hijo respira a través de la santidad de la madre, tenemos que decir que no hay vocación que exija más inmediatamente la santidad que la maternidad y la paternidad. Si un monje se maneja mal es evidentemente lamentable pero en fin de cuentas no perjudica a un hijo como lo hacen el padre o la madre indignos o simplemente mediocres.

    Es pues lo contrario de lo que imaginamos, si vemos lo que está al centro precisamente de ese poder creador: el niñito. Lejos de poder considerarlo como malo y como fuente de todos los maleficios y desviaciones, el sexo constituye el más fundamental llamado a la santidad más generosa. Entonces digamos: se trata de una vocación a la maternidad por una parte y a la paternidad por la otra.

    Y consideremos siempre el problema sexual a través de la trinidad humana: el padre, la madre y el hijo, poniendo al hijo en primer lugar pues el hijo no puede defenderse, y soportará la vida que le impongan, soportará a los padres tales como son, soportará su medio y será forzosamente su víctima si el medio no es san(t)o (2) en todo sentido de la palabra.

    Entonces, cuando seamos tentados, como se dice, en vez de preocuparnos, comencemos por suscitar el rostro del niñito, ya que de él se trata. Y en vez de atormentarnos sabremos entonces que debemos ponernos en estado de transparencia para ser dignos de él, del hijo que llevamos en nosotros, y de todos los niños del mundo a los que nuestra maternidad espiritual debe extenderse para salvarlos.

    Si entendimos bien este punto, comprenderemos fácilmente la confusión que enunciaba yo entre el misterio de la especie y el misterio de la persona. Cuando un hombre y una mujer se encuentran de manera dudosa, cuando deslizan en desórdenes, cuando se unen sin desear tener un hijo y excluyéndolo, es justamente que confunden los dos terrenos. Creen amarse, creen que van a descubrir un secreto maravilloso el uno en el otro; y en efecto, hay un secreto que descubrir el uno en el otro: en efecto, es verdad, cada uno es portador de un misterio eterno, un misterio divino, un misterio único.

    Pero ese misterio hay que realizarlo primero; ese misterio es sólo una posibilidad. Primero tienen que realizarse para poder intercambiarlo. ¿Y que es lo que sucede casi siempre? Sucede que cuando buscan, o creen buscar el uno en el otro ese secreto infinito, los invade la corriente de la especie y crea en ellos el mismo espejismo, el embrujo que crea igualmente en los animales porque la especie trata a los individuos como trata el océano una cáscara de nuez, la corriente de las especies los precipita el uno hacia el otro. Y cuando el instinto se relaja ven que no habían descubierto nada, y son el uno para el otro más extranjeros que nunca, precisamente porque aprovecharon de una energía cósmica, de una energía en que se encienden las fuerzas de la naturaleza; creyeron apropiárselas, creyeron darse así una dimensión infinita, y no era verdad. Al contrario, fueron sumergidos en el océano de la especie, la especie se los anexó, fueron cáscaras de nuez que flotaban en la superficie del océano.

    Justamente, para encontrar, para descubrir y constituir su secreto, primero tienen que superar el vértigo de la especie. Un hombre y una mujer jamás podrán encontrarse sin haber dominado la corriente, el llamado, el embrujo, el tumulto, el vértigo de la especie. Pues mientras estén sumergidos en esa corriente se hacen ilusiones, se inflan sin razón con un infinito ciego y opaco, que en realidad los utiliza como lo hace el genio de la especie en toda la naturaleza.

    Y justamente, el hombre y la mujer tienen otra cosa que darse. El acto creador no se refiere a ellos sino al hijo; y cuando el llamado creador se orienta hacia el hijo, entonces es la castidad en su más alta expresión, ya que es una doble corriente de generosidad que se consagra al hijo.

    La impureza es la mezcla, la impureza es la anexión indebida e ilusoria de un infinito cósmico, es justamente las energías ciegas de la naturaleza, la anexión indebida que infla al hombre y la mujer dándoles la ilusión de ser excepcionales, de ser prodigiosos, únicos, en el momento mismo en que son más profundamente el rostro de la especie, el rostro anónimo, el rostro sin mirada y sin consciencia.

    Hay otro amor, el de José y María, que es el verdadero amor, el amor virginal que intercambia su secreto más profundo, su secreto de eternidad, pero justamente cuando la corriente de la especie ha sido dominada, por haberse hecho persona, por haberse hecho hijo.

    Yo comparo la trasfiguración que se debe realizar, con una parábola. Estaba encima de un faro mirando el mar inmenso, sin orillas visibles al otro lado, el mar inmenso en que se perdía la mirada y de repente pensé: "Estoy mirando el mar, pero el mar no me mira, no tiene mirada. Toda esa fuerza es ciega, toda esa energía es inconsciente, mientras que el hijito del guardián del faro tiene mirada en sus pupilas azules, y es como si todas las fuerzas de la naturaleza se hubieran concentrado en luz en la mirada azul de ese niñito".

    ¡Pues! Eso es lo que debemos hacer: reunir todas esas fuerzas de la naturaleza, sin miedo, porque son buenas en sí, pero justamente, sacarlas de su ceguera, de su inconsciencia, darles un rostro y una mirada que sea mirada de niño.

    Cuando han hecho eso el hombre y la mujer, pueden mirarse en los ojos porque se amarán verdaderamente con un amor que va al encuentro del secreto eterno. Se amarán porque su ser todo entero habrá sido consagrado. Comprenderán que no lo pueden alcanzar del exterior, que su carne misma es intocable a no ser por el tacto del alma pues está toda cubierta, toda virginizada por la Presencia de Dios, por el respeto de la vida, por el culto del hijo.

    Existe una trinidad humana, una admirable trinidad en que el hombre es el Padre, la madre es el Hijo y el hijo es el Espíritu Santo. Pues como el Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, ex utroque procedit, el hijo es del padre y de la madre. Y en el medio, entre el Espíritu Santo y el Padre está el Hijo que nace del Padre y con el Padre respira al Espíritu Santo; así mismo, al medio, entre el padre y el hijo está la mujer, cuyo rostro tornado hacia el hombre y hacia el hijo, como el rostro del Verbo está tornado hacia el Padre y el Espíritu Santo. Y la mujer es el hijo del hombre.

    Una mujer me decía que su marido la había llamado "mi primogénita" – "Tú eres mi primogénita" le había dicho él al despedirse cuando agonizaba, "Tú eres mi primogénita" – con qué humilde orgullo me recordaba esas palabras en que había encontrado una cuna en el corazón de su marido, un eje de luz, una fuerza que le había ayudado a realizar su maternidad, la maternidad que terminaría en el grito de la niñita que ya les he citado: "Mamá, tú naciste de mi corazón".

    En esa dirección se sitúa la pureza, justamente, esa fuerza nuestra es Alguien. Es alguien que debe tomar rostro a través de nosotros. Y la pureza es la liberación de las energías cósmicas, la liberación de las fuerzas de la naturaleza, la liberación del océano de la especie, que debe hacerse en nosotros mirada, respeto, generosidad y amor.

    En resumen, si quieren, todo consiste en saber si el hombre, el ser humano, está sumergido en la especie como un insecto en su especie, como un gato o un perro están sumergidos en la especie, si el hombre es simple instrumento de la especie, un momento, un corto momento de la vida de la especie. Entonces, hundido en la especie, enceguecido por ella, la trasmite sin saber ni entender. O si, al contrario, el hombre es superior a la especie, si la especie debe terminar en él y encontrar en él su finalidad, su sentido y su realización.

    Miren a San Francisco. No necesita tener hijos porque él mismo es su posteridad, porque él permanece hasta el fin de los siglos, porque en él justamente la especie se libera, haciéndose luz, rostro, rostro y amor. Esa es la cuestión: ¿es que cada uno, realmente, es origen, es creador? ¿Y no es eso el pecado original: rehusar ser creador? El pecado origina es eso. Cuando los esposos, en el enceguecimiento, crean un hijo que en el enceguecimiento crea, suscita un linaje que irá quizás hasta el final de la Historia: una pareja puede dar al mundo hoy un hijo que, dentro de mil millones de años se encarnará quizás en un lejano descendiente, y esa pareja de hoy habrá sido como un nuevo Adán y una nueva Eva, la fuente inconsciente de toda esa descendencia indefinida.

    Yo pienso que el pecado original fue algo semejante, un rechazo de la primera pareja, rehusó asumir la responsabilidad de un universo puesto en sus manos. Quisieron simplemente dejarse llevar por la corriente, dejarse llevar como un niño en sus pañales, dejarse llevar y no llevar ellos la vida, la historia, el universo. Rehusaron ser origen, rehusaron llevar la creación. Fueron sumergidos justamente en las fuerzas impersonales y ciegas de la naturaleza.

    ¡Pues bien! Nosotros, cada uno, tenemos que revivir el problema de escoger ser origen, ser creador, ser fuente, ser comienzo y fin, justificar toda la historia dándole en nosotros un rostro y haciendo de ella una ofrenda de amor. Tenemos que escoger. Y cada vez que el grito de la vida sube dentro de nosotros, tenemos que renovar la decisión de ser origen, creador, comienzo y fuente.

    Eso es admirable, y sólo bajo este aspecto debemos considerar la pureza. Uno y todos, uno y todos en la vocación de la persona; en toda consciencia humana hay esa vocación justamente de reunir toda la Historia y darle sentido al universo.

    Por eso no hay que asustarse. ¿Por qué ver ese terreno creador bajo el aspecto de pecado? Eso es malsano. Hay que considerarlo bajo el aspecto de vocación de santidad. Yo les ruego que no hablen jamás a los niños de pecado, jamás. Cuando les pidan respeto por el cuerpo, pídanles respeto porque el cuerpo es templo de Dios; más tarde podrán comprender que el cuerpo es la cuna de la vida, pero jamás porque "es malo', porque "es impuro". Lo impuro es la mezcla, la trampa, el egoísmo, la confusión voluntaria de los planos y no el cuerpo que está llamado a la vida eterna.

    No hablen jamás de pecado sino de privilegio, de santidad comprometida y exigida. Sobre todo, no hablen de pecado mortal. ¡Dios mío! ¡Envenenaron a la gente con esa idea!

    Viven hablando mal, calumniando, robando, cometiendo injusticias, con ambiciones eclesiásticas, en despotismos de poder y de autoridad y no tienen escrúpulos; y se imaginan que están perdidos porque la imagen de un cuerpo les pasa por el cerebro. ¡No! Hay que acostumbrarse a ver todo eso en la luz, en el respeto, en la santidad, reconstituyendo siempre la trinidad a la luz del rostro del niñito.

    Y en lo que nos toca, nada de escrúpulos. Si no estamos seguros de haber traicionado ni hecho trampa, ¡adelante!, y pidamos a Dios que proteja a todos los niños del mundo y cuidémoslos con más diligencia e inteligencia, y esa será la mejor manera de sacar partido de lo que llamamos las tentaciones.

    Hay que guardar la pureza en la caridad, y la caridad es justamente el centro y el lazo de toda perfección. Y la pureza es solo la forma creadora de la caridad que se extiende hasta el niñito que la necesita particularmente. Y la impureza es precisamente desconocer esa ordenación fundamental y creadora que hace de nuestro cuerpo la cuna de la vida.

    Por lo que nos toca, el voto de castidad jamás debe parecernos como una especie de esterilización voluntaria y artificial. Es lo contrario, justamente porque toda maternidad es ante todo maternidad de la persona, porque en toda hipótesis, para dar la vida hay que ser santos, porque en toda hipótesis, por respeto hacia el niño y por amor hacia él, es necesario haber dominado primero el embrujo de la especie; la castidad nos pone precisamente en estado de poder realizar una verdadera maternidad y no solamente respecto de un niño o dos sino de todos los niños del mundo, de todos los niños del mundo. Y los adultos son a menudo los que más permanecen niños precisamente por no haber tenido una madre santa que formara en ellos esa dimensión de eternidad que le da a la vida toda su grandeza y toda su belleza.

    Y por eso no debemos sentir jamás el voto de castidad como algo que nos disminuye, como una amputación, sino como llamado a un don cada vez más generoso y apasionado. Porque el religioso, la religiosa, el sacerdote no deben matar su sensibilidad, sino extenderla al mundo entero. No se trata de no amar sino de amar de manera infinita, de amar infinitamente como ama Dios.

    Jamás se peca por amar, sino por amar mal, por no amar bastante, por amarse a sí mismo bajo el nombre del amor. Jamás pecamos porque amamos sino porque mezclamos las dos corrientes de la especie y de la persona, porque nos anexamos fraudulentamente un infinito que no hemos llegado a ser. Pero no pecamos cuando amamos de verdad, pues amar verdaderamente es salir de nosotros, amar verdaderamente es despegar de sí mismo, amar de verdad es querer el bien infinito del otro, sea cual fuere. No hay que tener miedo de amar, sino solo rehusar hacer trampa y amar mal.

    Entonces, al contrario, el voto de castidad es vocación a un amor universal. No se trata de un amor lejano y abstracto. Había un sacerdote que se creía santo, era además el superior de la Compañía de san Sulpicio – eso sucedió en el siglo pasado – Cuando una dama lo solicitaba, iba al locutorio con el bonete e una mano y el breviario en la otra, para no tener que darle la mano. ¡Qué triste, si la virtud depende de eso! ¡Qué cosa tan triste!

    ¡Decididamente, No! El Señor no nos encerró en tales tonterías. Al contrario, él nos llama a la libertad y precisamente, nos pide hacer fructificar todas las energías de nuestra sensibilidad en el don hecho a todos. No se trata de secarse volviéndose solterón o solterona, sino al contrario de conservar el corazón siempre abierto, siempre joven, siempre sensible al dolor y a la esperanza del mundo, lo mismo que a la belleza del mundo suscitada por la mirada de Jesús.

    Pues como dice san Juan de la Cruz, " Mil gracias derramando pasó por estos bosques y yéndolos mirando con su sola mirada vestidos los dejó de su hermosura". ¡Eso es! La mirada de un alma universalmente maternal no es ser celosa y echar al mundo una mirada temerosa viendo por doquiera emboscadas del mal. Es mirar el mundo con una mirada liberada y que deja todo vestido de hermosura.

    Entonces, volvamos al camino hacia el Dios vivo con la alegría de la paternidad y de la maternidad universales, pensando justamente que estamos consagrados para todos y que nuestro corazón no está cerrado con doble llave en una vida prisionera, sino al contrario, que está llamado a darse al mundo entero y que las palabras de un mártir del siglo tercero, al que le suplicaban que pensara en sus hijos y buscara cómo escapar al martirio, respondió, lo que me parece ser la alegría de la castidad consagrada: "En toda ciudad, en toda provincia, tengo hijos para Dios".

     

    (1)   Nota del traductor: enfant, en francés significa al mismo tiempo niño e hijo.
    Petit enfant significa niñito, hijito, o nieto, nietecito. ¡Tener esto en cuenta a todo lo largo del texto!

    (2)    sain y saint, sano y santo, se pronuncian de la misma manera en francés.

  • 11-12/01//12 - La Obediencia

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    Roma, a fines de abril de 1926

    La Epístola del 3r domingo después de Pascua es el comentario práctico más convincente de este capítulo de la Santa Regla sobre la Obediencia. (Pueden leer la Epístola mencionada (I Pi. 2, 11-19).

    Probablemente ustedes han observado la asociación curiosa de las palabras: Estén sometidos como personas libres. Ahí está todo el misterio de la obediencia cristiana.

    Mi alimento, dice Jesús, es hacer la voluntad de mi Padre. Se trata pues de un bien muy grande y de la fuente misma de nuestra vida.

    ¿Cómo persuadirnos de ello?

    Colocándonos en el centro del Amor.

    Ama y haz lo que quieras dice san Agustín. Ahí está toda la moral, toda la perfección y toda la santidad.

    Pero amar es darse y como la voluntad controla todas nuestras potencias y en el orden presente ella es la facultad suprema, el don que dispara todos los demás es el don de la voluntad, y en eso consiste propiamente la obediencia.

    Obedire – Tender el oído hacia Dios que llama, para decir: Aquí estoy.

    Estén sometidos, pero como personas libres que son esclavas sólo de Dios, no como los hipócritas que ven en la libertad sólo una facilidad para hacer el mal. Respeten a todo ser humano, amen a los hermanos, honren a los que tienen el poder.

    ¿Y por qué decir Dios, si es un hombre el que manda? Porque sólo Dios puede pedirnos el don supremo de nuestra voluntad.

    Pero, ¿estamos seguros de que manda en nombre de Dios? ¿Diríamos por ejemplo que un ministro ateo pretende gobernar en nombre de Dios?

    Ciertamente no, no lo pretende. Pero no es menos seguro que todo su poder le viene del que, habiendo instituido la sociedad humana, quiso necesariamente también lo que sin ello no puede existir la sociedad, quiero decir la autoridad.

    Y aunque él lo ignore, el cristiano lo sabe, y su obediencia sólo se dirige a Dios, resistiendo a toda ley manifiestamente contraria a la verdad o la justicia.

    ¿Y no corremos el riesgo de engaños y de ser víctimas de visiones estrechas o inclusive de la pasión de los que mandan? San Agustín da esta respuesta magnífica: sólo lo que es bajo puede ser pisoteado.

    ¿Pero cómo tratar de inferior al que para sufrir soporta mil tormentos en la carne teniendo el corazón fijado en el cielos?

    ¿Qué importa a los ojos de la fe si el que manda ve justo o falso, tiene intenciones rectas o interesadas? Él es únicamente signo de una voluntad más elevada.

    Pues si Dios tiene en manos todos los hilos de mi vida, ¿por qué no se serviría aun de los límites humanos para liberarme más seguramente de mí mismo?

    Por eso en cierto nivel de vida espiritual toda orden es bien recibida, a menos que sea manifiestamente contraria a la Ley divina, pues, aunque sea absurda, comporta la ventaja suprema de dejar la voluntad enteramente disponible a la acción de Dios.

    La obra realizada puede ser vana en sí. La intención de darse en ella le asegura una dimensión infinita.

    Tan lejos como estemos de esta disponibilidad, debemos ver que a eso debemos tender y que en eso consiste la verdadera libertad.

    Sometiéndonos cada uno primero a los jefes naturales o mejor a Dios que nos conduce por su medio, aprenderemos a conocer el alimento con que se alimentaba Cristo.

    Y terminaremos quizás por adquirir la condescendencia verdaderamente real que se somete con gusto a toda orden, a todo deseo compatible con la orden de "honrar" a toda criatura a causa de Dios.

    Entonces uno escoge naturalmente el último lugar. Y como nadie se lo disputa, uno es libre, libre de los demás y de sí mismo. Y puede escuchar el silencio formidable de la hostia, cuya acción todopoderosa equilibra los mundos.

    Mi alimento consiste en hacer la voluntad de mi Padre. Estén pues sometidos…como personas libres.

    Para ser libre, para ser rey, para vencer el mundo, como lo indicaba en el bautismo la unción del santo crisma.

    Ahora bien, dice san Juan, la victoria que tenemos sobre el mundo es nuestra fe" (I Jn.5/4).

    Entonces se aclaran las palabras misteriosas que la Iglesia pronuncia sobre la Santísima Virgen:

    Terrible como un ejército en orden de combate.

    Fray Benito

     

     

  • 08-10/01/12 – Más vale ser sin hablar que hablar sin ser.

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    Roma, domingo 21 de marzo de 1926

    ‑ Leer en la Santa Regla, el cap. VI, del Silencio.

    Muy queridos Hermanos y Hermanas,

    Sabemos que hay muchos muertos que parecen vivos y de ellos está escrito: "Dejen que los muertos entierren a los muertos" (Lc. 9/60)

    Quizá no son culpables de falta alguna, quizás frecuentan los oficios de la Iglesia, son quizás obispos, monjes, sacerdotes y quizás hacen milagros.

    Alargan sus franjas, buscan que los saluden, se sientan en primera fila, los llaman Señor, Doctor, Monseñor, Comandante, Caballero y Duquesa y Marquesa.

    Logran lo que Felipe buscaba con tanto ardor: hablan de ellos en Atenas. Dejarán un nombre en la historia.

    Y es talvez su más terrible condenación. La verdadera grandeza no puede escribirse.

     

    El 29 de enero al bajar del altar después de la misa se me acercó una mujer: "Padre, por favor, ¿quiere orar por la conversión de mi hijo? Se había levantado temprano para unirse al santo sacrificio antes de ir al trabajo, y uno entendía lo que la motivaba: su primer pensamiento, su gran preocupación era la vida de esa alma.

