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  • 31-08/05-09/10 – El principio de la moral

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh, Mayo de 1972 

    "Les agradezco por la misa de esta mañana que cantaron admirablemente. Que fuente de frescura, de belleza y de alegría en esa misa de los Ángeles y qué lástima que se hayan sacrificado esas riquezas con cánticos tan pobres. Continúen entonces por favor, sigan cantando, sigan cantando…

    La crisis de la Iglesia: vimos que la crisis de la Iglesia tiene su fundamento en cierta concepción de Dios, digamos que la crisis adquirió tanta envergadura y extensión porque nos hemos equivocado sobre Dios. Nos equivocamos sobre Dios, lo situamos afuera y no lo hemos encontrado adentro todavía. Es natural rehusar un Dios exterior que aparece como amenaza y límite impuesto de afuera a la vida humana. Es natural sentir como una ofensa para la mente, como agresión contra el espíritu la intrusión de una autoridad que se impone y que parece negar la libertad y la dignidad del hombre.

    Vimos además que esa posición puede y debe ser superada, pues el verdadero Dios es interior y que al contrario, Él es el que funda nuestra dignidad y constituye el espacio en que se realiza la libertad. Él es toda la luz y toda la alegría de nuestra intimidad. Él es quien nos hace existir plenamente y es a través de Él como nos encontramos. En Él nos amamos, gracias a Él podemos vencer la muerte y hacernos eternos.

    Pero si es verdad que la crisis tiene este fundamento metafísico, es decir teológico, o dogmático si prefieren, es verdad que el fondo del problema, la crisis se manifiesta igualmente como consecuencia inevitable en el plano moral. Y pueden hacerse una idea de ello considerando por un lado las entrevistas, los artículos de periódicos y las presentaciones de la televisión francesa del Abad Barreau que ha hablado en público ampliamente sobre su matrimonio, pues reivindicaba el derecho a contraerlo y trató, honestamente hay que añadir, de obtener autorización de Roma para contraer su matrimonio. Pero procedió mal ya que comenzó por atacar las estructuras y la persona de Pablo VI. Lanzó una especie de reto a Roma, que terminó en cierto modo, me parece, por el rechazo de Roma,.

    Sea como fuere, sin insistir en los detalles del asunto, ahí tienen una imagen: un sacerdote – y otros hay que se han exhibido del mismo modo, que inclusive han celebrado eucaristías en sus casas, con presencia de la televisión. Es una imagen clara: hay pues consecuencias morales, hay una reivindicación del derecho a la felicidad humana, una reivindicación del derecho de amar, una reivindicación del derecho de no sentirse comprometido por el compromiso tomado sin saberlo, por no haber estado suficientemente maduro o por no haber hecho la experiencia del amor y que, habiéndola hecho, no se la puede negar.

    Otra imagen: un sacerdote obrero francés que se presenta igualmente a la televisión y declara que no tiene otra esperanza que el partido comunista. El partido comunista es el que hará triunfar la justicia y no hay otra manera de lograrla. ¿Y qué papel tiene Dios en eso? Pues él no lo sabe muy bien. ¿Es que su presencia en las filas comunistas hará que los demás presten más atención a Dios? Lo espera, pero no está seguro y de todos modos, él está comprometido en el partido comunista en nombre de la justicia de la que se hace campeón, con mucha generosidad además, pues ha aceptado la condición de sacerdote obrero con todas las privaciones que eso implica para él.

    Estas dos imágenes son bien claras. Por un lado el instinto, el instinto sexual con todo lo que puede representar de grandeza, de belleza, de generosidad y también de servidumbres claro está, y por otro lado, la reivindicación de una justicia que es continuamente rehusada por las clases poseedoras – es al menos lo que no paran de repetir – y entonces, una sola solución: el combate, la guerra con todo lo que conlleva, porque es evidente que el sacerdote que se compromete a fondo y no tiene otra esperanza que el partido comunista no puede no consentir con la guerra y con la dictadura que seguirá después, ya que si el partido comunista triunfa vendrá la dictadura. Entonces, ¿será asegurada por la dictadura la justicia que reivindica? ¿No aprendió bastante con las experiencias de los estados comunistas que permanecen bajo dictadura, incapaces de salir de ahí?

    Esto nos lleva a plantearnos el problema del origen de la moral, pues naturalmente, habiendo sacudido las certezas dogmáticas, habiendo puesto en duda la virginidad de María y la Presencia real en la Eucaristía, habiendo puesto en duda la divinidad de Jesucristo, también se ponen en duda los fundamentos de la moral.

    Se hace observar que la moral ha cambiado, que ha cambiado a través del tiempo, que no ha sido siempre la misma, que ciertas cosas eran admitidas en la Biblia misma, como la poligamia y el divorcio, sin hablar de la guerra que en ciertos momentos la Biblia considera como algo santo, como algo a lo que Dios obliga hasta masacrar totalmente pueblos que Él ordena combatir.

    Entonces, los que ya no quieren aceptar la moral tradicional, dicen que la moral no es constante, que no es siempre la misma, que corresponde a una historia y no representa nada absoluto. Los hombres la adoptaron según su conveniencia o según sus necesidades en ciertas épocas. Los faraones de Egipto se casaban frecuentemente con sus hermanas, sin duda por razones políticas. Entonces, aún el incesto de un hombre que se casa con su hermana, no ha sido considerado como algo infamante o prohibido.

    Entonces, ¿qué es lo permitido? ¿Qué es lo prohibido? No se sabe muy bien. Y vemos un caso que se produjo en Suiza precisamente, y que da lugar a un debate difícil y doloroso. Un profesor de la Universidad de Friburgo, un dominicano, hizo en Berna una conferencia pública que tuvo mucha resonancia, y en que él, profesor de moral, ponía justamente en duda la moral, declarando que la moral tiene carecer histórico y no absoluto, y que se pueden cuestionar cosas que hasta ahora habían sido consideradas como rigurosamente proscritas o prohibidas.

    Así, en el terreno sexual, él piensa que las prácticas solitarias de los adolescentes no deben ser tomadas como trágicas, no hay que ver en ellas un peligro para la salud, y pueden ser consideradas como preparación para el futuro. También considera las relaciones prematrimoniales entre jóvenes como una preparación al matrimonio, a condición de que sean estériles. Naturalmente, los jóvenes que tienen relaciones antes del matrimonio deben ser prudentes, no exponer a una vida difícil los hijos que puedan tener. Eso implica entonces que tomen precauciones, que utilicen preservativos y, naturalmente, eso implica que en la vida conyugal el placer sea considerado como un bien cuyo gozo no se debe limitar. ¿Por qué prohibir ese gozo, en fin de cuentas? ¿Por qué no aceptar, después de todo, la voluptuosidad como algo bueno, como algo que honra a Dios?

    Y todo eso es propuesto por un hombre que es sin duda irreprochable en su vida y que, creyendo hacer obra de sabio, constatando el carácter histórico de la moral, deduce que no se impone y que lo que se consideraba como resuelto, prescrito o prohibido, puede ser considerado bajo otras perspectivas.

    Y esto es importante, porque los que ya escogieron soluciones que corresponden a su experiencia, los sacerdotes que han decidido casarse y que han hecho público ante el mundo entero su matrimonio, como Jean-Claude Barreau, encuentran naturalmente en las opiniones del profesor una justificación suplementaria. En efecto, se encuentran haciendo parte del futuro pues les dicen que la moral es histórica, que es necesario encontrar una moral acorde con los conocimientos actuales. Pueden hacer figura de profetas y es además un argumento que se oye con frecuencia en la boca de sacerdotes casados, que son profetas del futuro.

    Por otra parte, todo eso lo cito sin juzgarlo. Puesto que nos hemos equivocado sobre Dios, no hemos reconocido al verdadero Dios, es muy natural que la moral ligada con el Dios tradicional esté también desquiciada. Si ya no se admite ese Dios, es evidente que tampoco se admita la moral que él garantizaba. Si se rechaza al Dios bíblico, si ya no se admite ese soberano, ese rey de reyes con su trono en el cielo y que nos dominaba con su poder, ya no se admitirán, desde luego, las prohibiciones bíblicas, pues además no son constantes y variaban con el transcurso del tiempo, como lo recuerda nuestro Señor además a los judíos cuando le hablan de divorcio.

    Llegamos pues a la cuestión de los orígenes de la moral. Los orígenes de la moral deben situarse en el hecho de que el hombre es incompleto, inacabado, es decir, no es enteramente determinado por sus instintos y sus inclinaciones, y está abierto a posibilidades mal definidas pero evidentes.

    Si comparamos una sociedad de hormigas o de abejas con una sociedad de hombres, vemos en seguida la diferencia. Una sociedad de hormigas no comporta dudas: todo está organizado a la perfección por una especie de mecanismo interno; cada hormiga sabe lo que debe hacer y lo hace. En un hormiguero existen diferentes funciones, lo mismo que en una colmena de abejas, hay diferentes funciones y cada abeja, cada hormiga cumple la función de su especialidad y todo funciona como se debe, a menos que un accidente destruya el hormiguero o la colmena. En una palabra, en fin, en el mundo animal, existe un determinismo bastante riguroso como para que el individuo no sea problema para sí mismo porque su mecanismo interno es suficientemente preciso para guiarlo. El animal no se sitúa pues como problema para sí mismo, no tiene que reflexionar sobre su conducta puesto que le es dictada por sus mecanismos internos.

    En cambio, el hombre es también un animal con instintos e inclinaciones, pero no es sólo animal justamente en virtud de la apertura, por ser inacabado, en virtud de las iniciativas que se le piden: debe tomar decisiones que no son automáticas, que no surgen espontáneamente de sus mecanismos internos. Tiene inmensas posibilidades. Si recuerdan las palabras de Pascal, el gran señor de la mente: "Por el espacio el universo me comprende y me engloba como un punto. Por el pensamiento, yo lo comprendo", ustedes tienen las dos vertientes de la vida humana: estoy comprendido en el universo, englobado en él, soy sólo un punto en el universo; pero en mi pensamiento, el universo no es más que un punto.

    Y este segundo aspecto de la vida humana nos abre inmediatamente el campo en que se sitúa, o en que va a surgir la moral. Claro que los primeros hombres no tenían el genio de Pascal. Estaban en una tierra inculta, hostil, amenazados por animales salvajes, no tenían técnicas, eran frágiles y necesitaban agruparse para defenderse y poder subsistir. Los primeros hombres no vieron que eran un punto en el universo y que el universo no era sino un punto en su pensamiento,.pero debieron sentir que tenían cierto poder de iniciativa, cierta capacidad, peligrosa, de elección. Debieron sentir que ese poder de iniciativa, ese poder de tanta decisión no ordenada por mecanismos internos, que ese poder de decisión podía terminar en anarquía, en desorden y por tanto en destrucción de la vida. Sintieron pues lo que designamos con la gran palabra libertad, lo sintieron como peligro y podemos estar seguros de ello, porque todas las ciudades del mundo tienen policías.

    ¿Qué significa la policía, sino que el grupo no puede tener confianza en las iniciativas de cada uno, que el grupo desconfía de la capacidad de iniciativa, que el grupo teme la libertad mal definida, como peligro de anarquía? Y podemos estar seguros a priori de que efectivamente una sociedad sin policía estaría condenada al pillaje y la anarquía hasta que se imponga una dictadura para evitar la destrucción del grupo o de la nación.

    Entonces, desde el comienzo, desde que el hombre tomó conciencia de esa fluctuación, de esa apertura, de ese carácter de inacabado, de ese poder de iniciativa, hubo o se sintió la necesidad de moral, es decir, la necesidad de una regla que se impusiera a todos los miembros del grupo, a fin de preservar el grupo contra la anarquía y por ende contra la destrucción.

    Si quieren, para dar un ejemplo presentado por Levi-Strauss de las sociedades primitivas – si se las puede llamar así – subsistentes todavía hoy, el incesto, es decir el matrimonio de un hombre con su hija o de una madre con su hijo está prohibido en todas partes. ¿Porqué? Porque tal promiscuidad sexual ponía en peligro la sociedad y habría provocado luchas constantes entre los machos y las hembras, o más bien entre los machos por la posesión de las hembras. Es un ejemplo entre otros. Hay pues una regla impuesta para la estabilidad del grupo.

    Esa regla tenderá a interiorizarse, es decir que el individuo será llevado por la presión del grupo a considerar la prohibición, las prohibiciones, las reglas, como algo que obliga, aunque no esté bajo la mirada de los demás, es decir que habrá cierta obligación de conciencia, o al menos que la regla será sentida como obligación de conciencia tanto más eficaz además cuanto que se apoyará sobre una divinidad. La moral estará cerca, desembocará en religión. La moral tratará de fundarse sobre un absoluto, es decir que la regla, para que la obedezcan, para obligar a todos, buscará el apoyo de una divinidad, es decir de un poder capaz de castigar las transgresiones. Así el individuo se siente tanto más obligado a conformarse con la regla pudiendo estar sometido a sanciones de una divinidad, testigo al que no puede ocultarse.

    Por otra parte, así es como nos llega la moral: nos instruyeron en una moral presentada como regla obligatoria, en nombre de la divinidad. Nos formaron en la vida moral por el Decálogo y en nombre suyo, Decálogo fundado en una revelación divina y garantizado por sanciones divinas, pues violar el Decálogo es ponerse en contradicción con Dios, y por ende correr el riesgo de sanciones terrestres y ulteriores, sanciones en este mundo y sobre todo en el otro. No escaparemos a la divinidad si estamos en rebelión contra las reglas impuestas por la divinidad.

    Entonces, hasta ahora, grosso modo hasta el comienzo de este siglo diríamos, la moral ha sido aceptada tal cual. Sin duda la violan con mucha frecuencia, pero en general no la niegan, no la niegan en su fundamento. Viene de Dios, del Dios bíblico. Está condensada en el Decálogo. El Decálogo constituye el conjunto de reglas que debemos seguir y su observancia es garantizada por la divinidad. La violación de esas reglas trae sanciones graves, que pueden ir hasta la condenación.

    Podemos ilustrarlo de manera caricatural con la especie de comedia que presentaba un predicador de retiros. Ese predicador hacía furor en los colegios religiosos, tenía naturalmente un sermón que provocaba el pánico en sus auditores hablándoles de la muerte. Y mientras predicaba se hacía entregar un telegrama anunciando la muerte de un joven que se encontraba además en situación culpable. El telegrama era pura invención. Se lo hacía mandar en el momento oportuno para poder suscitar el terror en la mente de sus auditores. No necesito criticar este acto insensato, pero está en la prolongación de esa moral bíblica, en la prolongación de la moral que nos hace afrontar sanciones eternas.

    Entonces, en nombre de una condenación posible, trataba de inculcar a sus auditores una conformidad indispensable con los mandamientos de Dios y principalmente, siendo el pecado de los pecados, con el mandamiento de la pureza.

    Esa moral, como acabo de recordarlo, ha sido puesta en duda y ya no es aceptada sino puesta en ridículo y vemos ahora, ¡Dios mío!, madres casi desnudas delante de sus hijos, que dicen que es… que se deben evitar las represiones, que es la mejor manera de no dar complejos a los hijos. ¡Bueno! Van a ver desnuda a su mamá, ¿y después? ¡Eso no tiene importancia! Al contrario, no habrá tapujos, llegarán a la adolescencia sin problemas. ¡Es evidentemente una visión muy corta de la situación!

    De todos modos, en esas estamos y aunque pueda pesarnos, debemos constatar que la situación es tal como acabo de recordarlo: una desafección total respecto de la moral, poniendo en duda todas las prohibiciones, gente honesta, es decir católicos que quieren ser fieles y admiten sin discusión la píldora anticonceptiva. Hay todo un esfuerzo de investigación sobre la cuestión ante el problema demográfico, frente al aumento trágico de la población gracias al cuidado que se da a los niños, gracias a la prolongación de la vida, ante ese inmenso problema alucinante además, la inmensa mayoría de los católicos se ponen al día con las prácticas anticonceptivas y declaran que no hay otro modo. Desde luego, nadie piensa en la castidad.

    Nadie piensa en Gandhi que a los 37 años hizo voto de castidad, pensando que había tenido suficientes hijos y que como tenía otras tareas que la procreación no tenía más solución que el voto de castidad. Lo hizo a los 37 años y lo guardó fielmente hasta el final de su vida.

    ¡Pues bien! Los cristianos que profesan la virginidad de Jesús y María jamás se plantean la cuestión, y eso es grave. Es precisamente porque no han visto nunca en la moral sino un freno, y eso es capital.

    Vimos que la sociedad primitiva debió recurrir a ese freno para no destruirse y precisamente la moral apareció tradicionalmente como un freno, como prohibición cuya necesidad ya no se reconoce, y al contrario, se la discute radicalmente, gracias a la difusión del freudismo. El freudismo se ha convertido en bien común, se difunde en todas partes y cualquiera puede hablarnos de represión y complejos, y hacerse un deber de evitar para sí mismo y para los demás, en particular a sus hijos, que surjan complejos y represiones que emponzoñen la vida e impidan alcanzar la felicidad que la tierra pueda ofrecerles.

    Hemos visto sacerdotes que han adoptado esta orientación. Los hemos visto renunciar a sus compromisos. Vimos un profesor de moral venir en su ayuda declarando que la moral es un fenómeno histórico y no conlleva nada absoluto y estamos pues en pie de obra; tenemos que plantear el problema moral y buscarle un fundamento más positivo.

    Es claro que la moral considerada como freno es obsoleta. Ya no podemos contar con ella. Es definitivamente discutida y es imposible restablecer su dominio. Entonces vemos un fenómeno bastante impresionante: el abandono casi generalizado de la confesión. Se puede decir que el 90% de la gente ha abandonado la práctica de la confesión. Hablo de los practicantes que comulgan además: comulgan, casi toda la Iglesia comulga, pero ya no se confiesan. Ya no hay sentido de responsabilidad, sentido de culpa. Uno se absuelve a sí mismo. Y si eso es verdad para los practicantes, imaginemos a los demás.

    Hay pues que volver al principio. ¿Cuál es el principio? Justamente, que el hombre es inconcluso, que sus mecanismos internos no van hasta el final, que debe tomar iniciativa, que se espera de él que decida y que la moral que le dictaba las decisiones y le servía de freno limitando la expansión de sus deseos, esa moral ha sido actualmente abandonada.

    Hay pues que renunciar a toda moral otra que el respeto de la bolsa y la propiedad. En eso, la mayoría de la gente, la mayoría de los practicantes en todo caso, están de acuerdo. Están de acuerdo con que se prohíba robar, que se prohíba llevarse sus bienes, que se prohíba atentar a la propiedad y la vida. En eso están todavía de acuerdo. Que intervenga la policía y que haya eventualmente prisiones para castigar los atentados contra la propiedad o la vida. Pero fuera de eso, todo está permitido, ¡todo! Hay afiches en la Plaza Pigale que muestran "¡El desnudo más audaz!" Todo se puede mostrar, todo se puede exhibir, y finalmente el coito público no se excluye. Eso no importa, finalmente: ¡es natural! ¡¿Porqué tanta historia para eso?!

    ¿Cómo hacer en esta situación, una vez más, tan grave como difusa? La mayoría de la gente no tiene filosofía qué proponer. No tienen argumentos sólidos, todo es difuso. Uno hace lo que quiere. No tiene obligaciones. Uno es indulgente. Católicos que han llevado además una vida ejemplar, comprometidos en problemas de educación, sin haber logrado la educación de sus hijos, tratan de educar los hijos de los demás evitándoles complejos. Católicos muy buenos, de comunión diaria, le dicen a una mujer con un marido infiel y que vive con otra mujer: "Señora, eso sucede, tenga paciencia, no es tan grave. Es un accidente de la vida. Si tiene paciencia, su marido vuelve. No le haga reproches. Cierre los ojos sobre sus aventuras. Acójalo con una sonrisa y finalmente, eso va a pasar". ¡Desde luego…!

    ¿Hay fundamento para la moral? Lo encontraremos tomando la otra pista, recordando al sacerdote comunista. ¿En qué se funda el sacerdote comunista que pone toda su esperanza en el partido, que quiere entonces ante todo que haya la Revolución, que acepta entonces que la guerra sea inevitable, que la dictadura se deba aceptar primero para que triunfe la justicia? Se funda sobre la justicia. Reivindica la justicia y esa reivindicación es ya mucho más simpática que la reivindicación de la voluptuosidad: es un núcleo respetable. Tiene razón de querer que los bienes de la tierra les aprovechen a todos. Tiene razón de pedir que todos los hombres tengan acceso a las riquezas de la tierra, ¿pero en qué funda su reivindicación de la justicia? Sólo puede fundarla en el sentido de la dignidad humana. ¿Y en qué fundar la dignidad humana si no reconoce un valor absoluto a la soledad del hombre, si no reconoce en la soledad del hombre una Presencia infinita? Si el hombre es sólo un organismo, si el hombre es sólo un manojo de instintos, ¿sobre qué se puede fundar la justicia?

    Entonces la justicia no puede ser sino reivindicación de una clase contra otra. No puede tener otro fundamento que el resentimiento, el deseo de venganza, el deseo de aplastar y hacer sufrir a los que nos han hecho sufrir, y eso ya no tiene nada de humano. Eso dará sólo un cambio de dueños: la propiedad pasará a otras manos, el poder pasará a otras manos. Habrá de nuevo una clase privilegiada que cometerá los mismos abusos, así lo mostró Djilas hace tiempo en Yugoslavia al precio de siete años de prisión. Hay una nueva clase de privilegiados, como lo muestra admirablemente en su libro Svetlana, la hija de Stalín.

    Es pues necesario encontrar ahora el fundamento de la justicia, el fundamento de la dignidad, en un espacio de generosidad del que cada uno sea capaz, a condición de disponer de un espacio de seguridad que le permita justamente encontrar, en el fondo de sí mismo, el valor infinito del cual pueda ser afirmación y revelación.

    Es decir que finalmente el carácter inconcluso del hombre, abierto a posibilidades infinitas, es un llamado hecho al hombre para crearse a sí mismo en su dignidad y grandeza. Es el llamado hecho al hombre a no sufrir su vida sino darla. Es el llamado hecho a todos para hacer de sí mismos un bien común, un bien universal, es decir que hay una moral esencialmente positiva, una moral creadora, una moral en que el hombre se hace hombre tomándose en manos, no para suscribir a los instintos animales que lleva en sí, sino para liberarse de ellos, para interiorizar toda disciplina, para hacer de toda regla una ocasión de expresar el don de sí mismo, para escapar a la esclavitud interior, para devenir realmente fuente y origen de un universo del que sea creador y, más aún, para expresar en su vida la Presencia que funda su dignidad, para dejar transparentar a través de sí mismo ese bien infinito que es Alguien.

    Porque esa es la gran aventura: el bien no es una prohibición que viene de afuera. El bien es una luz que brota de adentro. El bien es una Presencia que nos está confiada. El bien es un Amor que nos está esperando. El bien es un rostro, un Corazón, como Jesús nos lo revela en su agonía.

    Claro que en el Génesis el bien aparece como prohibición, porque estamos al comienzo de la Revelación, porque la humanidad era todavía incapaz de entrar plenamente en un orden de amor. Había pues que someterla a mandamientos. Esos mandamientos tenían que ser garantizados por sanciones y las sanciones debían ser inevitables, sostenidas por la divinidad. Había pues un régimen de temor, que era el comienzo de la sabiduría, como dice la Escritura.

    Pero en el lavatorio de los pies y en la agonía de nuestro Señor ya no se trata de prohibiciones, ya no se trata de mandamientos. Sólo se trata de un Amor que es víctima y que revela el bien como Alguien, que revela el bien como el Amor y que revela el mal como la muerte de ese amor crucificado por los que lo rehúsan.

    En esta perspectiva, pues, una nueva moral, una nueva moral eterna, nueva, quiero decir nueva con la novedad del Evangelio, nació con Cristo y tiene el Corazón de Cristo por centro y sanción. ¿Y cuál es la sanción? ¡El que no se libera de sus servidumbres internas, no existe!, no llega a ser humano, se queda en estado de embrión, al menos en la experiencia terrestre, aunque pueda proseguir la experiencia en otra parte, en un purgatorio que es quizá la posibilidad de realizarse y de encontrarse, para los que permanecieron embrionarios.

    Entonces, esa es la primera sanción: el ser que rehúsa ser hombre permanece en efecto por debajo de su humanidad, no existe como ser humano. Está lejos de ser un valor y un bien común. Deviene parásito de la humanidad y del universo y, lo que es mucho más grave, rehúsa que Dios se encarne a través de él, rehúsa comunicar ese bien infinito que lo está esperando en el fondo de su ser y se convierte en obstáculo permanente para el Reino de Dios que es la condición del reino del hombre, pues el hombre no alcanzará jamás su grandeza y su libertad ni su dignidad ni su universalidad si, en la soledad de cada uno, no se revela y se desarrolla ese bien divino que hace de cada uno la encarnación de Dios.

    Porque, finalmente, la moral creadora es una moral de encarnación, una moral que permite a Dios expresarse a través de nosotros, a través de nosotros, y comunicarse entre nosotros, y devenir precisamente el fermento de nuestra unidad, de la unidad entre los hombres, entre los individuos y los pueblos, y también el fermento de la unidad del universo, llamado todo entero a entrar en la libertad del eterno amor.

    Existe pues un origen de la moral, un origen eterno en el corazón de Dios, un origen infinito de la moral en la revelación de Cristo. Hay una moral que no es freno. Hay una moral, una moral que es principio de expansión, una moral que es el fundamento de nuestra liberación, una moral que, lejos de limitar el ser, lo crea, y cuya exigencia es infinita porque, justamente, esa moral está orientada hacia nuestra liberación interior. No nos pide soportar nada, sólo nos pide la virginidad del corazón y del cuerpo. Nos pide un respeto de la vida tal que sea siempre tratada como fin y jamás como medio, como decía Kant. Nos pide una justicia fundada en reconocer en cada uno una soledad portadora de Dios, una soledad fundada en la Presencia divina. Exige pues una justicia infinitamente rigurosa, pero que comporta esencialmente el respeto de esa soledad humana.

    Vean a Gandhi. Hizo voto de castidad a los 37 años, y fue también el hombre que proclamó la no violencia y la impuso a 4 ó 500 millones de indios, que se hallaban ante dos o 300 mil soldados británicos. ¿Y porqué impuso la no violencia? Justamente, porque reivindicó una justicia que no reivindicaba sólo la independencia de India en nombre del civismo indio. La justicia que reivindicaba, la reivindicaba también para los ingleses. "Ustedes no tienen derecho de dominarnos por la fuerza porque somos hombres como ustedes, tenemos la misma dignidad, o al menos estamos llamados a adquirirla, lo mismo que ustedes. Pero nosotros no tenemos derecho de matarlos, porque ustedes son hombres como nosotros y su soledad es un bien divino lo mismo que la nuestra. Vamos pues a oponernos a ustedes por todos los medios posibles, pero no atentaremos a sus vidas porque su vida es tan sagrada como la nuestra, pero sagrada por estar consagrada precisamente por una presencia divina que reconocemos en ustedes lo mismo que en nosotros".

    Se trata pues de toda una reconstrucción del hombre, una recreación del hombre cuya exigencia se esclarece con la luz del Evangelio. Pues si el hombre está en tal confusión es porque, no pudiendo ya soportar una moral que es freno, todavía no ha descubierto una moral ontológica, una moral creadora, una moral que le revele el sentido de su iniciativa, que le revele el sentido de su carácter inconcluso, que le abra el inmenso espacio de que habla Pascal: "Por el espacio, el universo me comprende y me engloba como un punto. Por el pensamiento, yo lo comprendo".

    Precisamente, Cristo nos revela ese espacio interior, le da sentido, mostrándonos en la divinidad, revelándonos en la Trinidad divina el sentido mismo de nuestra libertad, mostrándonos que sólo podemos realizarnos dándonos totalmente, haciéndonos totalmente transparentes al eterno amor, virginizándonos teniendo con nosotros un contacto oblativo como Dios que sólo tiene consigo mismo un contacto en que se comunica y no cesa de despojarse en el don que constituye el misterio de su vida íntima.

    Es pues cierto que la crisis moral, que es consecuencia de una crisis metafísica, la crisis moral que es consecuencia de una crisis sobre Dios, es cierto que será superada en la medida – y únicamente en la medida – en que encontremos al verdadero Dios en el fondo de nuestros corazones como exigencia de grandeza, como exigencia de libertad, como exigencia creadora, como exigencia de universalidad. La moral no es un freno. La moral es nuestra vocación de dioses. Si Dios creó dioses, justamente la moral, que por demás es mística mucho más que moral, la mística cristiana que es mística de encarnación, nos llevará a una aventura en que el esfuerzo constante por superarnos a nosotros mismos para no ser esclavos de los determinismos internos, de las opciones pasionales, en que todo ese esfuerzo aparece justamente como la nobleza suprema.

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    Ser con Dios creadores de un universo cuya sola exigencia es el amor, según la expresión de Agustín: "Ama et quod vis, fac", "Ama y haz lo que quieres". Pero estas palabras tienen ahora un sentido muy preciso: no se trata de hacer lo que uno quiera en el campo de los instintos no conquistados, sino de hacer lo que uno quiera porque uno sólo quiere una cosa, el amor, el Amor en persona, el amor que es Alguien, el amor que nos está esperando en lo más íntimo de nuestro ser, el amor que nos está confiado y que está puesto en nuestras manos.

    Y volvemos siempre al mismo punto, al silencio interior. Es evidente que si no nos encontramos ante el rostro de Dios escondido dentro de nosotros, si no somos conscientes de que se trata de Él, de que es su vida la que está en juego en cada una de nuestras decisiones, todavía no estamos ante el verdadero absoluto. Existe un absoluto, es el amor crucificado, el amor frágil, el amor que confía totalmente en nosotros y que se puso en nuestras manos confiándonos el destino de toda la creación. Entonces ustedes ven que lo que está en juego en esta crisis es todo el universo, toda la historia, todo Dios mismo.

    Si escuchamos, si escuchamos el De Profundis de Dios en el fondo de nuestros corazones, el De Profundis inscrito en las Vísperas de Navidad, si escuchamos ese llamado, haremos la experiencia de Claudel el día de Navidad de 1886, la experiencia extraordinaria que resume admirablemente el paso que debemos dar, que debe dar la humanidad, el cambio que la Iglesia debe realizar. Claudel que entra de paseo a la iglesia de Nuestra Señora, está aburrido. Busca emociones estéticas y oye las adorables Vísperas de Navidad cantadas entonces en el maravilloso canto gregoriano, y como entiende las palabras, su corazón se impresiona y descubre la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios. Y descubrió entonces la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios y ya no pudo resistir y, sin quererlo, se hizo creyente, irresistiblemente, hasta la muerte.

    Eso es lo mejor que podemos desear. Así es, en efecto, como la Iglesia volverá a encontrar todas las exigencias del Evangelio como fuente misma de libertad infinita, cuando cada uno encuentre en el fondo de su corazón la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios".

  • 28-30/08/10 - ¿Vocación del hombre? Pensamiento y corazón, libertad y gratuidad.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En Lausana, en 1955.  

    "Según un periódico humorístico de antes de la guerra, dos campesinos bávaros estaban conversando y uno de ellos decía: "¡Qué tontería, pero parece que Darwin tiene razón: nosotros descendemos de los monos!" Y el otro respondió: "¡Sí!... Pero me gustaría ver al mono que se dio cuenta primero que ya no era mono…" Este chiste está lleno de gusto y sabiduría porque nos hace sentir toda la tragedia del simio pensante que somos nosotros.

    Simio pensante, simio, de acuerdo, ¿pero pensante? Esa es toda la diferencia, pues cuando el simio se puso a pensar dejó de ser simio. Cuando nace el pensamiento en el mundo ya no se puede volver atrás. ¡Qué cosa tan formidable es el nacimiento del pensamiento! Sea cual fuere el momento en que sucede, ¿cómo imaginar el despertar del pensamiento?

    Un niñito que comenzaba a pensar se extrañaba con ese mundo interior que despertaba en él y decía: "Mamá, ¿qué es lo que pasa? ¿qué es lo que pasa? Hay un mundo que se agita en mí: hay algo que piensa, hay algo piensa…" Qué suerte para ese niño que tenía mamá para protegerlo de enloquecerse.

    Pero cuando surge el primer pensamiento de la Historia, ¡qué emoción, qué estupor, qué susto, pues en adelante el hombre deberá escoger, ya no estará protegido por sus instintos, ya no será llevado por la biología!

    Taine se divertía diciendo, no, creyendo hablar seriamente hace un siglo: "El hombre es sólo un animal de especie superior que produce filosofías y poemas como el gusano de seda produce capullos y la abeja colmenas". ¡Pero no! Hay justamente una distancia infinita que subrayó Pascal: las abejas hacen colmenas hoy como ayer, ayer como antes de ayer y como hace mil años, porque las guarda la naturaleza, las guarda en los límites de su instinto.

    ¿Y qué hace que el hombre no permanezca en los límites de sus instintos? Fue, justamente, que el pensamiento surgió, rompió los diques de los instintos, y ya los instintos mismos no son seguros, ya no pueden guiarlo ni sostenerlo. Él los mantiene. Él los debe orientar. Él debe escoger. Y ¿cómo escoger y decidir?

    La Biblia, hablando de la prueba original, a la manera judía antigua, nos dice que hay que reflexionar a la luz de la cruz. Y nos dice que, cuando el hombre y la mujer habían degustado el fruto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal, se dieron cuenta de que estaban desnudos. ¿Qué significa esa desnudez de la carne, al lado de la desnudez del pensamiento? ¡Eso es lo espantoso! Cuando despierta el pensamiento, el hombre sabe que en adelante nada lo sostiene, nada lo sostiene. Él debe sostener su vida, inventarla, crearla. ¿Y cómo? ¿En qué dirección?

    Nació, ahí está, existiendo, sin haber escogido existir y pronto morirá, sin escogerlo tampoco, pero se puede plantear la cuestión: ¿Y antes? ¿Antes de nacer yo? ¿Y antes?... ¿y antes de eso?... ¡Y eso, sin fin! ¿Y ante la muerte? ¿Y después… y después… y después? Y sin fin… Entra en el abismo de los Cómo y de los Por qué y recibe el golpe de la nada, porque no hay nada ante lo cual no pueda preguntarse: ¿Y después? ¿Y después?

    Un hombre persiguió a una mujer durante años: un pintor persiguió con su amor a una mujer durante años. Una mujer lejana, que dejó el país donde él la encontró. Sueña con ella, quiere casarse con ella, sólo ella existe. Al cabo de siete años la encuentra por fin, pero ya es otra, otra! No la reconoce. Había estado alimentando un sueño, quería el infinito, el infinito y descubre una pequeña burguesa calculadora, que busca placer, que considera el matrimonio como una seguridad. Y todo se derrumba: ¡ahora la conoce, y ya no puede amarla!

    El escultor, el viejo Rodin, dice al joven Bourdelle: "Bourdelle, siempre estamos comenzando". Al final de su carrera, el genial anciano constata que no ha expresado nada: ¡sólo estamos comenzando!

    Einstein se espanta de que un sabio del siglo 19 como Helmholtz hubiera creído que pronto se sabría todo. Saberlo todo es imposible y además no tendría interés porque como dice Einstein, una imagen definitiva del Universo no tendría interés. Se podría preguntar siempre: ¿Y después? ¿Y después? Y la condición misma de la ciencia es que haya un después, y un después y un después, sin fin…

    Y santo Tomás de Aquino, al final de su vida, viendo todo lo que había escrito, todos esos infolios, los encontró inútiles: "Todo lo que he escrito me parece pura paja".

    Es la historia de la balanza del sueño de Baltasar: Mané, Tekel, Fares. Pensar es pesar, y en la balanza del pensamiento, nada resiste, todo se vuelve polvo porque el pensamiento se mueve para ir siempre más lejos, jamás podemos detenerlo y toda realidad es muy ligera como para interesarle, demasiado pequeña como para colmarlo, pues como decía magníficamente san Juan de la Cruz: "un solo pensamiento del hombre es más grande que el Universo y sólo Dios puede colmarlo".

    El simio pensante es pues una situación extraordinariamente patética: está muy lejos de ser mero animal, es un animal descentrado, un animal inquieto, un animal que jamás encontrará reposo porque ahora, como dice Pascal, está orientado hacia el infinito y todo lo finito es demasiado liviano para él, jamás podrá contentarse con ello. Para contentarse tiene que enceguecerse, encanallarse hasta la locura y hasta el crimen. Y por eso el pensamiento, siendo un don magnífico, es un don lleno de riesgos y de riesgos infinitos, pues el pensamiento mismo es capacidad de infinito.

    ¿Entonces cómo salir de ahí? ¿Dónde encontrará salida el simio pensante que quiere ir siempre más lejos, que dirá siempre: ¿Y antes, y antes del antes? ¿Y después? ¿Y después del después? – y sin fin… sin fin…?

    En todo caso, el apetito del pensamiento no se apaga nunca: aunque nos quedemos eternamente con hambre, jamás hay que falsificarlo. La grandeza del hombre, aunque no tenga salida, está en ser una interrogación y si no hay respuesta, en la rebeldía. Y en todo caso, que no se satisfaga con alimentos terrestres antes de haberlos transformado, porque los alimentos terrestres no pueden satisfacerlo si no añade una nueva dimensión, divina.

    Pero justamente, ¿dónde está Dios? ¿Dónde encontrarlo? ¿Y cómo? ¿Cómo encontrará reposo el simio pensante, cuando se sabe incapaz de satisfacerse con nada finito, cuando ve que hay movimiento para ir siempre más lejos? ¿Cómo encontrar reposo que no sea capitulación, reposo que no sea morfina, reposo que no sea indigno de él?

    Afortunadamente, tenemos ese maravilloso despertar de la inteligencia, con la sed de conocimiento que no tiene fin, la posibilidad de crear cada vez más admirable, ya que por fin el pensamiento inventa un mundo cada vez más lejos de los sentidos, cada vez más fruto de instrumentos y cálculos, cada vez más inaccesible a los ojos y las manos, cada vez más rico y más terrible. Y al lado de eso está el despertar del corazón, el grito de la mujer pobre que es también una experiencia, magnífica: "El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad".

    Entonces, ése es otro aspecto, complementario, del misterio del pensamiento: ese grito del corazón, esa necesidad de dar, esa certeza de que la dignidad humana está en la generosidad. ¡Qué revelación de la grandeza del hombre! Esa mujer, aplastada por las necesidades materiales, por las preocupaciones con sus hijos a los que puede apenas alimentar, tiene otra necesidad maravillosa que representa todo su ser… Lo que la humilla, lo que la crucifica más que el peso de sus necesidades materiales, es que nadie se da cuenta de su dignidad, nadie la cree capaz de un gesto gratuito, nadie necesita su amistad… donde se ilumina el otro universo, donde ese universo finito, limitado, insultante, puede llegar a algo maravilloso, llegando a ser en nuestras manos una ofrenda, una oblación de amor…

    Entonces sí, por la intervención del corazón, por el grito de una generosidad deseosa de darse, el pensamiento ya no aparece como un daño del instinto, como un cáncer que hace proliferar los problemas y las cuestiones: el pensamiento se abre hacia un mundo de generosidad. Y justamente, en ese universo de generosidad se sitúa la vida divina. Porque en fin, ¿qué significa darse por entero y dar consigo todo el Universo, qué significa ese don y a quién se le puede dar, si no hay en el ser humano, en el hombre a quien uno da su amistad, si hay en él justamente un valor, una Presencia, una grandeza, un amor y una generosidad infinita?

    Eso es lo que sentimos, eso es lo que experimentamos: hay un universo de generosidad que es el único en que podemos vivir, el único en que el pensamiento termina en la luz y la alegría, el único en que encuentra reposo el corazón. Y eso es lo que llamamos Dios, el Dios escondido en lo más profundo de nosotros, el Dios que suscita en nosotros el deseo de darnos que nos permite salir de nosotros mismos, salir del universo en que estamos atollados y arrastrarlo con nosotros, transformado en ofrenda de amor.

    Así es pues como Dios viene a nuestro encuentro en lo más íntimo de nosotros mismos, cuando descubrimos en el impulso generoso que surge en nosotros y que hace que seamos justamente intimidad, que nuestra vida esté dentro y que en ese interior haya un poder tan formidable que podamos superar la biología, superar todas las necesidades, superar la muerte y hacer de la muerte misma una ofrenda de libertad, como el Padre Kolbe en el Campo de Auschwitz.

    San Francisco además llegaba a las más altas intuiciones de los más grandes pensadores, él había descubierto que lo más hermoso en la vida es el acto de dar libremente, el acto de dar libremente.

    Existe pues un universo de libertad que es universo de generosidad. Existe un mundo, un reino del corazón, un reino del amor, que es por identidad el Reino de Dios. Era bueno hacer este recorrido porque justamente el Evangelio es un realismo de formidable autenticidad.

    No se trata de errar fuera de la vida, sino de tomar la vida en toda su grandeza, con todas sus dimensiones, con todas sus angustias, con todas sus esperanzas e interrogaciones y con la única respuesta que tiene, porque justamente, el hombre es un grito hacia el infinito y que el infinito no está en ninguna otra parte que en el reino del corazón justamente, donde se sitúa nuestra dignidad, donde aprendemos con la mujer pobre, con Guehenno, y todavía mejor con san Francisco, siguiendo a Jesucristo, que el gesto humano por excelencia, que nos hace entrar en el secreto de nuestra intimidad, que nos hace penetrar en el diálogo con Dios, es el acto por el cual nos convertimos totalmente en ofrenda, lo que san Francisco en su inmensa sabiduría que llegaba al corazón mismo de la humanidad, designaba como el acto de darse libremente".

     

  • 25-27/08/10 – No se trata de morir sino de vivir.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía pronunciada en Lausana, en febrero de 1960. 

    "El evangelio de san Juan habla siempre del don de la vida eterna que Jesús quiere darnos. No se trata pues de ir al cielo como si el cielo estuviera allá arriba, como si fuera un lugar, sino de entrar en la vida eterna.

    Tendríamos mucho interés en modificar el lenguaje, recordando además que cuando nuestro Señor habla del Reino de los Cielos no hace sino conformarse con un hábito de lenguaje: ustedes saben que en tiempos de nuestro Señor los judíos jamás pronunciaban el nombre de Dios. Entonces, por respeto, decían los Cielos, o el Trono, o la Sabiduría, u otra cosa.

    Entonces, en el Evangelio, el Reino de los Cielos significa el Reino de Dios. Además, san Lucas emplea la frase "Reino de Dios". San Juan utiliza la palabra Reino de Dios una vez, justamente, cuando hace hablar a Jesús con Nicodemo, en el célebre diálogo del capítulo 3. Pero cuando san Juan habla de lo que vamos a vivir en la unión con Jesucristo que es todo el Evangelio, habla de "la vida eterna". Lo que debería enfriar a un canónigo y a nosotros cuando pensamos en el cielo, es que asociamos la idea de cielo con la de muerte. Eso no debería ser, pues no estamos destinados a la muerte sino a la vida.

    El sentido de la existencia no está en prepararnos a la muerte, sino a vencerla, vencerla hoy, mañana y todos los días, de modo que al morir estemos bien vivos.

    Van a entender además la importancia de este matiz esencial: no se trata, en efecto, de saber si vamos a vivir después de la muerte, sino de si vamos a vivir antes de la muerte. Pues no se trata de prolongar la vida física sino de constituir en nosotros una fuente que mane hasta la vida eterna.