    La verdadera grandeza, la única nobleza. Así se manifiesta la acción de Dios con mayor evidencia. Es la victoria de que habla san Juan: "Esa es la victoria que vence al mundo, nuestra fe" (I Jn. 5/4) ¿Al precio de qué dolores y de qué silencio?

    Y de repente el fruto está maduro y el corazón se abre, y se oye el gemido del Espíritu Santo.

    Padre, ¿nos daréis que vivamos en vos, de modo que nuestras palabras, llenas de Vos, sean camino de luz para nuestros hermanos, aun sin nombraros?

    Nos rodean tantas almas que desfallecen esperando una respuesta. ¿Es el momento de tratarlas con ironía y de recordarles sus antiguas falencias?

    Haced que nuestros corazones sean para ellas un refugio donde puedan olvidar por un instante sus faltas y sus penas, a la sombra de nuestro amor, en la suavidad de nuestra acogida y en la humildad de nuestro respeto.

    Como cuando nos recibís por la noche en vuestra casa, silencio vivo, Señor Jesús, y vuestro Corazón que late en la llama de la lamparita.

    Recuerden, Hermanos, Recuerden, Hermanas, el consejo inefable:

    Más vale ser sin hablar que hablar sin ser (San Ignacio de Antioquía, Eph. XV,1) 

    Oren por mí para que la mentira sea extirpada de mi vida, que ame el silencio y el último lugar.

    Que la Paz esté con ustedes y el gozo de nuestro padre San Benito y la dulzura de nuestro Abad Tomás y el recuerdo de

     

    Fray Benito

     

  • 05-07/01/12 – Epifanía, revelación de un niño[1] confiado a nuestro amor.

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     En Bex (Suiza), en 1951.

    En la evacuación de París en 1940, cuando huía todo el mundo, o al menos todos los que podían hacerlo una niñita quería llevarse su muñeca. Su papá le hizo comprender que había cosas más urgentes que llevar y que ella tenía que dejar su muñeca. Y, como ya sabía escribir un poco, escribió en un cartón: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

    Cuando los alemanes ocuparon a París, un oficial alemán, encargado de la requisición de los apartamentos vacíos, encontró la inscripción de la niña y, como quizás tenía un hijo y era talvez católico, quiso salvar la muñeca, escuchar la oración de la niña e hizo sellar el apartamento de modo que permaneciera completamente desocupado. Y cuando la familia regresó a París, la niñita encontró su muñeca con el cartón donde había escrito su oración: "Santísima Virgen, protege a mi muñeca".

    Este es un hecho auténtico que muestra que en el corazón humano hay posibilidades imprevistas y que, ante la oración de un niñito, puede ablandarse aun el corazón de un enemigo y recurrir a todas las medidas posibles para cumplir los deseos del alma de un niño.

    Ése es el sentido más profundo del misterio de la Epifanía en que una estrella moviliza a los Magos, es decir unos sabios venidos de Oriente para guiarlos ¿hacia qué? Hacia un niñito, un niñito en quien buscan toda la luz, toda la belleza, toda la sabiduría, toda la grandeza, toda la vida, un niñito en quien reconocen al Dios vivo.

    Toda la sabiduría jamás habría podido inventar esa revelación de Dios. Un niñito pobre que no tiene nada, que es solo una presencia frágil en los brazos de su madre y que se entrega a cada uno en el poder infinito de la fragilidad.

    Toda su sabiduría estalla cuando caen los muros de separación al ver que Dios no es un señor protegido tras el muro de su majestad sino que Dios es precisamente el Amor niño, el amor que no tiene sino Amor, el Amor que crea todo por amor y que llama al mundo entero a realizarse en la misma línea, es decir en el don de sí mismo, en el amor.

    Ya no hay pueblo elegido, ya no hay fronteras: el mundo entero está llamado a reunirse alrededor de un niñito. Si el mundo entero creyera en ese niñito, si el mundo entero pudiera abrir los ojos y reconocer el hecho de que Dios es el Amor niño, ¡pues el mundo entero sería salvo!, porque cada uno habría llegado al fondo de sí mismo y sentiría despertar la generosidad que es capaz de la superación más maravillosa y generosa, aun en el corazón de un enemigo. Y quizás bastaría también que el mundo tuviera el respeto y el amor del niño: siempre es lo mismo.

    Un gran poeta, Mallarmé, pensaba con cierta angustia en sus tres nietos porque él, ocupado con su obra, sentía que no podía serles una presencia total. Y sin embargo decía estas palabras maravillosas: "Tenían derecho a la verdadera vida". Él que se creía ateo, que pensaba que la última palabra de la sabiduría era la nada, delante de sus nietos, sentía otra cosa, un llamado, un misterio, y decía estas palabras que dicen tanto: "Tenían derecho a la verdadera vida".

    Existe pues otra vida que la material, otra vida que la vida de la carne, que la vida por la cual debe darse tanto un padre de familia. Hay una vida desconocida, maravillosa, que quizá no existe todavía, pero que el niño espera y a la que tiene derecho, la verdadera vida que Mallarmé no deseaba mucho pero a la que sentía en sus hijos un llamado incoercible.

    Y recuerdan las palabras de Wilde, cuando, privado de sus hijos por su culpa, al saberse despojado de su paternidad, escribió: "El cuerpo de un niño es como el Cuerpo del Señor. Yo no soy digno de uno ni del otro".

    Recuerdo a la niñita que, el día de su primera comunión (había perdido a su padre unos años antes), en medio de la fiesta de familia, en el momento de ponerse a la mesa, estalló en sollozos diciendo: "¡Quiero a mi papá!, "¡Quiero a mi papá!" Tenía en el corazón el deseo de una presencia y su padre no le faltaba probablemente para asegurarle su pan pues lo tenía, sino que sentía que necesitaba recibir una vida desde adentro, una vida que parte del corazón y de la mente, una vida en la cual los padres comprometen toda su vida.

    Por eso el camino de Cristo, el camino de Epifanía, es para nosotros el camino del amor del hijo. Si tuviéramos dentro el respeto del hijo, el respeto del nieto en nuestros pensamientos, en nuestra mente, en el corazón, en el cuerpo, sentiríamos que el rostro del niño es en nosotros una exigencia infinita. Entonces, ¿cómo dar al niño la vida verdadera a la que tiene derecho si no la vivimos en nosotros mismos? Porque esa vida sólo podemos comunicarla por irradiación personal y no hay palabras que puedan convencer jamás a un niño.

    Además, jamás un discurso ha convertido a nadie y sólo hay una posibilidad de educarlo y es educándose uno mismo. Es a los niños confiados a nuestra solicitud a los que debemos comunicar la vida verdadera a que tienen derecho. Es pues esencial mantener esta imagen, conservar el rostro del niño en lo más profundo nuestro para permanecer digno de él.

    ¿Cómo desea el hijo ver a sus padres? Como lo dijo el otro poeta, un hijo sólo puede pensar en su madre como inmaculada. Sí, habría que justificar este sueño del niño y sólo hay una manera de justificarlo y es que la madre y el padre y nosotros que tenemos a cargo el misterio infinito que consiste justamente en formar el alma de los niños, sólo hay una forma de justificar ese sueño del niño, y es viviendo de modo que seamos dignos de él.

    Esas no son abstracciones. No se trata de una ley lejana fuera de nosotros: la Estrella de Epifanía es la estrella que conduce hacia un niño y hacia el Amor Eterno. Y en ese niñito sentimos la revelación del misterio de todos los niños, cada uno de los cuales es un universo, un mundo infinito, pero que sólo puede aparecer como tal si le damos dentro de nosotros la cuna del nacimiento eterno, si hay en nosotros suficiente luz, suficiente generosidad, suficiente trasparencia como para que el niño adivine, sin palabras, a través de nosotros, la vida infinita que lleva en sí mismo y que está confiada a nuestro amor.

    En el fondo, ahí tenemos un maravilloso sermón de santificación, pues ahí tenemos la exigencia más elevada, más concreta y más urgente para nuestro corazón, de progresar en la luz y el amor. Nuestros hijos, que están confiados a nuestra ternura y que nos miran sin saber lo que buscan, buscan en nosotros la verdadera vida a que tienen derecho.

    Examinemos la conciencia, cada uno a la luz del rostro del niñito impreso en nuestros corazones y pidamos a Dios, pidamos al Amor niño que ese rostro del niñito siga siendo en nosotros una exigencia de cada instante, a fin de que no hagamos nada, no pensemos nada, no podamos hacer ni pensar nada ante la mirada de esos niñitos, para que el rostro del niño sea para nosotros como una estrella plena, visible, misteriosamente aparecida en el fondo de nuestro corazón.

     



    [1] En francés la palabra "enfant" significa al mismo tiempo "niño" e "hijo", y las palabras "petit enfant" significan "niñito" y "nieto". La traducción del texto al español se hace por eso difícil. ¡Hubo que escoger!

  • 02-04/01/12 - ¡Viva la Vida!

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    Votos de Año Nuevo para 1963, en Lausana.

    Sartre observa con profundidad que la mayoría de los hombres, es decir prácticamente todos nosotros estamos inclinados a ensalzar los grandes descubrimientos hechos por la humanidad o los hechos heroicos en que se han distinguido ciertas personas excepcionales, es decir que estamos de acuerdo con aceptar toda la herencia positiva de los que nos han precedido y asumir finalmente toda la grandeza de nuestros contemporáneos. Pero rehusamos los crímenes de la humanidad, las maldades, todos los actos que deshonran la especie humana. Y Sartre piensa, y con razón, que no debemos rehusar nada de lo humano sino llevar y aceptar la responsabilidad de los crímenes tanto como de las virtudes.

    De hecho, además, cuando estudiamos el origen de los crímenes, nos damos cuenta de que no proceden de generación espontánea: un hombre no se vuelve criminal en un segundo, hay todo un proceso, un conjunto de circunstancias al que nosotros mismos tampoco habríamos resistido si hubiéramos estado en esa situación. De todos modos, somos solidarios y es imposible que cristianos que crean en la comunión de los santos no se sientan responsables de los errores de sus hermanos. Si no pudieron impedirlos, al menos deberían expiarlos si quieren ser fieles al Evangelio de Jesucristo.

    Pero en realidad somos tan irresponsables en nuestra propia vida que nos parece irreal cargar con la responsabilidad de otros. Y precisamente, al finalizar el año, podemos subrayar el abandono colosal de que somos todos culpables concretizando nuestra cobardía en los acontecimientos de Cuba que pudieron desencadenar una guerra atómica. Qué extraordinariamente increíble e inaudito que más de dos mil millones de seres humanos hayamos dejado que Kruschev y Kennedy se afrontaran como si de ellos dos dependiera el destino de la humanidad entera, como si eso fuera cosa de ellos solamente y no de todos nosotros. Esperamos que ellos decidieran, y por fortuna uno de ellos fue bastante sabio para retroceder ante la solución extrema, y por eso tenemos todavía una paz relativa. ¿Qué habría sido de nosotros hoy, si hubiera estallado la guerra atómica? Es casi imposible imaginarlo, tan acostumbrados estamos a las condiciones que habrían cambiado.

    Sin embargo, es un hecho que no hicimos nada, no movimos un dedo para cambiar la situación. Esperamos que dos hombres decidieran y seguimos viviendo la vida con sus límites, sus prejuicios, todas sus ambiciones, sus reivindicaciones, sus resentimientos y todas las guerritas de partidos o de parroquias. Y todos y cada uno podemos asumir la responsabilidad de tantas faltas de responsabilidad para cerrar el año con un acto de contrición por todos los acontecimientos internacionales o individuales que han tenido lugar porque todos somos responsables, por omisión, por fallas, responsables porque estábamos absorbidos en problemitas personales que nos impedían ver los grandes problemas.

    Tenemos pues todavía paz por algún tiempo, con toda la incógnita de la China que no retrocederá ante una guerra atómica, como dice Nehru, pues no tiene nada que temer ya que, con cerca de 800 millones de habitantes puede sacrificar alegremente 400 millones y estar segura de tener la última palabra.

    Entramos pues en el nuevo año, o al menos vamos a entrar en él y tenemos que preguntarnos qué vamos a hacer para preservar la paz. ¿Podemos hacer algo? ¿Tenemos algún papel esencial que jugar? ¡Sin duda alguna! ¿Y cuál es? Es el papel de darle a la vida todo su valor, de modo que nos parezca inviolable, que todos la reconozcan porque la revelamos, que todos la reconozcan como un tesoro importante para todo el mundo, un tesoro tan sagrado que cada uno se vuelva intocable.

    Claro está que si continuamos el jueguito, si seguimos confinados en nuestros horizontes limitados, si seguimos como estamos exhibiendo el amor propio, si entretenemos las rivalidades y ambiciones, ¿por qué sería protegida esta vida por la que no hacemos nada? ¿Qué importa que desaparezca la humanidad si no crea nada, si no va nunca hasta el final de sus posibilidades, si nuestra posible libertad no tiene como resultado ninguna creación que imponga el respeto y parezca como beneficio para todos los hombres?

    Ese es el problema con que estamos confrontados en este Año Nuevo: ¿qué vamos a hacer de nuestra vida? ¿Qué peso le vamos a dar? Afortunadamente escapamos a la catástrofe. No está dicho que escamparemos de nuevo y además, no merecemos escapar.

    Ante todas las desigualdades humanas, ante los resentimientos seculares grabados en la memoria de los pueblos, ante una biología colectiva e individual que pulula, ¿cómo puede ser necesaria la paz, cómo puede aparecer como exigencia imprescriptible si la vida no toma su verdadero rostro, si no aparece en toda su dignidad, en toda su grandeza y en toda su belleza?

    Y ese es justamente nuestro trabajo, es nuestra vocación, nuestra vocación de hombres y doblemente de cristianos, darle a la vida toda su dignidad y su nobleza. Durante 50 años, un solo hombre, Gandhi, pudo mantener a 500 millones de hombres que aspiraban a la libertad, que estaban hartos de estar sometidos a una fuerza casi ridícula, si pensamos que había quizá sólo cien, o 50 mil ingleses para mantenerlos sometidos, aunque en verdad ayudados de una técnica que les faltaba a los hindúes.

    Gandhi pudo mantenerlos durante cerca de 50 años, prohibirles toda violencia e imponerles el respeto del adversario por el simple brillo de su caridad, de su dignidad y de su generosidad. Y finalmente, él solo hizo retroceder el imperio británico, llevó la India a su madurez, la hizo digna de una libertad que se hacía necesaria precisamente porque se apoyaba en el corazón inmenso, en la generosidad incomparable de un solo hombre que se entregaba por todos.

    Es un hecho incontestable: basta que un solo hombre vaya hasta el final de sí mismo para imponer el respeto por la vida, para contener el desencadenamiento de las pasiones, para hacer retroceder la fuerza, para hacer retroceder un imperio. No tenemos pues ninguna excusa si no emprendemos el hacer de nuestra vida algo grande y bello, si no nos convertimos a lo humano, si no entramos en la catolicidad del amor, si no justificamos nuestro nombre que significa ser universales.

    Y no debemos quejarnos si estalla la guerra pues no habremos hecho nada para hacerla retroceder, porque no hemos impuesto el respeto de la vida, porque no le hemos dado su verdadero rostro.

    ¡Al mirar la Cruz no debemos olvidar que ella significa el precio infinito que Cristo le atribuyó a nuestra vida! Eso es todo el cristianismo: la afirmación colosal de la grandeza y la dignidad de la vida. Y cuando Cristo se arrodilla para lavar los pies de sus apóstoles, es la canonización de la libertad humana siempre posible y que nosotros debemos realizar para llegar a nosotros mismos y establecer el Reino de Dios. Tenemos una grandeza tal que Dios mismo no podría disponer de ella, pues Dios no puede sino dar su vida para introducirnos en esa grandeza e invitarnos a realizarla.

    Por eso me parece imposible comenzar este Año Nuevo, después de asumir la responsabilidad de todas nuestras derrotas, de todas nuestras ausencias y de todas nuestras responsabilidades, me parece imposible abordar este Nuevo Año sin desear alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de entrar en la Historia como creadores, la única manera de responder a la invitación de Jesucristo el cual nos hizo el crédito formidable de su Pasión y midió nuestra libertad con la medida de su Cruz.

    No nos refugiemos pues en nuestros infantilismos, no tenemos que hacernos pequeños y miserables, ni siquiera ante Dios, como si el gozo de Dios fuera vernos hechos nada, sino al contrario, como el papa san Gregorio, san León, nos exhorta en la noche de Navidad, reconozcamos nuestra dignidad y no volvamos a la miseria de nuestra antigua manera de vivir. En el corazón del Evangelio hay una invitación inmensa a la grandeza, y respondiendo a ese llamado podremos entrever un porvenir humano digno de Dios y de nosotros.

    Pero está perfectamente claro que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos en nuestra vida personal, en nuestro medio familiar o profesional los fermentos de odio, de rivalidades, de oposiciones, de ambiciones que, a escala internacional, se traducen inevitablemente en guerra.

    En la medida en que nuestra vida sea garantía de paz, en la medida en que la paz brille en toda nuestra vida, en la medida en que los que nos rodean puedan respirar la paz de Dios en nosotros, estará realmente asegurada la paz del mundo. Pues no podrá depender siempre de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud, o simplemente de la habilidad de dos hombres más clarividentes ante el peligro de una guerra total. Será necesario que todos los hombres asuman su destino, hagan la guerra absolutamente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de dignidad y de nobleza tal que se imponga a todos como tesoro inalienable que es el bien común de todos.

    Esa me parece que debe ser ante Dios la conclusión de este año y el comienzo del que va a entrar. No podemos gloriarnos simplemente de los acontecimientos positivos, de los descubrimientos geniales, de los actos heroicos realizados por los demás, sin asumir la responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes cometidos, de todas las catástrofes que han caído sobre otros y no sobre nosotros. Somos solidarios del mal lo mismo que del bien y somos particularmente responsables como cristianos y corredentores; pero como ya no se trata de lamentarnos por lo que no hemos hecho sino de cambiar de actitud, nuestra contrición solo tendrá sentido si se hace propósito de grandeza y si entramos en el Nuevo Año con el firme propósito de ser por fin hombres, de ser fuente y origen, de ser creadores y de trasfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros, en nuestro hogar, en nuestra profesión y en nuestra sociedad a fin de que aparezca a todos como el más alto don de Dios, como la comunicación misma de su luz, como el don de su Amor.

    Que esa sea nuestra ofrenda en esta liturgia en que el Señor se ofrece con nosotros y por nosotros, que sea nuestra oración, pero que sea sobre todo nuestra decisión: "Señor, ayúdame a ser por fin hombre y a hacer de mi vida un espacio ilimitado en que pueda caber el mundo entero, en que toda criatura se sienta ennoblecida y en que pueda por fin respirarse tu Presencia".

  • 27-01/01/12 – Con María, estamos llamados a ser Madre de Dios.

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    En noviembre de 1953, en San Mauricio, (Valais) a las religiosas de san Agustín.

    El mayor poder del mundo es la sonrisa. La sonrisa nos da vida y su ausencia da muerte. Donde no hay sonrisa se apaga la vida. Donde hay sonrisa la vida prospera. Pero es también la mayor fragilidad.

    Es claro que la sonrisa es impotente si encuentra en ustedes un rostro cerrado. Si no respondemos a esa intimidad, nada sucede. Es el ejemplo más sugestivo del poder de Dios, de todo el poder del Amor, pero que no puede realizarse si no encuentra correspondencia.

    La sonrisa es tan poderosa cuando es recibida, como impotente ante un rostro cerrado. Guarden esta imagen de la sonrisa que es la única verdadera imagen del poder divino. Comprenderán que Dios es a la vez la fuente de toda vida y el Dios crucificado: él da la vida y muere.

    La vida encuentra en él su cuna, pero tenemos el terrible poder de hacerlo morir. Dios es indefenso como una sonrisa, indefenso cuando lo rechazan.

    Hay que entender eso al hablar de milagros. El milagro no es una intervención divina sino que el hombre se ha hecho presente cuando se produce un milagro. En el milagro siempre hay un corazón humano abierto, una respuesta humana al llamado de Dios.

    Dios está presente siempre. La sonrisa de Dios, ese don de luz y de amor está siempre circulando y ofreciéndose entre nosotros. Si se produce un milagro es porque un corazón humano ha captado esa onda de amor y le ha permitido llegar a lo que llamamos milagro.