    Y eso se verifica de manera admirable en la novela de Graham Greene que ya han leído, El poder y la Gloria. En esa novela, Graham Greene cuenta la historia de dos sacerdotes. Uno de ellos será un renegado y el otro, un mártir, pero ambos comienzan por ser malos sacerdotes. La revolución los obliga de repente a escoger, a decidir. Uno de ellos abandona todo, se casa con su ama de llaves para salvar la piel. Salva su pellejo, pero queda el mero pellejo. Se siente que ya está muerto, que lo sostiene sólo el pellejo. Ya había renunciado a la vida.

    Al contrario, ante la persecución, el otro reacciona de manera esencialmente diferente. Comprende que no tiene derecho de abandonar su rebaño perseguido y, por primea vez en su vida, comprende lo que es ser sacerdote. ¡Y se compromete a fondo! ¡A fondo! Afronta todos los peligros, renuncia naturalmente a todos los placeres, se alimenta cuando puede, se ve obligado a ejercer el ministerio por la noche, a huir inmediatamente después de celebrar la misa y dar los sacramentos. Y a medida que pasa el tiempo crece y crece el peligro, ponen a precio su cabeza, la policía ofrece sumas cada vez más colosales para capturarlo. Y a medida que se da, se olvida, se purifica, se purifica y va hacia el martirio aun sin saberlo, hacia un martirio que será el bautismo de la inocencia y que cerrará su vida en una ofrenda perfecta.

    Y uno siente que él va hacia la vida, y cuando lo fusilan al final de la historia, se siente perfectamente que su muerte no es una derrota: su muerte es una victoria pues, justamente, su muerte es un don, no la sufre, no va hacia la muerte como alguien que se deshace y se descompone, sino como alguien que se ofrece, que va hasta el final del testimonio y del amor.

    Es muy claro que para el uno, el haber escogido salvar la piel era justamente morir. Y para el otro, querer simplemente salvar la verdad, salvar el amor, era salvarlo todo.

    Nacimos con cierta cantidad de energía física. Las energías físicas son limitadas, se gastan. Se gastan, y viene la muerte física, que es sólo un accidente de la biología. Pero no somos sólo energías físicas: tenemos energías espirituales, que pueden aumentar sin cesar, y portar la energía físico-química. Si nos dejamos llevar sólo por la piel, los nervios, las glándulas, ya estamos muertos. Pero, si llevamos la piel, los nervios, las glándulas, si controlamos el organismo, entonces, poco a poco, todo el ser se va a penetrar de una vida cada vez más abundante y podremos hacer del día de la muerte la afirmación de la plenitud de nuestra vida!

    Es lo que percibimos cuando muere san Francisco. ¡Es un cántico de alegría, es tanta certeza, tanta luz, que se siente que ya está totalmente en el Dios que lo habita! No ha cesado de vivir en el cielo en su interior, está en plena vida eterna, ya sólo un fino velo lo separa del rostro de Jesús. Pero ya está infinitamente vivo y su cuerpo está listo, listo como un lanzamisiles, está listo a entrar en la cita con el Señor que está además en su interior. Porque va a llegar, es decir a ver frente a frente al que no ha cesado de llevar en su corazón.

    No se trata pues de pensar en la muerte. No pensemos en ella. ¿Por qué? La muerte es un accidente físico; hay que pensar en la vida; hay que hacer de cada día una victoria sobre la biología, sobre las energías físico-químicas; hay que transformarlas, ¡se trata de llevarnos y no de dejarnos llevar!

    Se trata de afirmar en nosotros la fuente y el origen que debemos devenir, haciendo de todo nuestro ser una afirmación de luz y de amor, para que la muerte sea el último desarrollo de esta vida, que es ya la vida eterna. La vida eterna es ahora. La vida eterna es hoy. La vida eterna está dentro, dentro de nosotros.

    Entonces, cuando nos hablan del cielo, asociándolo con la muerte para darnos miedo, van contra el Evangelio. ¿Por qué tener miedo? El miedo no es un sentimiento noble, no hay que cultivarlo. ¿Y miedo de qué? ¿De qué tener miedo, si Dios es Amor? El único miedo que deberíamos sentir es de herir el Amor, es de no responder al llamado que no cesa de resonar en lo más profundo de nosotros.

    Comprendamos pues que nuestra vocación cristiana es justamente a entrar hoy en la vida eterna, a transformar nuestra existencia en vida eterna. La vida del cuerpo, la vida de los ojos, de las manos, la vida del trabajo, toda esta vida debe transformarse en vida eterna, devenir toda entera ofrenda de luz y de amor. ¡Entonces no tendremos que ocuparnos de la muerte porque la habremos vencido! Y cuando las energías físicas se apaguen simplemente, toda nuestra vida, que habrá brotado ya de una fuente, brotará todavía más magnífica, y encontrará lo que jamás ha dejado de descubrir: el rostro amado que está inscrito en lo más profundo de nuestros corazones.

    ¿Y qué significa eso en la práctica? ¿Cómo vamos a vencer la muerte? Miren, Cuando están en pleno trabajo y necesitan calma para poder reflexionar y tocan de pronto a la puerta, o suena el teléfono, o alguien se presenta, o alguien los solicita, naturalmente pueden manifestar cierta impaciencia, o hacer sentir que los molestan. Entonces, los nervios los dominan, se dejan manejar por la fatiga, por el mal humor, en una palabra, por la biología.

    Pero si piensan: "Después de todo, quizás el que llega a mi puerta necesita encontrar en mí la acogida de Jesucristo, necesita esperar, necesita encontrarle sentido a la vida…" Si lo acojo con una sonrisa, con bondad, si pienso: "Después de todo, ése es mi trabajo, puesto que es Dios quien me lo envía", entonces, justamente, el haber triunfado de la impaciencia, del mal humor, del sentimiento de ser importunado, de que les roban el tiempo, será un primer indicio, será una primera victoria sobre la muerte.

    Y así, cada día, desde la mañana hasta la noche, adaptándonos a las circunstancias, aceptando las situaciones imprevistas, conservando la flexibilidad del corazón y de la mente, podemos portar la biología, transformarla, espiritualizarla, decantarla y, finalmente, toda estará penetrada de vida, de vida divina, y la muerte no será ya sino el lanzamisiles de la inmortalidad.

    Es muy importante tener esta visión de la existencia, porque la palabra cielo ha perdido tanto sabor. Se ha vuelto tan aburridora que ya ni se puede mencionar. ¡Ya no le da deseos a nadie! Y se comprende, porque está tan fuera, tan fuera de la realidad. Pero justamente, Jesús no viene a pedirnos que nos ausentemos hoy para ir hacia el final de la vida que será mañana, o pasado mañana, o dentro de 50 años. Él nos pide que entremos hoy, ahora, esta noche, en este mismo instante en esa vida, que hagamos de este minuto una eternidad.

    Miren, hay en la vida momentos que jamás olvidaremos. Cierto encuentro, cierta mirada, cierta sonrisa, nos acompañarán la vida entera. Pero han sido revelaciones de un instante. ¿Cuántas mamás se acuerdan de la primera sonrisa de su hijo? ¡Muchas, estoy seguro! ¡Era la primera sonrisa, tan maravillosa que nunca la olvidan! ¡Y esa primera sonrisa emparaíza[1] toda su existencia!

    Podemos entonces hacer del instante un momento eterno, y así nos inmortalizaremos, venceremos la muerte e iremos hacia el que mora en nosotros, no para entrar en un lugar, sino para fundirnos cada vez más íntimamente con Él.

    Y así vamos a terminar este día en que san Pablo nos ha conducido a través de su itinerario heroico. Vamos a terminar así este día, comprendiendo que cada vez que nos dejamos dominar por los humores, por los resentimientos, los rencores, fabricamos la muerte porque entonces simplemente nos dejamos llevar por las energías físico-químicas, por la vitalidad animal; pero cuando subimos la cuesta del resentimiento, del rencor, del mal humor, logramos una victoria sobre la muerte y creamos vida eterna.

    Conservemos pues este admirable pensamiento: no se trata de morir o de prepararnos a morir, sino de vivir, de vivir cada vez más, cada vez más intensamente, cada vez más apasionadamente, hasta hacer de la muerte misma un acto libre, un acto de ofrenda, un acto de vida, ya que, justamente, en Dios que es el rey inmortal de los siglos, no hay muerte. En Él, que es el Rey inmortal de los siglos, todo es vida".

     



    [1] Emparadise, neologismo utilizado a veces por Zundel,

  • 19-21/08/10 – Afectividad y amor, caminos de unidad.

    En Lausana, en enero de 1956, para el domingo de la Unidad."Uno de los datos más firmemente establecidos por el psicoanálisis es que el universo de todos y cada uno es afectivo. "Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón" (Mt. 6:21). Cada uno se interesa por el mundo que está cubierto por su pasión, recorrido por su energía vital.Leemos los periódicos. En seguida, seleccionamos las noticias: los eventos que conciernen nuestra propia existencia se vuelven esenciales. Los demás pasan inmediatamente a un segundo plano, y aunque nos esforcemos por sentirlos, no podemos lograrlo sin artificios. Una mujer que tiene un hijo en África del norte en este momento y que lo sabe comprometido en un combate, está allá: vive allá porque su corazón se encuentra allá. Al contrario, los que no tienen a nadie allá pueden quizá simpatizar profundamente pero no pueden sentirlo hasta el fondo de sí mismos, justamente porque allá no está su tesoro, allá no está su corazón.En el fondo, nuestro universo es de pasión. Nuestro universo es aquél donde nuestra energía vital puede derramarse espontáneamente y por eso no hay otra realidad para nosotros sino la que enciende nuestra pasión. Y si algunos hombres emergen, si hay santos, es en la medida en que su pasión que es pasión que sube, es pasión generosa y pasión universal. Y justamente, el dato fundamental del cristianismo es que Dios mismo es pasión, pasión devorante, pasión infinita. Todas nuestras pasiones son sólo un eco débil comparado con esa pasión formidable, con el fuego devorante que es Dios.San Francisco es sin duda el hombre que más se acercó a Dios y que más profundamente comprendió que Dios era pasión al comprender que Dios era la pobreza. Dios es la pobreza, Dios no tiene nada. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que en Dios la vida es única y exclusivamente comunión, don, impulso hacia el otro.Cuando nosotros decimos yo – y lo decimos con frecuencia – cuando decimos yo, ese yo es posesión, es límite, frontera, rechazo y anexión. Y nos cuesta mucho no decir yo. Es raro finalmente que el amor propio no sea lo más fuerte en la gente que pretende amar más y que es capaz de magníficas pasiones. Hay pocos amores que resistan a las heridas del amor propio, justamente, justamente porque en nosotros, espontáneamente, el yo es posesión. El yo es anexión y apropiación, y no impulso, don y generosidad.En Dios es exactamente lo contrario. En Dios, toda la vida es sólo surgimiento; cada persona está enraizada en la divinidad, se apropia toda la sustancia de la divinidad dándola y para darla, de modo que en Dios, literalmente, Yo es Otro, el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo y el Espíritu Santo en el Padre y el Hijo en una eterna circulación en que absolutamente todo es dado. Dios es el que todo lo pierde, todo lo pierde, se pierde eternamente, cada persona la una en la otra.Y así Dios aparece justamente como una formidable e infinita pasión en que todo es verdadero altruismo, en que todo es únicamente mirada hacia el otro, comunión de todo el ser con el otro, sin repliegue, sin reserva, sin retorno hacia sí mismo. Eso nos parece increíble, porque en nosotros el retorno a sí mismo es tan habitual, tan fatal, que no imaginamos una vida que sea toda, única y eternamente, de manera siempre nueva, impulso hacia el otro.Francisco lo entendió, Francisco lo vivió. Por eso, Francisco mismo entró en esa inmensa pasión que lo impulsaba sin cesar hacia el martirio. Quería dar, darlo todo, dar su vida por Dios, a Dios en los demás con los cuales se sentía aparentado en Dios; pues evidentemente, si Dios es la pasión eterna, la pasión infinita, el fuego devorante, es imposible conocerlo, encontrarlo, amarlo sin llenarse uno mismo de esa pasión, sin ser llevado por ese impulso, sin llenarse de ese altruismo infinito, sin comprender que uno está emparentado con los demás, con parentesco infinito y eterno, por estar conectado con ellos en el mismo circuito de la eterna comunicación.Un parentesco divino, un parentesco infinito, un parentesco que suscita pasión sin reserva, eso es justamente lo que funda el apostolado de los santos, el apostolado, es decir, el deseo invencible de hacer circular la vida divina, de revelar ese parentesco que hace de todos los hombres una sola persona en Jesucristo.Y eso es precisamente la Iglesia, es la humanidad impulsada por una misma pasión, recorrida por una misma vida en la cual circula una misma sangre que es la sangre de Dios.No se entiende nada de la Iglesia si no se ve que la Iglesia tiene sus raíces en el altruismo divino, en la pobreza esencial que brilla en el corazón de la divinidad. Es imposible que los hombres no se reconozcan si están verdaderamente aparentados en Dios, si llevan verdaderamente la sangre de Jesucristo, si son miembros unos de otros, como dice tan magníficamente san Pablo a los Efesios: "Somos miembros los unos de los otros" (Ef. 4:25). No tenemos sino una vida y somos responsables de una misma Presencia, y debemos dar testimonio de una misma luz comunicando un mismo amor.Se trata pues de alimentar en nosotros la pasión divina, de tomar conciencia del parentesco que nos une, infinitamente más real aún que el de la carne y la sangre: ser parientes unos de otros por la Presencia y la vida divinas.Ustedes se acuerdan de esa admirable mujer que quería sacrificar uno de sus riñones para salvar a su hijo mortalmente amenazado. Para ella, ese gesto era evidente, gesto de madre que vive en su hijo, que no vacila porque la vida de su hijo es su propia vida, porque la vida de su hijo es más preciosa que la suya propia. Pues ése es el gesto normal del ser que ha entrado en la intimidad de Dios. Sabe que los demás ya no son los demás, que ya no son exteriores a uno, sino que ya no hacen con uno sino una sola vida, y que toda la pasión de la madre por su hijo, es lo que debe gobernar las relaciones de cada uno con los demás, porque la caridad no es una forma de amor vaga y general que se pierde en lo abstracto.La caridad es el fuego devorante que reconoce en cada uno la misma Presencia, la misma vida, el mismo rostro confiado a nuestro amor; porque la vida divina, la luz de la eterna pobreza, la circulación de la sangre de Jesucristo, todo ese inmenso tesoro que es el objeto de la pasión de los santos, es un tesoro siempre amenazado, un tesoro sobre el cual hay que velar porque justamente no puede revelarse, no puede brillar, no puede dar toda su luz sino en la medida en que cada uno de nosotros lo vive, en que cada uno de nosotros se eclipsa en él para dejarlo transparentar. Era lo que decía san Nicolás de Flue a los habitantes de Berna: "Es necesario que tengan en el corazón la pasión de Dios".Y ése es el mensaje de hoy. La unidad de los cristianos se realizará invenciblemente pero únicamente por este camino: si encontramos la pasión de Dios, si comprendemos que Dios no es una abstracción, un principio, una fórmula, y que Dios es el amor ardiente que se comunica eternamente y suscita en nosotros un poder de generosidad que impulsa a los apóstoles y a los mártires, que enciende el corazón de san Francisco y le hace adivinar el secreto maravilloso del eterno amor. Dios es pobre, Dios no tiene nada, Dios lo da todo. Dios es la pasión en un grado infinito en que toda mirada hacia sí mismo es imposible porque todo el ser es únicamente mirada hacia el otro.Escuchemos este mensaje, tratemos de entrar cada vez más en la pobreza divina, a fin de conocer cada vez mejor el parentesco divino que nos une unos con otros. "Invicem membra", miembros los unos de los otros, debiendo formar un solo cuerpo, el cuerpo místico de Jesucristo, debiendo devenir una sola persona para realizar la humanidad espiritual, la humanidad libre, la humanidad que crea con Dios un universo digno de Él y digno de nosotros.Pero desde luego, todo eso lo podemos realizar sólo en el recogimiento, volviendo constantemente a la fuente, escuchando en lo más profundo de nosotros el secreto que no cesa de expresarse, el secreto de la eterna ternura y de la eterna pasión que nos abre unos a otros, que nos hace sentir los unos en los otros toda la grandeza divina, todo el precio de la sangre de Jesucristo derramada por cada uno de nosotros y que revela en cada uno una grandeza infinita y hace de cada uno la revelación indispensable de la Presencia y la bondad de Dios.Claro que si estamos enraizados en la pasión divina, los demás lo sentirán. Habrá en nosotros una acogida, una fraternidad tales que ellos se sentirán en casa con nosotros. Reconocerán su hogar, su patria. Reconocerán el objeto de todos sus deseos. Sentirán latir en nuestro corazón el corazón de Dios. Y entonces será la Iglesia, la Iglesia que no es institución, que no es gobierno ni obligación, la Iglesia que es el cuerpo vivo de Jesucristo, la Iglesia que es Jesucristo mismo reuniéndonos en la unidad de su persona para componer el rostro maravilloso en que cada uno de nosotros aporta uno de los rasgos que le han sido confiados, uno de los rasgos de la eterna divinidad, en que cada uno de nosotros aporta a los demás el secreto inagotable y siempre nuevo que renueva nuestra pasión y nos hace expresar a Dios del único modo como se lo puede expresar, de manera fecunda y creativa, según el programa del Jueves Santo que contiene todo, que dice todo, y que salvará todo si lo realizamos:"Ubi caritas et amor, Deus ibi est" Donde hay amor y ternura, ahí está Dios".
  • 22-24/08/10 – Un solo corazón.

    En Lausana, el 5 de abril de 1961. Sexagésima, Nuestra Sra. del Valentín. A niños... "Una infanta – es decir una princesa de España – va a celebrar su cumpleaños. Como en los años anteriores le hicieron todos los regalos imaginables, no saben qué hacer para agradarle – ¡no saben qué inventar para marcar este cumpleaños! Han  oído hablar de un enanito muy astuto, que hace trucos extraordinarios. Vive lejos en una selva muy lejana. Lo hacen venir al palacio el día de la fiesta de la pequeña infante. Y es tan divertido, tan agradable, tan cómico y la infanta goza mucho como también sus amiguitos y amiguitas – y la pequeña está tan contenta que toma una rosa blanca que tiene en el pelo y la da al enanito, el cual queda naturalmente encantado y se cree ya el elegido de su corazón.Y luego lo abandonan porque era un juguete, en realidad no era una persona, sino el juguete que deseaban. Cuando todo el mundo va a tomar un refrigerio, lo dejan, sin preocuparse por él. Los niños acompañan a la infanta, y tienen un magnífico refrigerio. Después, todo el mundo hace la siesta y el enanito se queda en los jardines del palacio mientras todos están durmiendo.Y él camina, entra en las galerías – ustedes recuerdan, ¡es la primera vez de su vida que ve un palacio! – y de pronto llega a una pieza enorme llena de luz, y se pone a reír de todo corazón porque ve al frente una especie de monstruo extraordinario que le gusta mucho, y hace muecas, y de repente ve delante un personaje que hace las mismas muecas, y comprende que es él. ¡Era la primera vez de su vida que se veía en un espejo! Y le da tanto miedo de su fealdad que cae muerto. Cuando termina la siesta, la infanta y sus compañeros vuelven al jardín, atravesando las galerías del palacio llegan a la galería de los espejos y ven de repente al paquetito inerte al pie de un espejo. Y la infanta, al tropezar contra el cuerpo del enanito dice: "¿Qué es esto?" y dicen: "¡Es el enanito de ahora rato! ¿Pero qué le pasó? ¡Se murió! ¿Cómo fue eso? ¡Pues su corazón se partió!" "Entonces, dijo ella, que el otro año me den un juguete que no tenga corazón".Este es un cuento magnífico de Oscar Wilde, que muestra que el enanito era en el fondo más grande que la infanta, la cual era fría, insensible y en realidad no tenía corazón.¡El murió por tener demasiado, y ella ni siquiera podía comprender la grandeza de esa muerte, porque ella no tenía!Si les cuento este cuentito que ustedes ya sabían, ¡es para que recordemos juntos que es imposible encontrar a Dios si no tenemos corazón! Hay una niñita de cinco años, muy inteligente y voluntaria que acompaña a su tía. Hay que esperar el bus, y la pequeñita se impacienta y dice de pronto: "Ah, ¡Dios no existe!" – "¿Cómo?, dice la tía, ¿Dios no existe?" "¡No, si existiera nos habría dado alas y no necesitaríamos esperar el bus!" Naturalmente, una niñita que se imagina que el buen Dios es alguien que hace llover caramelos no puede encontrarlo, porque ese es un dios falso.Un  muchachito de dos años. ¡Es muy joven, dos añitos! Es muy inteligente y ya sabe hablar muy bien. Va con la empleada y de pronto encuentra un pechirrojo. Es la primera vez en su corta vida que ve un pechirrojo. Y se para, encantado, y dice: "¡Chito! ¡No hablemos! ¡Es demasiado hermoso!"¡Ah, ese niño ya entendió! Se maravilla, ¡está tan lleno de alegría que prohíbe hablar! "¡Chito! ¡No hablemos! ¡Es demasiado hermoso!"Una niñita ha sido adoptada en una familia donde la adoran además. La quieren de manera muy inteligente y es muy bella; y la niñita – cuya vida habría quizá podido ser muy desdichada – siente tanto el amor que la rodea que aplaude diciendo: "¡Cómo nos amamos! ¡Como nos amamos!" No pide dulces, no pide tener alas para no esperar el bus, su felicidad está en descubrir eso tan maravilloso: "¡Cómo nos amamos!"¡Estamos cerca, estamos cerca de Dios!Otra niña, de más edad, hace su primera comunión. Y ya les conté esa historia. Esa niña admirable, justamente, que tiene mucho corazón, que ha escuchado bien y ha entendido todo lo que el corazón puede entender, el día de su primera comunión, cuando los niños intercambian impresiones y le preguntan: "¿Y a ti qué te pasó? ¿Qué sentiste tú?" Los otros pequeños camaradas cuentan historias que han leído en los libros y que no son ciertas  porque no las han sentido ni vivido, pero ella responde simplemente: "¡Pues a mí, Él me eclipsa!" Ella siente la gran felicidad de la comunión, deja de mirarse y, como el niñito encantado con el pechirrojo, se maravilla del encuentro con Jesús.Vamos un poco más lejos. A Moscú. Recuerden el niñito que está en la sacristía de una iglesia, esperando a un sacerdote y que un oficial extranjero, sacerdote también pero él no lo sabe, le pregunta: "¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo?" – "Pues estoy esperando, estoy esperando al sacerdote". Y el interrogatorio continúa: "¿Quién te enseñó religión?" – "Uno de mis camaradas" – "¿Y a él quién se la enseñó?" "Otro camarada" – "¿Y a él?" – "La abuelita". Y el niño de diez años continúa: "Usted ve, yo tengo cinco dedos en esta mano. Tengo el encargo de enseñar a cinco de mis pequeños camaradas". Y el extranjero le dice: "¿Y no te da miedo de la policía?" – "No, ¿porqué?" – "¿Y si te arrestan?" – "Pues, ¿qué significa eso después de todo?" – "¿Y si te matan?" Entonces el niñito responde simplemente: "Pues la policía podría matarme, pero no puede matar a Cristo que está en mi corazón".Y para terminar el pequeño chinito. ¿Lo recuerdan? El chinito llega delante de su iglesia cerrada, mientras los guardias vigilan para impedir que nadie entre. Encuentra pues la policía que le cierra el paso. Y los agentes le dicen: "¡La religión se acabó! ¡Ya no hay Iglesia!" Y el niño se para orgullosamente delante de los agentes de policía diciendo: "¿Que ya no hay Iglesia? ¡Pues la Iglesia, la Iglesia soy yo!" Él lo había entendido todo. La Iglesia no está en las piedras con que se construyó el edificio. La Iglesia viva es la presencia de luz y de amor que brilla en nuestros corazones.Este es un itinerario que muestra bien algo admirable: que para encontrar a Dios hay que tener corazón. Y no sin alegría encontramos en el Tratado del amor de Dios de san Francisco de Sales cuya fiesta celebramos el domingo pasado, san Francisco de Sales, obispo de Ginebra, dijo estas palabras magníficas. Escuchen bien y reténganlas: "Dios, Dios es el Dios del corazón humano" "Dios es el Dios del corazón humano". Entonces los que tienen corazón, los que son generosos, todos los que saben admirar, todos los que tienen sed de amar, todos ellos podrán encontrar a Dios porque ese Dios es el verdadero Dios. Dios es el Dios del corazón humano.Entonces vamos a pedir juntos ahora en la misa en que Jesús nos espera para darnos el pan vivo que es Él mismo, vamos a pedir a Jesús que es todo corazón, la gracia de cambiar nuestro corazón, que nos dé un corazón nuevo, un corazón lleno de luz, de generosidad y amor, a fin de que podamos reconocer siempre a nuestro Dios como el Dios del corazón humano, ya que Dios es todo corazón, sólo corazón, y que para encontrarlo es necesario que nos hagamos corazón y sólo corazón".  
  • 15-18/08/10 – Con María, tenemos que devenir la madre de Jesucristo.