    ¿Por qué no pudo Jesús hacer milagros en Nazaret? Porque allá encontró hostilidad. La luz del amor es ineficaz por falta de respuesta. Por eso los milagros no se pueden verificar con las manos sino con el corazón. Un milagro siempre se puede interpretar en uno u otro sentido. Los milagros de nuestro Señor fueron citados en su proceso como argumentos de acusación.

    En el capítulo cinco de san Juan, se cuenta la sanación del hombre que esperaba el movimiento del agua de la piscina que podía sanarlo. Él no lograba llegar primero y el Señor le dijo: "¡Toma tu lecho y camina!" y él lo toma. Es un sábado, y todo el mundo se escandaliza. Él dice: "El hombre que me curó me dijo: ¡Toma tu lecho y camina!" Entonces los doctores de la Ley gritaron: "¿Quién es el hombre que te dijo: ¡Toma tu lecho!?" y al decirlo, dejan de lado "y camina" y solo hablan de la primera parte: "¡Toma tu lecho!" a fin de acusarlo como de algo prohibido el día de sábado. Los que tienen el corazón cerrado ven en el milagro un acontecimiento natural realizado por un prestidigitador, un invento del demonio.

    Cuando dicen que hay milagros en Lourdes, yo creo, pero no es la Oficina de Verificaciones la que puede constatarlos. El milagro lo constata la fe, el corazón abierto, el sentimiento profundo de que hay una gran cadena de amor y una respuesta del hombre.

    El milagro tiene lugar cuando entra en el circuito el hombre con todo su amor y cuando la ternura y el amor divinos son captados y se estabilizan en el acontecimiento. El milagro es siempre un acontecimiento en el que brilla el Corazón de Dios para el que es capaz de reconocerlo, pero el que es insensible al amor, a la sonrisa de Dios, no sabrá jamás lo que eso significa.

    A Dios nadie lo ha visto, como dice san Juan (Cf. 1 Jn. 4, 12), pero todos pueden encontrarlo; y observen que eso no es más misterioso que encontrar un alma, pues para encontrar un alma hay que encontrarla en profundidad, tiene que haber resonancia entre el misterio que somos y el misterio del otro.

    Jamás hay que olvidar que Dios pone en movimiento nuestros recursos más profundos, pero no hay que materializarlo. A Dios jamás podemos cogerlo in fraganti. Siempre se podrá decir que no hay milagro. Eso no tiene importancia pues el milagro solo lo siente verdaderamente el que siente la manifestación de la presencia divina en el acontecimiento.

    Dios es una sonrisa. Es pues impalpable si no es a lo más delicado, lo más generoso y puro que hay en nosotros. Por eso, al hablarles de la presencia real traté de mostrarles que es algo que no se puede tocar con las manos. Es un sacramento, un signo, un llamado que se nos dirige. Un sacramento es un signo que exige nuestra presencia total, y entonces pasará algo esencial. Si nosotros no estamos presentes, no significa nada para nosotros.

    No olvidemos, además, que los testigos de nuestro Señor: Pilatos, Anás, Caifás, Herodes, estaban todos en presencia de Jesús, pero estaban ausentes. La presencia no brillaba para ellos porque ellos no estaban presentes. La divinidad no aparecía en la humanidad de nuestro Señor a los que no estaban acordados con la luz y el amor, la mayoría de los contemporáneos de nuestro Señor no reconocieron nada en él. Aún sus apóstoles dudaron hasta Pentecostés; sólo entonces, en el fuego del Espíritu Santo, se acordaron con Jesús. Dios es Espíritu, como dijo nuestro Señor a la samaritana (cf. Jn 4,24), y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.

    En esta línea debemos considerar la maternidad de la Santísima Virgen. Todo lo debemos tomar en espíritu y en verdad. No es comprender la virginidad de la santísima Virgen reducirla al hecho de que san José no tuvo parte alguna en el nacimiento de Jesús.

    Así fue, claro está, pero se trata de otra cosa. Podemos ante todo recordar que Jesús es fruto de la contemplación de María. ¿Qué significa eso?

    Ustedes recuerdan que san Francisco de Asís se alimentó de la contemplación de la Cruz, que san Francisco se convirtió en cruz viva, que recibió las heridas de Cristo y que sus heridas fueron el resultado final de su contemplación. El movimiento de su espíritu penetraba su carne se activaba y se expresaba por las heridas visibles. Es claro que los estigmas de san Francisco no mienten porque vienen de adentro. Sus heridas manifiestan la unidad de una vida que es solo una mirada hacia el Amor crucificado.

    No nos extraña que el cuerpo termine participando en ese movimiento. No nos conmueve que una mujer histérica tenga la corona de espinas por ver un crucifijo. Es claro que en este caso eso no nos impresiona. Es una enfermedad, no un milagro. Hay una diferencia infinita entre el signo que se imprime de afuera y los estigmas que son la marca final de una vida enteramente conformada con el Amor crucificado.

    Eso sucede en la maternidad de la Virgen. Ella contempla a Cristo desde el primer instante de su existencia, tiende hacia él y termina por llevarlo en su carne, porque todo su ser es mirada hacia él.

    Podemos verlo bajo otro aspecto: en Jesús, la humanidad es sacramento de la divinidad.

    Ustedes comprenden que la mujer que está esperando un niño la mayor parte del tiempo no sabe quién será ese niño. No puede nombrarlo, no puede darle rostro. Todo lo que puede saber es que será un ser humano. Porque la maternidad humana, según el curso ordinario de las cosas, es ante todo maternidad de la naturaleza. Nosotros nacimos ante todo de la naturaleza. Fuimos ante todo un paquete de instintos, un manojo de necesidades y luego, lentamente, tratamos de hacernos persona y volvemos a caer continuamente en la naturaleza. En nosotros, la naturaleza es primera. La madre que nos llevó en su seno debía pensar que un niño nacería del misterio de su corazón, pero no podía conocer su rostro, el cual solo sería visible en el momento del nacimiento.

    En Jesús, al contrario, la persona es primera y la naturaleza viene después. El día de la Anunciación la Santísima Virgen conoció el nombre de su hijo: Jesús, es decir el Salvador, Dios que salva. Ella sabía que iba a ser la madre del Redentor, cuya misión le había sido revelada por la luz del Espíritu Santo. Ella sabía que su consentimiento era para el ser Único que iba a ser Hijo de Dios e Hijo del Hombre, que su maternidad se dirigía a la persona antes que a la naturaleza.

    Sólo hay una manera de fijar a una persona y es entregándole nuestra intimidad. ¿Cómo habría podido fijarse la persona de Jesús en María sino mediante el consentimiento de toda su mente, de toda su persona, de todo su ser? Es la gracia única de la maternidad de la Santísima Virgen. Es la maternidad de la persona toda entera, que se dirige a la persona de Jesús.

    Ella va a ser la vitrina, la morada de Cristo, pero no lo capta como la madre que recibe el germen puesto en su seno, que se convierte en niño: ella lo recibe despojándose totalmente por la pobreza que la convierte en la Mujer pobre.

    Ese despojamiento, esa evacuación de sí misma, es su Inmaculada Concepción. Inmaculada Concepción quiere decir que, desde el primer instante ella es un llamado hacia Dios, una mirada hacia Dios. Ella es vacía de sí misma. Es apta para fijar la Presencia que es una Persona y contraer para con esa Persona una maternidad del mismo orden que esa Persona misma. Ella será la madre del segundo Adán mediante el consentimiento de todo su ser.

    ¿Entendieron bien ustedes, a partir de los estigmas de san Francisco, que Jesús es fruto de la contemplación de María? Su mente fue la cuna antes que lo fuera su cuerpo.

    Luego, en Jesús, la naturaleza se desarrolla cuando la persona ya es perfecta. En nosotros, la naturaleza es dada y la persona está en embrión, se desarrolla lentamente y tenemos suerte si llegamos finalmente a nacer en el momento de la muerte.

    Eso quiere decir que el misterio de María es un misterio de pureza y que no hay que ver en la virginidad de María un evento físico. Esto es un signo de otra cosa, que es la virginidad del corazón, de la mente, de la persona, que hace que en ella todo es dado, todo es disponibilidad de su ser todo entero para Jesús.

    María es la mujer que solo se ve en Cristo y, por él, en la humanidad; al engendrar a Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, engendró la humanidad. En el fiat de la Anunciación está la adhesión de todos nosotros.

    Por eso, no hay otro ser tan permeable al amor de Cristo como la Santísima Virgen, por eso, como dice Dante, ella es hija de su Hijo. Ella nació de su Hijo, según la vida divina, y por eso ella nació de él, lo mismo que él pudo nacer de ella.

    Por eso justamente la Santísima Virgen es para nosotros camino de luz hacia Jesús. De hecho, es imposible no amar a la Virgen si amamos a Cristo; y actualmente en el mundo protestante, donde renace con más entusiasmo el amor de Cristo, vemos que el interés por la Virgen comienza a sentirse y que hay pastores que hablan de ella con gran respeto y piensan que ella tiene parte en la Redención.

    La Santísima Virgen es una especie de sacramento, el sacramento de la ternura de Dios para nosotros, pues Dios es tan madre como padre, y luego, ella es sobre todo madre de Cristo en nosotros.

    Porque la maternidad de María no es una maternidad en el tiempo sino en lo eterno, pues ella concibió en el don total y absoluto de sí misma, ya que nos adoptó a todos al acoger a Jesús en todo su ser. Su maternidad no se detiene. Ella es madre de Cristo en nuestra vida, es su función por la eternidad.

    Es pues natural que nos expongamos a la luz de la Virgen para recibir de ella a Cristo al que ella está encargada eternamente de engendrar en nosotros. Es un gesto maravilloso e infalible. Es imposible volverse hacia la Virgen sin llegar a Cristo por medio de ella pues, como ella no tiene nada, solo puede conducirnos a él.

    Seguir ese camino es seguir el orden mismo de la Encarnación, ya que fue por María como Jesús entró en el mundo. Cristo entrará siempre por medio de María en nuestra alma, y lo más maravilloso de nuestra confianza en la maternidad inagotable de la Santísima Virgen es que a cada instante podemos disponer del amor de la Virgen para ofrecerlo a nuestro Señor.

    Y aquí, creo yo que, si tuvieran que celebrar la misa, estarían conmovidas como yo en el momento de la consagración, al decir esas palabras increíbles, revolucionarias, que no osamos pronunciar, ya que decir: "Esto es mi cuerpo" es comprometerse a desaparecer en Jesús, a transformarse en Jesús. ¿Cómo llevar la Alianza nueva y eterna, y todo el amor, siendo uno un pobre hombre limitado, cansado, decadente, cómo decir esas palabras sin traicionar a Dios, sin mentir en las palabras mismas que uno pronuncia?

    Ahí es donde la Virgen es un refugio. Hay al menos alguien que puede decir esas palabras, alguien que pudo decir: "Esto es mi cuerpo" poniendo en ellas toda la verdad que contienen, y es la Santísima Virgen. Ella puede llenar siempre esas palabras con el amor que las justifica.

    Lo que podemos hacer en la misa es pensar: "Esas palabras las va a decir la Santísima Virgen en lugar mío. Yo soy solo un simio y un sacramento, pero justamente, por ser yo solo eso, es necesario que alcancen la verdad en alguna parte, y la alcanzan por el corazón de la Santísima Virgen". Así resuelvo yo mi problema en la misa, pensando: "Hay alguien que va a sostener esas palabras, a llenarlas de luz y de vida y permitirles llegar a las almas que están más profundamente comprometidas que yo en el camino de la luz y del amor en el mundo".

    Yo creo de verdad que la mediación de la Santísima Virgen es algo continuo y que no hay que hacer nada sin su mediación, ya que ella prepara en nosotros la cuna de Jesucristo que debemos ser nosotros por el brillo mismo de su persona. Por eso, cuando ya no podemos más, cuando estamos desesperados, basta con volvernos hacia la Virgen sin decir nada, con llamarla como mamá y exponernos al brillo de su luz.

    Recuerdan en La zapatilla de raso cuando Doña Prouhèze desea estar con Rodrigo, le da su zapatilla de raso a la Santísima Virgen para que ella la guarde. Es lo que deben y les conviene hacer a cada instante de su vida, cuando tienen que trabajar y llegan quizás agotadas y dormidas a la capilla.

    Hay tal vez una especie de suplencia para esa vida algo coja que es la nuestra, y es ofrecer a Cristo el amor de su Madre y hablar a Cristo por medio del corazón de su Made. Si estamos en el resplandor de María, es imposible que no estemos sumergidos en la luz de Jesús.

    Por eso tenemos siempre que dejarnos conducir por María, porque no conocemos el camino, y no sabemos si es bueno o malo. Ella nos dará serenidad y nos permitirá ver claro, mirar las cosas con tranquilidad y ver que Dios no quiere quitarnos nada sino hacernos perfectamente felices en su luz.

    Hay finalmente otra cosa en el misterio de la Virgen y es que ella nos traza la vocación. Nuestra vocación es también ser madre de Dios. Justamente, Dios quiere nuestro don, nuestro amor y nosotros debemos suscitar en el alma de los demás la cuna de Jesucristo.

    Todo lo que había de ternura en ustedes que estaban hechas para la maternidad, todo eso debe ser recogido en la maternidad virginal, ya que están encargadas delante de Dios de toda la humanidad por el brillo de su vida mediante la comunión de los santos.

    Es algo revolucionario que Dios sea nuestro hijo al mismo tiempo que nuestro Padre. En la liturgia de Navidad decimos: "Nos ha sido dado un Niñito". Dios quiere nacer de nosotros como nosotros nacemos de él. El secreto más profundo del Evangelio es que Dios quiere nacer de nuestro amor. Para estar seguros de encontrar a Dios, para estar seguros de seguir el Evangelio, el mundo tiene que transformarse y el rostro de Jesús aparecer al fin.

    Como el escultor, el músico, o el artista solo conoce su obra cuando la ha terminado, nosotros sabremos cómo es Dios cada día cuando él haya nacido cada día de nuestra bondad, de nuestro amor.

    Cada vez que un rostro humano se ilumina al contacto de nuestra caridad, se nos revela un nuevo rasgo del rostro de Dios. No lo olvidemos, es verdad.

    La misión del sacerdote no consiste en predicar a Cristo sino en engendrar a Dios, en ser la cuna de Dios al precio de su vida entera.

    Esa es la misión de ustedes que, a su manera, son sacerdotes en el único Sacerdote que es Jesús. Su voto de castidad no es de permanecer infecundas y estériles, sino de hacer de su vida la cuna misma del Dios vivo.

    Ustedes conocerán a Dios cada día más, no haciendo una oración abstracta, con palabras, lo conocerán a cada paso, en su taller, en la oficina, en la comunidad, si a cada paso la sonrisa de Dios aparece porque tienen un corazón capaz de ser su cuna.

    Eso es ser cristiano, es ser madre de Dios, es hacer de toda la vida la Navidad misteriosa, revolucionaria, que trasforma la vida, la Navidad que debe ser hoy para que toda alma que responde al llamado de Dios y que se expone a la luz del misterio virginal de María y se convierte a su vez en madre de Dios.

     

  • 25-26/12/11 – Conversación con Mauricio Zundel

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    Para ir hasta el pesebre seguimos primero los senderos de la poesía. Pero el pesebre también lo podemos ver de otra manera, por los ojos de un hombre que, no solamente sabe hablar mejor que nadie, sino que probablemente más que muchos, no cesa de vivir su espíritu.

    Mauricio ZUNDEL es un hombre que no quiere tener nada, que da todo a quien le pida poco y cuya sonrisa discreta traduce la belleza del corazón, un  hombre también que busca en Dios la fuente de su libertad y en quien se adivina, mirándolo vivir, que es uno de los seres más libres que existen.

     

    Mauricio ZUNDEL, ¿cómo ve usted la Navidad?

    Para ir en seguida al centro del misterio, yo diría que la Navidad, en lenguaje franciscano, es la revelación de la pobreza de Dios a través de una pobreza humana.

    Tenemos que explicarnos desde luego, pues un equívoco muy profundo pesa a la vez sobre la noción de Dios y sobre la del hombre. Yo evocaría aquí la experiencia de san Agustín que es una de las más luminosas, profundas y actuales y de las más humanas que haya expresado en sus Confesiones al resumir su propia conversión en la estrofa que Ustedes saben de memoria: "Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé… y sin embargo, tú estabas dentro de mí, pero yo estaba ausente, buscándote sin belleza corriendo tras las bellezas que tú creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo."

    Esta estrofa es de una sencillez y de una humanidad incomparable. En efecto, nos introduce inmediatamente en la experiencia que Agustín expresó en el lenguaje más humano y universal diciendo que en el momento en que descubre a Dios como la belleza tan antigua y tan nueva, lo encuentra como el que lo introduce en el corazón de su propia intimidad.

    Hace la experiencia increíble y magnífica de que, hasta ese encuentro, él estaba afuera, alienado de sí mismo, no se conocía realmente, no había entrado jamás en su propia intimidad y, de repente, en ese maravilloso encuentro, descubre a la vez su propia intimidad y, en el corazón de su intimidad, la Presencia que es su mismo centro.

    Descubre a Dios como el espacio en que respira su libertad. Descubre a Dios como el secreto más profundo de su ser y entra inmediatamente en el diálogo con la Presencia que llama la belleza tan antigua y tan nueva. Entra en el diálogo que lo transforma, lo libera, lo llena de un gozo inmenso, tanto que puede decir: "Viva será mi vida en adelante, toda llena de ti".

    Vemos pues aquí que Agustín toma conciencia de que Dios no está afuera, no es una causa primera abstracta y lejana, que no es una potencia que lo domina, lo aplasta, lo somete y lo amenaza sino que al contrario, es el único camino hacia él mismo.

    Hace un descubrimiento esencial que debemos hacer nosotros porque, precisamente, todo el equívoco del misterio de Navidad, que se ha hecho cada vez más una fiesta profana cuyo verdadero héroe está completamente ausente, pues se tiene de Dios y del hombre una ignorancia fundamental. Se toma al hombre en su ser instintivo, en sus determinismos biológicos y síquicos, se lo toma en la medida en que está embrujado por su propio inconsciente. No se ve que el hombre nace justamente en el momento en que es liberado de sí mismo, en que pasa de afuera a adentro, en que cesa de ser objeto, en que cesa de sufrirse y ya no es mas que ofrenda para con la Presencia maravillosa que descubre en lo más íntimo de su ser. Pero al descubrirse a sí mismo como ofrenda, como pura mirada de amor hacia la Presencia que lo invade tan maravillosamente, que lo colma y lo revela a sí mismo, descubre a Dios mismo como amor infinito y como don siempre presente y como ofrenda.

    El Dios con que tratamos, si puedo expresarme así, es un Dios interior, es un Dios que siempre está presente, es un Dios cuyo cielo está dentro de nosotros y un Dios que nos revela nuestra propia trascendencia como el poder de hacer de toda nuestra vida un don, pues sólo dándola dejamos de sufrir nuestra vida.

    Pero para darla, hay que saber a quién darla y justamente, en la experiencia de Agustín, Dios aparece como el amor escondido en el fondo de nosotros y que no ha cesado nunca de esperarnos, está presente siempre y su encuentro no cesa de hacer surgir el don de nosotros mismos que es nuestra liberación y la única actualización auténtica de nuestra libertad.

    Entonces en Jesús, el Dios que está siempre ahí, el Dios que está en el corazón de nuestra humanidad, el Dios que nos está esperando siempre, ese Dios se hace personalmente presente en la humanidad de Jesucristo de modo que no hay presencia de Dios que pueda manifestarse de modo más profundo y total.

    En Jesús, por medio de la humanidad de Jesús, encontramos verdaderamente a Dios en persona. Pero, lo repito, es un Dios cuya Presencia presentíamos, es un Dios que encontramos a nuestro nivel cada vez que llegamos auténticamente a nosotros mismos.

    Ahora se manifiesta plenamente en Jesús, en el despojamiento infinito que me hacía decir que el misterio de Navidad es la manifestación o la revelación de la pobreza de Dios a través de la pobreza humana.

     

  • 20-24/12/11 – Jesucristo, Cuerpo Místico de la humanidad

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    En Montolivet, Lausana, la noche de navidad de 1965.

    Tengo que evocar el campo de excavaciones de Biblos, en el Líbano, donde se sobreponen siete milenios. Llegamos al 5° milenio antes de Cristo y en ese sitio incomparable hay un cementerio que data de 3500 donde hay esqueletos encerrados en jarras.