    Homilía pronunciada en Lausana, en la clausura del año mariano en 1954."Ustedes pudieron leer en los periódicos que un  niño se perdió, un niño de dos años, y sus padres, con inmensa ansiedad, temiendo un accidente, lo buscaban, habían alertado a los vecinos que lo buscaban también, y finalmente lo encontraron sano y salvo.La búsqueda de un niño perdido y amenazado es quizá la imagen más conmovedora y persuasiva de Dios, y al mismo tiempo nos da el sentido del Año Mariano.En el Año Mariano hemos sido invitados a meditar el misterio de la maternidad divina, el misterio de María, Madre de Cristo, ya que de él se trata por medio de ella, porque ella es la madre de Cristo, y si ella es objeto de tanta solicitud y amor, es justamente porque ella es la madre de Cristo. Ella es la Madre Virgen o la Virgen Madre, madre según el Espíritu, madre por el Espíritu, madre por todo su ser, madre con toda su persona.Y la misión que recibió, la misión que es una gracia única, la gracia más insigne que pueda recibir una mujer, precisamente la gracia que por ser don de Dios, don del Espíritu, es gracia comunicable.Es la ley de los dones del Espíritu: toda gracia recibida es una misión, toda gracia es un envío, toda gracia es finalmente comunicación, porque nadie recibe la gracia para sí mismo, ya que la gracia tiene por primer efecto liberarnos de nosotros mismos, arrancarnos a nuestros límites, abrirnos a Dios y a los demás. Y esa gracia desbordante, sobreabundante, incomparable de la maternidad divina, la Santísima Virgen no la recibió para ella sola, la recibió para comunicarla.Hay pues para toda alma cristiana cierta maternidad divina que realizar y que prolonga la de la Virgen María – y eso no es una consideración piadosa, es Cristo mismo el que lo proclama ante su madre diciendo: "El que cumple la voluntad del Padre que está en el Cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt. 12:50).Es pues verdad que toda alma cristiana es, a su manera, madre de Dios. Veda el Venerable comenta este texto con un realismo admirable diciendo: "Debemos concebir por la inteligencia de la fe, concebir en la mente al Verbo de Dios, al Hijo Único, que lo engendremos y lo alimentemos de cierta manera en el alma y en el alma de los demás mediante la práctica del bien".No hay pues duda: hay que tomar a la letra la expansión del misterio pascual. Toda alma cristiana está llamada a ejercer la maternidad divina y, si podemos resumir en una palabra el sentido del Año Mariano y sacar de ahí dirección para toda la vida, me parece que no se podría escoger mejor que este pensamiento: que debemos ser, con María, madre de Cristo.Además, eso se comprende mejor si recordamos que, en el orden del espíritu sólo hay contacto mediante el amor. Los bienes del espíritu son los más preciosos, pero también los más frágiles. Nada es más frágil que la música. Nada es más poderoso que la música, pero basta un pequeño ruido para destruir la música, cuando hacemos ruido con nosotros mismos, somos impermeables a la música más bella. Y la ciencia más genial no puede nada si el alumno distraído se tapa los oídos. Es paradójico - pero salta a la vista en la experiencia más elemental – si la fuerza bruta puede aplastar lo que le resiste, la fuerza del espíritu sólo puede ofrecerse, proponerse, pero jamás imponerse. Y mientras más aumenta la fuerza del espíritu, más aparece su fragilidad.El amor no se puede forzar. Tampoco se puede forzar la intimidad. No se puede imponer la luz de la sabiduría. No se puede hacer resonar el canto del silencio que es la música en un alma tumultuosa que se cierra y se rehúsa.Ninguna imagen es pues más elocuente, más alta, más verídica y profunda que la imagen de un niño amenazado, de un niño perdido, de un niño frágil que reúne los dos caracteres de majestad y grandeza y de vulnerabilidad infinita. Pero si el Señor mismo nos da esa imagen, es pues infinitamente más que una imagen, es la más profunda realidad, hay una reciprocidad total entre Dios y nosotros; y si a cada instante nacemos de su corazón, y si somos totalmente fruto de su ternura, no puede vivir en nosotros sino haciéndose fruto de nuestra ternura, naciendo a su vez de nuestro corazón.Una vez más, aquí nos abren las analogías de la ternura humana horizontes ilimitados. La necesidad de amar que nos trabaja a todos, la necesidad de amar y ser amado, ¿qué es sino la necesidad de nacer de nuevo, de nacer en un corazón que nos adopta, de nacer en un yo de más, de nacer prácticamente, por libre elección, por elección de pura ternura?¿Y cómo podría Dios ignorar el secreto que está en el centro de todas las ternuras humanas? También Él quiere nacer en nosotros, busca en nosotros en cierto modo una vida más porque nos trata como iguales, no como mendigos incapaces de dar nada sino como hijos que serán después como esposas, cuyo "" es indispensable para el matrimonio de amor que quiere contraer con nosotros.Es pues cierto que entre Dios y nosotros existen los lazos únicos que expresan la maternidad divina. El misterio mariano que es el nuestro, se extiende a nosotros, entra en el centro de nuestra vida, dirige todas las orientaciones de nuestra fe y de nuestra acción, pues es claro que si Dios fuera simplemente una Ley, un mandamiento, una obligación, una justicia, una sanción, un juez, nos sería a la vez imposible amarlo e imposible estarle sometidos pues hay momentos en que la pasión humana que tiene por lo menos el color del amor, cualesquiera que sean sus ilusiones, es infinitamente más fuerte que todas las prohibiciones y todos los entredichos. Lo único que pueda hacer ceder la pasión es la fragilidad, la fragilidad de un niño, la fragilidad de una vida que está puesta en nuestras manos, un llamado a la confianza, un llamado a la generosidad.Uno de los rasgos más emocionantes de la historia de la Revolución rusa: alrededor de 1905, un revolucionario llamado Kolianeff había sido encargado de matar al hermano del Zar, al Gran Duque. Era la época terrible en que el Zar había respondido con cañones a una manifestación de obreros desarmados además y dirigidos por un sacerdote con iconos, que venían a pedir al Zar piedad y justicia.Y a ese asesinato colectivo, los revolucionarios habían respondido con un atentado contra el Gran Duque. Y Kolianeff había recibido el encargo de arrojar una bomba en la carroza del Gran Duque que iba al Teatro y, en el momento en que iba a ejecutar su encargo se dio cuenta de que unos niñitos estaban en la carroza del Gran Duque. Entonces le fue imposible ejecutar la orden recibida, porque no podía implicar a inocentes en ese acto que consideraba como acto de justicia y todo el comité revolucionario le dio razón, aunque el golpe hubiera fallado por esta vez, le dio razón porque todos sentían que la inocencia de un niño, la fragilidad de un niño es algo más fuerte que todas las diques del mundo y que es imposible atentar contra ese ser desarmado y que, precisamente por ser indefenso nos defiende de nosotros mismos, nos hace entrar en un mundo de piedad, de bondad, de generosidad y amor que nos revela a nosotros mismos un corazón nuevo que quizá nunca habíamos conocido o que habíamos olvidado desde hace mucho tiempo.Me parece que bajo este aspecto el misterio mariano nos introduce al corazón de la intimidad divina. Ese Dios niño, ese Dios hijo nuestro, ese Dios que quiere nacer de nosotros, ese Dios que busca cuna en nuestra alma, ese Dios cuya luz debe comunicarse por medio de nuestro amor a fin de suscitar en todas las almas nuevos focos y encender cada día una nueva Navidad, me parece que esta imagen o mejor, esta confidencia y esta iniciación que hemos sacado de la línea marial, nos lleva realmente al centro de nuestra tarea.En la vida, en la vida humana, en la vida de cada uno de nosotros, en la vida de todos los que nos rodean, hay una oportunidad para Dios. Cada alma es una oportunidad para Dios, cada alma puede devenir la revelación única, irremplazable, de un rasgo todavía desconocido del rostro de Dios. Cada alma puede ser un foco de vida eterna. Cada alma, cada ser, cada vida puede devenir la cuna de Jesucristo y, ante el Niño Dios, ante Dios hijo nuestro, el egoísmo queda infaliblemente desarmado, desarmado porque sabemos que Él las va a pagar, que Él va a sufrir, que Él va a ser opacado, limitado por nuestros límites, que Su rostro se va a eclipsar con nuestro egoísmo, mientras, al contrario, su rostro se va a revelar, va a brillar y a comunicarse alrededor de nosotros, si superamos el movimiento de hostilidad y de resentimiento, de celos, de vanidad, de sensualidad, en fin, todo lo que en nosotros brota espontáneamente del haz de irrespeto que somos, si no hubiera, más allá de nuestros instintos y de los llamados de la carne y la sangre, si no hubiera ese rostro infinitamente precioso y frágil del Niño Dios, de Dios nuestro hijo, que nos llama y nos solicita.Estoy seguro que si retenemos de este año mariano esta dirección que surgió necesariamente, porque es imposible que la Iglesia nos haya llevado al secreto de la maternidad divina si no hubiera ahí algo esencial y decisivo para el conocimiento y la conducta de nuestra vida cristiana. Es para que sepamos mejor quién es Cristo por lo que hemos sido conducidos a su madre, para que obtengamos por medio de ella la comunicación de su maternidad divina y que sepamos que Dios nos está confiado.Porque en la cristiandad, el Bien, la virtud en el terreno del Evangelio, no es la conformidad con un programa escrito negro sobre blanco en el papel, no es sometiéndose a una ley que se debe practicar so pena de las más terribles sanciones. En el cristianismo, el Bien es la vida, la vida de Jesús. En el cristianismo el Bien es Alguien. Es la Persona que ha encontrado su cuna en el seno de la Virgen y que quiere encontrarla en nosotros. Por eso, cada vez que faltamos voluntariamente de generosidad, la vida divina palidece, la Presencia divina se eclipsa, el rostro de Dios se eclipsa y finalmente, no hay en nosotros nada más que determinismos y egoísmos.Es absolutamente indispensable que se reanime en nosotros el sentido de una vida, de un compromiso personal con Jesús. Es Jesús el que es cuestionado. Su vida está en juego en la nuestra. Porque el Reino de Dios no es el reino de una fuerza que se nos impone contra nuestra voluntad. El Reino de Dios es la eclosión de vida, de luz, de gracia, de belleza, de ternura que brota en un alma que es respuesta viva al llamado del Dios vivo.Pidamos pues esta noche a la Santísima Virgen, exponiéndonos a la luz de su ternura virginal o mejor a la luz de la Presencia de Cristo que la llama por entero, pidámosle, abriendo nuestros corazones, participar en el misterio de la maternidad divina, ver realmente en Dios la suprema disponibilidad unida una suprema fragilidad, haber dado el amor infinitamente dado, desarmado, a fin de que lo cuidemos en nosotros y en los demás, que no impidamos jamás esa voz, que no la cubramos nunca con nuestro propio tumulto, y que, ante todas las solicitaciones de nuestro egoísmo y nuestras pasiones, a veces tan vivas y trágicas, tan dolorosas y desgarradoras, esté el dique Infranqueable del rostro del Niñito que es Dios, del Dios que es nuestro Hijito". 
  • 14/08/10 – Sermón sobre la unidad.

    Lausan a, en el domingo de la unidad, en 1956."Cada año, en un período variable además, los musulmanes celebran un mes de ayuno, el mes del Ramadán, que les impone un ayuno riguroso desde la salida hasta la puesta del sol, y naturalmente, cuando el Ramadán cae en pleno verano, el día es largo y hay que trabajar bajo el peso del sol, sin beber, ni comer, ni fumar hasta la puesta del sol. Es una prueba inmensa, y uno ve que los que observan fielmente el Ramadán, funden y adelgazan a vista de ojo, justamente por lo inmensa la prueba.Ahora bien, al final de un Ramadán, viendo a un jardinero musulmán que yo sabía profundamente fiel a su ayuno, le dije: "¡Pues ahora debe usted estar bien cansado!" y él me respondió con una sonrisa admirable: "¡Uno puede hacerlo un mes al año por el buen Dios!"Imposible escuchar esa respuesta sin sentir toda la sinceridad de su fe, toda la autenticidad del don de esa alma sencilla que había dedicado todo su ayuno a una Presencia divina que era para él la vida de su vida. Imposible no sentirse de acuerdo con él. Imposible no sentir que finalmente se trata del mismo Dios.Recuerdo además, en otro sector, haber leído antes de la guerra un llamado de un pastor francés, un llamado a la paz expresado en términos tan humildes, tan conmovedores, en que uno sentía tanta caridad, tanto deseo de evitar la guerra, que era imposible no sentir de nuevo la Presencia de Cristo.Se habla siempre de desunión. También sería bueno hablar de la unidad ya realizada. Hay seres que viven de Dios, que viven de Él profundamente, y totalmente. No le dan el mismo nombre, pero ciertamente se nutren de la misma Presencia. Hay además una forma de unanimidad en ciertas actitudes.Recuerdo haber encontrado un médico en Saint-Etienne. Su hijo se preparaba para la primera Comunión, y el papá, hombre abierto y atento, estaba en el auditorio. Al fin de la semana, exactamente el domingo por la noche, después de una jornada dedicada a los enfermos, estaba agotado y oyó una llamada. Era fuera de Saint Etienne y no estaba obligado a responder. Pero él era médico y respondió. Había que operar inmediatamente al enfermo para salvarlo. El médico emprendió la operación. Sintió que sus fuerzas lo abandonaban pero fue hasta el final. El enfermo se salvó, y el médico murió.Ante esa fidelidad heroica al deber, ante ese don de sí mismo llevado hasta la muerte, todo el mundo se inclina evidentemente, todo el mundo siente que de verdad ésa es la actitud más profundamente humana. Igual que los verdugos de Auschwitz viendo al Padre Kolbe ofrecer su vida, ofrecerse a morir en lugar de uno de sus camaradas, a morir de hambre y sed, no hesitaron: sintieron que subía en ellos una especie de impulso de admiración que los elevaba y los honraba, sintieron que tocaban realmente a lo más grande que hay en el hombre.Entonces ya hay un acuerdo, una unidad realizada; y los hombres están quizás mucho más cerca unos de otros, están quizá mucho más unidos de lo que se imaginan, pero sienten todavía necesidad de explicaciones, y de fórmulas, o de lo que creen ser la fórmula de su comportamiento, y son casi siempre esas fórmulas lo que los separa, mientras se encontrarían tan bien, tan bien en la unidad de la vida.Por eso este día de la Unidad debe llamar nuestra atención sobre la comunión ya establecida entre los hombres, a fin de que en lugar de subrayar siempre el desacuerdo y la separación, pongamos en relieve la unión y la unidad.No podemos trabajar de modo más seguro por el acercamiento de los hombres sino confiando en los demás, admitiendo que es necesario apoyarse ante todo, no en lo que dicen sino en lo que hacen; poniendo todo en beneficio de la verdad, escuchando las resonancias profundas de su corazón y de su mente, a través de las palabras muy torpes a veces pero que si las escuchamos bien, dan exactamente el mismo sonido que lo más cercano de nuestro pensamiento y de nuestro corazón.Fenelon dice de manera inimitable y perfecta: "La diferencia de Dios es que no tiene diferencia", es decir que Dios no tiene fronteras, no excluye a nadie, es interior a cada uno, no tiene parcialidad, ama por igual a todos los hombres, está presente en lo íntimo de cada uno y quiere realizar a través de cada uno el Reino perfecto que es el Reino de la caridad, de la bondad y del amor.Seremos pues cristianos en la medida exacta en que nuestra diferencia sea no tener diferencias. Entonces, el dogma cristiano no es sino el sacramento de un espacio inmenso y de una libertad infinita. El dogma no busca limitar, excluir, sino al contrario impedirnos limitar y excluir, pues el error viene siempre de que ponemos límites demasiado pronto, nos encerramos en fronteras, no dejamos el corazón infinitamente abierto.Aprender a escuchar, acoger a los demás en el silencio del respeto y la bondad, en el silencio que es confianza en su lealtad, dejarlos explicarse a pérdida de vista, hasta que vean más claro su propia posición. Ése es con frecuencia, sin intervenciones indiscretas, el mejor modo de ponerlos en el camino de la verdad, de la verdad que no es una fórmula sino una Presencia, un rostro, una Persona, un corazón, en fin, la plenitud misma de nuestra vida.Si fuéramos todo acogida, acogida para todos, si rehusáramos poner etiquetas sobre los rostros, si admitiéramos que todo ser puede darnos cierto brillo de la Presencia y de la ternura divina, nos enriqueceríamos maravillosamente nosotros y seríamos para los demás la revelación más auténtica de la Presencia divina.Hay algo que supera todas las separaciones. Hay una unidad ya realizada entre los hombres, y podemos sentirla justamente allí donde un  deseo de respeto es todo acogida, todo deferencia y bondad, dando más importancia a los demás, dándoles la impresión de que los escuchamos, de que estamos listos a recibir algo de ellos, de que no somos simplemente personas seguras de la verdad, ni pretendemos arrojarla a la cara de los demás, si sienten que estamos humildemente arrodillados ante el misterio infinito del alma, ya que en toda alma hay un secreto que solo Dios puede penetrar; en toda alma hay una riqueza que sólo Dios puede desarrollar, en toda alma hay una revelación que ella sola puede hacernos.A los que tienen hambre, el Abbé Pierre no pregunta cuál es el color de su partido, por quién votan, qué piensan, o qué creen. Su hambre y la mía tienen el mismo color. Todos los hambrientos sufren del mismo modo. Primero hay que calmarlos, saciar su hambre y sacarlos de la miseria.¿Y después? Bah, no hay después: después veremos que nos entendemos, que nos amamos y estamos unidos. Entonces, ahí viene la confesión más conmovedora de uno de esos habitantes de la calle que él acogió y que le dijo: "Pues para mí, para mí, Dios es lo que usted está haciendo. Para mí, Dios es lo que usted está haciendo…"Qué admirable reconocimiento de la Presencia de Dios, sin discusión, sin fórmula, sin demostración, simplemente porque en un ser brilla la caridad de Dios, la caridad sin fronteras, una caridad que no excluye a nadie y de repente se reconoce e identifica Su rostro.Creo que no hay llamado más urgente en este día de la Unidad que el que trato de explicar en este momento, un llamado al silencio y al respeto. En vez de empecinarnos en explicaciones, tratemos simplemente de hacernos mutuamente confianza, en vez de desear unos para otros fórmulas hechas, aprendamos a escuchar, a escuchar el latido del corazón humano, a escuchar el secreto de las almas, a escuchar el murmullo de la gracia que trabaja en silencio a fin de consentir de todo corazón con el Reino de Dios que no puede difundirse sino a través de la bondad, la amistad, el tacto, la deferencia y el respeto.Entonces todos nos asombraremos viendo qué rápido podemos entendernos al encontrarnos unidos cuando nos creíamos separados, al apercibirnos de que las almas dan el mismo sonido porque en realidad viven de la misma Presencia y del mismo Amor.Los que verdaderamente predican a Dios, los que Lo comunican, los que lo hacen amar son los que menos hablan; porque saben que ninguna palabra puede expresarlo, pero saben también que es imposible resistir a su llamado cuando es simplemente en nosotros la sonrisa de la bondad. Eso es la Unidad. Al menos, así es como se realizará, mediante la sonrisa de la bondad, si vamos hasta el final de nuestra generosidad, si confiamos en la generosidad de los demás, y si los que nos rodean pueden pensar, si pueden decirnos un día: "Para mí, Dios es lo que usted está haciendo". 
  • 11-13/08/10 – Caminen como hijos de la Luz.

    Lausana, 3er domingo de Cuaresma de 1960, Epístola: Ef. 5, 8-9 Evangelio Lc. 11, 14-28."Una joven que sufría de problemas mentales recibía la orden de quemarse y buscaba todas las ocasiones de hacerlo. Había una especie de vértigo de destrucción totalmente dirigido contra sí misma.No hay duda de que si este fenómeno se hubiera producido en tiempos de Jesús, se habrá visto ahí un caso típico de posesión diabólica. Ahora diríamos que se trata de esquizofrenia, en ese entonces se hablaba de posesión.La estructura misma del lenguaje impone esta explicación todavía hoy en la palabra árabe que designa la locura: "Madjinoun". Un "Madjinoun" es un hombre poseido por un "djinn", como lo sugiere la palabra misma. Que esta explicación corresponda o no a la realidad, es imposible hablar ese lenguaje sin percibir la presencia de la palabra "djinn". En la época de nuestro Señor, las explicaciones de este género estaban contenidas en la lengua corriente, y nuestro Señor no tenía ningún motivo para rehusar ese lenguaje, lo cual además no implicaba ninguna conclusión respecto a lo que Él mismo podría pensar.Por eso el evangelio de hoy al comienzo nos indispone porque nos da la impresión de presentar una demonología extremadamente primitiva. Pero se decanta si recordamos primero que el lenguaje imponía esa explicación a ciertos casos de enfermedad mental, y que era imposible hablar esa lengua sin suscribir en cierto modo a tales explicaciones por las palabras mismas que se pronunciaban.Lo que aumenta la dificultad es la acusación contra Jesús por parte de sus enemigos que afirmaban que Él mismo estaba aliado con los demonios. Entonces, ya no se trata simplemente de una explicación discutible sobre el origen de las enfermedades, sino de una acusación a propósito de una posesión espiritual. Porque decir que la locura es resultado de una posesión es quedarse en el plano físico. Y a los ojos de los antiguos, como a los de quienes creen todavía hoy en esas cosas, la posesión no implica ninguna culpabilidad en el poseso. Es como ser víctima de una enfermedad: la víctima no es culpable, y si recae en la enfermedad, si la enfermedad se renueva, tampoco es culpable. Se trata de un plano puramente físico que no implica ninguna responsabilidad.Pero cuando acusan a Jesús de complicidad con el demonio, se traslada evidentemente la acusación al plano espiritual; quieren ver en Él un agente del mal, un corruptor de la religión y de las buenas costumbres. Es infinitamente peor, y eso de por sí no tiene ninguna relación con la explicación ordinaria de la enfermedad mental como posesión.Yendo más lejos en la lectura del Evangelio, veremos que nuestro Señor no se detiene en ese tipo de explicaciones, y que para Él ése no es el debate, y que lo que importa es precisamente llevarnos al sentido de nuestra responsabilidad. Nada en el Evangelio nos autoriza a descargarnos de nuestras faltas y responsabilidades sobre el demonio.Al contrario, el capítulo que comienza por el relato que acaban de escuchar, la curación de un poseso que está mudo por causa de la posesión, nos hace sentir una subida hacia lo espiritual, porque nuestro Señor rehúsa absolutamente situarse en el terreno de lo preternatural, o sobrenatural milagroso, y cuando le piden un signo del Cielo, responde por el único signo que es Él. Él mismo es el signo que va a separar a los hombres, con prodigios sorprendentes e irresistibles. Al contrario, el Señor se ofrece al juicio de los hombres y cada uno se pronuncia conforme a su conciencia y según su fidelidad a su conciencia, o según su apego a sus propias tinieblas.Y en esta secuencia en que no cesamos de subir hacia el Espíritu, habrá precisamente un pasaje de gran belleza en que nuestro Señor va a retomar la comparación con la lámpara que da luz: la lámpara ilumina la casa, y la lámpara del cuerpo es el ojo. De ahí viene el admirable versículo: "Si tu ojo es sencillo, si tu ojo está sano, si tu ojo es claro, todo tu cuerpo estará lleno de luz" (Lc. 11, 34). Y si todo tu ser está lleno de luz, entonces la luz de la lámpara puede lograr, será sensible a la luz que se te ofrece en la lámpara eterna que es justamente el Evangelio de Jesucristo o mejor, Jesucristo mismo.En fin, todo el discernimiento, el juicio eterno, se realiza por nosotros, dentro de nosotros, resulta de nuestra adhesión a la luz o a las tinieblas. No se trata ya de culpar al tentador: somos nosotros la fuente y el origen de nuestro destino.Y no es posible dudar cuando vemos que San Lucas continúa el relato que no cesa de subir, con un ataque contra los fariseos y los doctores de la ley que hicieron de la religión un monopolio, que retiraron la clave de la ciencia, como dice nuestro Señor, pero no entraron al país de la verdad, e impidieron la entrada a los demás.Ellos son los verdaderos demonios, los verdaderos tentadores para el pueblo el cual admira espontáneamente los hechos y gestas del Jesús y le daría fácilmente su adhesión si no fuera desviado precisamente por los fariseos y los doctores de la ley que pretenden monopolizar la religión en provecho propio.El pasaje de la lámpara nos recuerda que el ojo es la fuente de toda luz o mejor, que la calidad de nuestra mirada determina nuestra posición respecto de la verdad; este pasaje subraya con gran belleza y admirable profundidad nuestra responsabilidad. La responsabilidad va tan lejos que el rostro que Dios tome para nosotros depende esencialmente de nuestra actitud personal. Y por eso no serán dados otros signos que el signo ambiguo y ambivalente que es Jesús mismo. Entonces uno interpreta según la decisión que haya tomado. Y entre los contemporáneos, unos lo condenan, lo odian, ven en él al enemigo número uno de la religión, de la tradición y de la libertad del pueblo de Israel, y los otros –pocos además – ven en él al que esperaban, adhieren a él con pasión, y hechos discípulos suyos, llevan el Evangelio hasta los confines de la Tierra.El rostro que tiene Dios en la humanidad, la idea que tienen de Él, depende pues esencialmente de la actitud que nosotros tomemos respecto de la verdad.Si tenemos el gusto de la verdad, si la buscamos con ardor, con sinceridad, es imposible que no estemos en la buena dirección, que nos llevará un día, tarde o temprano, al descubrimiento esencial. Además, Newman  lo dijo, lo experimentó magníficamente en su vida, él, que por un proceso tan imprevisto, a partir de una duda que había sido para él lo más amargo de la vida, una duda sobre la legitimidad misma de su Iglesia, llegó después de años de lucha, de dolor y agonía a encontrar la plena luz en la adhesión que dio a la Iglesia de la que sería una ilustración tan noble. Porque podía decir: "Jamás he pecado contra la luz". Y por no haber pecado jamás contra la luz, porf estar listo a sacrificarlo todo por la verdad, debía descubrirla infaliblemente.Pero sigue cierto, y es una constatación cuyas consecuencias son infinitas, que nuestra disponibilidad a la luz nos da la idea y la imagen que nos hacemos de Dios. Y cada vez que somos infieles a la luz, es inevitable que el rostro de Dios se deforme, se desfigure y tome aspectos de ídolo.Nuestra responsabilidad es pues inmensa pues decide de la imagen de Dios en la historia. Lo sabemos demasiado bien en la actualidad: si hay tantos hombres que rechazan a Dios, no es el verdadero Dios lo que rechazan sino la imagen que les damos de Él. Es bien evidente que si tuvieran delante una luz absolutamente inmaculada, sin ninguna mezcla de nosotros, de nuestros intereses y pasiones egocéntricas, no hay duda de que si la verdad les llegara bajo su verdadero rostro de transparencia y amor, no hay duda de que los tocaría y la reconocerían como el bien supremo al que aspiran su inteligencia y su corazón.Somos responsables de Dios, y en su vida en la historia, y no podemos descargarnos sobre el demonio de la imagen que damos de Él. Somos nosotros los que jugamos aquí el papel del demonio. Nosotros constituimos, o podemos constituir, para los demás la verdadera tentación cuando nuestro rostro traiciona el rostro de Dios y damos a los demás el sentimiento de una caricatura. Y así nos hacemos responsables del mundo entero. Somos responsables del hombre en la misma medida, infinita, en que somos responsables de Dios.Pues justamente, los demás, los que están fuera o que nos parecen estar fuera, no podemos pedirles que entre en el país de la verdad si no les aparece bajo los rasgos de la luz y del Amor a través de nuestra propia vida.Este Evangelio que parecía pues comenzar bajo auspicios de una creencia que no es la nuestra, pues ya no explicamos las enfermedades mentales por una posesión diabólica, cuando lo despojamos de los límites que el lenguaje imponía al discurso de Jesús, este Evangelio nos conduce finalmente al corazón mismo de nuestra libertad, invitándonos a la pureza de la mirada sin la cual es imposible descubrir el verdadero rostro de Dios y comunicar de él a los demás una revelación auténtica.Y es bueno que nos renovemos hoy precisamente, con la admirable comparación de la lámpara, en el sentimiento de nuestras responsabilidades. Tenemos una tarea inmensa que cumplir, puesto que el Evangelio no puede difundirse sino a través de nuestra vida.Y por eso, finalmente, el mundo del mal no es para nosotros un mundo que nos imaginamos como fuera de nosotros, sino más bien como dentro de nosotros. Hay una comunión en el mal que corresponde y que es el reverso de la comunión de los Santos. ¡Y si la santidad se difunde, si atraviesa todas las fronteras, si atraviesa todas las murallas, si permanece como fuente que brota hasta el fin de la historia, no es menos verdad en lo que concierne la comunión en el mal!El mal se difunde también, el mal crea un clima y lo sentimos bien cuando circulamos en la calle, cuando vemos los afiches, cuando vemos los espectáculos a que somos invitados, cuando vemos lo que se tolera en la vía pública, cuando vemos lo que ha sido casi imposible de hacer ahí, es decir, correctamente, los actos más profundos, más dignos del hombre han  desaparecido en la civilización occidental! En Oriente se ve aún gentes que oran en la calle, de rodillas en la calle, prosternados en las aceras, porque la adoración que es el acto más noble de su espíritu, no tienen que sonrojarse ante sus conciudadanos para quienes es un gesto completamente normal y natural! Para nosotros, la calle proscribe cada vez más lo más esencial para el hombre, precisamente lo que corresponde más profundamente a la dignidad de nuestro espíritu.Es quizás un signo de discreción. Interpretémoslo así: un signo del pudor del hombre que exige el silencio y el recogimiento del oratorio para la intimidad con Dios! Pero en todo caso es incontestable que hay en la calle como algo que pesa sobre todos y los lleva en cierta dirección. Y eso es más cierto aún en la intimidad de la oficina, del taller, y con mayor razón en la familia donde cada uno reacciona a los demás y hace pesar sobre ellos el peso de sus humores buenos o malos!Hay pues una corriente que nos alcanza, que circula a través de nosotros y determina más o menos, es decir provoca las reacciones de los demás. Y tenemos precisamente que defendernos contra esa forma de tentación que parte de nosotros y puede ejercer un peso de tinieblas sobre los demás. Y precisamente el mejor modo de persevarnos de ese papel de tentadores, que es el más peligroso ya que es el más cotidiano y visible, y que nos es imposible no ejercer desde la mañana hasta la tarde esa imantación buena o mala sobre los que nos rodean, el mejor medio de protegernos de ser tentadores para los demás es precisamente guardar lo que Jesús llama "la sencillez del ojo".Si cultivamos el gusto de la luz, si vamos en el sentido del sí, si no somos cómplices de los elementos oscuros que podemos encontrar en nosotros, si optamos siempre por lo que es positivo, y porqué no, no hay razón de que tomemos partido por los elementos más contestables de nosotros! Y el programa que mejor conviene a un cristiano es el que san Pablo enuncia en la segunda a los Corintios cuando dice: "En Jesús no hay sí y no, sino solamente sí" (2 Co. 1,9).Entonces, habiendo puesto en su lugar la fenomenología demoníaca, sabiendo que se trata de na explicación de las enfermedades mentales contestable además, es decir de las enfermedades físicas que no implican ninguna culpabilidad de por sí, ni responsabilidad, sabiendo al contrario que nuestra responsabilidad permanece total en el plano del espíritu, habiendo reconocido que el rostro de Dios y la idea que tienen de Él alrededor de nosotros depende precisamente de nuestra actitud y nuestras decisiones, saquemos del Evangelio de hoy simplemente la conclusión que sacó además elo apóstol san Pablo en la epístola que leímos en la liturgia de hoy: "Antes andaban ustedes en las tinieblas, pero ahora son luz. Caminen pues como hijos de la luz" (Ef. 5, 8-9).¡Qué admirable programa, qué sencillo y cómo canta en nuestros corazones! "Caminen como hijos de la luz". Se trata pues de deshacernos de nuestros desvíos y contorsiones, de enderezarnos alegremente, de ir al encuentro de la luz adorable que nos viene por Jesús y de considerar precisamente que somos cristianos para echar fuera las tinieblas, para iluminar la oscuridad, para restituir la alegría y para ser en el medio en que vivimos apelando continuamente a las fuerzas creadoras que son todas positivas y van en el sentido de la armonía y la belleza.Y volviéndonos hacia el gran amigo que es Newman, pidamos por su intercesión en lo secreto de nuestra oración, que tengamos como él el gusto por la luz y poder cantar con él el admirable cántico que compuso precisamente cuando luchaba contra las tinieblas con toda su aspiración a la luz: "Condúceme, oh dulce luz, en las tinieblas que me rodean, condúceme; no pido ver lejanos horizontes. Un solo paso a la vez me es suficiente. Condúceme, oh dulce luz". 
  • 09-10/08/10 – La historia tiene su sentido en Jesucristo.

    Homilía pronunciada en Lausana en 1954."Cuando ponemos al comienzo de una carta la fecha de 1954, esa fecha contiene una referencia a Jesucristo. 1954 se refiere al centro de la Historia que es el nacimiento de Jesucristo. Así, toda la Historia está estructurada. La serie de generaciones que se recubren unas a otras no están sin lazo, aunque parecen olvidarse, desaparecer sin dejar trazas. Todas las generaciones viven en el corazón de Jesucristo y justamente, si datamos los acontecimientos en relación con él, es porque Jesús porta toda la Historia.Quizá ninguno de los hombres que nos han precedido desde 500mil años, ha muerto definitivamente; y Jesús, en la inmensidad de su Amor, los acoge y los reúne. Hace de todos los siglos un presente único en una ofrenda única para realizar todas las vidas en la Suya.Sin él, la Historia no tendría centro: todas las generaciones se seguirían al azar, sin orden ni razón, pero en él justamente todas encuentran significación, porque en él constituyen una sola humanidad, más aún, una sola persona.Al escribir la fecha de 1954 en el año del Señor en que estamos, nos hacemos contemporáneos de Cristo y, con Él, asumimos toda la Historia. El cristiano es justamente el que, haciéndose contemporáneo de Jesucristo, toma sobre sí mismo toda la serie de generaciones, y con Cristo las realiza en su propia vida.Es el sentido del Adviento, que recapitula toda la Historia. El Adviento representa toda la Historia, como una aventura que sigue abierta, suspendida a la elección que hagamos de nosotros mismos, pues cada uno de nosotros puede modificar toda esa Historia, darle una nueva conclusión, hacerla subir hacia Dios o descender hacia sí mismo. Rilke marcó magníficamente el acontecimiento único e infinito que representa en cada casa, el nacimiento de un hijo, pues un niño que nace es una nueva mirada, una nueva libertad, una nueva elección, una nueva figura del mundo, pues la libertad del niñito que va a surgir más allá de los instintos, va a dar al mundo una nueva perspectiva, va a retomar toda la Historia para darle una nueva conclusión, para enraizar el universo en un nuevo orden.En Jesucristo, la humanidad entera reunida en su Amor, recibe una nueva dignidad porque se nos propone a cada uno el horizonte infinito, poniendo en nuestras manos todo el destino todo el sentido de la Historia.El cristiano debe hacerse corazón universal. Con Jesucristo, el cristiano está llamado a superarse infinitamente porque no está encargado sólo de sí mismo sino de todo el universo, de toda la humanidad, más aún, está encargado de Dios en toda la Historia y en todo el Universo.El sacerdote que se arrodillaba en Pompeya para hacer un acto de contrición en los lugares de placer destruidos por la erupción del Vesubio hace cerca de 2000 años, sabía, comprendía y vivía esa continuidad admirable. Sabía que esos hombres que habían sido sorprendidos por la muerte en pleno pecado no estaban muertos, que en Jesús su vida estaba salva y su acto de contrición podía alcanzarlos, podía realizar su vida, podía salvarlos de ellos mismos.Cada bebecito trae pues al mundo esa nueva posibilidad, esa elección infinita: en el corazón del niñito están suspendidos la Historia y el universo, porque la creación y la Redención es una historia de dos, una historia que Dios no puede escribir solo, porque es una historia de amor.Todo el poder de la sonrisa, todo el poder de la ternura suponen el consentimiento. Sin consentimiento, sin apertura, ni la sonrisa ni la ternura pueden nada. Y el poder de Dios no es sino la sonrisa, el impulso mismo del Amor que es Él, y por eso la creación es puesta en duda sin cesar por la elección que nosotros hacemos de nosotros mismos, por eso todo niño es necesario para cumplir el plan de Dios, como también puede hacerlo fracasar.En esta perspectiva hay algo vertiginoso, algo aplastante si pensamos que en este inmenso circuito de la vida cada uno de nosotros, cada uno, es un segmento indispensable, que por un momento, cada uno de nosotros, lleva toda la Historia, todo el universo, todo el destino de Dios.Es lo que significa el año del Señor en que estamos. Es lo que el Adviento quiere inculcarnos en la recapitulación de la Historia; con Jesús, el mundo entero está puesto en nuestras manos, porque está claro que la universalidad que cubre todos los siglos, que concentra todos los tiempos, todas las generaciones en un solo presente en que nosotros nos hacemos ofrenda de amor, es claro que la universalidad sería vana y se reduciría a simples palabras si no tuviera como caución la intensidad de nuestro amor para los hombres de hoy, para con los que nos rodean y que deben ser objeto inmediato de nuestra solicitud y atención.El ser que fuere capaz, como dice san Francisco de Asís, de llevar con Cristo todo el peso de la Historia y del universo, sería también el ser más cercano a los que lo rodean inmediatamente, el más atento a todas sus necesidades y a todos sus sufrimientos.No se trata pues de diluirnos en cierto modo en una visión vaga e indefinida de la Historia y del mundo para dispensarnos de concretizarnos y concentrarnos, de la intensidad del amor en el presente hacia todos aquellos que tenemos a cargo, justamente porque el único motivo que tenemos de llevar toda la Historia es que en toda la Historia está comprometido Dios; y Dios mismo, que está comprometido en toda la Historia, está comprometido en cada uno de nosotros, comprometido hasta la muerte, hasta la muerte de la cruzEsta semana vi, o mejor volví a ver a una mujer pobre, una de esas mujeres como tantas en el mundo, desamparadas en la vida, salidas de nada, con una salud frágil y sin recursos, agotadas por los trabajos caseros y que pronto quedan fuera del circuito: quince días en un puesto, quince días en un hogar, y luego la vida siempre es dura, cada vez  más dura porque las oportunidades se reducen más y más. La salud, trabajo imposible, las deudas se acumulan y ella queda cada vez más a cargo de los demás que temen verla aparecer ya que viene evidentemente a hacerles compartir su carga, ¡viene a pedir!Y escuché esa historia, o mejor, escuchaba por décima vez esa historia lamentable, esa historia sin salida, y veía luchar esa persona diciendo: "No quiero, no quiero que me encierren. No! Ya me hicieron una cura de insulina y ahora me amenazan con electrochoques. No quiero, yo no estoy loca, ¡No quiero!"… Y, en efecto, yo pensaba que en esa persona estaba toda la tragedia de la humanidad, de la humanidad atada por las necesidades físicas, limitada por todas las necesidades materiales, pero con la posibilidad de ser espacio, con la luz de la inteligencia, con la posibilidad de elegir; y esa mujer casi náufraga me parecía tan patética queriendo defender en ella todo lo que quedaba de dignidad humana, de libertad posible, queriendo defender la elección última en que el ser humano decide sobre su valor y su eternidad.Y eso, justamente, nos abre los ojos a nuestra vocación de asumir toda la Historia, y es que el otro, a fin de cuentas, es Dios. En los demás, en los otros, está el Otro y entonces, en los demás está comprometido el destino de Dios, y Él es cuestionado por cada decisión de la voluntad; por eso nos es confiado el prójimo, por eso tenemos a  cargo a los demás, porque en ellos tenemos a cargo al Otro.Tenemos que sensibilizarnos a este misterio, a este secreto en que toda la humanidad tiene su destino. Es realmente la vida de Dios, la vida de Cristo lo que se juega en cada uno y es Nuestro Señor el que porta toda la Historia, Él es el centro que dota a todas las generaciones con el don mismo de su gracia. Nuestro Señor lo dice de la manera más concreta: "En ese pobre estoy yo; estoy en ese hombre que tiene hambre, que está desnudo, que está prisionero, yo soy el que toca a la puerta, estoy esperando, estoy amenazado".Finalmente, la Historia culmina, desemboca en mística: en el centro de la Historia, y en el centro del alma, está esa Presencia frágil como una sonrisa, frágil y poderosa como el amor, la Presencia divina. Y la caridad se articula sobre esa Presencia divina pues en los demás está la Presencia divina esperándonos.Vamos pues a elevar la Historia, a realizarla verdaderamente, le vamos a dar una nueva conclusión; vamos a hacer de todos los escombros, de todas las miserias, vamos a hacer un universo resucitado en la medida en que hoy vamos a acoger al Otro en los demás, en la medida en que vamos a percibir en el hombre la dimensión divina y en que vamos a abordar a cada uno como si fuera único, único porque lo es, único porque es necesario, único porque sin él la Creación no puede ser terminada, único porque a través de él se revela Cristo y nos implora.Estamos además en el centro de la vida cristiana. La vida cristiana es una historia de amor. La vida cristiana es una historia de dos. La vida cristiana está centrada en la vida de Jesucristo que quiere expresarse en la nuestra. "Para mí, decía san Pablo, vivir es Cristo" (Fp. 1,21), y él expresaba magníficamente todo lo que se puede decir sobre la conducta humana, sobre la santidad, el bien, la virtud, la plenitud de la alegría y de la libertad: es Jesús que vive en nosotros.No se trata sino de dejar que Jesús viva en nosotros, pues si él vive en nosotros será en los demás una acogida infinita a través de nosotros. Será en nosotros el corazón de la Historia, el mundo comenzará en nosotros, hoy, a través de él, que es la vida de nuestra vida. Y la creación tomará su último sentido que es justamente ser la ofrenda eterna del Amor, del Amor que es Dios, del Dios que sólo puede darse y que suscita un universo que, como Él se convierta en puro impulso de generosidad.1954, como simple fecha, dice todo eso en referencia a Jesucristo, llevándonos en Él al corazón de la Historia, haciéndonos tomar conciencia del enraizamiento de nuestra vida en su Persona.Entonces el bien, en un sentido nuevo, ya no es un deber a cumplir, una ley a observar, sino la vida de Dios puesta en nuestras manos, y que nos solicita en la vida de los demás, y que es la nobleza de cada uno de los hermanos. Cristo no está lejos, camina con nosotros, es nuestro compañero eterno.Ustedes recuerdan la adorable visión de los discípulos de Emaús, ilustrada por Rembrandt: solos, con su dolor, con su decepción ante la catástrofe que acaba de suceder. Esperaban tanto que la salvación se hubiera realizado. Y ahora, la tumba había sepultado todas sus esperanzas. Y los alcanza un extranjero, un extranjero que los escucha, alguien a quien no conocían, y ese extranjero es el Señor. Y finalmente le abren el corazón, comen con Él, y al bendecir el pan, comprenden que es Él, que no estaban solos, que el Señor no los había abandonado sino que era verdaderamente su compañero de viaje.Pues bien, Jesús no se ha ido. Él porta toda la Historia, Él es la realización del universo, pero no lo es sin nosotros: nos está invitando a continuar su obra, a llevar la maravillosa carga de un universo y de una humanidad por fin realizados en el amor, y hoy como entonces, camina con nosotros; y si prestamos atención, si hacemos un poco de silencio dentro de nosotros, de repente lo veremos en el otro, en el rostro de los demás o en el misterio de nuestro propio corazón, veremos de repente surgir ese rostro, ese rostro de luz que es el rostro del eterno Amor".
  • 06-08/08/10 – Ser origen y creador.