    Nada es tan impresionante como esos esqueletos que han tomado la forma de la jarra y parecen estar esperando en el seno materno el retorno a la vida. Y ante ese cementerio, ante una jarra partida donde aparecía el esqueleto en posición de espera y de esperanza, yo me preguntaba qué relación había entre esos hombres y mi persona. Más de 5000 años nos separan. Este hombre vivió aquí, al borde del Mediterráneo. Lo miró y lo escuchó, admiró todos los matices que se despliegan en el mar, los colores y los sonidos, pensaba que era moderno, que el mundo comenzaba con él, se sentía dueño y señor del universo, lo mismo que nosotros, y hace ya más de 5000 años que está esperando en esa jarra. ¿Entonces?

    Y nos acabamos de encontrar. Y ¿qué relación hay entre él y yo? ¿Cuántas generaciones se han sucedido entre la era del calcolítico y la humanidad actual, cuántas? Y, si la humanidad existe desde hace millones de años ¡no es sino un breve intervalo de tiempo! ¡Cuántos hombres han desaparecido y se han convertido en polvo anónimo mezclado con todos los elementos de la tierra, y es imposible identificar la menor traza de ellos!

    ¿Qué relación tenemos con todas las generaciones desaparecidas? ¿Qué relación tenemos con esos miles de millones de difuntos que no han dejado huellas en la historia? ¿La historia no tiene consecuencias? ¿no tiene ningún sentido? ¿Pasan simplemente las generaciones, una sepultada por la siguiente, o existe continuidad entre todas y constituyen una sola historia con un sentido único, porque las atraviesa un mismo designio?

    Eso me preguntaba yo en Biblos. ¿Qué relación hay? ¿Quién establece un lazo entre ese esqueleto y mi persona, entre el calcolítico y la época actual, entre mi persona y los miles de millones anónimos que no dejaron huellas en la historia?

    Si constituimos una sola historia, si existe una humanidad que responde a un solo designio, no soy yo el que hace su unidad, ni nosotros, ni ustedes.

    ¿Entonces, quién?

    ¿Hay alguien que pueda unir todas las generaciones, hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo momento intemporal y revelarles que ellas constituyen una historia única? Y entonces pensé espontáneamente en la figura del segundo Adán del que habla San Pablo: Jesucristo, el segundo Adán, es decir, el que vuelve a comenzar, el que recapitula, el que une toda la cadena, la sostiene, le confiere, le da su unidad: Jesucristo.

    No un hombre solamente, sino El Hombre, El Hombre que contiene a todos los demás, el Hombre que es interior a cada uno de nosotros, el Hombre que puede vivir nuestra vida como propia.

    ¿Qué es lo que nos separa unos de otros sino el yo propietario, el yo posesivo, el yo que nos aprisiona, que crea los muros de separación, que nos encierra en nuestras fronteras, que nos impide ver más allá, que nos levanta unos contra otros en una rivalidad loca y absurda, como vemos en las competiciones cosmonáuticas en que las más hermosas conquistas de la humanidad acaban en conflictos aldeanos entre dos imperios, entre dos colonos militares?

    Así, así entra Jesús en la historia. Así nos agarra en lo más profundo de nuestro ser, responde a una cuestión insoluble que hace la unidad del género humano, reúne todas las generaciones, sosteniéndolas, uniéndolas en un solo designio y en un solo Amor, y puede hacerlas contemporáneas, reunirlas en un solo amor que las hace eternas, Jesucristo, el segundo Adán, el hombre que no está en la cadena de las generaciones como un eslabón que desaparece después de haber trasmitido una vida efímera, sino que sostiene toda la humanidad, que vuelve a comenzar una nueva carrera y, a través de él, encuentra ella su unidad divina.

    Pero si Jesucristo es eso, si Jesucristo es el segundo Adán, si Jesucristo triunfa del espacio y el tiempo, si Jesucristo nos permite ser contemporáneos, si Jesucristo nos enseña a amar a todos los que fueron antes de nosotros, y a todos los que vendrán después considerándolos como de nuestra familia y comulgar con ellos en el Banquete de la Eucaristía… ¿quién es Jesucristo?

    ¿Cómo es posible?

    ¿Cómo puede un hombre ser El Hombre? ¿Cómo puede un hombre contener a todos los demás? Para ello, tiene que contener toda la historia, sostenerla, darle sentido, tiene que vivir un vacío, un vacío infinito… tiene que haber hecho de sí mismo o que desde su origen sea como un espacio, un espacio inmenso, un espacio ilimitado, un espacio en el que cada uno pueda estar como en su casa.

    Y en efecto, ese es el misterio de esta noche, el misterio eterno de este nacimiento, ese es el regalo incomparable.

    Jesucristo, el segundo Adán, introduce en el mundo… la Presencia de la pobreza. No solo la pobreza material que es necesario superar y que habrá que eliminar de la tierra un día, sino una pobreza más profunda, la que es declarada bienaventurada: "Felices los que tienen alma de pobre" (Mt. 5,3). Esa es la pobreza que él trae. Él no tiene nada. Si puede conducirnos a todos juntos y a cada uno personalmente, es por ser totalmente desapropiado de sí mismo.

    Piensen en lo difícil que es sostener simplemente a un miembro de la familia, sostenerlo siempre y hasta el fin, en sostener esta noche el sufrimiento del mundo, sostener el sufrimiento de nuestro pobre capellán de Montolivet que está sufriendo especialmente esta noche y por quien debemos orar de todo corazón para que pueda respirar como lo necesita…

    Si es difícil sostener a un solo ser siempre y continuamente, ¿cómo es posible que Jesucristo haya podido sostener a los miles de millones de hombres, desde el comienzo del mundo hasta el final? Es que, evidentemente, el vacío era infinito en él, infinito. ¿Y por qué, y cómo era infinito el vacío? Pues porque en Jesucristo se revelaba la divinidad del Verbo, la divinidad en persona, la divinidad que es precisamente una Pobreza eterna en persona.

    Pues ¿qué quiere decir la Trinidad? Quiere decir que Dios no posee nada, quiere decir que la vida de Dios es comunión de amor, quiere decir que Dios sólo se conecta con su ser comunicándolo. Y precisamente, esta noche de navidad es la Revelación adorable, única e incomparable, a través de la humanidad de Jesús, humanidad universal, presente a todos los hombres y capaz de contenerlos a todos… Esa humanidad es hermosa, es universal, está tan soberanamente desapropiada y liberada de ella misma que, por estar revestida del yo de la personalidad divina, la cual, ella misma es infinita Pobreza.

    Esta noche brilla en Jesús el reino de la divina Pobreza y por medio de la humanidad de Jesucristo aprendemos que el Dios que nos anuncia, el Dios que encarna, el Dios que comunica, el Dios al que nos inicia y del que nos va a decir que es la vida de nuestra vida… ese Dios no es un faraón que nos domina, no es un propietario que nos posee, sino un Amor que se da eternamente, un Amor que es solo amor, un amor que no tiene nada, un amor que está eternamente vacío de sí mismo y cuya personalidad en la multiplicidad relativa de la Trinidad es puro impulso de amor.

    Es prodigioso. ¡Esta noche compartimos a Dios! Quiero decir: aprendemos a conocer otro rostro de Dios, otro rostro del Hombre, pues si Dios ya no es un faraón, si Dios no es dominador, si Dios no es dueño, le enseñará al hombre el camino de otra grandeza, no la del que domina y quiere tener esclavos… sino que nos va a enseñar la grandeza suya, una grandeza que es la grandeza del Amor en la que se trata de dar todo.

    Aquí estamos de lleno en una sabiduría extraordinaria; todos nacimos sin haberlo querido, fuimos arrojados al mundo sin haberlo pedido y nos hemos encontrado con nosotros mismos, encerrados en una naturaleza de la que estábamos cautivos.

    ¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo no sentir una inmensa rebeldía ante la necesidad de existir? Y Jesús nos quiere traer la liberación… quiere enseñarnos lo que podemos hacer de todo lo que somos, de todo lo que se nos impone, de toda la naturaleza que decimos humana y que lo es tan poco: podemos recibirla, tomarla para hacer de ella un impulso de amor, podemos desprendernos de ella y hacer de ella un don maravilloso a Dios en respuesta a lo que él hizo.

    Y vemos que esto vale para toda la personalidad, quiero decir, para la totalidad de la persona, llegamos a la libertad, somos de verdad fuente y origen si nos damos totalmente… y justamente, Dios es Dios porque se da totalmente, por ser el vacío eterno, por haber en él coincidencia absoluta y original entre lo que es él y lo que da; es finalmente lo mismo, que no es sino el don de un Amor eterno. Por eso él es Dios y es una fuente de luz, espacio liberador y nos enseña a ser personas, a ser iluminadores, haciendo de nuestra vida un don sin retorno.

    ¡Esta noche nace el hombre a su dignidad de persona! Esta noche se revela Dios en su pobreza eterna. Es el encuentro prodigioso entre el rostro del Hombre que aspiraba a su liberación y el rostro de Dios, nuestro liberador, impreso en nuestros corazones, es ese encuentro, ese descubrimiento en Jesucristo.

    No es un cuento de hadas, no es un cuento para entretener la imaginación de niños que sueñan, los niños son más sabios que nosotros en esta obra, ellos van al corazón de la realidad, y la realidad es esa, la realidad es el Amor que es solo amor. La realidad es la pobreza de Dios que solo llega a sí mismo dándose en la comunión trinitaria. Y Navidad es eso: un mundo nuevo, una nueva humanidad, un Dios todo nuevo, una historia que comienza, cuya unidad se manifiesta en el que es capaz de unificarla en un solo proyecto, penetrándola del mismo soplo del eterno amor.

    Es necesario salir del mundo de los mitos, no se trata de imaginar, ni de conmoverse de manera sentimental y artificial. Era importante, es esencial situar a Jesucristo en la actividad humana más ardiente. Y hay que saber justamente que la respuesta que es él, corresponde a una pregunta que se nos plantea de manera tangente y cotidiana. ¿Cómo los miles de millones que somos, los miles de millones que nos precedieron, y los miles de millones que vendrán formamos una unidad, cómo es que somos una misma historia, cómo podemos amarnos sin hacer muecas y sin mentiras? Pues bien, la única respuesta es justamente que en el corazón de nuestra historia está el corazón de Dios que late en la humanidad sacramento, en la humanidad esencialmente despojada de sí misma que es la humanidad de Jesucristo.

    Y a través del corazón de Dios, presente en cada uno de nosotros, interior en cada uno, podemos encontrarnos, reconocernos y amarnos.

    Existe realmente una sola historia y estamos seguros de ello porque Jesucristo está con nosotros desde el origen hasta el fin de la historia, pues él, siendo el Hombre, contiene a todos los hombres, y vamos a encontrarnos con él ahora, y lo vamos a escuchar, cada uno en lo más íntimo, para aprender por medio de él a hacernos universales… Para estar presentes esta noche a todos los sufrimientos, a todos los dolores, a todas las hambres, a todas las angustias, a todas las soledades, a todas las infamias, a todas las miserias morales, a todos los crímenes y también, afortunadamente, a todas las infancias, a todas las alegrías, a todas las esperanzas, a todas las ternuras, a todas las Resurrecciones… Entonces comenzaremos a renacer y a revivir, y eso es lo que necesitamos.

    No se trata de detener la historia, no se trata de mirar al pasado… Jesucristo no está en el pasado. Jesucristo es hoy y para siempre. Jesucristo está dentro como centro de nuestro corazón, y por su medio es como podemos abrazar a toda la humanidad y considerarnos unos a otros como miembros de un solo cuerpo animado por un solo aliento, sostenidos por un solo amor, al menos así debería ser. Eso es lo que vamos a pedir, es lo que vamos a pedir a Dios: que comience a dibujarse en nuestros corazones para que Jesucristo no encuentre esta noche la puerta cerrada y que tan mediocres y limitados como seamos brille esa llama como respuesta:

    ¡Tú vienes, Señor! ¡Es verdad! ¡Tú estás aquí, Señor! Heme aquí, Señor, yo te estaba esperando. Yo no sabía quién eras, pero ahora reconozco tu rostro. ¡Tómanos, Señor! ¡Arrástranos, Señor! Haz, Señor, que todos juntos seamos una humanidad finalmente humana y que, sin ruido, en la verdad, en la autenticidad de cada día, llevemos a todos nuestros hermanos la luz adorable de tu rostro, Señor, ese rostro impreso en nuestros corazones que es el rostro que estábamos esperando, el rostro por el cual suspiraba toda la tierra, el rostro del eterno Amor.

     

  • 10-19/12/11 – Del Discurso sobre Dios a la vivencia del Amor.

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    Cenáculo de Ginebra, 27 de enero de 1974.

    Durante esta semana ecuménica me preguntaba yo: ¿En el fondo, somos cristianos? ¿Tenemos el mismo Dios? ¿Hablamos del mismo Cristo? ¿Tenemos el mismo concepto sobre el hombre? Y me parecía que en el ecumenismo hay muchos incidentes de fronteras. Nos planteamos la misma cuestión de la ínter-comunión en particular, pero ¿estamos de acuerdo sobre el fondo del problema? ¿Estamos de acuerdo sobre Dios? ¿Estamos de acuerdo sobre el hombre? ¿Hemos tomado conciencia de que Cristo nos reveló al hombre al revelarnos a Dios en las profundidades de la Santísima Trinidad? ¿Estamos de acuerdo sobre la visión de Dios como libertad infinita en razón de una desapropiación eterna? ¿Hemos penetrado en las regiones del silencio donde encontramos al hombre precisamente cuando cesamos de escucharnos, cuando cesamos de mirarnos a nosotros mismos?

    La unión no podrá, pues, realizarse mediante discusiones sobre compromisos posibles, sino sumergiéndonos en el centro y encontrando, o descubriendo el rostro de Dios impreso en nuestros corazones, el rostro de la eterna pobreza que encantaba el corazón de San Francisco y lo llevó por todos los caminos de la tierra a proclamar el mensaje de la pobreza divina.

    Es seguro que si el cristianismo fuera considerado como la fuente inmensa de libertad, como la solución misma del problema del hombre y la revelación del mismo, ya que no podemos plantearlo sin haber entrevisto la humildad de Dios. Si estuviéramos de acuerdo en eso todos estaríamos en el estado de Jesús en el lavatorio de los pies y nuestra profesión eclesial, nuestra afirmación de la Iglesia sería precisamente la presentación de ese rostro de amor, no en palabras sino en la entrega de nosotros mismos.

    Por la pobreza de espíritu, es decir, asimilando la vida trinitaria en lo más íntimo nuestro, es como daremos testimonio del Evangelio y no hablando de la unidad.

    Es cierto que se ha abusado demasiado de discursos. Y que no se ha subrayado bastante la dimensión mística de toda vida espiritual. Mística, es decir, fundada sobre un matrimonio de amor; mística, es decir, afirmada por una transformación de sí mismo, por una liberación personal. ¿Cómo defender unas creencias si son simples tejidos de nociones que no se traducen en realidades vividas?

    Si Dios es la suprema realidad, tiene que ser una realidad vivida. Si Dios es la suprema realidad, tiene que transformar nuestra vida. Y en la medida de esa transformación será innegable su Presencia. No se puede rechazar a Dios, no se lo puede negar si es una realidad vivida, si brilla en el centro mismo de la experiencia humana.

    Esa dimensión mística nos falta tremendamente. Y eso se comprende en cierto modo por el hecho de que, como lo he dicho con tanta frecuencia, la religión comenzó por ser un fenómeno colectivo, es decir una manifestación de la vida grupal y no es necesario añadir nada sobre esta situación. Era algo inevitable.

    La vida humana es difícil, y, (testigo la policía, que es uno de los elementos indispensables a la vida de toda sociedad), lo que el hombre ha temido siempre, por no tener la solución del problema, es su propia libertad, su poder de iniciativa que de pronto puede presentarse como elemento de anarquía.

    Tomemos, por ejemplo, el caso tan conocido del proceso de Sócrates, en 399 antes de Jesucristo. ¿Qué fue el proceso de Sócrates? Sócrates no observa las leyes de la Ciudad, Sócrates obedece justamente a un demonio interior, a una divinidad interior si quieren. Sócrates no honra los dioses de la Ciudad, al menos de eso lo acusan, y la Ciudad se siente amenazada por el que no honra a sus dioses, pues los dioses podrían abandonarla, sus dioses podrían vengarse contra la Ciudad que no los honra. Entonces, el ciudadano que no honra a los dioses de la Ciudad la pone en peligro y, para protegerla, es necesario suprimir al ciudadano anárquico, o anarquista, que obstaculiza la unidad de la Ciudad, que introduce el elemento imprevisible que es la iniciativa de una libertad de la que no se sabe qué hará.

    Y podemos pensar que desde que vivieron en grupo, desde que se sintieron solidarios unos de otros al punto de no poder subsistir los unos sin los otros, los hombres percibieron ese peligro, mucho antes de poder definir la libertad y de tener una idea clara de ella. Pues tampoco nosotros la tenemos. Se comprende su dificultad, lo difícil que les habría sido definir la libertad, pero la sentían ante todo como poder anárquico, como iniciativa que podía comprometerlo todo, entregando finalmente a la muerte la biología colectiva. Y eso era tanto más temible por cuanto que la humanidad primitiva estaba desprovista de instrumentos técnicos, tenían que hacer frente a una naturaleza aún no conquistada, a una naturaleza salvaje que ponía continuamente en peligro su existencia.

    Entonces, nada es más natural y, digámoslo, más legítimo que el hecho de que la religión tomara esa forma: necesitaba subsistir. Y sabemos que siempre hubo colusión, siempre hubo cierta simbiosis, comunidad de vida entre el grupo y la religión, dicho en términos modernos, entre el Estado y la Iglesia.

    Lo vemos claramente en el Imperio romano cuando los cristianos se encuentran bajo el poder de emperadores paganos. Los llamamos tales aunque fueran religiosos; tenían su religión y justamente, en nombre de la religión perseguían el cristianismo. Porque para ellos, la religión de los dioses, la religión de Júpiter Capitolino, la religión del Emperador, la religión romana era el apoyo indispensable para la solidez del Estado: era necesario reunir las poblaciones de orígenes diversos, sin ninguna tradición común. Era necesario reunirlas en una religión común que fuera la afirmación misma de la unidad del imperio.

    Los cristianos parecían disidentes que; introduciendo una falla en el edificio, lo llevarían a la ruina.

    Cuando el imperio se hizo cristiano, el mismo juego funcionó en sentido contrario: los emperadores cristianos persiguieron el paganismo y lo prohibieron formalmente incluso en la vida privada, en virtud del mismo principio de que el Estado necesitaba el apoyo de la religión que era ahora la cristiana. Había pues que protegerla e impedir las disidencias, impedir en particular la supervivencia del paganismo que parecía entonces anacrónico.

    Y todavía no estamos curados de esa alianza que era inevitable, necesaria, y, digamos, legítima en la misma medida, con el carácter evidente de que esa alianza no tenía un elemento místico. Un Estado que confiesa la divinidad, como Suiza, con su constitución que comienza por la evocación del Todopoderoso, un Estado que reconoce a Dios no puede finalmente reconocerlo sino como un poder cuya protección espera. No se trata de relación nupcial, de matrimonio de amor, sino de sumisión respetuosa a un poder cuya protección espera.

    De modo que la religión pudo convertirse en una forma de conveniencia, una forma de política, digamos, una forma de policía, en el sentido que se le daba a esta palabra en el siglo 17, es decir, un instrumento de la civilización. Y sabemos que un Maurrás, por ejemplo, veía precisamente en la Iglesia un fermento de cultura, de cultura greco-romana, un remedio, como decía él, contra la anarquía de la Biblia. Él veía, pues, ante todo en la Iglesia una estructura que garantizaba la supervivencia de la civilización greco-romana.

    Para desligarse de esa religión equívoca, la cual, una vez más, no hay que criticarla, ¡no tengo por qué irme contra la tradición en una aldea donde todos van a misa, so pretexto de que, oh Dios, van en masa y sin convicción! Van porque todo el mundo va y porque los señalarían si no fueran. Las obligaciones sociales pueden tener un lado positivo. Como la mayoría de los seres humanos son como ovejas, pues que vayan en un sentido de progreso más bien que de degradación. Pueden ser protegidos por las estructuras.

    Pero en fin, sabemos muy bien que finalmente no resisten a lo que viene de afuera, no resisten al exilio y es necesario seguir la corriente. Y ahora justamente más que nunca se impone un cambio. Hay que volver a una religión que esté en el corazón de la humanidad, que comprenda a fondo el problema del hombre, que lo revele a sí mismo, que le lleve una solución única e incomparable, mostrándole un Dios como lo vimos esta mañana, todo comprometido en nuestra vida, y yo diría más, hasta la muerte de la cruz.

    Cristo nos trajo, justamente, la Buena Nueva de que ya no éramos súbditos de Dios sino sus hijos, sus amigos, que lo que él deseaba era contraer con nosotros un matrimonio de amor, que él se ponía en nuestras manos, que sólo nosotros podemos realizar su reino, que la Encarnación continuaba en nuestras vidas y que cada uno de nosotros era responsable de la vida divina que sólo puede hacerse realidad histórica por medio de nosotros.

    Y evidentemente, bajo este punto de vista debemos considerar el credo: todas las afirmaciones de la Iglesia cristiana, todas las afirmaciones condensadas en el credo sólo pueden tener sentido si se inmergen, si se enraízan en el corazón de la Trinidad, si nosotros encontramos el itinerario de nuestra liberación.

    Mientras no comprendamos que el dogma, que no es otra cosa que la proclamación, bajo inspiración, o al menos bajo la asistencia del espíritu Santo, de la tradición apostólica, si no comprendemos un dogma en el sentido de la liberación, es que definitivamente no lo hemos comprendido.

    Entonces dejémoslo en reposo hasta que entreveamos precisamente que el dogma se limita a desarrollar esa perspectiva central, que es sólo el resplandor de la afirmación central, que es que Dios es libertad, que Él nos llama a la libertad y que la vocación de toda criatura es ser semejante a Él y, en vez de sufrir la existencia, hacer de ella una ofrenda y un don.

    La palabra dogma se ha convertido en una especie de injuria; en fin, cuando se quiere decir que una persona es cerrada, decimos que es dogmática y eso es incorrecto pues justamente el dogma sólo se puede comprender si es fermento de vida. Sólo es comprensible en una perspectiva mística.

    Les recuerdo unas distinciones que ustedes conocen bien entre un conocimiento instintivo, carnal y sujetivo, que es al que cedemos con mayor frecuencia, siguiendo los imperativos del inconsciente, los impulsos venidos de esas zonas tenebrosas; la mayor parte del tiempo, nuestros juicios son pasionales, eminentemente sujetivos y no hacen sino traducir nuestro aprisionamiento, es decir nuestra toma de posesión por el yo que no hemos escogido, el yo que nos encierra en nosotros mismos y que erige entre nosotros y los demás y entre nosotros y nosotros mismos un muro infranqueable de separación. Ese conocimiento instintivo es muy común; alimenta casi todos los discursos.

    Hay otro, el discurso científico, que es puro y admirable en su orden, el discurso científico que comprendió justamente que habría que elevarse por encima del universo pasional, pero haciendo abstracción de toda obsesión, de toda opción personal. Porque las opciones personales, primero varían en nosotros, varían en cada uno, cambian durante la vida. Y las opciones pasionales que coinciden con un compromiso que puede crecer o disminuir, las opciones personales que jamás pueden ponerse de acuerdo espontánea y universalmente. Si queremos llegar a un lenguaje común es necesario limitarse al objeto, considerar únicamente el objeto, es decir un conocimiento que, a base de cálculos y de instrumentos, cálculos de instrumentos que son los mismos en todas partes, y que dan lugar a las mismas investigaciones o a investigaciones idénticas, suponiendo competencias iguales.

    Se ha logrado algo magnífico: un lenguaje universal, pero que solo es válido a condición de que cada sabio permanezca, deje sus opciones personales en la puerta de su laboratorio. Pero con esa condición, que es la condición misma del éxito de la ciencia y esos éxitos son positivos, no se ha resuelto ningún problema humano porque el problema humano como tal, el que decide de nuestra actitud en la vida, sea en nuestras relaciones con nosotros mismos o en nuestras relaciones con los demás, los problemas humanos no pueden resolverse por la ciencia objetiva que se propone metodológicamente precisamente dejar de lado toda opción personal para evitar conflictos y obtener una visión común.

    Pero más allá, y muy justamente, el conocimiento de los conocimientos, el conocimiento esencial, es el que importa en la vida y decide del sentido de la vida, es un conocimiento interpersonal. El que tienen ustedes con sus padres, con sus hijos, con los cónyuges. El conocimiento en que cada uno se acerca, más o menos, a la intimidad del otro, el conocimiento por interioridad, el conocimiento que sólo es posible en virtud de un compromiso y que es tanto más profundo cuando más total sea el compromiso.

    Y es evidente que en el conocimiento de Dios estamos eminentemente en un conocimiento interpersonal, tanto más cuanto que a través de él somos personas. Él es el único que nos hace ser fuente y origen. Si podemos despegarnos del yo prefabricado, es en la medida en que nos hacemos mirada hacia él, en la medida en que el yo posesivo se vuelve yo oblativo.

    Él es pues el que nos personaliza. Es pues claro que las relaciones con él son esencialmente interpersonales, las cuales son tanto más profundas cuanto más radical sea nuestro compromiso: mientras más nos comprometemos, más conocemos.

    Entonces, justamente, y eso se debe observar, es que, sobre todo en Occidente, se ha abusado mucho de los discursos. No es que el discurso sea malo en sí, pmero justamente un discurso sobre Dios, y un discurso sobre el hombre, en cuanto tal, sólo es válido si se basa en un compromiso. Si no, queda superficial y no evoca ningún problema auténtico, ni puede dar una solución válida.

    En teología, sea en Friburgo o en Roma, tuve a menudo la impresión que eran discursos. Lo sobrenatural estaba sin duda subentendido pero lo estaba tanto que uno terminaba por no pensarlo. Se podía hablar de Cristo o de la Santísima Trinidad, se podía hablar de los ángeles, pero sacándolos de silogismos interminables que terminaban por transformar la realidad divina en materia de examen. En el fondo, se podía hacer un doctorado en teología sin comprometerse. No digo que eso fuera voluntario, claro está, pero uno se confía demasiado en el poder mismo de la estructura lógica, sin pensar que para que el razonamiento sea válido era necesario que se apoyara constantemente en una unión con Dios cada vez más profunda.

    Con esa condición, el dogma aparece de inmediato como Eucaristía de luz y de verdad. Nada es más apasionante, por ejemplo, que estudiar la cristología de los primeros siglos cristianos, nada es más luminoso por ejemplo, que el "homoúsios", el "consustancial" de Nicea. Es algo prodigioso y aclara inmensamente el Evangelio porque, justamente, el "consustancial" nos hace escapar a la idea de generación en Dios, como si en el corazón de Dios hubiera nacimiento de un nuevo ser, lo que siempre ha rechazado el Islam diciendo: "Dios no engendra ni es engendrado" porque comprendió la Trinidad como el surgimiento de un ser que no existía antes: primero el Padre existe por sí mismo, y surge el Hijo que nace del Padre, pero el "consustancial" significa precisamente que no se trata de otra cosa que el concierto de relaciones en Dios, de relaciones que dinamizan la vida divina haciéndola estallar en un himno eterno de amor.

    Esta mañana vimos, justamente, que el yo, el yo que es el centro de gravedad de todo el ser espiritual, que el yo en Dios es esa relación pura que es total desapropiación. Y eso es lo que significa el "consustancial": la vida divina circula totalmente de una persona a la otra sin jamás ser poseída por ninguna ya que pasa por cada una, o que cada una subsiste sólo comunicándola.

    Es el modelo perfecto de una caridad absoluta que es todo Dios, de un amor sin restricción, de un amor que es solo amor. Y en esta perspectiva es como se debe comprender toda la dogmática que, vista bajo su aspecto místico, es un alimento esencial de la vida espiritual. Y yo quisiera ilustrarlo tomando dos o tres temas, si ustedes me lo permiten, comenzando por el más ingrato, que es el infierno.

    El infierno ha jugado un papel muy grande en la iconografía cristiana, con todas sus diabluras. Pero, ¿Qué quiere decir el infierno? ¿Cómo situarnos hoy, siendo nosotros hombres apasionados de libertad, no pudiendo abordar el problema de Dios sino como problema de liberación, como lo han hecho todos los grandes místicos de todos los tiempos, cómo situarnos en relación con la verdad del infierno que parece tan anacrónica?

    Es claro que en la afirmación del infierno, afirmación que está en el evangelio, hay que buscar inmediatamente su enraizamiento en nuestra liberación. En efecto, el infierno significa ante todo una responsabilidad infinita y esa responsabilidad infinita surge, resulta inmediata­mente de la toma de conciencia de lo infinito en el hombre. Si hay algo infinito en el hombre, y eso es lo que constituye específicamente al hombre, si hay algo infinito en el hombre, las decisiones de mismo tienen que tener consecuencias infinitas. Si se suprime esta responsabilidad no queda nada. ¡No queda nada! El juego ya no es real. La dignidad del hombre ya no significa nada, justamente porque el hombre es un creador. Dios creó creadores, como decía Bergson: Dios creó creadores que se deben crear a sí mismos, recreando consigo mismos el universo entero.

    Dios solo no puede crear todo ya que no quiso un mundo de robots sino un mundo de libertad. Entonces entregó su destino a cada criatura en la medida en que era capaz de conocer y de amar. Le entregó su destino y a ella le toca pronunciarse. Y la decisión que ella tome es seria, es válida, implica su ser, implica al universo, implica a Dios el cual puede morir pues, justamente, el compromiso de Dios va hasta la muerte de la cruz ya que su amor no puede afirmarse sino yendo hasta el final de sí mismo.

    El amor está inerme, sin defensa contra los rechazos de amor. Sólo puede perseverar en su ser yendo hasta el final, y eso se cumple en la historia humana de nuestro Señor, en su muerte en la Cruz. Entonces no se puede tomar en serio la dignidad humana, no se puede percibir lo infinito en  el hombre sin percibir la responsabilidad infinita del hombre.

    En un ser cargado de crímenes, esa responsabilidad puede tomar un aspecto de terror cuando ese ser toma conciencia y ve cómo ha desvirtuado su dignidad, cómo ha rehusado asumirse y asumir a los demás. Puede sentirse lleno de terror, sentirse perdido y condenado al infierno, en el sentido más exterior, condenado al infierno donde será castigado por un poder al cual no podrá escapar, lo que un gran teólogo protestante tradujo con estas palabras admirables: "Una ausencia irremisible de Dios en una irremisible relación con Dios". El hombre está en relación con Dios. Dios es la vida de su vida. Si él rechaza a Dios, se arroja fuera de su vida, está fuera de circuito y el ser al que tenía que integrarse va a pasar sobre él como una aplanadora pues, justamente, ¡está fuera del orden esencial por estar fuera del amor!

    Puede sentir ese terror como primer paso hacia una crisis de conciencia de su inmensa responsabilidad que es un aspecto de su inmensa dignidad. Porque es lo mismo: si es creador, eso se ve; si es creador es que su acción cuenta… infinitamente y su decisión se toma en serio y decide de su destino. Entonces, si estoy en mal camino y tomo conciencia de ello, puedo pasar por un momento de terror y tener un sentimiento de condenación como el maleante cuya historia les conté, que encontró en la nieve ese papel sobre el "Perpetuo Socorro" y comenzó la novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y la hizo hasta nueve veces seguidas y, habiendo comenzado por el terror llegó al puro amor.

    Y ahí, justamente, vemos que el dogma que es, como decía Pinard de la Boullaye, una "dirección del pensamiento" – esta expresión es admirable – una dirección de pensamiento que puede crecer sin cesar, sin cesar, sin cesar hasta llegar al centro que es la Trinidad divina. Cada dogma es finalmente un resplandor de la confidencia esencial que es la Revelación de la Trinidad divina.

    Entonces, evidentemente, el primer movimiento de temor, que está afirmado en el Evangelio, ese primer movimiento de temor puede ser una experiencia válida y decisiva, pero puede y normalmente debe seguir interiorizándose; justamente, a medida que se interioriza la visión del bien, la visión del mal se interioriza también y la visión de la sanción sigue el mismo proceso.

    Ese malhechor que está asustado y temblando a la idea de la condenación inevitable va a ver abrirse poco a poco las puertas del arrepentimiento. Va a entrar en una contrición que, basada primero en el temor, va a estar finalmente basada en el amor. Va a comprender, a descubrir que el Bien es Alguien por amar, que no es una regla impuesta de afuera, un mandamiento al que se debe someter sino una vida puesta entre sus manos.

    Y va a descubrir más y más que no era Dios el que lo metía en el infierno sino él quien mandaba al infierno a Dios. Va a descubrir que sus faltas han herido un amor frágil e indefenso. Entonces olvidará su suerte, olvidará que sus responsabilidades podrían recaerle sobre la cabeza y se arrojará en los abismos de amor y querrá liberar de él a Dios y salvarlo del infierno al que condenamos a Dios en la medida en que rehusamos amarlo. Pero Él no rehusará jamás amar, ¡jamás! Él amará siempre porque la existencia misma, la existencia misma, toda existencia está ligada a su amor, es el fruto de su amor y depende de su amor. Si un solo ser se pierde, ¡Dios estará por siempre crucificado! Lo contrario es imposible porque Dios es amor, sólo amor y llamó a la creación a ser amor al nivel mismo de su corazón en la relación nupcial que quiere contraer con nosotros.

    Ven entonces que el sentido de este dogma no cesa de cambiar según las leyes de la analogía, yendo de un nivel inferior a un nivel superior y, pasando del exterior al interior, como dice Agustín, de afuera a dentro, y llega un momento, justamente, en que el sentido de la responsabilidad no traduce ya el temor de fallar en su propio destino sino el temor de que Dios fracase, que Dios fracase, que su amor sea estéril, que se haya dado en vano.

    Entonces el maleante mismo, el maleante que somos virtualmente todos además, ese maleante se siente llamado a ser la Povidencia de Dios y, como dice Graham Greene en El poder y la gloria, descubre que amar a Dios es querer protegerlo de nosotros mismos.

    Entonces, de repente, no se trata de decir: "¡El infierno es absurdo y ridículo!" sino de ver que ahí hay un dato eminentemente espiritual con una dimensión mística y que es necesario partir siempre de la experiencia esencial de la dignidad humana. Yo no puedo creer, no puedo vivir la dignidad humana sin reconocer su poder de decisión infinita y por lo mismo la responsabilidad infinita de que está investida esa dignidad.

    Es sólo una indicación pero que muestra bien que la dogmática cristiana se aclara mucho, que tiene su punto focal en el corazón de la Trinidad divina que es la liberación en su fuente, porque es la revelación de la libertad de Dios respecto de su propio ser: Dios no sufre su ser. Lo vive dándose.

    Podemos, si quieren,  considerar otro aspecto del dogma, que es el de la Inmaculada Concepción.

    Encuentran en los Evangelios el relato de la maternidad virginal, de la concepción virginal de Jesús. Está en Mateo y en Lucas, como ustedes saben, y esos relatos son además trasparentes, son de una delicadeza sorprendente, pero son formales. Jesús nació de una virgen.

    Esta afirmación tal cual plantea evidentemente muchos problemas… ¿Qué significa eso? ¿Y por qué tiene alguna importancia? ¿No habría podido Jesús nacer como todo el mundo? ¿Habría sido criticable su nacimiento si hubiera nacido de una unión normal entre un hombre y una mujer?

    La Inmaculada Concepción es el aspecto interior de la concepción virginal. Es decir: la Virgen dio a luz, ¿y cómo dio a luz? Pues del fondo de su libertad; ¡dio a luz del fondo de su liberación! Justamente; ella no es, no fue un eslabón en la vida de la especie. Fue fuente y origen porque estamos aquí al comienzo de una nueva humanidad, estamos ante el segundo Adán, estamos en la retoma de la creación que cambió con la caída en que, justamente, el primer pensamiento fue infiel a su vocación y en que el universo, en vez de centrarse en el Espíritu, siguió como estaba, entregado a los determinismos. Estamos volviendo a comenzar, recapitulando la creación que va a surgir, justamente, como el acontecimiento mismo del Espíritu. El segundo Adán va a nacer de la segunda Eva, y la segunda Eva va a engendrar del Espíritu, toda su biología será puesta en movimiento por su contemplación.

    Se han observado casos de partenogénesis, se han hecho experiencias de partenogénesis en el reino animal, con éxito considerable. Por lo poco que se ha ensayado, una fecundación sin concurso del hombre o del macho es posible. Pero eso no tiene nada que ver con la concepción virginal que es un acontecimiento eminentemente espiritual que supone que la Virgen, desde el primer instante de su existencia, fue liberada de sí misma y orientada hacia el Salvador que estaban esperando sin que supiera además ella iba a ser la madre. Había una aspiración inmensa que concernía todo su ser y lo personalizaba como relación con Cristo.

    Entonces, de la contemplación en que ella es radicalmente liberada de sí misma por su relación con Jesús, va a brotar su maternidad. Cuando toda su mente, cuando todo su ser haya sido penetrado de la luz del Salvador que va a venir, su maternidad va a dispararse, si puedo decir, y su biología se va a poner al servicio y será la cuna del Verbo hecho carne.

    Es pues claro que la Inmaculada Concepción quiere precisamente sacarnos de la contemplación de la concepción virginal como misterio físico que seguiría siendo insoluble e incomprensible. Se trata del advenimiento del Espíritu, se trata de un acontecimiento en que se afirma, precisamente, la vocación esencial del hombre, que es liberarse de sí mismo, que es, como dice nuestro Señor a Nicodemo, nacer de nuevo. Pues bien, el nuevo nacimiento comienza en la Inmaculada Concepción, en la santificación inicial de la Virgen totalmente orientada hacia su hijo y que, en el momento deseado, en el de la Anunciación, se va a ofrecer totalmente como cuna del Verbo encarnado.

    Volvemos pues a encontrar una vez más, y es la única manera de considerarlo, volvemos a encontrar siempre las mismas coordenadas, volvemos a encontrar siempre la misma inspiración: se trata del Espíritu, de la vida según el Espíritu que es, ya lo vimos, la capacidad de no sufrir el ser sino de escogerlo, de escogerse dándose ya que no hay otro medio de emerger de sí mismo que el de hacer de todo su ser una ofrenda de amor.

    Si quieren, podemos considerar también la Eucaristía en esta perspectiva.

    La eucaristía es todo un universo. Pero podemos de inmediato ver en la Eucaristía, y a veces lo hago, pensar que todo el cosmos, todo el cosmos, todo el universo es trasfigurado en un resumen prodigioso en que, justamente, lo más material que hay en el universo es desposado por Dios y trasformado por Él hasta convertirse en el vehículo de su Presencia real.

    Dijimos, justamente, que el sentido de la creación era ése: la creación está llamada a ser grávida de Dios, a florecer en Dios, a ser como Dios, a entrar en el diálogo nupcial en que todo es libertad en nuestra liberación. Pero es evidente que esa vocación no es solo para el ser humano. Ahí es donde el juicio de la prueba original revela toda su inmensidad, pues se trata de toda la naturaleza, de todo el universo, de todo el universo, de toda la vida, animal, vegetal y mineral.

    La prueba original se realiza además en cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros ha pasado por la prueba original que es escoger, escogerse y, al escogerse, escoger su universo. Esa prueba concierne entonces toda la creación: lo cual, como lo sugería esta mañana, es verificable ya a la escala de la ciencia, cuando se vive la ciencia, cuando el sabio la vive como búsqueda de verdad, es decir como búsqueda de una Presencia en el universo, cuando se vive la ciencia con pasión, como lo vemos en Einstein o en Jean Rostand…

    ______________________________________________________________

    Tratan el universo como un ser vivo, percibido como presencia o como persona. Y ante él, como dice Einstein, uno siente admiración y respeto.

    Por qué admiración y respeto sino porque a través del universo se siente la inmensa respiración de la Presencia divina: todo se hace sagrado porque por doquiera se encuentra el rastro de Dios.

    La vocación del universo es vocación de libertad, pero sólo puede realizarse plena y concientemente desde luego a través de las criaturas dotadas de inteligencia y que tienen la posibilidad y la vocación de crearse escogiéndose a sí mismas.

    Si la Eucaristía ilumina inmensamente esa vocación cósmica, esa vocación del hombre en relación con el universo, es porque justamente, en esa síntesis la materia es promovida de un solo golpe a devenir signo y sacramento que nos comunica realmente la Presencia del Señor.