    En Lausana, en 1955. "El P. Teilhard de Chardin nos dejó un hermoso libro sobre El Fenómeno Humano en el que traza un panorama de la evolución donde cuenta a su manera la historia de los orígenes. Leí esa gran visión de poeta y de sabio con respeto y admiración. No es la única; hay otras, todas semejantes y plausibles, y habiéndolas recorrido todas y cada una, uno concluye: después de todo, nadie, nadie sabrá jamás el secreto de los orígenes, siempre se nos escaparán y después de todo, eso no es lo que nos interesa más apasionadamente, porque ya pasó, ya pasó… Cualquiera que sea la manera como nació el mundo, ahí estamos; ahí estamos embarcados y hay que saber lo que eso significa para nosotros hoy. Por eso, más que los orígenes lejanos, me apasiona el origen que debemos ser hoy, porque ese es el problema real. ¿Somos origen? ¿Somos creadores? ¿Somos el comienzo de un mundo y de una humanidad? ¿Es que nuestra vida cuenta? ¿Tiene sentido? ¿Es indispensable? Y justamente, el problema de los orígenes es de actualidad para cada uno de nosotros. Lo es para todo ser humano, hombre o mujer, en un momento de su vida. Y se plantea durante mucho tiempo, y con frecuencia. Se plantea con insistencia bajo la forma de una proposición muy sencilla: Tenemos la vida, y debemos transmitirla. Tenemos la vida y tenemos el poder de darla, y por consiguiente cada uno deviene el problema de los orígenes. Ahí está precisamente el tan mal planteado problema de la castidad. Todos, hombres y mujeres, tenemos el poder de dar la vida. Somos portadores de los elementos, del germen promesa de un hijo que nos solicita; y lo que llamamos con una palabra muy insuficiente y que se debería evitar, tentación, es simplemente el primer grito del hijo que quiere nacer, algo admirable y sagrado que debería abordarse de rodillas en el respeto y la acción de gracias. Porque justamente la vida está en nuestras manos, y nos toca decidir si el mundo debe durar. ¡Qué maravilla, que el hombre y la mujer estén llamados a ser creadores de vida humana! ¡Y que la vida humana, tan grande, tan secreta, tan misteriosa, tan llena de esperanza, que esa vida con promesa de eternidad esté confiada a nuestro amor! Claro que la mayor parte del tiempo el hombre y la mujer, el joven y la joven, la mayor parte del tiempo no saben lo que hacen. Sufren el vértigo de ese llamado. No ven su grandeza y su santidad. Olvidan al niño que hay en el fondo de su pasión, ese rostro adorable, ese rostro de luz, de inocencia y de grandeza. La mayor parte del tiempo el hombre y la mujer soportan la vida, soportan el poder de comunicarla, lo soportan como un vértigo, como un abismo en que se pierden y no ven toda su luz y su belleza. Sin embargo, confrontados con ese poder realmente divino, llamados a elegir, tienen que tomar cierta distancia. Tenemos que preguntarnos lo que significa, si no queremos sufrirlo, pues ¿qué significaría transmitir ciegamente la vida, transmitir una vida que no ha vivido uno mismo, delegar a otra generación el comprenderla y justificarla? Justamente, el problema de la castidad es empuñar la vida, mirarla de frente hasta el fondo de los ojos y preguntarle lo que quiere y lo que es ella. ¿Qué es y qué quiere la vida que viene de tan lejos, llega hasta nosotros y está en nosotros por un momento, la vida que viene del fondo de los siglos y puede comunicarse por medio de nosotros? Afortunadamente, para guiarnos, hay hombres que dieron a la vida todas sus dimensiones, que la vivieron con tal intensidad que vencieron la muerte y viven para siempre entre nosotros. Es claro que cuando nace un san Francisco de Asís la vida se justifica. San Francisco de Asís, sin hijos y sin posteridad: ¡no los necesitaba! Justamente, san Francisco de Asís nos revela el rostro de la vida porque vive entre nosotros, porque vive dentro de nosotros, porque cada día es fuente nueva de luz, de claridad y de alegría. Sabemos pues que en él la vida llega a una cumbre, que la vida tendía hacia eso, no a difundirse indefinidamente, a multiplicarse sin rima ni sentido, sino a devenir de repente, en un hombre, fuente inagotable y eterna. ¿A dónde van todas las generaciones que se suceden? Y qué significan? ¿Qué lazo hay entre ellas? ¿Y qué significa la abundancia de individuos en las ciudades populosas? ¿Qué significan las muchedumbres delirantes haciendo el mismo gesto, lanzando el mismo grito, envueltas en la misma pasión? ¿Qué significa todo eso? Justamente, nada, si la vida no deviene rostro de claridad, rostro de amor, rostro de libertad. Pero justamente, la vida contiene todos esos posibles y no hay padre ni madre que, inclinándose sobre la cuna de su hijito, no hayan esperado que un día realizara lo que ellos mismos no habían alcanzado. El problema de la castidad, justamente, confrontándonos, poniéndonos en frente de todos esos posibles, nos pide que los realicemos, porque es necesario realizar la vida para elegirla, para no sufrirla, para no ser víctimas de su poder, para conocerla verdaderamente. ¿Y en qué consiste el realizarla? Consiste justamente en acoger en sí mismo todas las generaciones, reunir en su corazón todos los pueblos y todos los individuos, es cesar de ser sólo un hombre, un hombre, un individuo, para devenir el Hombre, el Hombre, el Hombre en que se recapitula toda la Historia, el Hombre en que se recogen todos los siglos, el Hombre que es albergue de todos los pueblos y de todos los individuos. Entonces, en ese momento, la vida habrá tomado todas sus dimensiones, toda su grandeza, toda su belleza, y uno puede decidir si la transmite o no, según la vocación que uno tiene, porque uno se ha hecho vida. Uno se ha hecho; de todos modos, uno la difunde; de todos modos, uno la comunica; de todos modos, uno se hace fermento que la transfigura y la revela. Entonces uno alcanza el deseo del corazón, uno conoce la medida del amor. Sabe que ése es el verdadero amor, y no el entrar ciegamente en la trampa de la especie. Justamente, la grandeza del hombre está en no estar totalmente contenido en la especie, no ser simplemente un eslabón en la vida de la especie, sino en estar llamado a recogerla en sí mismo, totalmente, en ser su centro, su fuente y su origen. Así todos tenemos en la vida la ocasión patética de cometer una especie de pecado original pues cada vez que no respetamos ese poder confiado a nuestro amor, cada vez que no vemos en los elementos de la vida el rostro del hijito, cada vez que no damos un rostro luminoso a todas esas fuerzas oscuras, rehusamos ser origen, rehusamos ser creadores, soportamos, somos un resultado, nos engañamos en el tumulto de la especie, y la vida continúa horizontalmente, sin realizarse. Es, sin duda, bajo esta luz como se debe considerar el pecado original, como lo simboliza la tradición bíblica. Al comienzo, como hoy, era el mismo problema, el mismo privilegio, era la misma propuesta de amor, era el mismo universo, pero su fuente primera, puesta en manos del hombre y la mujer. Ellos tenían qué decidir si querían sufrir, ser un resultado, seguir simplemente siendo llevados por una evolución ciega, o si devenían creadores, si la vida iba a brotar de ellos como de una fuente, como de un origen. Eso es exactamente lo que significa el pecado original: rehusar ser origen, rehusar ser creador. No fue una trampa puesta por Dios para engañar a unos pobres gusanitos. Fue confiarles el privilegio mismo de la creación divina, para que no estuvieran en un mundo a soportar, sino en un mundo que responda a la decisión de su amor. Y así sigue siendo, y cada uno de nosotros está llamado a ser creador y origen de un mundo nuevo que quiere brotar de nuestro amor. Hombres y mujeres, jóvenes y señoritas, todos, no se dejen… no se dejen deslumbrar, no se dejen enceguecer por todas las tonterías de la literatura que los explotan como idiotas, como gente que no ha entendido, que explotan la excitación nerviosa donde caemos en la trampa de la especie. No les crean, eso no es el amor. El amor es otra cosa. Tiene dimensiones infinitas. Eso no es la vida, eso no es el cuerpo. El cuerpo en toda su belleza es justamente un cuerpo hecho tabernáculo de la vida, tabernáculo del hijo, cuerpo portador de la luz, portador de Dios, un cuerpo que no es un resultado, que no es un pedazo de universo, un cuerpo que es todo rostro, que lleva en sí mismo justamente la faz de Jesucristo. ¡Eso es algo! ¡Esa es la grandeza humana, justamente, la grandeza humana! ¡Somos creadores y a cada instante tenemos que decidir si vamos a ser resultado u origen! Escuchemos pues bien la propuesta de grandeza que nos hacen. Comprendamos que en Jesús, como dice san Pablo, no hay sí y no (2 Co. 1, 17-19). En Jesús hay sólo el "sí". En Jesús hay solamente el llamado al esplendor de una vida divinizada, en Jesús hay solamente la promoción de un Cuerpo resucitado, glorificado, transfigurado y prometido a la vida eterna. ¡Cómo hemos desconocido la grandeza del Evangelio, cómo hemos hecho de Dios un ídolo disminuido, cómo hemos hecho del hombre un ser enclenque, cuando tiene las dimensiones de su vocación divina, cómo hemos hecho de Dios un ídolo disminuido! Debemos encontrar todo eso para entrar en el gozo del tiempo pascual, porque si la cruz pasó entre nosotros, no fue para llevarnos al culto del sufrimiento, sino para vencer el sufrimiento y la muerte, para revelar la vida, para restaurarla en toda su dignidad y magnificencia, para hacernos tomar conciencia de la colaboración necesaria con la obra de Dios a que estamos continuamente llamados. En su prisión, después de un año de tortura y de rebeldía, Oscar Wilde descubre por fin la órbita de su alma y escribe estas palabras inmortales: "¿Quién puede calcular la órbita de su alma?" Esas palabras van lejos y merecen vivir, pero hay que añadir: "¿Quién puede calcular, quién puede medir la grandeza y la dignidad de su cuerpo?" pues todo el ser es glorificado en Jesús, el cuerpo tanto como el alma, la carne tanto como el espíritu, todo es un solo movimiento que debe ir hacia Dios, que debe expresar a Dios y crear una vida digna del hombre y digna de Dios. Ese "No me toques" que pronuncia Jesús (Jn 20,17), "No me toques", dice él a la Magdalena, no me toques porque tus manos no pueden coger a lo que aspiras. Hay que repetir: el cuerpo transfigurado no se puede tocar sino con manos de luz, porque su verdadera dimensión escapa a todo contacto opaco. El cuerpo humano, verdaderamente, el cuerpo hecho rostro de Dios, sólo es visible a una mirada interior llena de amor y de respeto, justamente porque ese cuerpo ha llegado a ser creador, origen, porque está revestido de una nueva dimensión, porque lleva el rostro de Jesucristo, porque está prometido a la resurrección".
  • 03-05/08/10 – Abismo del hombre, abismo de Dios.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Lausana, en 1955.

    "Un místico del siglo 17, Ángelo Silesio, de Silesia, como su nombre lo indica, que se sitúa admirablemente en la tradición de la mística alemana, escribió estas palabras, este pequeño cuarteto inagotable:

    "El abismo de mi mente,
    en un grito, invoca siempre el abismo de Dios.
    De estos dos abismos,
    dime: ¿cuál es más profundo?
    "

    Compara pues la profundidad del abismo del hombre con la profundidad del abismo de Dios. Y se pregunta cuál de los dos es más profundo. En esta expresión audaz hay algo admirable, porque este cuarteto nos hace sentir de inmediato la grandeza del hombre. Porque a través de la grandeza del hombre es como se revela la grandeza de Dios.

    Si no hubiera en nosotros un aspecto de inmensidad, algo infinito, no podríamos tener ningún conocimiento real de la infinitud de Dios. Sin duda podríamos pronunciar la palabra infinito, pero sería una palabra vacía. Si podemos sentir la grandeza divina, si podemos sentir el carácter inagotable de la hermosura divina, es porque en nosotros hay algo infinito que está enraizado en Dios. Hay una especie de frontera, de punto de contacto en que tocamos a Dios, en que Dios nos toca. Y cuando llegamos a este punto, cuando llegamos al centro, entonces estamos al mismo tiempo más cerca de Dios y más cerca de nosotros mismos. Entonces alcanzamos nuestra plena verdad y conocemos – en cuanto nos es posible – la plena Verdad de Dios.

    Ustedes saben que así sucede también con los seres que amamos. Una madre puede mirar a su hijo toda la vida, y; aunque lo mire bien, jamás podrá conocer hasta el fondo su secreto, porque el secreto de un ser humano escapa a todos los que lo aman, como a él mismo; y al mismo tiempo, alimenta el amor porque en ese secreto hay un descubrimiento siempre nuevo.

    Y eso es lo que importa subrayar, con Ángelo Silecio: la Revelación de Dios, la Revelación auténtica y viva de Dios se realiza siempre, finalmente, a través de la grandeza y de la gloria del hombre. Todos los milagros, todos los carismas, todas las gracias, todos los sistemas, todas las filosofías, todas las teologías, se juzgan bajo esa luz abismal, bajo esa luz interior, bajo esa luz que brilla en el punto de contacto entre el alma y Dios.

    Por eso la Encarnación, única posibilidad de manifestarse Dios, la Encarnación supone siempre el crecimiento, la promoción del hombre. Los profetas, los verdaderos profetas, son hombres que viven en un nivel superior. Y el Profeta de los profetas, Cristo nuestro Señor, es la humanidad más elevada, más libre, más universal que pueda concebirse. Y a través del esplendor de esta humanidad es como brilla la luz eterna.

    Hay que ver en el cristianismo justamente, la grandeza del hombre, imposible de separar de la grandeza de Dios. Y por eso nada hiere más que el querer glorificar a Dios en menoscabo del hombre, como si estableciendo la nada del hombre se hiciera resaltar la gloria de Dios. ¡No! ¡Es falso!

    La gloria de Dios está en la grandeza del hombre. Y cuando Dios aparece, el hombre se transfigura. Y cuado Dios está verdaderamente presente, la vida alcanza su plenitud; y por eso todos los que son discípulos del verdadero Dios llevan en sí una vocación a la grandeza. En el fondo, es lo mismo escuchar dentro de sí mismo el llamado del verdadero Dios y encaminarse hacia la grandeza.

    No te contentes, decía san Juan de la Cruz, no te contentes con migajas que caen de la mesa de tu Padre, anda, glorifícate en tu propia gloria y lograrás lo que desea tu corazón.

    Claro que si estamos llamados a la grandeza, y si es en la grandeza misma donde brillará en nosotros la luz de la Presencia de Dios, no podemos alcanzar inmediatamente esas cumbres. La vida es crecimiento, la vida es movimiento, y por eso siempre se puede progresar, más aún, se puede progresar eternamente; jamás agotaremos la profundidad del abismo de Dios ni la profundidad del abismo del hombre.

    En el régimen de la Encarnación estamos pues en un régimen de crecimiento, en un régimen de progreso, en un régimen de continuo descubrimiento que hace de la vida cristiana profundamente vivida una perpetua admiración.

    Einstein lo decía en su propio terreno: "El hombre que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es como si estuviera muerto". Estas palabras se verifican de manera incomparable en el plano de la fe, justamente en la medida en que nos dejamos guiar por la vocación a la grandeza, y en que llegamos a las raíces divinas, en el momento en que tocamos silenciosamente la Presencia que, al revelarse, nos revela a nosotros mismos.

    Y todo eso se realiza en una discreción perfecta, porque el régimen de la Encarnación es el régimen del símbolo, el régimen del sacramento, el régimen en que el encuentro se hace bajo el velo. Y eso es algo absolutamente admirable: estamos juntos en esta iglesia, participamos en la misma liturgia, decimos las mismas palabras, cantamos los mismos cánticos, escuchamos las mismas palabras. Dentro de poco vamos a entrar en el misterio de la visitación divina: "Esto es mi Cuerpo, Esto es mi Sangre". Y así estamos verdaderamente juntos, reunidos unánimes en una misma espera, y sin embargo cada uno de nosotros realizará la espera a su manera. Bajo los signos comunes, bajo las palabras que resuenan lo mismo en los oídos, bajo los signos que contienen todos una alusión prodigiosa, cada uno de nosotros reconocerá a Dios en la medida en que es capaz de conocerlo, es decir en la medida en que es capaz de identificarse con Él. Y esa es la maravilla de las maravillas: ¡estar juntos y al mismo tiempo solos!

    No podemos vivir solos. Necesitamos absolutamente compañía, presencia, alguien a quien amar. No le podemos dar nuestra ternura a un muro. Y al mismo tiempo, necesitamos secreto, necesitamos ser únicos, porque sentimos que somos irremplazables.

    Si fuéramos intercambiables la vida no tendría sentido. La vida sólo tiene sentido, la vida sólo es tan grande, sólo es tan necesaria porque cada uno de nosotros es una voz única, una mirada única, un rostro único, una revelación única de Dios. Y el equilibrio admirable de ese doble movimiento: juntos y solos, tiene su fundamento en el régimen de la Encarnación, justamente por la comunidad del signo que es un velo que recubre el rostro divino pero que cada uno de nosotros debe atravesar, a su manera, para hacer un encuentro único.

    Juntos y solos, comulgando todos en la misma dirección, en el mismo secreto, en la misma Presencia. Pero nos unimos a ella, cada uno a su manera, cada uno a su nivel, cada uno con su mirada y con su corazón, de manera que Dios sea a la vez el Padre de todos y el Padre de cada uno, el Amor de todos y al mismo tiempo el Amor único de cada uno, el descubrimiento común y al mismo tiempo el único descubrimiento mío, hoy y todos los días de la vida.

    Dilatemos pues el alma esta noche ante esta vocación. Comprendamos que Cristo nos abre un horizonte infinito, que es imposible acercarse a Dios sin alcanzar la verdadera grandeza humana, y que es imposible estar juntos sin entrar al mismo tiempo en el secreto más personal e incomunicable.