    Es pues, como en síntesis, toda la historia del universo, toda, toda la realización de su vocación última, la de su trasfiguración en la luz de Dios, y a menudo, contemplando la Hostia consagrada, pienso: ¡jamás, jamás la materia, lo que llamamos materia, ha sido tan profundamente glorificada! ¡Jamás alcanza un tal estado de pureza sino por la Eucaristía! Es como la imagen del cuerpo glorioso, del cuerpo unificado, del cuerpo que finalmente, en su unidad, ya solo significa la Presencia infinita que la penetra y que es su vida.

    La materia, no sabemos qué es. Nadie puede hoy definirla. Vemos por doquiera estructuras, es decir, finalmente, ciertas reparticiones de energía, ciertos niveles de energía, ciertas disposiciones de nudos de energía, es todo lo que se puede decir de la materia.

    Y el materialismo, como lo he dicho a menudo, no consiste en el universo visible y todos los fenómenos que ahí se manifiestan, sino en una actitud mental, de la mente sometida a los elementos del mundo, de la mente que se cierra en su rechazo, de la mente que se encierra en el yo propietario totalmente incapaz de comunicación consigo misma, con la humanidad y con el universo.

    No hay que atacar ni subestimar el mundo visible puesto que es trasparente al universo invisible. Precisamente, todas las músicas del mundo testimonian de esa Presencia en el Universo. Todos loas artes, desde que el hombre de las cavernas copió el movimiento de la vida animal, todos los artes del mundo cuando son espontáneos y sinceros, cuando no son mero exhibicionismo, todos los artes del mundo dan testimonio de esa Presencia. Y el hecho de verla aflorar ya en los fenómenos visibles, pone al centro la Eucaristía, como mostrador, como la custodia, la custodia inmensa de la Presencia que quiere llenar la creación entera para que toda la creación respire a Dios.

    Esta manera de considerar la materia con esa ductilidad, con esa flexibilidad, con esa trasparencia y esa interioridad es algo maravilloso que nos da una comprensión cada vez más profunda de la investigación humana: ¿por qué esa inmensa procesión de investigadores a través de toda la historia, sino porque en el universo hay un inmenso llamado a realizarse en Dios?

    Me parece pues cierto que la dogmática comprendida en su dimensión mística – y no puede entenderse de otra manera – sólo puede alimentar la vida espiritual con el único alimento que sea verdaderamente asimilable por ella.

    ¡La Trinidad es un pozo sin fondo! Es un abismo de luz y de amor que podremos estar eternamente descubriendo sin jamás alcanzar su fondo. Y como todos los dogmas son como reflejos de esa confidencia, reflejos de esa realidad suprema, todos los dogmas nos llevan finalmente a esa libertad infinita fundada sobre la comunicación que hace Dios de sí mismo, ya que no tiene otro modo de contactar su propio ser sino comunicándolo.

    Hay pues que ser muy sobrios cuando apreciamos los enunciados dogmáticos, o los artículos del credo. Hay que ser muy sobrios. No hay que desvalorizarlos jamás. Si no los entienden, si no los entendemos, dejémoslos reposar. No estamos obligados a comprenderlo todo de una vez. Basta con que fundamentalmente nos dirijamos hacia liberación apoyándonos en la libertad infinita que es Dios. Lo que no hayamos asimilado, lo que no podamos comprender, lo comprenderemos un día tanto mejor, quiero decir, nos alimentaremos de ello, tanto más fácilmente cuanto más liberados estemos.

    Hay que evitar pues los discursos que se convierten en charlas, los discursos en que cada uno pretende expresar las ideas que se hace del credo, en vez de arrodillarse, en vez de recibir la Eucaristía de luz y de amor que es la Revelación, como si, justamente, el discurso pudiera unirnos con Dios, ¡cuando no funciona en las relaciones interpersonales! Sólo podemos conocer a los demás comprometiéndonos con ellos… ¿cómo podríamos conocer a Dios sin comprometernos para con Él?

    Por eso sigo convencido de que la vida cristiana está enraizada en la fe cristiana, en la confidencia que Dios nos hace respecto de sí mismo, se enraíza en la libertad esencial que brilla en Cristo cuyas raíces se hunden en la Trinidad divina y revestida subsiste en la desapropiación infinita que es la raíz misma de nuestra liberación.

    Se trata pues de que entremos en el silencio, porque solo en el silencio se revelan los misterios de silencio, como dice Ignacio de Antioquía: "los misterios que gritan en el silencio de Dios".

    La verdadera teología, es la que se arrodilla. La verdadera teología es la que escucha. La verdadera teología es la que contempla. Y cada uno de nosotros puede ser ese teólogo que renuncia al discurso y se convierte en palabra de Dios.

    Creo que así, recordando las palabras de Pinard de La Boullaye: "El dogma es una dirección de pensamiento", no tendrán dificultad para ver el orden del descubrimiento que va de nivel en nivel hasta que al fin caigamos en los abismos de Dios en el corazón de la Trinidad divina.

     

  • 05-08/12/11 – Mi encuentro con un testigo de la Fe: Mauricio Zundel

    Por Antoine Schülé:

    Desde hace 43 años Mauricio Zundel ha sido mi compañero en el camino de la Fe, y doy mi testimonio con placer sobre la experiencia espiritual que él me ha permitido y me permite vivir. A los 51 años, mido ahora la suerte que tuve de conocerlo en vida cuando yo era niño: Fue su primera influencia; durante mi adolescencia, de 1974 a 1978, y después de su paso de la vida al Nuevo Nacimiento, me siguió instruyendo con sus libros publicados durante su vida: segunda influencia; como adulto, numerosas publicaciones inéditas y grabaciones preciosas me han ayudado a explorar las riquezas de la espiritualidad cristiana (católica y también ortodoxa) a partir de sus reflexiones y según las cuestiones que me preocupan: tercera influencia.

    Infancia

    De niño en la parroquia del Sdo. Corazón de Ouchy-Lausana (Suiza) donde fui bautizado, encontré a menudo al Padre Mauricio Zundel entre 1967 y 1973, en el camino de la escuela o en actividades parroquiales. La imagen más antigua que se grabó en mi memoria fue la de su rostro grave, pero iluminado por una sonrisa. Pero lo que más me marcó fue su manera de celebrar la Misa: él la vivía con tanta intensidad que, sin comprender todo, yo percibía una hermosura que me daba una profunda alegría interior. La celebración estaba puntuada de silencios llenos de una Presencia que hablaba al corazón. En las misas para los niños sabía resumir un cuento o una parábola para sacarle todo su sentido y los adultos no faltaban tampoco: la iglesia se llenaba siempre. Dos rasgos principales lo caracterizaban: sabía escuchar (en las confesiones) y cautivar la atención (misas y catecismos). El tiempo pasaba con él sin que uno se diera cuenta. Sus palabras me marcaron porque venían del corazón y eran fruto de meditaciones; ellas me prepararon para que pudiera leerlo con provecho. Más tarde, a mis 15 años, el año de su nacimiento para el cielo, comprendí que él nos ofrecía el fruto de su contemplación permanente del Nuevo Testamento. Habiendo dejado la ciudad de Lausana en el 74, pude beneficiar de su segunda influencia a través de sus libros.

    Adolescencia

    Tuve la suerte de comenzar la lectura por sus libros más fáciles de abordar: Búsqueda del Dios desconocido, que sigue siendo útil para comenzar a descubrir su obra escrita para el que desea ocuparse de catequesis de adultos. Mi pasión aumentó con El poema de la Santa Liturgia: mi manera de vivir la Misa cambió completamente gracias a ese texto porque me dio todo su sentido (sin M. Zundel, yo no habría podido saberlo a mi edad, aunque estaba en un colegio católico). Después, último juego del azar o de la Providencia, compré El Evangelio interior: desde ese momento hasta mis 20 años leí alrededor de 13 libros de los 19 publicados durante su vida. Y nunca he cesado de frecuentarlo para profundizar mi Fe.

    Adulto

    En los años 80 fui realmente feliz con las publicaciones de sus homilías en las editoriales Sigier y Desclée y con algunos de sus retiros grabados en casetes, distribuidos por el Taller del Carmelo. Después vinieron numerosas ediciones de calidad que difunden bajo formas diferentes el pensamiento de Mauricio Zundel: no he leído todo, pero sí una gran parte. Sin ninguna duda, ha alimentado mi búsqueda de la verdad en la Fe su intuición fundamental de la presencia de Dios en la vida, confortada más que debilitada por la razón.

    Los frutos del encuentro

    En el plano interior, Mauricio Zundel me ha ofrecido la serenidad que procura la confianza que ponemos en Dios, que es tanto Padre como Madre. Pero necesité varios años para comprender que todo hombre puede ser una catedral para la gloria de Dios y su corazón un tabernáculo. Nadie sino el Creador conoce los secretos de un corazón.

    ¿Cómo puede Dios seguir creyendo en el hombre? Como historiador y habiendo vivido numerosas circunstancias particulares, he estudiado y visto tantas bajezas humanas que eso me parecía totalmente imposible. Finalmente, la experiencia de la vida me ha permitido dar razón a Mauricio Zundel: no hay que reducir la persona a uno de sus actos, tan cruel como pueda ser; hay que aceptar que el peor criminal tiene todavía la capacidad potencial de hacer el bien si su corazón se convierte: nada es imposible para Dios. Pero ¡cómo me gustaría que hubiera más milagros! Repitiendo las palabras del P. Pío a una persona que decía no creer en Dios, Zundel afirmaba con voz fuerte: "¡Dios cree en el hombre!" El haber encontrado personalidades admirables por su entrega, tanto conocidas (en el trabajo, por ejemplo) como ocultas (en sus casas o en conventos) – hay tantas que los medios no mencionan jamás, pero que existen – me ha reconciliado con el género humano. Pero los celos, la hipocresía, la cobardía y el orgullo hacen estragos: el hombre tiene que hacer tantos esfuerzos para no caer.

    La lectura de Zundel cambió mi manera de leer el Evangelio de san Juan y comprendí también la fuerza y la riqueza del contenido de las epístolas de san Pablo. Me invitó también a leer los escritos de san Agustín: eso fue y sigue siendo una dicha para mí. Pero, como para comer el todo está en comenzar, seguí con la lectura regular de otros Padres de la Iglesia y constato que me quedan muchos tesoros espirituales por descubrir y que mi vida no será suficiente: continué con san Francisco de Sales, san Ignacio de Loyola, Gregorio Nacianceno, Isaac el Sirio, san Bernardo, las meditaciones de un Cartujo y muchas otras maravillas. Hay una sombra en el tablero: la mayoría de los contemporáneos no los leen y no conocen esos preciosos autores. ¡Si supieran todo lo que se están perdiendo!

    Mi relación con los demás cambió: pude acompañar a personas en dificultad, que no encontraban sentido, enfermos, en fin de vida o buscando la Fe. La lectura de Mauricio Zundel permite sobre todo ayudar al hombre legítimamente indignado a transformar su rebelión en actos constructivos más bien que destructivos: en la época de crisis que conocemos, sería bueno volver a leer a Mauricio Zundel para buscar otras soluciones que las revoluciones que terminan en regresiones. Cada acompañamiento o acción que he podido asumir ha aumentado mi Fe y me ha hecho saborear todas las delicadezas espirituales de su pensamiento.

    Discutiendo con no creyentes que se dicen convencidos, he comprobado a menudo que esos no creyentes son en realidad personas que creen en falsas imágenes de Dios: falsas imágenes dadas a veces por "católicos practicantes". Nuestras sociedades occidentales se descristianizan y se "sectarizan" en algunas minorías (y a veces como en el mismo contexto social): Mauricio Zundel presenta pistas de reflexión útiles para los cristianos que desean actuar en esa situación.

    Él enfrentó los problemas de su época, que son los mismos y quizá en otro grado que los de ahora. Su mensaje aporta elementos esenciales para pensar en soluciones de futuro. Su estudio de las grandes corrientes filosóficas le hizo subrayar sus fuerzas y sus flaquezas. Es un teólogo pragmático, si puedo utilizar este calificativo. Es también un místico y me arriesgo a emplear esta palabra peligrosa que atemoriza a más de uno y merece una breve aclaración. Él lo dice y lo repite: La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y cada uno de sus miembros, según sus dones, debería transparentar a Dios, como un vitral deja pasar la luz. Esperemos no ser un vidrio opaco para los demás.

    Su palabra es liberadora pues quiere que cada uno escape a los determinismos culturales, sociales, familiares: el Nuevo Testamento no cesa de dar ejemplos de ello pero es necesario tomar conciencia de ello… Finalmente, Mauricio Zundel es un diapasón que nos pone en acorde con la Voz interior, la Palabra de Dios, y hace posible una relación fecunda con Dios en medio de nuestras actividades humanas: ése es el milagro de la Fe. En su lectura del Nuevo Testamento, Mauricio Zundel da la definición mística del hombre: no más que por eso sería necesario descubrirlo.

    Mauricio Zundel puede hacer arder la Zarza ardiente en el corazón del hombre: ese fuego que purifica, que calienta, que es la Vida, que quema las escorias de todos los determinismos posibles a fin de que el hombre pueda ser realmente hombre siguiendo al Hijo de Dios, en las huellas de Jesús y empujado por el soplo del Espíritu.

    La Tourette, noviembre de 2011.

    antoine.schule@free.fr

     

  • 2-4/12/11 - ¡Dios, es cuando nos maravillamos!

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    5 de febrero de 1961, en Lausana, en Nuestra Sra. del Valentín.

    Un sacerdote al que vi una sola vez en mi vida, vino a mi pieza un día en Neuilly y me dijo: Por favor, dígame algo, algo que pueda llevar en mi viaje. Yo le dije: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana! Y él se fue, de prisa, a coger su tren. Ya murió, y me emociona pensar que el único lazo entre nosotros fue esa frase: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana!

    En efecto, es imposible concebir una religión viva si Dios no es para nosotros nuevo cada mañana. Nos cansamos de lo que ya hemos visto, sentimos constantemente la necesidad de novedad. Y un amor que no descubre cada día en el rostro amado un rasgo que aun no había percibido está condenado a morir pronto.

    La vida espiritual es un descubrimiento inagotable y, para que Dios sea objeto de amor apasionado, es indispensable que sea para nosotros cada día un nuevo descubrimiento. Estamos acostumbrados a hablar de Dios con palabras de catecismo, y nos parece estar en un circuito cerrado. En realidad, las palabras del catecismo, bien entendidas, son palabras sacramentos, son palabras abiertas, son palabras que nos invitan a entrar en una aventura inagotable y maravillosa.

    No es un azar si en su liturgia la Iglesia ha reunido alrededor del altar los perfumes, los colores y los sonidos. No es un azar si los más grandes artistas trabajaron para la Iglesia y edificaron sus más hermosas obras maestras en la catedral y alrededor del altar del Cordero eternamente inmolado. Es justamente porque sentían que toda su nostalgia de la Belleza encontraría su más alta expresión y su realización suprema en Dios y para Dios.

    Todos los grandes hombres, todos los genios, todos los sabios, todos los que van a la cabeza en la carrera de la humanidad son seres que han sabido admirar y maravillarse. Y fue Einstein, uno de los más grandes sabios de todos los tiempos, el que dijo estas palabras magníficas en que nos revela su alma: El que ha perdido la capacidad de maravillarse y de sentir respeto es como si estuviera muerto.

    Es pues necesario que, de acuerdo con la belleza de este día en que sentimos tanta alegría volviendo a ver el sol, aprendamos a maravillarnos. Porque las oraciones que decimos juntos aquí en la iglesia, quieren introducirnos en la oración secreta y silenciosa, en la oración personal en que se expresa lo más íntimo nuestro.

    Cada uno de Ustedes tiene sus gustos. Cada uno se siente atraído por cierto aspecto del universo: a unos les gustan los bosques, a otros el mar, a otros la montaña; a unos les gusta la música, a otros la poesía; a unos les gustan las matemáticas, a otros la astronomía, que las comprende de modo necesario, pero en su búsqueda, en su pasión, cada uno encuentra su fuente, la fuente que Jesús reveló a la samaritana cerca del pozo de Jacob, la fuente que nos hace entrar a todos y a cada uno en la vida eterna que es el Dios que vive en lo más íntimo de nuestros corazones.

    No hay pues que pensar que nuestra oración se limite a las fórmulas que recitamos en la iglesia, en el rosario, en el vía crucis, en el padrenuestro o en el avemaría. La oración es la respiración misma del alma que descubre de repente el rostro impreso en nuestro corazón.

    Y como cada uno es diferente, como cada uno es irremplazable y único, como Dios no se repite jamás al crear un alma sino que, justamente, le da, le confía un rayo de su propia luz y la llama a expresar su belleza en su propio lenguaje que es único, a fin de que todas las almas juntas constituyan una inmensa sinfonía en que no cesa jamás de cantarse la belleza de Dios.

    Es pues necesario que cada uno consultemos nuestros gustos, que fuera de la oración comunitaria tengamos cada uno nuestra oración personal y que, cada día, siguiendo justamente el impulso interior, dando una vuelta a la pista, mirando los juegos de luz, admirando el ocaso sobre las montañas, respirando el silencio de la mañana, escuchando el canto de los pájaros, o escuchando un bello disco, leyendo un libro o contemplando una bella obra de arte, o admirando el sueño de un niñito, es indispensable que por todos esos caminos renovemos nuestra admiración, sin la cual el amor no puede mantenerse.

    En el fondo, todos los santos fueron grandes apasionados y el mayor de todos, san Francisco de Asís, quiso morir escuchando el Cántico del Sol. Y san Agustín, queriendo expresar el movimiento más íntimo de su conversión, se vuelve hacia la belleza siempre nueva y siempre antigua que está dentro de nosotros, y en la cual encontramos la revelación más personal y viva de Dios, pues es Dios mismo escondido en nosotros como un sol cuya luz ilumina nuestra inteligencia y es el reposo de nuestro corazón.

    Todos los santos son grandes apasionados y justamente porque son el entusiasmo de Dios, su vida se expresa y florece naturalmente en Dios.

    También para nosotros la santidad, es decir la plenitud de adhesión que hace de la vida divina, como decía san Agustín, la vida de nuestra vida, para nosotros también, la santidad debe amoldarse al interior de ese impulso, de esa atracción que constituye nuestro gusto esencial, nuestra pasión dominante, y a través de la cual alcanzamos nuestro entusiasmo más total y profundo. Es, pues, necesario que cada uno, saliendo de los caminos trillados, no se sienta atado a fórmulas ni piense que para orar por la mañana o por la noche sea necesario decir cualquier cosa. Lo esencial es recogerse. Lo esencial es escuchar. Lo esencial es maravillarse. Porque cuando nos maravillamos, cuando admiramos, salimos necesariamente de nosotros, quedamos suspendidos de la belleza de Dios, gozamos de su Presencia, nos perdemos en su amor.

    Y por eso, para nosotros, para cada uno, lo esencial no es tanto seguir tal o cual proceso conocido, sino mucho más, darnos cada día la posibilidad de maravillarnos. Si cada día durante cinco a diez minutos respiramos el silencio en que encuentra su origen nuestra vida, si cada día Dios se nos presenta bajo rasgos absolutamente nuevos, si, como dice un gran poeta, cada día somos promovidos a la dignidad de admiradores, entonces Dios ya no tendrá para nosotros ese rostro conocido que nos cansa y nos aburre.

    ¿Cómo podría Dios ser para nosotros fuente de aburrimiento y lasitud siendo realmente el origen de toda belleza, si todos los cantos del mundo tienen en Él su origen, si Él es el lazo de todas las ternuras y si todos los grandes contemplativos, sean sabios, poetas, músicos o místicos, si todos los grandes contemplativos a través del universo, que llega a ser para ellos transparente a Dios, han sentido en Él la fuente de un descubrimiento siempre inagotable.

    El enamorado canta, dijo san Agustín. El que ama canta, justamente porque el amor brota de la admiración.

    Tratemos de descubrir cuál es nuestra fuente de agua viva. Vamos cada día a ese pozo de Jacob donde nos está esperando Jesús para revelarnos el secreto más profundo de nuestro amor. Escuchemos, escondámonos en el corazón del silencio.

    Entremos en la gran procesión de la Belleza y entonces descubriremos efectivamente un Dios que será nuevo cada mañana para nosotros, que revoluciona el lenguaje pero que contiene una verdad tan profunda: ¡Dios, Dios, es cuando nos maravillamos! ¡No lo olvidemos! ¡Dios, es cuando nos maravillamos!