    Y sumerjámonos justamente en el silencio abismal de nuestro ser, sumerjámonos en el silencio a medida que avanzamos en el corazón de la divina liturgia, para llegar al punto central donde nuestro ser se enraíza en Dios, y donde solo nuestra grandeza puede recibir la impronta de la grandeza divina. Entonces podremos comprender toda la sabiduría que hay en ese maravilloso cuarteto que nos invita a ir en alta mar, y que nos pide que no nos limitemos, para que jamás limitemos a Dios:

    "El abismo de mi mente
    en un grito invoca sin cesar el abismo de Dios
    .
    De estos dos abismos,
    dime, ¿cuál es el más profundo?
    "

     

  • 31-07/02-08/10 – Toda vida cristiana es sacerdotal.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía para padres de familia…

    "No existe teléfono en el cielo, no existe teléfono en el cielo y entonces todo lo que se dice sobre Dios, son hombres los que lo dicen ya que sólo pueden decirlo con autoridad, sólo pueden decirlo de manera auténtica si se han transformado, si la gracia de Dios los ha transformado y ha hecho de ellos sacramentos vivos.

    Jamás se debe olvidar el carácter sacramental de la revelación. No hay oficina de información en el cielo que nos mande cada día un boletín de noticias. Es imposible. Pero hay hombres que se hacen transparentes a Dios y superan sus límites, poco o mucho, y en la medida en que los superan se hacen capaces de hacernos presente a Dios.

    Ese es el sentido profundo del sacerdocio. La palabra sacerdocio significa exactamente: presentar, dar lo sagrado y lo sagrado será siempre dado y presentado por hombres.

    Con demasiada frecuencia olvidamos que no existen archivos celestiales donde ir a buscar y con los cuales podamos confrontar el pensamiento del hombre. Pero lo que sí existe es algo infinitamente más rico e importante que todos los archivos, y son justamente los hombres de Dios. Esos hombres transformados en Dios, esos hombres transparentes a Dios, que nos comunican su luz y su vida. Y desde luego sólo nos la pueden comunicar si a nuestro turno nos transformamos nosotros ya que recibir el mensaje del hombre de Dios, del sacerdote o del profeta lo que es finalmente lo mismo, recibir su mensaje es vivirlo, pues no trae luz si no lo vivimos. Y vivirlo es comunicarlo, transformándonos en Él.

    Y en la cadena de testigos, en la cadena sacerdotal y profética, en el centro de toda revelación está la humanidad de Jesucristo. La sagrada humanidad de nuestro Señor, esa humanidad enteramente despojada de sí misma, esa humanidad universal, esa humanidad sin fronteras, lo que hace que Jesús se designe a sí mismo con el nombre de Hijo del Hombre, Hijo de Hombre, es decir, hombre. Él es el Hombre, no sólo hombre sino El Hombre, el Hombre en toda su plenitud, el Hombre eterno, el Hombre que sobrevuela el tiempo y el espacio, el Hombre interior a cada uno de nosotros, el Hombre que está en casa dentro de los otros.

    Y la revelación que trae Jesucristo, la revelación en que Dios en persona está presente, la revelación que no es una Palabra sino el mismo Cristo, la revelación que se resume en su humanidad que es el primero y más perfecto sacramento, esa revelación es inseparable de Él. No podemos ponerla en palabras, no podemos encerrarla en un lenguaje, y por eso Cristo permanece, permanece eternamente con nosotros, vivifica eternamente su palabra con su Presencia. Tanto, que ser cristiano no consiste en escuchar Palabras sino primero en unirse con una Persona. Es ante todo vivir la vida que es Cristo mismo, es acogerlo, hacer de nuestra vida la expresión de la Suya.

    Y es ahí donde interviene el sacerdocio en sentido estricto, en el sentido corriente de los sacerdotes. El sacerdocio interviene porque es imposible tener acceso a Jesucristo, a Jesucristo presente en medio de nosotros, a Jesucristo presente en el inmenso sacramento que llamamos la Iglesia, es imposible llegar a Cristo así presente en la Iglesia, a Cristo que es la Iglesia como Él mismo lo revela a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues", es imposible acercarse a Cristo sin salir de nuestras fronteras justamente porque en Jesús tenemos la revelación suprema, porque en Jesús nada limita la presencia divina, porque en Jesús la transparencia es total, porque en Jesús fue pronunciada la última palabra, la palabra que ya no es palabra sino presencia capaz de iluminar todos los cielos, de totalizar toda la historia y de devenir en nosotros la vida de nuestra vida.

    Por eso, dada la riqueza misma y la plenitud de esa revelación que es una Persona, para recibirla es necesario salir de sí mismo, devenir universal, es precisamente el sentido de la palabra católico, devenir universal, superar sus límites, entrar en la inmensidad del amor divino. Y ahí es donde juega su papel el sacerdote en sentido estricto, nos introduce en la comunidad pues sólo tenemos acceso al tesoro infinito que es Cristo haciéndonos comunidad, haciéndonos universal, llevando en nosotros el destino de toda la humanidad y de todo el universo. Y la mediación del sacerdote en sentido estricto del sacerdote que soy yo, es mediación comunitaria, quiere precisamente mantenernos en ese horizonte infinito a fin de que no vayamos a Cristo en la soledad de nuestro propio egoísmo, rebajándolo a nuestra medida y dimensión, sino para que nuestra voluntad sea siempre la de ir a Cristo en lo universal con todos y para todos.

    Pero supuesto esto, supuesto el sacerdocio al que nos consagra la ordenación que es uno de los siete sacramentos, dicho esto, queda que toda vida cristiana es vida sacerdotal, toda vida cristiana es vida consagrada y, en el sentido de que el hombre es revelación de Dios, es el sacerdocio tanto el de ustedes como el mío, tanto los nuéstros como el del Papa, tanto el nuéstro como el de los apóstoles, idénticamente el mismo, justamente porque es imposible recibir al Cristo real, al Cristo universal, al Cristo sin fronteras, al Cristo que es interior a cada hombre, recibir su humanidad, sin devenir universal uno mismo, y por lo mismo, sin comunicar el don recibido.

    En el orden del Espíritu, en el orden de la gracia, en el orden del amor, la única posibilidad de recibir es dar. Habiendo recibido el mensaje, o mejor además, la vida, viviendo de Jesucristo, si es auténtico, sólo podemos llevar esa vida alrededor de nosotros difundiendo la luz y la alegría y por eso la liturgia de hoy evoca justamente el sacerdocio real, el sacerdocio de toda la comunidad eclesial, de toda la comunidad cristiana y finalmente de toda la humanidad.

    Entonces ustedes son sacerdotes, papas, obispos, tanto como los sacerdotes; son sacerdotes y no tienen nada más que hacer después del bautismo; no tenemos nada más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, no tenemos más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, que transmitir esa presencia, comunicarla, prepararle el camino, hacer estallar los límites que hacen obstáculo a su efusión. Ustedes son sacerdotes por esencia y toda su vida esta puesta bajo ese signo pues no tienen más que hacer que dar a Cristo para que el mundo viva de Él.

    Sin duda, no se trata de hablar de Cristo, además no podemos hablar de Él si no lo vivimos, sino de vivir de Él de manera tan profunda que todos los que nos rodean respiren su presencia. Y de manera muy especial, ustedes son sacerdotes en su hogar. El sacramento del matrimonio, como lo recuerda san Pablo a los Efesios, está ordenado esencialmente al misterio de la Iglesia; por el matrimonio es como se realiza y se simboliza el misterio de la Iglesia. El matrimonio está pues explícitamente ordenado a la comunicación de Cristo que propaga a través del tiempo el cuerpo místico de Jesús. Ustedes son sacerdotes, lo son en grado único, lo son de manera irremplazable, ustedes que tienen el honor de ser padres y madres. Porque es claro que ustedes son la primera revelación de Dios a sus hijos, la primera y más indeleble, la primera y más indispensable, la primera y más durable. 

    Y estamos aquí justamente en la verdad profunda, es decir que toda comunicación de Dios a la humanidad se hace por medio del hombre. El sacramento de esa comunicación es el hombre y ustedes lo son de manera eminente y única en su hogar. ¿Cómo podrían sus hijos descubrir a Dios como libertad, como espacio, como alegría, como felicidad inagotable, sino a través de ustedes? ¿Qué, si no ustedes, va a despertar en llos el sentido de una dimensión y grandeza infinita, infinita?

    Observaron en Londres que los niños cuidados por la mamá – es decir los niños en hospitales donde las mamás participaban en los cuidados procurados por las enfermeras – se curaban dos veces más rápido que los demás. Penetrado de amor, reconociendo el rostro de la mamá, el niño se colocaba inmediatamente en un plano de resurrección que activaba todas sus energías físicas y concurría maravillosamente a su curación.

    Si el rostro de una madre tiene tanto poder sobre el organismo de un pequeñito, se imagina su poder de influencia sobre su alma, su alma que aún no puede expresarse.

    ¿Qué podemos expresar aquí abajo además? ¡Nada! ¡No expresamos sino lo que vivimos profundamente, cuando las palabras son superadas, cuando el lenguaje estalla, cuando las palabras dan vida, cuando las palabras se hacen personas!

    ¡Entonces es claro que con el pequeñito no hay otro lenguaje que la mirada, la sonrisa, la presencia, la influencia, la santidad de la madre y del padre! Así se abre, así madura, con esa luz. Así se diviniza. Así respira a Dios. Y cuando lo nombren sabrá inmediatamente de quién se trata, porque ya lo está viviendo…

    Ustedes no pueden penetrarse demasiado de la altura de la sublimidad de esa vocación. En la paternidad y en la maternidad hay un compromiso de santidad. Yo diría inclusive que el compromiso es más riguroso, más grave, porque está más cargado de consecuencias que el del sacerdote. Podemos cambiar de sacerdotes, podemos cambiar de confesor, pero no podemos cambiar de padre ni de madre. Es una situación única, un compromiso incomparable con cualquier otro, y está muy claro que la escala de valores de un niñito, la lee, se impregna de ella a través de lo que ve en su madre y su padre. Está pues muy claro que, para sus hijos, ustedes son el sacerdocio de que hablamos, el sacramento vivo e indispensable de la revelación de Dios, y lo son de manera eminente y única.

    Un monje amigo mío decía algo que yo cito con gusto porque tiene mucho humor: "Tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la misa", es decir que en el refectorio del monasterio, en la casa de Dios, se siente en contacto con el Señor tanto como en el altar, porque es el mismo Señor el que alimenta su cuerpo y su espíritu, el mismo amor es la única ley de toda su existencia. ¡Y cómo es verdad a la mesa de una familia! El padre y la madre que dan de comer a sus hijos, en nombre de Dios, le ofrecen en cierto modo una eucaristía, el pan que ganaron con tanta paciencia, con tanto valor y tanto amor, tiene una nueva dimensión que es la de su ternura y que es realmente una especie de eucaristía. En un verdadero hogar, hay pues una irradiación permanente de Dios que no es necesario expresar y que gana de no expresarse pero que es tanto más evidente por cuanto que se respira.

    Ustedes recuerdan que Bach salió de este mundo escuchando cantar la coral "Todos los hombres deben morir". ¿Y quién cantaba esa coral? ¡Todas las familias de diez o más hijos, todas esas familias en que todos eran músicos, todas esas familias que constituían ellas solas una coral y una orquesta y podían llevar a ese santo de la música, o a ese santo simplemente, al encuentro con la música eterna, al canto de la coral que él mismo había armonizado!

    Si su muerte que recuerda en cierto modo la de san Francisco, por lo cristiana y por lo enraizada en la fe y en el amor, si su muerte puede ser acompañada por toda esa orquesta familiar, si toda la familia puede cantar para llevar al Señor a ese padre venerado que es uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, es sin duda porque toda la vida cotidiana era a esa imagen. Es porque se vivía – sin decirlo – se vivía de esa Presencia. La respiraban y se la comunicaban.

    ¿Por qué sus hogares no podrían ser a imagen de ese hogar? ¡Y no sólo sus hogares! Porque en fin de cuentas, ¡toda la vida, el medio de trabajo tanto como el hogar, es el campo de su apostolado! Claro que es necesario siempre respetar el secreto de las personas. No se trata de violar los secretos, de imponer nuestro modo de creer o de pensar. Eso es lo último y el medio más seguro para violar a Dios. Dios es Libertad. Dios es Espacio. Dios es Amor. Dios es Vida y Lo comunicamos sólo por la vida.

    Pero, si tienen esa preocupación, si miran la vida en los dos planos, si juegan sobre los dos tableros, si su música está en los dos registros, si piensan que detrás de cada rostro de hombre o de mujer, de muchacho o de jovencita, los está llamando esa posibilidad divina que quiere despertar y desarrollarse por medio de ustedes, todo será maravillosamente transformado. Pues ningún contacto dejará de ser ocasión para ustedes de ejercer a la vez y difundir la revelación que son ustedes y de colaborar al brote y desarrollo del reino de Dios.

    Es pues seguro que el mensaje que leemos hoy celebra en toda la comunidad cristiana un sacerdocio real. Ese mensaje nos concierne a todos. Se dirige en particular a ustedes que podrían pensar que el sacerdocio es para algunos, que llamamos habitualmente sacerdotes, ustedes que podrían pensar que son laicos y que no se les pide tanto. Pero no es así. Se trata de la confianza infinita que les hace Dios confiando a su amor Su propia vida poniéndola en sus manos, pues ¿cómo pueden ustedes ser padre o madre hasta el fin sin comunicar a sus hijos la vida divina?

    Más aún: se trata de no dejar a Dios sin voz, sin palabra y sin rostro. Puesto que no hay teléfono celeste, ustedes, cada uno, son la revelación de Dios. ¡Y todas las palabras, todos los libros, todas las demostraciones y todas mas apologéticas – yo iría hasta decir todos los sacramentos – todo eso es nada porque no es eficaz si el hombre no se transforma!

    ¡Nada de eso puede penetrar hasta el fondo de nuestro ser, si nuestro ser no se torna hacia Dios!

    ¡Ustedes son pues la primera de todas las revelaciones, cada uno de ustedes para los demás, cada uno para su hogar, cada uno en su medio de trabajo!

    ¡Así son ustedes sacerdotes, indispensablemente, así son profetas, así son cristianos! ¡Así son Iglesia! ¡Así, en fin, ustedes son el sacerdocio real!"

     

  • 28-30/07/10 – La humanidad que sufre es más hermosa.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 19 de febrero, 1955, en N.Sra. del Valentín, Lausana. 

    "Encargado por un tiempo de la capellanía de un gran hospital, yo estaba sometido al reglamento de todos los capellanes y debía ir al hospital a las 4 a.m. para asistir a los enfermos, antes de que entraran en servicio las enfermeras, de suerte que yo era casi el único, el único ser viviente presente en esos muros en la segunda parte de la noche en que comienza a instalarse en los enfermos cierta remisión, como presintiendo la llegada del día.

    En el inmenso hospital había un profundo recogimiento que me daba cada vez la misma impresión que yo me formulaba interiormente: "La humanidad que sufre es más hermosa que la humanidad que se divierte". Los bares nocturnos no muy lejanos ofrecían un contraste impresionante y uno sentía que la humanidad sacada del circuito de la banalidad cotidiana, la humanidad sufriente y recogida, estaba infinitamente más cerca de la existencia auténtica que la humanidad que goza.

    Y no es que las distracciones sanas no entren plenamente en el programa de la vida cristiana, sino que el gran convento de enfermos que es un gran hospital no puede dejar de dar la impresión de la grandeza humana, en una humanidad que no hace nada, no produce nada y se limita simplemente a hacer algo magnífico e incomparable como es el existir.

    El día de los enfermos nos recuerda precisamente esta prodigiosa verdad: hay en la vida una especie de zona inútil, inútil y tanto más preciosa, donde no se hace nada, no se produce nada, pero existe y rinde testimonio a la dignidad y la grandeza humanas.

    Esa zona inútil donde se sitúan precisamente toda la grandeza y toda la dignidad humanas, la conocen ustedes en una serie de experiencias que constituyen las horas más preciosas de su vida: un niñito, ¿qué era el pequeñín, el recién nacido que fue confiado un día a su ternura, sino justamente un ser inútil, un ser que no producía nada y al que no pensaban pedir nada, claro está, sino que existiera? ¡Y qué bello que exista! Ahí está, con todas sus innumerables posibilidades. Pronto vendrá la sonrisa que es la respuesta de su corazón al de ustedes y la alegría será tan grande que se sentirán en el paraíso, y cuando vean dormidito a ese bebecito, lo verán totalmente sumergido en la confianza como si se sintiera custodiado por un amor infinito y tendrán de nuevo la impresión de un valor inagotable, de un espectáculo que, para su corazón de padre o de madre, supera en hermosura todos los espectáculos del mundo en esa existencia gratuita y silenciosa donde parece circular una vida divina.

    Es lo mismo cuando despierta el primer amor, el amor en flor que es simplemente el reconocimiento de dos seres que se sienten de repente interiores el uno al otro. Es suficiente. El mundo extraño en que vive la mayoría de los hombres, el mundo en que se anda con la máscara del abismo de convenciones, en que se asfixia la vida, de repente ese mundo se abrió en una intimidad en que se enraíza su intimidad como si de repente el peso del yo que les habían impuesto desde el nacimiento se hubiera dilatado en otro yo, otro yo libremente asumido, que les parecía como un universo infinito.

    Y al amoblar la casa trataron de arreglarla con la mayor elegancia, la mayor armonía y belleza para que no fuera simplemente el abrigo de su corazón sino que permitiera que el alma respirara, y el corazón se encontrara, para que al entrar en ella sintieran la acogida viva, como sucede siempre cuando estamos ante la belleza. Espontáneamente, porque tienen gusto, porque tienen disposiciones para las cosas del espíritu, porque no les basta, no les basta beber y comer, hicieron de su casa una obra maestra de armonía y alegría, con los medios que tenían.

    Así hacían eco al mundo prodigioso del arte que es, por excelencia, el mundo inútil, el mundo que no tiene valor material, el mundo que literalmente no sirve para nada pero que es un mundo indispensable a la civilización humana, un mundo tan precioso que para albergar las obras de arte se construyen museos que valen catedrales porque se sabía que en las obras de arte había una presencia, y que por ellas podía la humanidad hacer un encuentro que la arrancaba justamente a sus límites y la establecía en su verdadera dimensión, dándole el sentido de su destino infinito.

    Y ustedes saben que cerca del mundo de los artistas está el mundo de los sabios y que los sabios jamás nos conmueven más profundamente como cuando dan testimonio de su pasión por la verdad. Un astrónomo que observa nebulosas, nebulosas que huyen y nos explica su misterioso destino, que calcula su velocidad de alejamiento, que puede predecir cuándo estarán absolutamente fuera de alcance para nuestros más potentes telescopios, ese astrónomo no produce nada, no añade nada al poder utilitario de la técnica. Simplemente busca, busca la verdad que lo consume con maravillosa pasión, lleva en sí mismo la luz que lo transfigura y que nos ilumina y le estamos agradecidos justamente de que sea un hombre inútil y nos revele ese otro universo que es el único universo respirable, el de la infancia, del amor, de la gracia y la hermosura, y del arte y el verdadero saber.

    El día de los enfermos debe ayudarnos a recuperar el sentido de lo inútil, la dimensión de la gracia y de la gratuidad porque nada nos es más necesario.

    Si Europa está en situación lamentable, si somos verdaderos bárbaros, si no salimos de una guerra sino para entrar en otra, es justamente porque ya no tenemos el sentido de una existencia que se desenvuelve en dos registros, uno visible y útil en que la técnica se desarrolla y tiene éxito – y eso es magnífico – magnífico justamente en la medida en que la técnica deviene poder de liberación para penetrar más en el mundo de lo inútil que es el mundo del hambre, el mundo de los valores absolutos, el mundo del espíritu y del pensamiento, el mundo del sentimiento y del corazón, el mundo de la infancia y del amor, del arte y de la ciencia.

    La técnica no tendría sentido si no fuera concebida en ese espíritu de liberación, si no debiera procurarnos la divina ociosidad que permite a cada uno, que debiera permitir a cada uno desarrollar en sí mismo la dimensión de gracia y de gratuidad y alcanzar su verdadera estatura de hombre, donde justamente deviene creador, centro, origen y comienzo, donde atesora, donde acumula en su corazón y en su mente una luz y una bondad que podrán circular por todas las conciencias humanas y devenir para cada una el fermento de una liberación más rápida y profunda.

    Nadie se extrañaba cuando la India tenía el privilegio de vivir bajo a égida de Gandi, nadie se extrañaba de sus ayunos y de su recogimiento. Todos sentían que precisamente en esos momentos inútiles, en esos momentos no productivos en que Gandi comunicaba con la divinidad, en que asumía en su ayuno las faltas y errores de su pueblo, y quizás aún más, las faltas y crímenes de sus enemigos que él quería hacerse amigos, todos sentían que ahí era justamente donde se preparaba la liberación de India, porque la liberación no podía significar nada si no significaba, como en la mente de ese gran santo, precisamente el acceso de India a la dignidad humana, el acceso de todos los hindúes a los valores del espíritu, el hacer posibles a todos el ocio eterno en que el hombre comunica con el infinito.

    La salvación nos vendrá de la mirada que se mueve en esos dos planos, del descubrimiento de los dos registros de la existencia humana en que, finalmente, el poder del corazón, como dice Francisca Pastorelli, el poder del corazón es el único poder porque ahí es donde cada uno de nosotros puede encontrarse, descubrir su verdadero rostro, explicarse la emoción ante la infancia, el encanto del amor, la pasión del arte y de la verdadera ciencia. No saldremos de la barbarie sino encontrando el sentido de la dimensión segunda y eterna. Sin duda nadie tiene más horror que yo mismo de la ostensión de un proselitismo indiscreto. No se trata de ostentar a Dios. No se trata de asesinar a los demás con nuestras convicciones ni de querer salvar a los demás contra su voluntad. Todo eso es absurdo.

    La salvación es justamente la flor de la libertad. La salvación es salvarse de sus límites, acceder a su verdadera intimidad, entrar en el reino interior donde uno deviene por fin uno mismo en el diálogo silencioso con el eterno Amor.