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    Dios es el amor mismo, y nada más. «¡Mírame!» decía Cristo a santa Ángela de Foligno: «¡Mírame y dime si ves en mí otra cosa que el amor!» Y la palabra amor que estaba tan prostituida, tan profanada, tan usada, esa palabra es una palabra divina. Es la única que en lengua humana pueda designar nuestro cielo interior, el sol escondido en toda conciencia humana, la ternura de la cual nuestras ternuras son mero reflejo. Pidamos pues al Señor ahora que nos abra los ojos, que dilate nuestro corazón y nos enseñe en el silencio en que su voz puede escucharse, que nos enseñe quién es Él y quiénes somos nosotros, para que salgamos de esta iglesia no como de costumbre, después de cumplir un rito obligatorio, sino con el deseo de saborear por fin toda la grandeza de nuestra vida, de darle todas sus dimensiones, de dejar transparentar a través de ella el rostro adorable del Eterno Amor. Y por eso, recojámonos para escuchar. En lo más profundo de nosotros mismos, digamos al Señor que no cesa de esperarnos allá en lo más íntimo nuestro: ¡Señor, ayúdanos a revelar tu rostro en nuestra sonrisa! Amén.

     

  • 1/12/11 – Nuestro pasado está en nuestro porvenir.

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    Cenáculo de Ginebra, 27 de noviembre de 1948.

    Nuestro pasado está en nuestro porvenir: es el pensamiento de este primer domingo de Adviento. La Iglesia recapitula en Cristo toda la historia del mundo.

    Cristo está al comienzo, al final y al medio. Contiene todos los siglos y su Pasión comienza con la historia, el diálogo de amor que es el secreto de la Historia en que Dios hace siempre su parte y el hombre hace casi siempre la suya, que es rechazar y sabotear la obra de Dios.

    En Dios todo es siempre nuevo y siempre es posible comenzar. La Iglesia Cristo nos invita a la esperanza, a la eterna juventud. Hoy comienza el mundo: todos los siglos que parecen pasados están comenzando; todos los muertos, los héroes que parecen muertos, están comenzando pues están vivos en su Amor y en el pensamiento de Dios.

    Volvemos pues a comenzar la historia del mundo. Todos los que tienen influencia en el mundo han hecho brillar una luz. Podemos resucitarlos hoy, pues todo comienza en la eternidad de Dios, nada es irreparable, el amor puede lograrlo todo, excepto el rechazo del amor: todo puede resucitar y nuestro pasado está en nuestro porvenir.

    Magdalena la pecadora que descubre por fin el Amor, es la primera que descubre a Cristo resucitado, la primera que persevera en la fe de su amor. La Iglesia hizo de Magdalena una catedral de la misericordia sobre toda una vida de desorden y de pecado. Sus pecados eran el comienzo, podían llevarla a una decadencia monstruosa, ella habría podido ir más lejos, hacer una filosofía de sus pecados y declarar que todo estaba bien. Un acto humano jamás está cerrado: la gracia puede siempre intervenir. Habiendo experimentado a través de la luz de Cristo que su pecado era una espera, una búsqueda de Dios, va a poner todo el impulso de su amor y de su mente en la edificación de esa catedral de prudencia, de esperanza y de amor y llegar a ser la contemplativa que entró más profundamente, y antes que los apóstoles, en la victoria del eterno amor.

    En nuestro pasado hay muchas cosas que quisiéramos borrar, cosas oscuras e indignas de Dios y de nosotros, pero nuestro pasado está en nuestro porvenir. No hay que lamentarse sino tomar todo lo que está vivo y puede volverse fuente de acción de gracias, de confianza y de entrega. No hay ninguno de nuestros actos que no esté llamado a ser piedra angular de la catedral en que debemos transformarnos.

    Nada está perdido, todo está comenzando, nuestra juventud está por delante... En Dios todo es nuevo, nada está cerrado nunca, todo permanece abierto. Esta mañana Dios es totalmente nuevo y quiere volver a comenzar en nuestra vida y brotar del fondo de su Amor como maravilla imprevisible.

    Entremos en este surco de esperanza y de luz… No nos detengamos en nuestras costumbres, no nos aferremos a lo que va envejeciendo, no creamos que no hay nada que cambiar, que jamás podremos ser distintos: eso no es cristiano. Todo puede cambiar, ninguna actitud debe endurecerse, todo pliegue puede ser allanado, no hay muerto que no esté llamado a resucitar.

    La creación del mundo vuelve a comenzar en este primer domingo de Adviento. Pidamos a Dios que ordene todos los planos, y fecunde todos los sufrimientos y todas las alegrías.

    Llenarnos de la novedad de su vida… ¡Navidad!

     

  • 23-30/11/11 - A través de los textos y más allá.

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    En Bourdigny, cerca de Ginebra, el 21 de agosto de 1937.

    Se podría escribir un libro con el título de: A través y más allá.

    A través y más allá, es lo que trataremos de decir esta mañana mostrando que nuestro conocimiento tiene su fundamento en las necesidades y las rebasa para orientarse a través de ellas y más allá de las mismas.

    Y es quizá la única crítica contra la filosofía de Bergson, el haber minimizado, rebajado demasiado el conocimiento cotidiano, so pretexto de que es demasiado utilitario. Es quizá la única crítica contra este sistema lleno de luz y de fidelidad a la verdad.

    En el fondo, la vida cotidiana no es tan cerrada al espíritu como se podría pensar. A través de todas nuestras necesidades, de manera oscura, estamos continuamente orientados hacia algo que nos rebasa: a través y más allá.

    Cuando nos reunimos para una comida, esa necesidad misma puede ser símbolo de lo que la supera.

    Eso es muy claro en el terreno de la arquitectura; precisamente en el momento en que de la necesidad, de la función, surge la belleza, es cuando el sentimiento de armonía es más intenso y alegre.

    Tenemos un sentimiento de liberación al entrar en la iglesia de Santa Sabina en Roma. Cuando uno se llena viendo todos los mármoles, todo el oro de los palacios, toda la opulencia del Renacimiento… es magnífico, toda esa riqueza, el oro difundido en el cielorraso de Santa María la Mayor; pero hay algo mucho más grande y es la sencillez ya que no hay sino lo indispensable; las columnas están ahí no como ornamentos, como algo añadido, sino como algo necesario: sostienen la estructura y reúnen todas las vigas del templo. ¡Es maravilloso! Las columnas son hermosas: cumplen su función con sencillez; tienen toda la belleza de la necesidad y por eso revisten tanta alegría. Es quizá la fórmula, la más alta imagen de la perfección cristiana: a través y más allá.

    Sin evadirse ni rehusar su tarea, sino entrando tanto en ella que lleguemos al centro, donde brota el amor, donde se recrea la función porque se cumple libremente.

    Así es talvez como la mística, la doctrina de Jesús, revela admirablemente sus raíces terrestres, como se inscribe, en efecto, en el corazón de la realidad, no para sustraernos a ella sino para hacernos entrar en ella, hasta encontrar el amor en la libertad.

    Esas dos palabras: a través y más allá, contienen toda la filosofía, son las características de toda la doctrina de Cristo.

    Quisiera abordar otro tema, aunque en el fondo es siempre el mismo, y hablarles de la persona de Jesús y de su misión.

    En un libro en alemán, Albert Schweitzer estudió con admirable lucidez la historia de la exégesis alemana del siglo 19. Allí analizó con lucidez diamantina todas las representaciones que se hicieron de Jesús los exégetas de Alemania. Y él mismo, médico, teólogo y profesor en Estrasburgo, trazó su retrato de Cristo y mostró que, en el fondo, cada uno de los exégetas del siglo 19 buscaba en Cristo la imagen de su propio pensamiento, de su propio deseo, y cada uno sacó del Nuevo Testamento lo que le convenía, lo que concordaba con lo suyo, y les dio a los textos la especie de inflexión personal y, habiendo eliminado todo lo que no concordaba con su sueño, trazó un retrato de Cristo que no era sino proyección de sus propios sueños.

    Nada hay más patético que esa lectura que muestra a la vez que en la persona de Jesús hay algo tan atrayente, tan único, tan admirable, que cada uno quisiera apropiárselo, hacer de él el héroe de sus sueños, aunque su persona supera tanto todos los sueños humanos que cuando uno quiere medirlo con sus sueños lo mutila, lo deforma inconscientemente y lo reduce a su propio nivel.

    Y lo más característico de ese libro, escrito por un hombre que es la sinceridad misma, es que él mismo, al final del libro, traza una historia de Jesús desde su propio punto de vista, sin hacer justicia, además, a todos los datos del Nuevo Testamento.

    Nada es más difícil que escribir una historia de Jesús. Los datos del Nuevo Testamento tienen apariencias contradictorias si nos atenemos a la letra de los documentos, tanto que si chocamos con uno de esos textos sin ir a su contenido, arriesgamos pensar: talvez el Nuevo Testamento expresa el pensamiento y la misión de Jesús como una misión terrestre.

    Han podido decir que Jesús era judío y no cristiano y que era una extrapolación injustificada haber querido hacer de él el autor de una religión nueva, siendo un simple continuador de la tradición judía.

    Vean el pasaje en que Jesús dice a la cananea: "Yo fui enviado solo a las ovejas perdidas de la Casa de Israel" (Mt 15, 24). Lo van a utilizar contra la universalidad de la misión de Cristo, que no sería enviado para el mundo entero.

    Jesús dice a sus discípulos: "Los envío a predicar la Buena Nueva del Reino, no entren en las ciudades de los gentiles ni penetren en casa de samaritanos" (Mt 10, 5).

    Podemos preguntarnos si Jesús había esperado convertir a Israel antes de las demás naciones. ¿Pensó en la conversión de toda la nación, en masa? ¿Esperaba que el Reino de Dios se difundiera a partir de Israel?

    Ese es un problema muy delicado. Vean el texto del fin de los tiempos: "Esta generación no pasará sin que todo eso se cumpla" (Mt 24, 34). Parece que en la mente de Cristo el fin de los tiempos debía cumplirse en la generación actual. Y ustedes saben que la Iglesia cristiana vivió esa esperanza y los Apóstoles esperaban el retorno de Cristo.

    Entonces, ¿se equivocó Jesús pensando que el fin de los tiempos era inminente, sin pensar en fundar una Iglesia que durara, una organización del Reino de Dios en la tierra?

    Este punto de vista ha llamado la atención de los exégetas, tanto que algunos han construido toda su tesis sobre ese dato escatológico: Jesús creyó exclusivamente en su misión como preparación de la parusía inmediata.

    Para ellos, Jesús se entregó con fervor admirable a la difusión de ese mensaje, por demás erróneo.

    Vean otro aspecto de la cuestión: Jesús dijo: "No beberé más del fruto de la vid antes de que se cumpla el Reino de Dios" (Mt 26, 29).

    ¿Imagina Jesús que el Reino de Dios es un lugar donde se come y se bebe? ¿Considera la vida eterna como un ideal material, como un paraíso donde el vino fluye en abundancia?

    Veamos otro texto, donde habla del fuego eterno, Mt 25, 41: "Id, malditos, al fuego eterno". ¿Tenía Jesús un concepto material del infierno, donde los cuerpos serían arderían eternamente?

    Cuando encontramos uno u otro de estos textos, nos impresiona su carácter incisivo. No nos gusta mucho que nos hagan notar las contradicciones. Hay en esos textos una apariencia de contradicción que puede explicar porqué pudieron sacarse del mismo texto tantas historias diferentes. Siendo esto cierto, no hay que olvidar que en la historia hay una multitud de criterios diferentes.

    El criterio analógico hace que, para entender el fenómeno que el historiador desea explicar, hay que situarlo en el orden que le es propio. El reportero periodístico que sigue una carrera ciclística no aplicará evidentemente los mismos criterios para reportar los estados misteriosos actuales de Teresa Neumann.

    Para enfocar este fenómeno, se necesita evidentemente otra mirada, un clima de respeto que alcanza cierta interioridad de vida; hay que ponerse un poco en el centro del misterio para dar su verdadero significado a los estigmas.

    Si se quiere ver la historia en su sentido profundo, si se quiere dar una explicación veraz de los acontecimientos, para comprenderlos hay que situarlos en su propio contexto. Entonces, el hagiógrafo se sitúa en el orden de la vida interior y en el más alto grado, la historia de Cristo exige un criterio interior.

    Todos los gestos, los movimientos, los fenómenos, son apariencias. Para comprender el sentido de las palabras, los movimientos, hay que ponerse en el interior, en la vida del espíritu, sentir lo que es la santidad. A partir de ese centro se puede ir a la periferia.

    Siguiendo este criterio interior comprenderemos que conocemos más a Cristo a través del movimiento que suscitó en el mundo por medio de la Iglesia.

    Ustedes saben que los textos cristianos, los textos del Nuevo Testamento, son posteriores a la existencia de la Iglesia. Fueron escritos en la Iglesia, por ella y para ella. Constituyen simplemente una parte del testimonio a través del cual podemos ver a Jesús.

    Y existe cierta dirección absolutamente paradójica e inverosímil, según la cual se desarrolló toda la enseñanza de la Iglesia sobre Jesús.

    Los cristianos representan toda la misión de Jesús mediante el signo de la cruz; el misterio de la cruz es su piedra angular. Pero no hay dato más contrario a las esperanzas de Israel. Tampoco hay dato que represente más vitalmente el sentido mismo de la misión de Jesús. Si había algo que el medio era incapaz de inventar, algo recibido de él, algo revestido de su persona, es sin duda alguna el signo de la cruz: toda la locura en que san Pablo veía la paradoja de su apostolado: "Sólo sé una cosa, y es Jesús crucificado" (I Co 2,2).

    Ahí tenemos algo absolutamente fundamental: la misión de Cristo inseparable de la Iglesia.

    Es lo que hace que los textos de que disponemos y que emanan de esa sociedad estén tan llenos de su vida. Ahí tenemos el centro de un dato sencillo: el misterio de la Cruz es el centro de esos textos, el centro de la Iglesia.

    Pero ¿qué representa el misterio de la Cruz sino la negación de todas las esperanzas de Israel?

    Basta leer los Salmos para entrar en el clima de Israel que es algo magnífico. Todas las concepciones de Miguel Ángel, todo ese tumulto, ese poder, todo eso es solo un reflejo de la piedad judía que veía en Dios la omnipotencia, porque Dios es para ellos ante todo la majestad, el Dios que fulmina la creación. Y cuando el salmista quiere alabar a Dios, dice que no ha dejado realizar toda su ira y que ha retenido el brazo de su furor. Piensa que Dios puede romper y destruir a su criatura porque es el Dios todopoderoso.

    Ese concepto titánico, inmenso y magnífico dio origen a los acentos de la piedad más sincera y auténtica. Pero así mismo da pie para otras cosas.

    ¡Qué distancia entre este clima, entre esta concepción de Dios, entre esta actitud del alma ante Dios y la de san Francisco de Asís! ¡Qué abismo entre esas dos montañas, el Sinaí y el Albernia...!

    Aquí tenemos justamente el centro de la novedad misteriosa que Cristo introduce en el mundo.

    Si decimos que Jesús es judío y que cumplió las profecías, lo es realmente en un sentido tan eminente que se podría también decir que él niega toda la historia de Israel, todas las concepciones del judaísmo. Se sitúa a tal punto más arriba de todos los conceptos humanos.

    Es tan cierto que Israel, inclinado sobre sus profetas, que todos sus doctores, todos sus sacerdotes rodeados de filacterias y llevando los textos sagrados, fueron incapaces de ver en él el cumplimiento de las profecías. Las cumplía, sí, pero en espíritu, a una altura infinita, de tal manera que solo la fe podía hacer la unión entre el dato material, abierto hacia Cristo y el cumplimiento de ese impulso material por Cristo.

    Él es su cumplimiento divino en un grado infinito e imprevisible.

    Así comenzamos a entrar en el drama de Jesús, comprendemos, adivinamos qué necesidad se va a imponer al Salvador cuando deba soltar el gran secreto de la debilidad de Dios.

    ¿Cómo hacer entender a esa gente, sin parecer blasfemar, que nada de lo que esperan se va a cumplir, que el Reino de Dios no va a venir como milagro, que no va a ser el cumplimiento milagroso en que el hombre va a recibir terminadas las cosas de lo alto? ¿Cómo decirlo sin aniquilarlos? ¿Cómo encontrar su audiencia? ¿Cómo ganarse su confianza viniendo a traerles lo contrario de lo que esperaban?

    Pues, en fin, es una locura concebir que Dios pueda ser débil y que el Mesías deba terminar su carrera muriendo como un bandido. Y para medir la locura de esa concepción, tenemos el criterio y la actitud de san Pedro.

    Es un hombre, amigo de Cristo, la piedra sobre la cual va a ser fundada su Iglesia, el hombre de la fidelidad, el hombre apasionado y ardiente de amor. Pues bien, ese hombre va a flaquear, va a negar al maestro, porque su vida se derrumba, porque hay que renunciar a la esperanza de todo Israel si Dios es el Dios de la debilidad y si el Mesías es vencido.

    En verdad no lo conoce. No lo conocía sino a través de la perspectiva de sus esperanzas, lo veía como el que iba a realizar, el que iba a salvar a Israel y a hacer sentar a sus discípulos sobre doce tronos como ministros suyos.

    Cuando lo ve preso, no lo conoce.

    Si un hombre así no reconoció a Cristo en el momento en que debía cambiar de visión y adoptar la religión de la misericordia, si en ese momento Pedro negó a Jesús, ¿qué sería de los demás, de su situación, de su actitud, de su escándalo?

    Imaginamos lo que pensaba el sumo sacerdote que no era un hombre de mucha fe, más apegado a sus beneficios que a la ley divina, pero que creía, en fin, en los profetas y que había meditado la Ley de Moisés: para él, la suprema blasfemia sería dudar de la victoria de Dios.

    Y sin embargo, ése es el corazón del Evangelio, el centro del mensaje de Jesús, toda la novedad de la Revelación.

    Dios es un Dios débil, que todos podemos matar; nada es más fácil porque él no puede defenderse. Puede dar la vida, pero no inventar la muerte; puede morir de amor, pero no hacer morir.

    Volvamos a esos textos difíciles.

    ¿No debía Dios ser fiel a Israel, por ser fiel a sí mismo, fiel a su Amor? ¿No hizo Jesús una tentativa por convertir a Israel, para que Israel fuera el misionero de la Iglesia?

    Pues en fin de cuentas toda la historia de Israel tenía sentido de misión: guardar el foco de la religión, de la verdadera creencia en el verdadero Dios que es Espíritu; y todas sus observancias eran como sus protectoras: no comer sin lavarse las manos… ¿no era para impedir que Israel se pusiera a la mesa con los paganos, a fin de conservar pura la fe, como luz de las naciones?

    Y entonces, en el momento de la venida del Mesías, ¿no consistirá la fidelidad de Dios en pedir a ese pueblo que sea el misionero de las naciones? Y cuando Israel rehúsa entrar en ese plan de Amor, cuando en vez de ver en el separatismo el sello mismo de una misión universal (separado como sacerdote, para ser misionero de las naciones), cuando Israel vea en la separación un monopolio solamente y renuncie a su vocación, entonces Dios será desligado de sus promesas: rechazado y condenado por su pueblo.

    Recordemos lo que decíamos sobre las diferentes ciencias del alma de Jesús. Ese dato tan precioso: que Jesús tiene no solamente un conocimiento beatífico que le permite a su alma hundirse en los abismos de Dios y una ciencia profética que hace de él el Doctor de todas las naciones, sino también una ciencia experimental que obtiene considerando las cosas, en el conocimiento cotidiano de los seres.

    Colocándonos en el punto de vista del plano experimental y sabiendo que la ciencia beatífica y profética están fuera del tiempo, ¿no podemos pensar que su conocimiento experimental se desarrolla en la duración, que realizando su misión desde este punto de vista, Jesús se dejó instruir por su misión, y que por su parte cumplió la misteriosa fidelidad de Dios trabajando por hacer de Israel el misionero de las naciones, sabiendo además, pero por la ciencia beatífica, que todo fracasaría?

    Tenemos que cumplir ciertas tareas aun sabiendo que no conoceremos el resultado.

    Jesús fue el misionero de Israel. La dificultad no fue por parte de Dios sino del hombre.

    Jesús fue hasta el final de la promesa, celosamente guardada, de ser misionero de Israel, a fin de que Israel fuera el misionero de las naciones.

    Mirando los textos, vemos que, al hablar del fin de los tiempos, se dice: este Evangelio se debe predicar a todas las naciones. La perspectiva universalista repunta a cada instante en las parábolas. Encontramos ahí dos corrientes: el deber de fidelidad al que Jesús no faltará, y la corriente de los presentimientos, del conocimiento demasiado seguro de que su pueblo lo traicionaría y lo condenaría.

    E igualmente, mirando los textos de la Parusía, vemos que en san Mateo, al hablar de la misteriosa catástrofe que pondrá fin a Jerusalén, Jesús dice: "Y sucederá como en los días de Noé: uno será tomado y otro dejado y de dos mujeres, una será tomada la otra dejada" (Mt 24, 37-41).

    Si se tratara de la perspectiva del fin de los tiempos, es evidente que nadie sería dejado. Hay que ver que los textos, en el fondo, son la Iglesia con el misterio de la Cruz y la Revelación de la debilidad de Dios.

    Si Jesús habla de la visión del Reino de Dios con imágenes tomadas a la vida, es natural que hable bajo esa forma, ya que va a instituir su sacramento bajo la forma del pan y el vino, para hacernos tomar conciencia de que el Reino de Dios hace parte del misterio de la Cruz y que la realeza de Jesús está dentro de nosotros y que solo estamos abiertos a su reino después de ser crucificados con él.

    Es necesario llegar al fondo del texto y no contentarse con las palabras. No se necesita tomarlo en otra perspectiva que esta, es decir: como un movimiento hacia una revelación más perfecta. Jesús no podía decir todo, se sirvió de las mismas palabras que utilizaba el pueblo. Tomó la noción del Reino de Dios, dándole un acento nuevo. También tomó ciertas nociones corrientes de la justicia, no para decirnos: así será, sino para decir: el Juicio consistirá en las relaciones que tendrán con el prójimo.

    El acento del capítulo: "Id, malditos, al fuego eterno", no se debe poner en la palabra: "malditos", sino que todo el acento está sobre la caridad que será el criterio en función del cual todos seremos juzgados.

    En una palabra, será siempre en función del criterio interior, que es la revelación central del cristianismo, es necesario entender la revelación de los textos cada uno de los cuales es un sacramento; no una palabra tomada de un libro, sino un sacramento que contiene la eterna Palabra de Dios, que debe entenderse por dentro, de rodillas con la fe, tomada como una persona: la persona misma de Dios crucificado.

    Si aislamos los textos, si los extrapolamos, si los sacamos fuera de la persona de Jesús, pierden todo su valor, se vuelven algo de donde se puede sacar todo, menos el Evangelio de Jesús.

    Sabemos qué terrible prisión debió ser el lenguaje humano para Jesús: en el odre viejo de las palabras había que meter el vino nuevo del Evangelio que lo hacía estallar.

    Sentimos que no nos equivocamos cuando volvemos a los textos a través del misterio esencial, centro de la predicación, cuando los hacemos vibrar al contacto mismo del corazón de Jesús.

    Tuvo que soportar el lenguaje humano, utilizarlo, removerlo para hacerlo craquear y vibrar con toda la Luz contenida en la Palabra de Dios.

    Y tenemos otro criterio de que esta Revelación es la Revelación central, en la evolución misma del pensamiento cristiano en la Iglesia, y en la última expresión del misterio de Jesús que es la revelación del Sagrado Corazón.

    El Sagrado Corazón expresa lo mismo que la Cruz en un lenguaje tan sencillo y humano, tan conmovedor que sería necesario ser obstinado para no comprender que todo el Cristianismo es solo un misterio de Amor si Dios es solo Corazón.

    Comprendemos que no hay revelación más verdadera que la Cruz de Jesús en la cual está la vida y la Resurrección.

    Debemos volver a sumergirnos en la revelación de la Cruz y de la debilidad de Dios.

    Jesús nos pudo revelar esa debilidad porque él es solidario de ella, pues la llevó en su carne hasta la muerte.

    Antes de Jesús, quizá habrían abusado de ese secreto de Dios ya que esas dos concepciones no pueden acordarse: la noción del Dios poderoso es la negación del Dios de Amor. Era necesario pasar de la una a la otra y eso es lo que marca el límite entre los dos Testamentos: el Dios poderoso y el Dios débil.

    Hablar de la debilidad de Dios no es un juego de palabras. Es como la manifestación suprema de su poder en el orden de la santidad. No tiene otro poder que el del Amor.

    Dios no puede lo que no puede el Amor. Es el mismo poder.

    Nuestra miseria es que podemos no amar, podemos destruir a quienes no amamos. Dios no puede, porque él es la vida y la luz y porque es solo Corazón. Puede extender los brazos y morir, es tan fácil matarlo. No hay que ser un gran genio para tomar a san Francisco de Asís y arrojarlo a una zanja; basta con ser malo.

    Para cantar el "Cántico del Sol" es necesario ser san Francisco, para recibir los estigmas, hay que ser san Francisco. Para dar la vida por sus criaturas, hay que ser Dios: sólo Él es capaz de hacerlo.

    Entonces, toda la religión toma figura humana. La virtud deja de ser cumplimiento de la Ley para ser relación de amor con una persona. El pecado ya no es transgresión de la Ley sino herida de amor infligida a una persona: herida al corazón, crucifixión de Dios, muerte de Dios.

    Eso cambia todo. Y se comprende que san Pablo al dar el mensaje haya podido hablar de "la locura de la Cruz".

    ¿Qué otra palabra que locura podría caracterizar esa misión?

    Entonces, todo va a cambiar porque en adelante la religión no será lo que podemos esperar de Dios, ya no será una protección contra la amenaza de Dios. Dios no amenaza; Dios lo ha dado todo y sigue siempre dándose.

    La religión es lo que Dios puede esperar de nosotros.

    Somos nosotros los que lo amenazamos: "Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, y tú no quisiste" (Mt 23, 37)

    "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron." (Jn. 1, 11). ¡"Y el juicio es: que la Luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas"!

    "¡Oh vosotros que pasáis, mirad si hay dolor semejante al mío!" (Lam 1, 12)

    Entonces solo se juzgan quienes se separan de él y lo condenan, quienes lo crucifican. No es él quien los juzga, él no juzga a nadie: baja los ojos ante la mujer adúltera, baja los ojos en el sacramento del altar, baja los ojos ante la iniquidad de sus verdugos. No quiere juzgar nuestros pecados: nuestros pecados lo matan. No necesita juzgarlos, los siente en sí mismo, lo hieren en el corazón.

    Eso es. Hay que buscar a Dios en esta dirección. Nuestra religión no es lo que podremos esperar de Dios sino lo que Dios puede esperar de nosotros.

    Eso nos coloca en la verdadera Luz de nuestra vida cristiana. En el fondo, la gran pureza consiste en no mirarse a sí mismo sino a Dios.

    La gran liberación está en no inquietarse por sí mismo ni por su salvación. La gran libertad está en preocuparse por la gloria de Dios, por que venga su reino, por liberarlo de las cadenas que lo mantienen cautivo.

    Cuando un alma comienza a inquietarse por Dios, ella comienza a ser madre de Dios; en ese momento, ella entra realmente en la fe cristiana.

    Creo que no hay otra cosa que hacer o saber, sino que Jesús es Jesús crucificado.

    Cuando tenemos dificultades (y todos las tenemos), cuando nos rodean las tentaciones, cuando estamos abrumados bajo el peso de nuestros pecados, todo eso quiere decir que no hemos mirado a Jesús.

    Solo un pecado nos separa de él, una sola fuente de debilidad y es estar distraídos de su Presencia. Cuando no nos volvemos hacia él, recaemos en el yo y es el único pecado. La única falta esencial es habernos separado de él, haber cesado de mirar su rostro, haber abandonado el refugio de su corazón, haber recaído en nosotros mismos.

    Hay que mirarlo, mirarlo sin cesar. Cuando hemos caminado sin pensar en él, hay que volver al signo de la Cruz que es el catecismo de la Iglesia. Y la Iglesia ha sembrado la señal de la Cruz sobre los caminos de la tierra porque es la revelación suprema del juicio de Dios por el hombre. Es la única purificación.

    Mientras Dios sea dueño nos rebelamos; cuando es víctima del dolor, cuando sucumbe al pecado del hombre, entonces algo se abre en nosotros, tiembla, se da y comienza a tener compasión, y con esa compasión por la Pasión de Cristo comienza la religión cristiana.

    "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo."

    "Jesús está llamando a los hombres y no lo han  escuchado."

     

  • 19-24/11/11. La dignidad del hombre (fin)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} El año pasado, nos alertó la ejecución de Chessman (ejecutado en 1960, después de 12 años de un proceso discutido) y, de repente, se manifestó a innumerables multitudes el rostro de la vida, de repente esa vida cuya suerte debía decidirse de un momento a otro, apareció como un test de la vida universal y los hombres se interrogaron: ¿se puede matar una vida? ¿Se puede disponer de ella? ¿Se puede hacer desaparecer un hombre sin que confiese y consienta? Millones de hombres se interrogaron y millones de hombres respondieron ¡No, no! No se puede, no se debe, porque en un hombre está todo el bien del hombre, en un hombre está el único bien del hombre.

    El verdadero bien común de los hombres es el hombre mismo, un solo hombre, solo en su conciencia, en su libertad, en su dignidad, en la posibilidad que tiene de hacer de toda su vida una ofrenda, un don, una fuente que mana hasta la vida eterna como dice el Evangelio.

    Chessman murió y la cuestión levantada por su ejecución, sigue en pie: en un solo hombre está todo el hombre, en un solo hombre se concentra y resume toda la condición humana, en un solo hombre está a la vez toda la posibilidad y toda la revelación del único sentido verdadero del único verdadero bien común.

    ¿Y cuál es ese verdadero bien común sino justamente el tesoro que nos fue confiado a todos y cada uno y que debemos defender y proteger, despertar, aumentar y comunicar? ¿Y cuál es el tesoro sino la perla escondida, la perla escondida del Reino, sino la divinidad misma? Y qué es la divinidad, justamente, sino un sentido interior en cada uno de nosotros, a través de nosotros, escondido en lo más íntimo de cada uno, donde brilla la luz verdadera, la luz incorruptible, la luz que adivinamos a veces en la mirada de un niño, la luz que es la claridad del corazón, la luz en que intercambian y se comprenden las almas, la luz viva en que todo conocimiento es un nacimiento.

    Allá, justamente quiere llevarnos Jesús, quiere hacernos atentos a ese bien común, él nos urge a que seamos ese bien común. Y si es así, es indiscutible; si es así, si es así, sentimos que nuestra convicción, nuestra fe; todas nuestras certezas están ligadas, para nosotros y para los demás, con la experiencia que somos, con el ser en que nos convertimos o en que rehusamos convertirnos.

    Y ahí está todo. No habrá profecía, no habrá milagro, no habrá catástrofe capaz de tocar el alma humana y transformarla. No hay sino una posibilidad, un solo evangelio, aquél en que se convierte un ser que responde y es fiel al llamado de la verdad, y la deja trasparentar en sí mismo y que, sin nombrarla, para no limitarla, lleva a los demás su luz, su espacio y su alegría.

    El evangelio de Jesucristo, somos nosotros. El evangelio de Jesucristo está en nosotros y solo ahí podemos hacer de él una lectura eficaz y fructuosa.

    Es esencial que no nos perdamos al comenzar esta semana santa. No se trata de conmovernos por realidades del pasado sino de arrojarnos en el corazón de la vida hoy, en el corazón nuestra propia vida, en este mismo instante para escuchar ahí el llamado de Dios, para descubrir ahí la Perla del Reino, para volver a tomar conciencia de la dignidad humana en nosotros, para tratar de purificarla de todo lo que la oculta y la desfigura, para poner en valor el tesoro que nos está confiado y para llevar a los demás, silenciosamente, su luz y su amor.

    Incontestablemente, ahí tenemos que volver. No hay que disertar sobre el origen del mundo si el mundo comienza a cada instante: es función de la decisión que tomamos nosotros de ser o no ser, de ser "" o de ser "no", de estar atentos o distraídos, de escuchar el llamado o de fingir no haberlo oído. No hay otra prueba que la experiencia misma que nos pone a prueba y nos pide a cada instante decidir el precio y el sentido de la vida.

    Y vemos bien que en esta dirección se dibuja la tragedia divina: si Dios es ese yo, ese yo universal, ese yo silencioso, ese yo frágil, ese yo inocente, ese yo escondido en lo más íntimo de cada uno como lazo con todos, si esa es la verdadera humanidad, que todavía no existe pero que puede ser, que está llamada a ser, si esa es la verdadera humanidad que va a lograrse, a descubrirse y encontrarse, vemos brillar en seguida la tragedia divina, porque sabemos, sentimos bien toda la espesura, toda la opacidad, toda la gravedad, todo el peso de nuestra vida.

    Por un instante, un instante de claridad, por un instante de conciencia, cuántos momentos innumerables de inconsciencia, de cerrarnos, de egocentrismo, de autocomplacencia, de autodefensa, de apego a sí mismo, de sensualidad, de tinieblas, de rechazo, de "no" opuestos al frágil y pequeño "" que había brotado en un momento privilegiado en que habíamos oído el llamado del silencio.

    Y por eso justamente Dios está en peligro, como la dignidad humana, amenazado como la grandeza humana, como la libertad humana, amenazado como todo lo humano pues justamente él es la respiración de todo lo que es humano. Él es la garantía de todo lo que es humano, el secreto de todo lo que es humano. Él es la esencia, el corazón, la luz de todo lo que es humano. Él es la humanidad misma en su fuente y en la universalidad que es Él.

    Y ése es justamente el misterio de la Cruz, ya que en su fragilidad, está desarmado, entregado al hombre, entregado al juicio del hombre, a la condenación del hombre como la verdad.

    Es tan fácil pisotearlo, desfigurarlo, apropiárselo para hacer de él un monstruoso monopolio que permita, en total seguridad, condenar… ¿a quién? ¿a quién? ¡Pues justamente al Hijo del Hombre y al Hijo de Dios!

    Estamos ahí en el corazón de la Pasión. Ahí es justamente donde se realiza, en la ignorancia del reino interior del hombre. Entonces querían ver un templo inmenso cuya hermosura dejaba estupefacta la mirada del peregrino. Querían recorrer sus galerías, contemplar los bloques de unos treinta metros, de bases formidables. Querían el esplendor de un culto exterior que en definitiva no los comprometía, querían el monopolio, la certeza certificada que les permitiera pasar tranquilamente al lado del herido sin verlo. Querían garantías, cauciones santificadas por objetos, sin tener necesidad de convertirse y transformarse.

    Y se presenta la religión, la religión trágica, la religión del Hijo del hombre, la religión de la Cruz, la religión de la derrota, la religión de la fragilidad, la religión de la inocencia condenada, ignorada, pisoteada.

    ¿Y por qué asombrarse? Era tan cómodo tener un Dios bueno para todo, un Dios en cuyos hombros se ponían todas las cargas de la historia, un Dios que debía intervenir cuando se lo pidieran, un Dios que debía meter la mano, los dedos en la mecánica del mundo, un Dios que invocaban cuando ya no podían salir del paso pero que olvidaban pronto cuando la vida iba bien, cuando engordaban, cuando el animal humano ya no se sentía herido, reducido a descubrir y reconocer su dignidad.

    Y ahora, sabemos, o por lo menos comenzamos a entender, que el verdadero Dios está dentro de nosotros, que se nos da como la verdad a los sabios, como la música a los músicos, como el amor al corazón del hombre.

    Entonces, ¿qué hace la verdad? ¿Qué hace con los sabios que la torturan y pierden contacto con la ciencia porque ya no buscan la ciencia sino el éxito, el dinero, la reputación, estar al servicio de una causa impura, de la que se han hecho esclavos? Nada, nada… está sin defensas, está entregada, pero solo puede brillar a través de la mente que la escucha, y ¿quién la escucha haciéndose silencio? ¿Quién la escucha y la deja trasparentar? ¿Quién la escucha y lleva en sí mismo su luz y su vida?

    Para nosotros no hay otro Dios que ese, ese Dios que canta san Juan en el Prólogo de su evangelio, el Dios que era, que es y será, que está siempre ahí, el Dios que brilla en las tinieblas, el Dios que nos está esperando, el Dios que está en el mundo, ese Dios desconocido, ese Dios ignorado, ese Dios que viene, que golpea y al que no le abrimos, el Dios que no es recibido, el Dios reprimido, ese Dios en lugar del cual no cesamos de elevar el ídolo de uno falso, de un falso dios de acuerdo con nosotros, de acuerdo con nuestro yo animal y que nos dispensa de devenir, nos dispensa de existir, nos dispensa de hacer el inmenso itinerario desde nosotros hasta nosotros mismos, que nos dispensa de descubrir la exigencia fundamental, la exigencia creadora que quiere hacer de cada uno de nosotros el comienzo y el origen de un mundo que no existe todavía, pero que puede llegar a ser, y que no cesa de surgir y de crecer cada vez que un alma, un alma desconocida, silenciosa y oculta, que es toda "", aporta su consentimiento, se deja atravesar por el radio de la fuente y lleva en su mirada la luz infinita del eterno amor.

    En esta perspectiva queremos pues comenzar esta semana. En esta perspectiva queremos situarnos, pensando en todos los hombres, pensando en todos los rebeldes que son con frecuencia los más cercanos del evangelio del Dios vivo, pensando en todos los ateos que se creen tales porque han rechazado el ídolo que hacen de Dios con tanta frecuencia los creyentes. Queremos pensar en todos, queremos escuchar el llamado común para tratar de ser una respuesta común.

    ¡Ah! No queremos ser una secta, no queremos ser un pueblo elegido, quisiéramos ser hombres, simplemente hombres, ser finalmente humanos, de la humanidad que cada uno puede reconocer en sí mismo, de la humanidad con que se identifica Jesús, de la humanidad herida en el hombre que yace a la orilla del camino, de la humanidad ignorada en la pequeñita que se hiela en el jardín de Moscú, ser hombres como lo sintieron de repente los que no querían que muriera Chessman, y deseaban que se salvara esa oportunidad, que el hombre no dispusiera del hombre, porque hay en el hombre más que el hombre, porque el hombre verdadero es más que él mismo, porque en nosotros está el santuario eterno, porque solo podemos acercarnos de nosotros mismos sobre la punta de los pies, porque justamente, todos y cada uno, en lo más íntimo, estamos encargados del Reino de Dios, del reino de la verdad, del reino de la belleza, del reino del amor, del reino del nuevo nacimiento, porque dentro de nosotros es donde todo se va a realizar, porque es ahí donde va a brillar la única esperanza , porque Dios nos está esperando, porque la verdad nos necesita, pues va a morir si nosotros no vivimos de ella.

    Y al principio de esta semana santa aprendemos de nuevo que está comenzando el proceso de la divinidad, y que nos toca a nosotros pronunciar el juicio y que fuimos nosotros, nosotros solos, quienes pronunciamos la condena y hoy podemos declararla inocente, y podemos hoy revisar el proceso, hoy podemos reconocer su inocencia, hoy podemos descubrir en el silencio de nosotros mismos los rasgos del rostro impreso en nuestros corazones, hoy podemos escuchar el llamado de la música silenciosa, y hoy todo puede volver a comenzar.

    Esa es la locura a que nos invita Jesús, la locura a que nos invita Jesús. Eso es el Dios vivo. No hay otro. Vamos pues a ponernos ante el santuario interior, vamos a escuchar. Sí, pidamos a Dios esta gracia suprema: escondámonos en el silencio, recojámonos en lo secreto más profundo de nosotros mismos y escucharemos, escucharemos siempre, porque escucharemos a fondo, y sabremos que esta historia es una historia eterna, que nos conmueve las entrañas hoy pues justamente eso es lo que decide de todo, qué es el hombre y qué será, y lo que es Dios y cómo se va a revelar, y qué es el universo y lo que quiere significar cuando lo abordamos no como una carrera por explotar sino como paisaje a contemplar, como verdad por descubrir, como pensamiento a meditar, como Presencia para acoger.

    Y así será siempre: todo está puesto en nuestras manos. No busquemos en otra parte a los responsables. El único responsable, finalmente, somos nosotros, pues a cada uno se nos ha dado todo, y cada uno de nosotros lleva en su corazón al Dios vivo, al Dios que jamás se impone aunque siempre se propone y que, al comienzo de esta semana santa, nos invita a volver a vivir su peregrinación eterna, a abrir la puerta, pues esta noche está llamando: "Yo estoy tocando a la puerta. Si alguien me abre, yo entraré y me sentaré a su mesa y cenaré con él y él conmigo" (Ap. 3, 20)

     

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