    No se trata en modo alguno de querer una sociedad clerical en que la Iglesia tenga un puesto oficial y donde uno deba asistir compulsivamente a la misa o comulgar por Pascua. Todo eso es totalmente contrario al deseo de una conciencia cristiana fiel al Evangelio. ¡No! Lo realmente necesario es simplemente la conciencia de todas las riquezas del hombre, de todo su poder, de toda su grandeza y de toda su belleza.

    Y justamente, la grandeza del hombre está en poder, mediante los gestos cotidianos, mediante el oficio, la profesión, mediante la técnica, mediante el laboratorio, mediante el cálculo, sin decir nada, rendir testimonio existiendo en un nivel más alto, existiendo como fuente y origen, poder rendir testimonio de algo, o mejor, de Alguien que nos está esperando a cada uno en el fondo de nosotros mismos y en quien vamos a realizar nuestra verdadera identidad.

    En efecto, el hombre que está así enraizado en su intimidad divina, no necesita hablar. Beneficia de una distancia inmensa que le da también una serenidad maravillosa. Sabe que nada puede tocar el tesoro con que se identifica y que en el fondo de sí mismo existe ya un mundo eterno en que todos los valores que merecen vivir están presentes y son imperecederos. Por eso ya está por encima de la muerte, como atestigua ese gran prelado en las masacres de septiembre, que esperaba, con su pierna quebrada, su turno para subir al cadalso, y que decía a sus verdugos, con maravillosa cortesía: "Señores, ustedes ven que no puedo ir a donde voy a morir. Por favor, tengan la bondad de llevarme". ¡Pues bien! El hombre que puede mirar el cadalso con esa serenidad y tratar con esa cortesía a sus verdugos, es porque está enraizado en un mundo invencible e inviolable, es porque ya se ha hecho eterno en el eterno Amor, ya alcanzó su rostro auténtico, ya se hizo su propia eternidad.

    Y eso es lo que se nos propone hoy. Estamos en el centro de la cultura auténtica y de la verdadera civilización y, aunque debamos ciertamente guardar la mayor discreción sobre las cosas del alma, aunque un pudor magnífico nos impida prodigar el nombre de Dios a todo trance, debemos tanto más asegurarnos la distancia sin la cual no llegaremos nunca a la grandeza ni a la serenidad. Será además el mejor medio de reconocer la dignidad y de promover la grandeza de los demás, pues jamás sabremos qué es el hombre si lo tomamos simplemente por fuera, si sólo lo percibimos como objeto, sin ser conscientes de que más allá de su rostro visible está el misterio adorable confiado a toda conciencia humana y que es el Dios vivo.

    Entonces esta mañana, pensando en todos los queridos enfermos por quienes queremos orar, y que nuestra compasión quiere ayudar, y que nuestro amor quiere tratar de elevar hasta el Corazón de Dios, pidamos también a Dios que nos dé el reconocimiento de nuestra verdadera humanidad, la toma de conciencia de un universo a dos registros en que lo visible deja transparentar lo invisible, en que el tiempo se hace eternidad, en que todo lo que se despliega en el espacio es imagen y símbolo y sacramento de Dios. Entonces la vida nos aparecerá en toda su hermosura y la amaremos con un amor totalmente nuevo y la viviremos con un entusiasmo más apasionado porque justamente no se trata de prepararnos a la muerte, sino de vencer la muerte, de remontar la corriente del mal y hacer aparecer en el rostro del hombre, como un misterio adorable, el rostro del eterno Amor".

  • 25-27/07/10 – En la inmortalidad entramos cada día liberándonos de nosotros mismos.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía pronunciada en Lausana un dos de noviembre (?)

    "En la parábola de Lázaro y el rico malo, Jesús nos dice algo que al principio sorprende y parece totalmente inexplicable. Imaginando un diálogo entre Abraham y el rico malo, donde el rico suplica a Abraham que envíe profetas que adviertan a sus hermanos que están todavía en la tierra, para evitarles correr la misma suerte que él, Abraham concluye el relato de la parábola diciendo: "Aunque les enviara profetas y a Moisés no los convencerían".

    Esta parábola es muy fuerte y nos interesa en primer lugar porque en el fondo siempre tenemos la tentación de pensar: ¿cómo saber si el alma es inmortal, si los muertos no vuelven jamás a dar testimonio de su suerte? Que sepamos, nadie ha vuelto a decirnos: "Así o asá es la vida después de la muerte".

    Y este texto, precisamente, o mejor esta parábola de Jesús afirma que eso sería perfectamente inútil. Si los muertos volvieran, no nos convencerían porque, justamente, la inmortalidad de que se trata no es una inmortalidad que se pueda coger con las manos. Y no es muy difícil de entender, y nos explicamos mejor, que nuestro Señor haya insistido sobre ese punto, ya que a él lo ignoraron continuamente. Estaba presente, y lo veían, claro está. Pilatos lo veía, Caifás lo veía, los apóstoles lo veían, pero nadie lo vio, nadie vio su realidad interior, nadie vio su dignidad infinita puesto que lo condenaron, lo crucificaron, lo negaron, lo abandonaron. Y aun los apóstoles, la noche de la cena, se disputaban los primeros puestos. Para ver realmente a Jesús, era necesario el nuevo nacimiento, tenían que cambiar de mirada y de corazón el día de Pentecostés.

    Era pues perfectamente inútil que nuestro Señor estuviera delante de ellos si no tenían los ojos del espíritu y del corazón para verlo. Así mismo, si un ser inmortal volviera entre nosotros, no podríamos ver su inmortalidad y lo confundiríamos con otro: nos sería imposible entender lo que significa la inmortalidad, que es ante todo una misión. Porque la inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad.

    El niño que nace está llamado a ser hombre libre, está llamado a ser creador, está llamado a hacer cosas muy grandes. Está llamado a ser santo, a llevar un día la presencia de Dios y a comunicar al mundo entero toda su luz. ¡Pero es sólo una posibilidad! También podrá llegar a ser asesino. Su libertad es un posible, una magnífica posibilidad, la única posibilidad de nuestra humanidad, pero es sólo posibilidad.

    Y así como la libertad es posibilidad, también lo es la inmortalidad. La inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad o la dignidad. Son exigencias, vocaciones, misiones, llamados, oportunidades magníficas que tenemos, pero que ni Dios mismo puede realizar sin nuestra colaboración.

    Y lo entienden muy fácilmente si se ponen en la situación de la gente de Munich en 1900, en 1944. En Munich, en 1944, un profesor de la Universidad y tres estudiantes fueron decapitados con hacha. Y la misma noche después de la ejecución, los muros de Munich se cubrieron con la inscripción: Der Geist lebt, el espíritu vive, ¡el espíritu vive! Estas palabras magníficas, evidentemente, los verdugos no podían comprenderlas. Los que las escribían con tizas en los muros de la ciudad arriesgaban simplemente su vida. Porque para el verdugo, esa inscripción era simplemente rebeldía, indisciplina e insolencia que había que castigar.

    Los que comprendieron esas palabras, y los que las escribieron, estaban ya en camino hacia el espíritu, en camino hacia la dignidad, en camino hacia la inmortalidad.

    ¡Y se puede hacer una contraprueba! Si una madre tiene la desdicha de tener un hijo traidor, supongamos, un hijo que en el momento de una guerra salva su pellejo vendiendo a sus camaradas, haciéndolos matar para salvarse él, esa madre preferiría mil veces que su hijo hubiera muerto en la cuna, más bien que verlo vivo, pero viviendo como un animal, sostenido únicamente por la piel. Siente que él no debería estar vivo, puesto que lo está sólo por haber traicionado, por haber enviado a otros a la muerte para salvar el pellejo.

    El amor materno más apasionado es inmediatamente consciente de que la muerte más terrible es la muerte de la dignidad. Cuando alguien muere a su dignidad, cuando reniega su libertad, entonces está verdaderamente muerto del punto de vista humano, y los que lo aman saben que está muerto, aunque todavía conserve su pellejo.

    Porque justamente la inmortalidad consiste en crear en nosotros un valor, una dignidad, una libertad que son un tesoro que permanece para siempre.

    La naturaleza no puede llevarnos todo el tiempo. La naturaleza, quiero decir las energías físicas que recibimos en el momento de la concepción y del nacimiento, las energías que arrastra la sangre, que nos llegan por la atmósfera, por la respiración, no pueden llevarnos hasta el final. También tenemos que llevarlas. Y la naturaleza es como un portaaviones.

    Ustedes saben que un portaaviones posee un dispositivo para lanzar el avión, el cual no puede despegar en un terreno demasiado estrecho, en una base demasiado estrecha, pero una vez dado el impulso, el avión tiene que defenderse, hacer funcionar los motores y alzar vuelo. También a nosotros, la naturaleza nos da una vez la cantidad de energía que nos lanza a la existencia, pero una vez realizado el lanzamiento, nosotros tenemos que hacer funcionar los motores, es decir asumirnos y realizar la creación única e incomparable que es la de una libertad que se conquista ella misma y hace de la vida una obra maestra de luz y amor.

    Sin duda entonces, la inmortalidad nos es propuesta, ofrecida; no es una exigencia, sino el regalo más magnífico que puedan darnos, exactamente como la libertad, como la dignidad con la cual se confunde además.

    Y si el hombre no se realiza aquí abajo, si no realiza su dignidad ni realiza su libertad hasta el final, tendrá que proseguir la experiencia más allá, en lo que llamamos el purgatorio si quieren. Tendrá que tomarse en manos, consentir con el don de sí mismo, pero Dios no puede realizarlo en vez de nosotros.

    Es pues perfectamente inútil preguntarse por qué los muertos no regresan, en forma material y física. Eso no nos enseñaría nada, eso nos induciría en error, eso nos dispensaría de la misión magnífica que es la misión humana de conquistarse, de elevarse, de darse, de crearse creando un mundo de luz y de amor.

    Es también absurdo finalmente preguntarse por qué creemos en la dignidad humana, preguntarse por qué no hay que asesinar a un niñito que duerme. Jamás se podrá probar que no hay que asesinar a un niñito que duerme si uno no lo siente, si uno no está abierto al sentido del valor de la dignidad humana ni tampoco podrá entender qué es la vida, ni qué significa la dignidad, ni el magnífico drama de la libertad, ni lo eterno, lo eterno de la inmortalidad.

    Pero justamente, lo eterno de la inmortalidad tenemos que conquistarlo. A nosotros nos toca hacernos eternos, desarrollando todas las energías en el sentido del don y de la creación. Por ese medio, además, es como estaremos presentes en la historia, porque es evidente que un ser que se ha eternizado, como san Francisco de Asís, ya no muere. Morirá de muerte biológica, la cual no significa nada en un ser como él. Pero en su dignidad, vive eternamente, vive eternamente en su amor y es para nosotros una presencia que no cesa de hacer fermentar nuestra admiración y nuestra libertad.

    En fin, así podemos ayudar a los seres queridos que están al otro lado del velo. Pues justamente, nada está terminado para siempre y si la vida debe ser una promoción continua a la inmortalidad, una victoria perpetua sobre la muerte, si debemos llevar la vida después de haber sido llevados por ella, no está dicho que una vez terminada la carrera todo esté realizado.

    Y nuestros seres queridos que están al otro lado, y que están en comunicación con nosotros, que están en nosotros, pues finalmente ¿dónde está el cielo sino dentro de nosotros? ¿Dónde está el cielo y quién es el cielo sino Dios en quien vivimos y que vive en nosotros? Y todos nuestros seres queridos están ahí, en la Presencia divina que nos restituye toda presencia. Y podemos contactarlos con la misma realidad, con la misma plenitud con que entramos en contacto con Dios.

    Mientras más estemos en contacto con Dios, más estamos en contacto con ellos. Y mientras más se enraíce nuestra intimidad en Dios, más comulga con su intimidad. Y mientras más nos elevemos, más los elevamos.

    Y eso es lo magnífico: nuestro amor no sólo puede durar, no sólo puede comunicar, sino que nuestro amor puede crecer, puede aumentar. Podemos ayudar a las almas a subir, podemos darles un aumento de alegría inmensa con nuestra fidelidad y con nuestra propia subida hacia la luz y hacia el amor.

    Es imposible escuchar la resonancia del Evangelio sin estar cada día más convencido de que hay en el Evangelio un conocimiento del hombre y una introducción al conocimiento del hombre que es única, que es incomparable, y maravillosa. En el fondo, sólo a la luz de la presencia de Jesucristo aprendemos las verdaderas dimensiones de nuestra vida, toda su grandeza y toda su belleza.

    Y lo que acabamos de meditar nos demuestra que así es, pues la inmortalidad brilla a los ojos del espíritu como una tarea por realizar, una misión por cumplir siempre como un tesoro, un bien común por ser, como un don de sí mismo por realizar cada vez mejor, a fin de que el mundo entero encuentre en nosotros una respuesta a su angustia y que, elevándonos lo elevemos con él, con nosotros, pues toda alma que se eleva, eleva el mundo (Isabel Leseur)".

     

  • 23-24/07/10 – El amor de Dios por mí, vencedor de mi muerte.

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    ¿Vuelven los muertos? ¿Vuelven a visitarnos? ¿Vienen los muertos a vernos?

    - No.

    - No. ¡No vienen a vernos! ¿Podemos nosotros tocarlos?

    - No.

    - ¿Podemos hablar con ellos? Yo digo que sí. Podemos hablar con ellos, hablarles con le corazón, porque no están totalmente muertos! Porque están vivos a pesar de todo! ¿Y dónde?

    - Con sus almas.

    - ... ¿y dónde están sus almas?...

    - En el cielo.

    - En el cielo… ¿y dónde está el cielo?

    - En nosotros.

    - ¿En ustedes? ¿En nosotros? Sí! ¡Muy bien! El cielo está en nosotros. El cielo está en nosotros. Entonces, ¿dónde están los muertos?

    - ...

    - ¡Continúen, puesto que ya encontraron! ¿Dónde están ellos?

    - ¡En nosotros!

    - ¡Ah, en nosotros! … Están en nosotros, lo mismo que Dios. Puesto que están en Dios y que Dios está en nosotros… también ellos están en nosotros, ¿No? ¿No creen? ¡Claro! ¡Así es!

    Una niñita perdió a su papá y su mamá. ¡El papá y la mamá no la abandonaron! ¿Puede una mamá olvidar a sus hijos? ¡No! ¡No los puede olvidar! ¿Los olvidará cuando esté con Dios? ¡Es imposible! Entonces, como Dios está muy cerca de ustedes, los muertos que ustedes aman están muy cerca de ustedes, en el corazón de Dios. ¿Lo entienden?...

    Entonces, ¿qué hay que hacer para encontrarse con los muertos? ¿Cómo? No entiendo. No, para encontrarse con los muertos ahora, hoy, hay que estar cerca de Dios! Si estamos cerca de Dios, también estamos cerca de los que están escondidos en su corazón. ¿Entienden? ¿No? Entonces los muertos no están jamás muy lejos. Si estamos cerca de Dios, estamos cerca de ellos. ¿Comprenden?...

    ¿Y qué podemos hacer por ellos?

    - Podemos orar por ellos.

    - ¿Qué quiere decir orar por ellos? ¿Pedirle a Dios que vayan al cielo? Sí, en fin, orar… ¿Qué es orar? ¿Qué es orar?

    - ¡Es hablar a Dios!

    - Es hablar a Dios. ¡Es dar el corazón a Dios! ¡Dar el corazón a Dios! ¿Es muy fuerte la oración? ¿Es muy fuerte, muy poderosa la oración? ¡Sí! ¡Como el amor! ¿Es muy poderoso el amor? ¿Es muy fuerte? Si no los amaran, ¿qué sería de ustedes? Si no los amaran, ¿qué sería de ustedes?

    - ¡Desgraciados!

    - ¡Serían desgraciados, enfermos, morirían! ¿Qué es lo que los hace vivir?

    - La vida.

    - ¡La vida, claro! Pero ¿Qué es lo que les da la vida? ¡Sí! ¡Es porque los aman! ¡Es porque los aman! ¡Imaginen que sus padres no los amaran, que las maestras no los amaran, que estuvieran solas en una prisión, sin nadie!

    Yo conocí a alguien que estaba en la cárcel durante dos años, sin jamás ver a nadie! No tenía libros, no tenía cartas, ¡estaba solo! ¡Casi se puso loco! ¿No? ¿Ustedes comprenden? Necesitamos que nos amen para vivir. Entonces la oración es un acto de amor y por eso es tan poderosa. Si oramos es como si diéramos sol a los que amamos. ¿Comprenden? … ¿No?... El Sol que llevamos dentro, que es Dios, cuando oramos por alguien, es como si le diéramos ese Sol para que le dé luz y calor. ¿Entienden?

    ¿Es triste morir? ¿Qué piensan ustedes?

    Oigan! Yo conocí una niñita que se llamaba Clara y esa niñita estaba enferma del corazón. Y ella lo sabía. Ella sabía que iba a morir muy joven. Cuando la conocí, ella tenía 9 años. Se llamaba Clara, y era muy clara de verdad, ¡toda transparente! Amaba mucho a Dios. Había construido una chocita con ramas del bosque e iba allá a orar. Jugaba a la pelota como las demás. Era muy alegre. Pero sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y cuando llegó a los 15 años dijo: ¡Me voy a morir! Y en efecto, el día de sus 15 años murió y dijo a su papá y su mamá: ¡No es algo triste! ¡No es triste, pues voy donde Jesús! Y murió con tanta alegría que su mamá me decía después de su muerte: ¡No podemos llorar puesto que nos dio tanta alegría! ¿Comprenden ustedes? No tenía miedo, pues iba… iba hacia Jesús.

    Yo conocí a otra joven que tenía tuberculosis. La tuberculosis, ella tenía 15 años apenas, y en tres meses murió; en tres meses hizo tanto progreso la enfermedad que un día que fui a dar catecismo al colegio me dijo: ¡Y pan! ¡Se acabó, es el fin! Y ella estaba sonriente en su cama. Tenía lindos colores, como los tuberculosos en general. ¡Uno nunca hubiera pensado que iba a morir! Recibió los sacramentos y yo me fui a dar el catecismo, y cuando volví, ya estaba acostada con su bata de primera comunión… Había muerto entre tanto, muerto con una sonrisa. ¡Era maravilloso! Una sonrisa de alegría, de confianza y de amor, porque iba hacia Dios, ¿verdad? Eso no quiere decir que tienen que morir hoy para ir hacia Dios. No, eso no es lo que quiero decir, ¿ustedes comprenden?

    Pero no hay que tener jamás miedo de nada, excepto de una cosa. ¿De cuál? ¡Del pecado! ¿Qué quiere decir, el pecado? ¿Qué es eso? Simplemente no amar, no amar. Es terrible no amar ¿verdad?

    Escuchen. Una mujer tenía tres hijitos. Ella era buena, muy buena, y cayó enferma, y el médico la mandó a la montaña. Allá permaneció casi un año. Cuando regresó, su marido se había enamorado de otra mujer y había dejado de amarla a ella. Y cuando ella volvió a la casa no había nadie. Ella tenía los mismos sentimientos de antes, el mismo amor, pero cuando se encontró con su marido, él era como un muro.

    Entonces ella sufrió tanto que casi se muere, porque justamente, se necesita amor para que haya felicidad en una casa. ¿Comprenden ustedes?

    Entonces, ¿qué sucede cuando no amamos a Dios? ¿Qué sucede cuando no amamos a Dios? ¿Qué es lo que pasa?

    - ...

    - ¿Cómo? … algo mucho más grave que eso… ¿qué es?

    - ...

    - ¿No? ¿Qué es? ¿qué es algo mucho más grave? ¡No! ¡Es que Dios muere! ¡Es que Dios muere! ¡Es que Dios es crucificado, no? ¡Eso es el pecado! El pecado es una herida al corazón de Dios. ¿Comprenden? ¡No! Cuando pecamos, no es simplemente desobedecer a un reglamento. Cuando pecamos hacemos una herida a alguien que nos ama, ¿no? Pero, ¿por qué hablar de pecado? ¿Es que ustedes quieren pecar? ¡Espero que no!

    No, pensemos en la pequeña Clara que murió con alegría, y en la otra, que se llamaba Alicia, que murió con una sonrisa. Y tratemos, no de morir, sino al contrario, de amar tanto a Dios que jamás tengamos miedo de la muerte.

    No hay que tenerle miedo a la muerte, ¡jamás!

    - ...

    - ¡Bueno! Estamos de acuerdo, pensando en todos los que han muerto con una sonrisa, con confianza… vamos a tratar de amar a Dios hoy mucho mejor, justamente porque Dios no es alguien del que se pueda tener miedo. Dios es alguien que nos amará siempre. ¿Entienden? Aunque pecáramos todos los días y todo el día… Dios no podrá dejar de amarnos nunca. ¿Entienden? Y el verdadero infierno es crucificar a Dios.

    ¿Comprenden? ¿No?

    Entonces, tratemos de amar, de amar para que Dios no esté crucificado en nosotros, sino que esté vivo y resucitado. ¿De acuerdo?

    Entonces, pidamos a Jesús que haga de toda nuestra vida una gran sonrisa de bondad, de alegría y de amor.

    Oigan: con frecuencia doy como penitencia esta pequeña oración. Las penitencias que yo doy son siempre muy cortas.

    Entonces, esta es una oracioncita que doy con frecuencia como penitencia: Dios mío, hacedme transparente a vuestra Presencia, y enseñadme a ser la sonrisa de vuestra bondad.

    ¿Difícil? Eso es todo. Entonces, ¿quieren ponerse de pie? Vamos a decir esa pequeña oración, pensando en todos los amigos que están ya escondidos en el corazón de Dios.

    Dios mío, Dios mío, hacedme transparente a vuestra Presencia, hacedme transparente a vuestra Presencia… y enseñadme a ser la sonrisa de, de vuestra bondad.

    ¡Ya ven, ustedes son muy juiciosas!

     

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